El Quemado, Guerrero.- A don Ignacio Sánchez se lo llevaron por la fuerza. Los vio llegar desde el umbral de su casa, parecían tres bultos andantes. “Son de los verdes”, murmuró a su esposa Filemona. Apenas despuntaba la noche de aquel primero de septiembre de 1972.
Ese día, un millar de efectivos del Ejército Mexicano cercó el pueblo. Los militares convocaron a todos los hombres a una “asamblea” que se efectuaría en una de las dos canchas deportivas del lugar, pero don Ignacio se enteró tarde, pues acababa de llegar de la huerta.
Otros pobladores también fueron sorprendidos en sus casas. Las pocas pertenencias fueron registradas y tiradas por doquier. Los soldados tenían la consigna de encontrar el arsenal de la insurgencia refugiada en las montañas del sureste mexicano, encabezada por el maestro Lucio Cabañas Barrientos.
En el centro de la pequeña comunidad, vecinos, compadres, amigos y conocidos esperaban escuchar su nombre. Sin saber el motivo, los de la lista debían introducirse en una casa abandonada, tan grande como un bodegón, ubicada del lado izquierdo de la explanada.
Afuera, la puerta estaba custodiada por un par de soldados que llamaban, uno a uno, a los cien hombres que perderían su libertad, víctimas de la llamada guerra sucia. Antes de ser secuestrado por los soldados, don Ignacio volteó hacia su esposa y le dijo: “espérame. Aquí te quiero ver cuando regrese”.
Pero en el campo deportivo la voz militar lo sentenció. “Ignacio Sánchez”, le gritaron. Detrás de la entrada le aguardaban otros militares que le propinaron algunos golpes, le amarraron las manos, los pies, y le vendaron los ojos con retazos de sábanas; luego fue sometido a interminables interrogatorios, al igual que el resto de los hombres.
¿Dónde están las armas?, cuestionaban incisivamente. El silencio fue la única respuesta. Durante dos noches, don Ignacio permaneció hacinado en esa casa, junto a otros habitantes de El Quemado, municipio de Atoyac de Álvarez.
El 3 de septiembre de ese año, los de la milicia condujeron un grotesco desfile de rehenes por la “calle principal”, como los lugareños suelen llamar a la brecha accidentada que, aún sin pavimento, abre paso a este poblado.
Entre lágrimas y confusión, los familiares observaban a los pequeños grupos de 10 a 15 hombres que eran encaminados hacia la segunda cancha deportiva, ubicada justo enfrente de la casa de don Ignacio.
Frases dispersas suplicaban por la libertad de medio pueblo y se perdían entre el ruido y el polvo; mientras los hombres de la lista emprendían un viaje hasta la cabecera municipal de Atoyac, a bordo de un helicóptero oficial que descendió, en promedio, unas 15 veces para levantarlos.
Desde la casa de adobe y piso de tierra, Filemona y su única hija, Juana, observaron el destierro de don Ignacio con la esperanza de verlo regresar.
Don Ignacio
Vestía con ropa ligera y portaba sombrero de palma. Pasaba de los 50 años, pero era un hombre macizo y alto. Salía de la casa muy temprano rumbo a La Polvosa, una huerta dedicada a la siembra y cosecha de mango. Ahí resistía largas jornadas bajo el sol implacable de la costa grande.
Volvía a casa apenas entrada la noche. A esa hora solía alimentar a sus burros mientras doña Filemona preparaba la cena. Ocasionalmente sólo se sentaba en el patio a contemplar el horizonte. Don Ignacio era sencillo y reservado.
La tranquilidad del pueblo se resumía, día tras día, en su humilde casa rodeada por árboles de mango, almendros y guayabos. Pero ese primero de septiembre, la comunidad fue sorprendida por el abuso de poder.
“Ellos dijeron que todos los hombres fueran a la asamblea y luego vinieron por Nacho. Le preguntaron qué estaba haciendo, respondió que cuidaba a sus burritos. Le dijeron que los acompañara”, recuerda doña Filemona.
Sentada en el mismo patio donde tres décadas atrás presenció el secuestro de su esposo, la señora relata: “se lo llevaron de ahí, de la cancha. Lo subieron al helicóptero. Él no se metía con nadie. Ya estaba de edad, no era chamaco para andar en el arguende”.
Pero los militares no mostraban respeto ni a los anteojos ni a la edad, y don Ignacio Sánchez, incluido en la lista de los soldados, fue trasladado en la aeronave oficial hasta el cuartel ubicado en la cabecera municipal.
Las horas del cuartel
El 3 de septiembre de 1972, el cuartel de Atoyac recibió a 100 hombres amordazados procedentes de El Quemado. “Ese día nos empezaron a torturar”, dice don Rodrigo Flores Jiménez, víctima de la guerra sucia.
