La Habana, Cuba. La sorpresa se dibujó en su rostro cuando seis individuos se le abalanzaron y lo sujetaron violentamente. Era un hombre acostumbrado a situaciones extremas, pero aquella no estaba prevista. Lo revisaron con movimientos rápidos y bruscos y lo obligaron a subir a la parte trasera de una Van color crema, donde lo sentaron en el suelo, siempre atenazado por ambos brazos. En la parte de atrás de la camioneta había cuatro sujetos y en el asiento delantero tres. En total, el número de agentes que participaron en el secuestro de Pedro Aníbal Riera Escalante rebasaba los treinta.
Las medidas de seguridad que instrumentaron los agentes de inteligencia mexicanos para detenerlo aquel 3 de octubre de 2000, a las afueras del Sanborns, ubicado en la avenida Cuauhtémoc, a una cuadra del Hospital General de la ciudad de México, pudieran parecer excesivas, pero los focos rojos se habían encendido en el cuartel general del Centro de Investigación y Seguridad Nacional (Cisen) días antes de su detención, y la Dirección de Contrainteligencia se había dado a la tarea de cazar a uno de los más experimentados y temidos agentes cubanos que han operado en suelo mexicano en tareas de inteligencia en los últimos tiempos.
Su nombre ha estado irremediablemente relacionado durante 25 años con operativos encubiertos en contra de la Agencia Central de Inteligencia (CIA). Es un hombre respetado y temido por la eficacia de su trabajo. Había logrado infiltrar a una de las agencias de inteligencia más poderosas del mundo y reclutar a los informantes más valiosos de la agencia norteamericana en suelo mexicano, para convertirlos en agentes dobles.
Pero un error de cálculo lo dejó a merced de los agentes del Cisen aquella tarde del 3 de octubre de 2000.
Pedro Riera Escalante fue traicionado por los servicios de inteligencia mexicanos. Lo habían traicionado de una forma grotesca sus propios colegas, con quienes había trabajado anteriormente y a quienes les conocía sus más íntimos secretos.
Riera Escalante había solicitado asilo político al gobierno mexicano desde principios de septiembre de 2000, después de serias fricciones con autoridades del régimen cubano. Riera contactó con autoridades de la Secretaría de Relaciones Exteriores para formalizar su solicitud y fue remitido a la Secretaría de Gobernación, en donde tomó el asunto el entonces director de Contrainteligencia del Cisen, José Luis Valles, quien fiel a su costumbre lo traicionó y le tendió la trampa para detenerlo y expulsarlo del país.
Riera fue secuestrado en el Distrito Federal y trasladado a Cuba, violentando tratados internacionales firmados por México, como la Convención de 1951 sobre el Estatuto de Refugiados, ratificada por el gobierno en años recientes.
El escándalo que desató el secuestro de Pedro Riera Escalante hace poco más de cuatro años en México, conmocionó a la opinión pública internacional, que censuró la actitud del gobierno mexicano por haber violado los derechos humanos del ex funcionario cubano. Human Rights Watch, el organismo internacional de derechos humanos, condenó en un comunicado al gobierno mexicano el 6 de octubre por la expulsión de Riera y argumentó que su vida corría peligro en la isla.
Pero el secuestro y la expulsión se habían consumado y de Pedro Riera Escalante no se supo absolutamente nada, hasta finales de enero de 2001, cuando se le ubicó recluido en Villa Marista, una vieja construcción utilizada como cuartel de la seguridad cubana.
Pedro Riera Escalante fue acusado y condenado por tribunales militares cubanos por haber salido de manera ilegal de Cuba, por haber falsificado documentos y por cometer cohecho. Fue condenado a cinco años de prisión, pero actualmente goza de libertad condicional hasta el 6 de abril de 2005, fecha en que cumple su sentencia, pues es un hombre reconocido por el gobierno de Fidel Castro.
