en Contralínea Web
 
 
| <<Volver | | |  
 
  Sección: Sociedad | Publicado en: Febrero 2005

De Cuetzalan a Wall Street

Ana Lilia Pérez / Fotos: Rafael Gaviria
A través de una organización cooperativa, indígenas productores de café de la Sierra Norte de Puebla luchan contra la abrupta caída del precio del grano; su objetivo evitar la oleada migratoria de su gente que, ante la pobreza extrema y la indiferencia del gobierno, termina por abandonar el campo mexicano

 

Sierra Norte de Puebla. Hace varios días que en Cuetzalan no sale el sol. El clima helado propio de la sierra no impide al semidesnudo cuerpo de Ignacio Paredes realizar su labor. Sus huesudas piernas acostumbradas al frío ni siquiera tiemblan, y sus pies han desarrollado un doble caparazón de callosidad.

Anoche llovió y cuando cae el agua en esta parte de la sierra no se anda con menudencias. Cayó a torrentes. Los altos peñascos se resquebrajan, se deslavan e inundan de piedras, lodo y ramas el camino. Por eso Aurelio Paredes llegó veredeando y como siempre, detrás de él, su esposa. Paso a pasito para cuidar la carga que yace a sus espaldas en sendos costales atados a los mecapales atorados de su frente.

Solamente cuando bajan de lo más alto de la sierra para ir a Cuetzalan, el indígena náhuatl calza sus pies con huarache de cerdo curtido; el resto del tiempo, no hay motivo para tales lujos.

El anciano de 80 años baja hasta la cabecera municipal para vender la última cosecha del 2004 y la primera de este año: 48 kilos de café cereza. Lo único que dio el cafetal.

Son 20 kilómetros a pie para entregar la carga, paso a paso, despacio sobre la vereda, los menudos cuerpos encorvados, un poco por los años y otro por el peso de la cosecha que traen a cuestas: 25 kilos de café cereza él, 23 kilos ella.

En el centro de acopio de Tosepan, como popularmente le conocen los lugareños, Aurelio y su esposa desatan la carga. Ya sin el mecapal, los desnudos rostros muestran el cansancio y la piel sudorosa a pesar de lo helado del día.

Jadeante, el indígena espera a que el encargado en el centro de acopio pese el contenido de los costales que la pareja de ancianos pizcó durante 3 días, en la media hectárea de tierra que trabajan desde hace más de 20 años, en la que se basa su sustento y economía familiar.

Mientras Tomás pesa la cosecha de Aurelio, éste cuenta que su familia, indígenas náhuatl todos, se dedicaron a la siembra del café, desde tiempos de su abuelo, y de eso, dice, “hace muchos años”. Su abuelo nunca tuvo tierras, ni las tuvo su padre, pero Aurelio, quien nació en 1904, gozó del beneficio de un reparto agrario. Media hectárea le tocó y esa media hectárea es la que trabaja.

La tierra de Cuetzalan es buena, pero los campesinos no cuentan con apoyos gubernamentales, ni insumos de ningún tipo para invertir en sus cosechas, así que lo único que se obtiene es lo poco que dan las matas de café, que bien cuidadas, duran hasta 10 años. Pero ya nadie siembra.

El encargado de pesar la cosecha toma una pequeña libreta y anota a Aurelio el cálculo del monto que se le pagará por su carga: 120 pesos, a razón de 2.50 por cada kilo de café.

Aurelio recibe el dinero. Se trata del único ingreso que tendrá la familia durante este año, y aunque poco, de haber vendido el producto a cualquiera de los cinco acaparadores de Cuetzalan, éstos le hubieran pagado a 1.50 pesos el kilo; 48 pesos menos, casi la mitad de su ingreso.

El anciano guarda el dinero doblado dentro del mismo mecapal que hace unos minutos pendía de su frente. Atrás, su esposa apenas si atina a responder algunas preguntas, se llama Micaela y tiene 75 años de edad.

Unos minutos más, suficientes para que el viejo recuerde que fue con don Pedro Argueta, su “patrón”, con quien aprendió a hablar español. Micaela no tuvo la misma suerte, solo sabe decir su nombre, el resto, en un náhuatl que en Cuetzalan todos entienden.

A pesar de la enseñanza del cacique acaparador de café, que le enseñó el español, “nos pagaba muy poco por todo el día de chinga”, se lamenta Aurelio a más de dos décadas de que el viejo cacique muriera en su finca.

Concluida la venta de la cosecha, la pareja de ancianos regresa por la misma vereda, pero antes, hacen una parada en una tienda del pueblo para comprar galletas. Ellos no saben por qué el precio de su café cada día es más bajo, ni que esto depende de las decisiones que se tomen en un país que les es ajeno, en la Bolsa de Valores más importante del mundo, la de Wall Street.