“No nos tenían en un mismo lugar. Iban escondiendo a algunos para que no viéramos cómo los torturaban. A mí me acostaban en el suelo, me golpeaban y me quemaban con una plancha desde el pecho hasta mis partes tiernitas. Yo gritaba.”
Junto con sus tres hermanos –Filiberto, Luis y Ramón–, Prudencio Radilla también fue de los acuartelados. Tres décadas después recuerda: “a algunos los metían en las bartolinas antes de pasarlos al centro –del cuartel– donde estaban los demás, por suerte a mí no”.
Pero no todos fueron favorecidos por la buena fortuna. Algunos padecieron horas de insufrible claustrofobia en los estrechos cuartos, donde sólo cabe una persona de píe. El objetivo de los militares era arrancar declaraciones sobre la participación de estos hombres en la guerrilla.
En esa época, don Rodrigo Flores tenía 44 años y una familia de ocho hijos y su esposa. “Me golpeaban para que dijera que andaba con Lucio Cabañas, pero cuándo iba a decir eso; si no podía decir mentiras”.
La visita al cuartel se prolongó hasta el 18 de septiembre de ese año. Durante 15 días, jóvenes y ancianos sufrieron vejaciones, golpes, quemaduras, toques eléctricos y violaciones de todo tipo.
Un día antes de que fueran trasladados a la cárcel de Acapulco, a don Rodrigo lo venció la desesperación y el dolor. “Dije una equivocación, no fue verdad, lo hablé ignorantemente sin saber lo que significaba. Me preguntaron: ‘de qué partido es usted’, y como soy pobre pues dije que era del Partido de los Pobres. Entonces, más me retechingaron”.
A causa de los golpes, el señor Flores Jiménez perdió el conocimiento. “Apenas me acuerdo que al otro día en la noche o tal vez en la madrugada, nos estaban subiendo a un carro. Nos llevaban bien amarrados como marranos. Todos amontonados”.
18 días después del secuestro, a los pobladores de El Quemado se los llevaron a la cárcel de Acapulco. “El gobierno fue ingrato con nosotros. Nos acusaban de haber participado en una emboscada en las montañas, pero ni conocíamos la sierra”, cuenta don Rodrigo.
Añade que la acusación era falsa. “Nosotros no teníamos contacto ni con Genaro Vázquez ni con Lucio Cabañas, no teníamos relación con ellos. Quizá alguno que otro, pero el pueblo en general no. Muchos ni siquiera lo conocíamos. Ese día fue cuando agarraron a los 100 hombres en la asamblea, y yo fui uno de ellos”.
Al llegar a la cárcel de Acapulco, los de El Quemado fueron sentenciados a 30 años de prisión, pero la falta de pruebas los fue absolviendo poco a poco. 10 meses después, don Prudencio y uno de sus hermanos fueron liberados. Pero a don Rodrigo lo mantuvieron en prisión durante cuatro años y tres meses.
La desaparición forzada
Los pobladores de El Quemado comparten la misma herida. Todos conocen la historia, saben quiénes regresaron, quiénes emigraron en busca de oportunidades distintas, quiénes llegaron “locos” y también saben quiénes jamás volvieron.
Al paso del tiempo, ese septiembre negro contabilizó cuatro desaparecidos. Aunque el número parece pequeño, el dolor de las familias, la desconfianza en las autoridades y el temor de la gente no son males menores.
Los cuatro nombres que hace 32 años fueron incluidos en la lista de los militares, han quedado registrados en la memoria colectiva: Mauro García, Aurelio Vega Ríos, Gregorio Flores y don Ignacio Sánchez, a quienes la gente recuerda con mayor agudeza.
La última vez que sus parientes los vieron fue minutos antes de que abordaran el helicóptero. A la fecha, nadie sabe con exactitud qué les pasó a los tres primeros. Rodrigo Flores relata: “a don Gregorio Flores ya no lo vimos, lo agarraron aquí pero nunca lo volvimos a ver”.
A don Vega Ríos, “lo atormentaban los dolores de sus piernas, lo oíamos gritar. De por sí que ya le pegaban desde acá esos dolores que les llaman calambres. Sus pies le dolían mucho cuando lo estaban interrogando. Luego se lo llevaron y ya nunca supimos nada de él”.
De lo que sí están seguros en El Quemado, es que el esposo de doña Filemona falleció a causa de la tortura. “Allá –en la cárcel de Acapulco– don Ignacio Sánchez murió bien golpeado de sus partes. Lo fuimos a traer del baño porque se quejaba mucho y lloraba”, dice Rodrigo Flores.
“Después de sacarlo del sanitario nos dijo que le rezáramos porque ya se estaba muriendo, y se colocó las manos en el pecho. Nos escondimos en un cuarto, no teníamos comunicación con nadie porque ahí sólo entraba el gobierno. Luego todos los compañeros lo rodeamos.”
