“La de la fama es Lolita, no yo”, sentenció en alguna ocasión Vladimir Nabokov, cansado de escuchar preguntas sobre la popularidad que lo persiguió a raíz de que su novela “Lolita” vio la luz en 1955, publicada en Francia por Olympia Press, para ese entonces con una colección dedicada a difundir obras en idioma inglés de autores mal vistos por editores estadounidenses. En el caso de Nabokov y la novela en cuestión, basta decir, cuatro editoriales rechazaron el manuscrito.
Si la obra cumplirá 50 años en este 2005, la “nimphet” por estos días tendría algo más de 62 abriles. Sus atributos físicos, en consecuencia, serían tan excitantes como un funeral para un cuarentón al estilo Humbert Humbert o su alter ego Clare Quilty, los dos protagonistas masculinos de “Lolita”. No obstante, el íncubo llamado Dolores Haze, Dolly, Lo, Lolita, sigue haciendo latir aceleradamente el corazón de hombres “que aman con la cabeza y sueñan con el corazón” (según Mario Vargas Llosa).
Pero mientras los encantos de la nínfula se conservan inalterables, el mundo y nuestra percepción de la vida han cambiado en estos 50 años. Tanto que hoy las adolescentes precoces y los cuarentones lascivos son lugar común en el imaginario colectivo y están presentes por doquier, lo mismo en la publicidad que en las más ocultas fantasías de un sinnúmero de hombres y, dicho sea de paso, de una que otra pícara sin edad legal para merecer.
La otrora ciudad más transparente y el país en general han cambiado también. Si no me cree, échele un vistazo a la Primera Encuesta Nacional sobre Sexo de Consulta Mitofski, según la cual casi ocho de cada 10 mexicanos se declaran más que contentos con su vida sexual.
¿Será que Foxilandia existe no sólo en los discursos del presidente? Ahora resulta que entre las buenas cuentas que ofrecerá a los ciudadanos el “gobierno del cambio” debemos agregar a las carreteras o a los programas sociales el rubro de una salud sexual digna de país miembro de la OCDE. ¡Al fin el primer mundo y sus paraísos, como soñaba Salinas! Y se nos da tan bien el liberalismo luego de la transición democrática que, de acuerdo al mismo estudio, hasta entre los católicos que van a misa el más chimuelo se masca un riel. Vamos, el mismísimo Norberto Rivera debió sonrojarse al saber que entre las prácticas sexuales que la feligrecía considera normales, por ejemplo, la mitad ve de lo más natural, a falta de pareja, aquello de que la mano es buena compañera. Casi el mismo número de encuestados, 47.7 por ciento, no le hace el fuchi al sexo oral mientras que tres de cada 10 aceptan los juguetes sexuales y más de seis por ciento no le pone reparos a tríos, cuartetos u otras variantes del “todos en bola”.
La cosa se pone más sabrosa al revisar los resultados del capítulo “La felicidad, la sexualidad y la política”. Resulta, así, que los panistas le dan vuelo a la hilacha y son prácticamente los más liberales entre la clase política: amén de que casi nueve de cada 10 de los simpatizantes del blanquiazul se declaran contentos con su vida sexual, superan a los seguidores del PRI y el PRD en rubros como el consumo de películas pornográficas, el sexo grupal, el comercio sexual o la infidelidad. Cosa curiosa, el perredismo sólo supera al PAN en aspectos como el número de simpatizantes del sol azteca que, sin dinero para el hotel en la Calzada de Tlalpan, recurrieron al coche (¡pobretones!) o, cuando ni a eso llegan, ven la solución a esos problemas en los juguetes sexuales.
¿Será verdad o ficción pura? ¿Imagina usted una encerrona del “Jefe” Diego con un par de hermosas “teiboleras” reclutadas en el Este de Europa o en Sudamérica? ¿O qué tal a Leonel Godoy jugando en el lecho conyugal con vibradores y otros accesorios similares, incluyendo la obligada tanguita con trompa de elefante al frente? Ojos vemos, video escándalos no sabemos. Pero mientras Ahumada no nos dé la sorpresa, me temo que las respuestas de los encuestados por Consulta Mitofski suenan tan fantasiosas como discurso de político habitante de “Foxilandia”.
Ahora bien, usted, ¿está satisfecho con su vida sexual? Ni me lo diga. ¡Seguro que sí!