 

Mercado voraz

 

Desde Nueva York, la empresa Starbucks mueve libremente el precio mundial del café. Aunque Estados Unidos no es una nación productora del aromático, el consorcio, originario de Seattle, Washington, maneja el precio a su antojo.

Propone y dispone del café, mientras que los campesinos de países subdesarrollados, que producen el grano, como Colombia, México y Perú, luchan porque Starbucks adquiera su producto.

En los últimos años la instalación de Starbucks en el mundo ha florecido con 7 mil 500 expendios en total. Una gran parte en nuestro país. Los cafés gringos se apoderan de las calles de México, incluido el corazón del Distrito Federal.

En cualquiera de las sucursales de esta glamorosa cadena de cafés, una taza del venti, que contiene veinte onzas del negro líquido, en un tostado americano, cuesta 22 pesos. Este mismo costo equivale a lo que Starbucks fija desde la Bolsa de Valores de Nueva York para 8.8 kilogramos de café cereza a los campesinos mexicanos que lo cultivan.

Así se paga en la Sierra Norte de Puebla a los cultivadores indígenas, a quienes las grandes trasnacionales como Starbucks o la Nestlé les niegan la compra de su producto en forma directa, aunque su calidad está reconocida internacionalmente como café de mediana altura; mientras que en los productos procesados por la Nestlé, según investigadores de universidades como la de Zacatecas, se han encontrado garbanzo y maíz tostado para hacer rendir el grano.

Sin apoyo del gobierno ni organismo alguno que regule el precio del café, ni tampoco quien les ayude a promover el producto en el mercado nacional, para los pequeños productores de Cuetzalan, Puebla, de la que fuese una de las principales zonas cafetaleras del país, sólo queda el centro de acopio de la cooperativa Tosepan.

Unidos venceremos

 

Tosepan Titataniske. Para los habitantes de Cuetzalan, el solo nombre de la cooperativa cafetalera es sinónimo de orgullo y dignidad. “Unidos venceremos”, significa en náhuatl y cada uno de ellos se esfuerza porque así sea.

El año pasado abrieron un centro de capacitación para su gente y los niños de la zona. Aulas dotadas con computadoras, que también dan cobijo a los instructores comunitarios que alfabetizan hasta en la comunidad más intrincada de la sierra.

Los educadores son jóvenes todos, también indígenas del municipio, que se trasladan a pie por cualquier vereda o camino, de día o de noche, para enseñar a los niños que no pueden llegar hasta Cuetzalan para tomar clases de manera formal.

En 1974 llegó el Plan Zacapoaxtla, un programa gubernamental que buscaba promover el uso adecuado de tecnologías para la producción de granos básicos y organizar a los productores para hacerlos receptores de los programas institucionales. Los promotores eran 10 ingenieros agrónomos que tenían auxiliares de campo a unos treinta campesinos bilingües de la región.

Al principio los agrónomos enseñaban cómo sacar más de la tierra empleando semillas mejoradas y fertilizantes. Y también platicaban de los programas de gobierno que los campesinos podían aprovechar.

Eso de producir mejor está bien, pero de poco sirve si los caciques siguen chupando la sangre. Con estas ideas se dieron los primeros pasos, aprovechando que era día de plaza y muchos iban a la cabecera municipal, los domingos se empezaron a organizar en Cuetzalan gente de todas la comunidades de la región.

Y de mucho sirvió que los ingenieros del Plan Zacapoaxtla estuvieran dispuestos a trabajar con la organización, ayudando a formar las cooperativas, a instalar las tiendas y con ello los primeros pasos en la venta directa del café.

La Unión de Pequeños Productores de la Sierra, así se llamó hasta 1980 cuando se registraron como cooperativa, aunque estaba organizada, no tenían registro ni figura legal, de modo que no podían solicitar créditos ni hacer operaciones comerciales, además de que el gobierno no hacía caso a sus demandas.

Pensaron entonces en resolver el problema del financiamiento para el acopio de café, a través de la Unión de Sociedades de Producción Rural Maseual Sentekitini -- que significa Indígenas Trabajando Juntos--, y que agrupaba a once sociedades promovidas por Banrural.

Sin embargo, terminaron mal porque una de las sociedades, La Xaltipan, aconsejada por funcionarios de Banrural, usó de forma independiente parte del crédito que les otorgaron y obligó a todos a pagar esa deuda.

Para 1980 ya eran más de 30 cooperativas comunitarias que trabajaban juntas y urgía registrar una organización que representara formalmente a todas. Así, el 20 de febrero de ese año las 32 comunidades que formaban la Unión de Pequeños Productores de la Sierra, decidieron formar la Cooperativa Agropecuaria Regional Tosepan Titataniske.