A pesar de los relatos de la gente, Juana Sánchez, su única hija, se resiste a creer que esto es verdad. “En realidad no sabemos nada de mi papá. Yo le digo a mi mamá que esperemos. Ya nos dijeron que si queremos nos entregan sus restos, pero para saber si son de él, pues mejor no”.
La mujer de 52 años recuerda una fotografía de don Ignacio publicada en un periódico local. “Su foto salió en el periódico, nosotros ya la entregamos para que investiguen”. Detrás de sus palabras se trasluce una ligera esperanza que de inmediato es borrada por la sensatez.
Juana describe la imagen que, durante años, ella y su madre conservaron como un cruel recuerdo familiar. “Mi papá estaba con sus manos hacia atrás, le habían quebrado sus cuatro costillas y le habían puesto electricidad en sus partes. Qué iba a aguantar mi papá si ya estaba de edad, pasadito de los 50 años”.
El velorio que no llegó
En el patio de su casa, apostada en una silla se encuentra doña Filemona, soportando el inexorable calor. Lleva un ligero vestido de flores. Ocasionalmente la arrebatan los recuerdos y su cadente voz se entrecorta. El paso de los años la ha imposibilitado para caminar.
A sus 80 años, la mujer se exalta al evocar su ausencia. “Nunca fui allá –a la cárcel de Acapulco–. La gente me dijo que ahí lo tenían, pero soy muy pobre y no tuve dinero para ir”.
“Me contaron que Nacho murió de los golpes, que gritaba mucho. Él encerrado y yo aquí, sin poder verlo. Yo soy una mujer que no sepo andar en los caminos. Mi compadre me dijo que fuera.”
Explica que “ellos –los vecinos– vieron que ya lo estaban matando y pidieron que lo llevaran a su tierra para que lo enterráramos. Luego supimos que murió, porque mi comadre lo vio tendido”.
En aquella ocasión, agrega la anciana, “mi comadre pidió permiso para prenderle una veladora a Ignacio, pero ya no regresó a ver si lo enterraron o lo quemaron. Eso me lo dijo un lunes y yo pude ir a buscarlo hasta el miércoles. ¿Dónde cree que lo iban a tener?”, cuestiona.
Hasta ahora, las memorias de Filemona y de Juana, su hija, conservan literalmente una frase: “espérame. Aquí te quiero ver cuando regrese”. Con esas palabras, dicen, don Nacho se despidió, allí parado junto a la puerta. Entonces iba escoltado por tres militares rumbo a su muerte.
Juana Sánchez relata con tristeza y coraje: “él ya no regresó. No aguantó los golpes”. Y advierte que se ensañaron más con su padre porque tenía un par de cicatrices en la espalda. Para los militares, señala, éstas eran las evidencias de su participación en la guerrilla.
“Lo golpearon más cuando le vieron esas heridas causadas por unos ‘nacidos’. Le dijeron que esas cicatrices eran porque había andado con Lucio Cabañas. Decían que él tenía más delito.”
“A mi papá nunca le sacaron ni una palabra, porque él no participó en eso, él no anduvo con armas, pero ellos estaban necios. ‘Pues no nos quiere contestar’, decían, ‘aunque participó con Lucio’; entonces más lo golpeaban.”
Doña Juana imagina el dolor de su padre. “Dicen que mi papá murió a los 15 días de que se lo llevaron en el helicóptero; justo después de que fueron trasladados a la cárcel de Acapulco, allá cayó en los pies de don Evaristo Castañón. Pero en realidad yo no sé qué pasó con él”.
Los días que sucedieron al secuestro de los 100 hombres fueron difíciles. “Nos quedamos espantados. No sabíamos qué había pasado para que nos arrearan a toda la gente del barrio. Las mujeres quedamos solas, el trabajo de la milpa se abandonó. Los chamacos tuvieron que hacerse cargo”, explica doña Filemona.
La comunidad de El Quemado estaba atemorizada, todos se dolían por alguna pérdida. Padres, hermanos, tíos, sobrinos, compadres, todos conocían a algún rehén. El 18 de septiembre de 1972, los familiares se enteraron del traslado de su gente a la cárcel de Acapulco.
El Quemado
Las secuelas de la intimidación ejercida durante la década de los 70 se mantienen. Aquí, el miedo es como un mal generalizado. “Claro que todavía tenemos temor porque no sabemos qué va a pasar si se arma otro alboroto. Aquí nada más llegan a cargar a la gente”, dice Prudencio Radilla.
Para llegar a El Quemado hay que viajar en un camión de redilas que sale a las siete de la mañana de la cabecera municipal de Atoyac de Álvarez. El paso de las llantas levanta una tolvanera, pues 12 kilómetros de la ruta aún no han sido pavimentados.