Actualmente la Tosepan tiene registradas cuatro figuras: la Cooperativa Maseual Xicaualis, con la que beneficia y comercializa la producción de café; la Cooperativa Toyektanemolilis, para mejorar la vivienda; la caja de ahorro Tesepantomin y la Asociación Civil Yeknemilis, que ofrece la asistencia técnica y la capacitación en el Centro de Formación Kaltaixpetaniloyan.

A través de estas figuras se ejecutan los programas de trabajo: agricultura sustentable; acopio, transformación y comercialización; financiamiento, seguro y ahorro; capacitación y asistencia técnica; desarrollo de la mujer; vivienda sustentable y servicios.

Sin embargo, a la organización le toca vivir a diario enfrentamientos cotidianos con los acaparadores de la zona, una competencia desigual contra las trasnacionales que inundan de caro y pésimo café el mercado mexicano, pero sobre todo, la indiferencia del gobierno estatal y federal, que les niegan su derecho a los programas agrarios.

Esta es su lucha, el precio que durante los últimos 27 años han pagado por formar su propia cooperativa, cansados de los abusos de los caciques locales, que desde hacia un centenar de años se adueñaban del café que los indígenas producían.

En sus primeros años, la organización rindió buenos frutos, eran tiempos en que el Instituto Mexicano del Café (Inmecafé), dirigido por Fausto Cantú Peña, ayudó a la exportación del grano de Cuetzalan, además de controlar el precio en el mercado internacional, lo que respaldaba la producción de los campesinos.

-A nosotros nos golpeó mucho que el gobierno desapareciera Inmecafé, porque era el respaldo para nuestro producto-, dice José Bárbara, tesorero de la Tosepan. -Ahora dependemos de los precios que fije la Bolsa de Valores de Nueva York.

“El precio actual lo están pagando en alrededor de 70 dólares por quintal. A nosotros nos cuesta alrededor de 90 dólares producir un quintal de café, es decir, de ninguna manera podemos competir y, además, lo tenemos que subsidiar”.

Alrededor de 20 dólares, es decir, casi 220 pesos por quintal de café, es el subsidio de los campesinos y sus familias completas que participan en la producción de café que requiere mucha mano de obra, desde el cultivo hasta el envasado final.

La mayoría de ellos no sabe donde está Nueva York, ni qué es la Bolsa de Valores y, mucho menos, cómo funciona. Solo saben que en ese lugar se fija el precio del café, que cada vez es más bajo y que deben sujetarse.

“Al gobierno mexicano no le importa el campo. Luchamos por seguir cultivando nuestras tierras, pero el gobierno ni siquiera lucha por defender el precio de nuestro producto. Una vez dijeron que nos iban a apoyar, y nos dieron unas palas y picos”.

 

Las trasnacionales

 

A partir del 1990, el precio del aromático descendió hasta colocarse en 70 dólares por quintal, es decir, 770 pesos por 47 kilogramos. Los bajos precios tuvieron su efecto inmediato entre los productores que no resistieron, e inició la ola de emigración y el abandono de las tierras.

De los casi 6 mil cooperativistas que se contabilizaban hasta el 2002 en Cuetzalan, durante los primeros meses del 2003, poco a poco fueron abandonando las tierras, hasta que la cifra se redujo a la mitad.

La mayoría de las familias que dejaron la cooperativa salieron también de Cuetzalan, hacia la ciudad de Puebla y el Distrito Federal, en busca del mínimo ingreso para alimentar a sus familias.

Los que no pudieron salir, simplemente comenzaron a tirar el cafetal y a sembrar maíz. Y es que, “el maíz se come, el café no”, dicen en su lógica los indígenas.

El abandono de los cafetales se ve reflejado en el acopio actual de café en la cooperativa. Hasta hace una década acopiaban 15 mil quintales al año. Actualmente la producción es de menos de 6 mil quintales al año.

Ante la migración la cooperativa se unió con pequeños productores de otros estados para intentar que las trasnacionales compraran el café mexicano. Al no lograrlo se manifestaron frente a las oficinas de Nestlé, Becafisa, Expogramos y AMSA, para exigir la compra del producto nacional. Tampoco hubo respuesta. El viaje, a más de seis horas de distancia fue en vano.

La política de las trasnacionales que operan en México es nutrir el mercado, antaño productor de café, con aromáticos de dudosa procedencia, calificado por los productores nacionales como “café clonado”.

José Bárbara explica: “el café importado por estas trasnacionales no es puro, le meten productos como maíz, frijol, garbanzo y azúcar quemada; el 50 por ciento no es café”.

 

Los productores

 

En Cuetzalan menos del 20 por ciento de la población es mestiza, gente que vive principalmente en la cabecera municipal. En las 150 comunidades de Cuetzalan los indígenas náhuatl conservan sus tradiciones; la organización tradicional que se rige por usos y costumbres, se conserva el idioma, la ropa típica, las fiestas, danzas y artesanías, la música, la medicina tradicional, el servicio comunitario, pero sobre todo el cultivo de tierras.

A diferencia de estados como Chiapas o Veracruz, en la Sierra de Puebla no hay grandes fincas cafetaleras, sino pequeños productores de café.

De las comunidades como Reyes Ogpan, Tecoltepec, Tzinacapan, Tepetzintla, Acaxiloco, Xiloxochico, Santiago Yancuixtlalpan, y Yahualichan, 80 por ciento de las familias cultiva el aromático en su propia tierra, donde se levanta la choza, en extensiones de 500 metros cuadrados por familia.

En las zonas bajas la pizca de café inicia en octubre, en las más altas se extiende hasta los meses de enero y febrero. Las labores de pizca inician muy temprano, hay que ganarle al tiempo porque la lluvia en abundancia impide pizcar.

La geografía de Cuetzalan es la serranía en su esplendor. La mayor parte de los cafetales están en los cerros; los cortadores van prendiéndose de las uñas, sobre sus talones se levantan lo más alto que pueden, y hasta inclinan un poco las matas para poder cortar el café.

Las partes planas son muy pocas. Las uñas de los cortadores, hombres, mujeres y niños, urgan los frutos, con cuidado de cortar, no arrancar, porque la calidad del grano depende desde en la manera que se corta.

En los cafetales de Xiloxochico, Julio Ricardo Felipe levanta su cosecha. Un morral de ixtle a un costado, sujeto a sus hombros. Trae sombrero de palma para protegerse de la lluvia, aunque el agua se cuela entre los pequeños orificios que el sombrero ha ganado con el tiempo.

Con la mano derecha Julio inclina la mata, con la izquierda desprende el fruto, uno a la vez, la mete y debe ser más ágil que su mano, para cuidar de no arrancar los frutos verdes y los secos.

De los 250 metros cuadrados que integran su cafetal, hace una década, Julio obtenía 30 quintales; el año pasado su producción bajó a 12 quintales, y en esta cosecha dice que obtendrá una cantidad similar. Julio tiene tres hijos, los mayores le ayudan al corte del café.

Aunque con la venta de su cosecha, este indígena no obtiene siquiera para los alimentos básicos de su familia, se rehúsa a abandonar el cafetal. Esa fue la herencia de sus padres, la misma que dejará a sus hijos.

“Quien conoce el cafetal, aprender a quererlo, este trabajo se hace porque nos gusta la tierra, somos gente de campo, y queremos que nuestros hijos sigan aquí. A mi me da miedo que se vayan a la ciudad, pero si ni siquiera sale para comer, ¿qué nos queda?”.

Aquí no hay trabajadores enganchados, no habría manera de pagarles, así que el trabajo se distribuye entre la familia. A ratos el hombre, a ratos la mujer, y luego los niños.

Hay que hacerlo con velocidad, aprovechar el punto exacto del fruto maduro, si está verde no sirve, si se pasó de seco, tampoco. La cereza roja que dentro de si guarda el verde grano que luego será sometido a un largo proceso del beneficio húmedo (despulpar la cereza, limpiar el grano y dejarlo convertido en café pergamino)

Luego el beneficio seco, tostado, molido, y si es posible, cuando se vende directamente, hasta el empaque final. Aunque todo esto se hace en la cooperativa. El campesino lo vende una vez que lo cortó de la mata, no más.

La de los cafetaleros de Cuetzalan es una de las últimas migraciones que se están gestando en el agro mexicano. Cabisbajo, Isaías Hernández, asesor de la cooperativa Tosepan, lamenta la falta de apoyo gubernamental al agro mexicano.

En el caso del café, dice, “es lamentable que México, reconocido productor de café a nivel mundial, esté importando tanto café, o que las trasnacionales inunden el mercado con sus productos de mala calidad. El gobierno no fomenta siquiera el consumo de productos nacionales, y a nosotros nos está tronando”.

Ante la caída constante en el precio del grano, la producción de esta zona cafetalera se tambalea, por lo que no se puede hablar de un desarrollo. Las familias de más de 100 comunidades indígenas viven pendientes de una economía que se les impone desde un país que ni siquiera es el suyo.

Esta es la problemática que viven los campesinos de Cuetzalan, que en náhuatl significa “lugar de quetzales”, del quetzal, no queda una sola ave en la región, y el café, también se está acabando.

 

 
   
  Keywords del reportaje: Keywords
 
Comentarios
 
¿Tienes algo de decir sobre este texto o nuestra revista?.
Tu nombre: E-mail
Escribe tu mensaje aquí:

Reporte de errores
 
Si encuentras un error en esta página tómate un minuto y avisanos.
Tu nombre E-mail
Reporta el error aquí :