El camino que conduce hasta acá, pasa por comunidades más pequeñas como El Cerro Prieto, El Refugio, El Guanábano, Las Palmitas, Agua Zarca y Cerro Prietito. Dos horas después, los empolvados pasajeros descienden a este apaciguado lugar.
Pero a Aleida no le importan las condiciones del transporte. A ella le gusta ir viendo el camino bordeado de cerros y vegetación. Lleva a cuestas una pesada mochila con un montón de libros, cuadernos y lápices, y aunque su pequeño cuerpo podría sentarse en las tablas que simulan asientos, prefiere ir de pie, al frente de la caja del camión.
Calza zapatos negros, bien boleados, y viste un ligero uniforme de cuadros azules y blancos; tiene siete años y cursa el segundo año en la Primaria Vicente Guerrero, que se ubica en el centro de El Quemado.
Allí mismo, en el centro, está la preparatoria, la cancha, la vieja casona abandonada que parece un bodegón, la comandancia y el cúmulo de recuerdos. Unos 20 pasos atrás queda la base del camión de redilas que espera unos cinco minutos para que aborde la gente.
Luego emprende el viaje de regreso a Atoyac, y vuelve a venir a las dos de la tarde. No hay más transporte y no hay más horarios. Los automóviles de alquiler no entran aquí. Las casas son pocas y están algo dispersas.
Hace un par de décadas este pueblo era reconocido en la región por su exquisito café, pero ahora los dueños de las huertas han abandonado el negocio. La caída en los precios del aromático ha impactado fuertemente a la economía de la comunidad. 3
Rec 1
Saldo de la contrainsurgencia
En las décadas de los 70 y 80 Guerrero registró el mayor número de víctimas de la llamada Guerra Sucia. En esa época la sierra fue el escenario de los enfrentamientos entre el Ejército Mexicano y dos grupos armados rebeldes –los de Lucio Cabañas Barrientos y Genaro Vázquez Rojas–.
El 95.12 por ciento de personas desaparecidas en las zonas rurales del país durante ese periodo, corresponde a Guerrero. Según las estimaciones hechas por la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH), a finales de 1999, de los 308 casos perpetrados en zonas rurales, 293 corresponden a esta entidad.
En la recomendación 26/2001 dirigida al presidente Vicente Fox, la CNDH advierte que “obtuvo información relativa a detenciones, interrogatorios, cateos, reclusiones ilegales, listas de personas que estuvieron recluidas en el Campo Militar Número 1, en el cuartel de Atoyac, Guerrero, en las instalaciones militares de diversas zonas del país, en la base aérea de Pie de la Cuesta, Guerrero, y en las instalaciones de la Dirección Federal de Seguridad, así como en cárceles clandestinas”.
Para el caso de Guerrero, la Comisión presenta el resumen de un documento fechado el 7 de julio de 1972 –dos meses antes del secuestro de los campesinos de El Quemado-–, correspondiente a los archivos de la hoy extinta Dirección Federal de Seguridad (DFS).
Según la recomendación, el documento firmado por cuatro agentes se dirigía al director de la DFS para informarle sobre la situación “que priva principalmente en la sierra de Atoyac de Álvarez, Guerrero”, con base en investigaciones oficiales.
El análisis de los agentes refiere que en la primera fase de la insurrección, el Partido de los Pobres logró lo que ninguna organización había obtenido: unificar a los grupos clandestinos de izquierda actuantes en el país, y tender su red de información, abastecimientos y protección dentro de las áreas rural y urbana.
Agrega que “si bien los pobladores de la región no participan, tampoco denuncian por temor al grupo Operativo, lo que significa que cuentan con el apoyo y la simpatía de los habitantes de la zona.
“A raíz del atentado llevado a cabo por dicho grupo –encabezado por Lucio Cabañas Barrientos– el 25 de junio de 1972, se destacaron por parte de la Secretaría de la Defensa Nacional a través de la 27 Zona Militar, fuerzas que llevan a cabo operaciones para localización, captura o exterminio de esta guerrilla. Para el efecto, se encuentran actualmente operando en el área crítica, un promedio de 360 hombres, a base de pequeños grupos con efectivos no mayores de 33 hombres, constituyendo 9 grupos denominados ‘agrupamiento’, cada uno al mando de un oficial”.
El documento aclara que “por las propias características del área, y la falta de comunicaciones –los militares– han encontrado ciertas dificultades para sus abastecimientos, lo que obligará a relevarlos con tropas de refresco que no hay en el mando territorial de la 27 zona militar, por lo que será necesario reforzar a dicho mando con tropas procedentes de otras partes de la República.
“Se hace notar que el grupo no sale de la propia región perteneciente al Municipio de Atoyac. Y que el armamento con que contaban, lo han ido mejorando progresivamente, por medio del producto obtenido durante sus actividades”, señala.