A más de cuatro años de su secuestro en México –que motivó una denuncia en tribunales militares cubanos en contra de funcionarios de inteligencia y diplomáticos mexicanos–, Pedro Aníbal Riera Escalante rompe el silencio y denuncia con lujo de detalles la traición del Cisen, los pormenores de su detención y narra la experiencia de su reclusión.
La historia
Pedro Riera Escalante ingresó a los servicios de inteligencia cubanos cuando apenas contaba con 18 años, de la mano de su tío Aníbal Escalante Dellundé, quien lo inició en las acciones de inteligencia, y de su primo Fabián Escalante, de quien recibe el cargo de alto funcionario del espionaje cubano del régimen de Fidel Castro.
Riera asumió sus responsabilidades como jefe de los servicios de la Dirección General de Inteligencia Cubana en México, después de más de 20 años de combatir las acciones encubiertas de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) en contra del gobierno cubano.
“Mi papel en México durante los años anteriores estuvo relacionado con el trabajo de enfrentamiento a la Agencia Central de Inteligencia. Durante todo ese tiempo esa fue mi labor fundamental, encaminada a proteger al país (Cuba) de los norteamericanos”, explica Riera Escalante reclinado en un sillón del hotel Habana Libre.
El oficial de inteligencia se escudó tras la figura de cónsul de la embajada cubana en México entre agosto de 1986 y diciembre de 1991, para vulnerar las estructuras de la CIA en territorio mexicano.
Sin embargo, la eficacia de su trabajo no impidió que a principios de la década de los noventa, Riera Escalante mantuviera diferencias con funcionarios cubanos, derivadas de algunas propuestas en torno a trámites consulares que dificultaban la entrada y salida de ciudadanos cubanos a la isla. “Desde mi llegada a México se discriminaba a los cubanos residentes en el país en cuanto a sus trámites consulares y sus viajes a Cuba. Yo promoví un permiso especial para los cubanos residentes en México y fue autorizado para liberarlos de la necesidad y la obligación de viajar a Cuba como turistas; podían viajar y quedarse en sus casas con sus familias sin necesidad u obligación de reservar y pagar un hotel”, relata el ex funcionario cubano.
Sus propuestas se aprobaron al más alto nivel y se empezaron a instrumentar en 1991, dice Riera, pero en aquellos momentos lo que propuso fue considerado prematuro y extraño. “Esto fue interpretado como que yo cuestionaba directivas de Cuba”.
A su regreso a la isla, en 1991, Pedro Riera Escalante fue cuestionado por un alto jefe del Ministerio del Interior sobre las propuestas que había hecho desde México en torno a las políticas consulares del régimen. “Yo le aclaré en aquella conversación que no estaba cuestionando ninguna directiva, que simplemente estaba proponiendo que se considerara la realidad y para beneficio del gobierno y el pueblo cubano se adoptaran esas medidas”.
El ahora ex oficial de inteligencia tiene la certeza de que estas propuestas estimularon “un proceso de contrainteligencia interno” en su contra, situación que se agravó a raíz de que su esposa Marta María Bosch Bermúdez, una ciudadana cubana conocida como Mayté, enfermó de leucemia.
Riera Escalante regresó a Cuba a principios de diciembre de 1991, y en los primeros meses de 1992 se desató una crisis por la enfermedad de su esposa. Riera Escalante explica que se presentaron problemas por los medicamentos que se le suministrarían, motivo por el cual sale de Cuba en septiembre de ese mismo año para atenderse con un especialista mexicano. “Ella tenía una autorización directa del ministro del Interior de Cuba para un viaje con otros fines, de obtener donativos de medicamentos en México y cuando se produce esa situación, dicho permiso fue autorizado”, recuerda Pedro Riera.
Relata que solicitó viajar a México para acompañar a su esposa y que inicialmente no se le concedió el permiso. Dice que se autorizó hasta que el médico mexicano gestionó con el embajador cubano la autorización del viaje.
Ya en México Riera Escalante recibió un duro golpe después de que falleciera su esposa a causa de la leucemia, el 8 de octubre de 1992. No obstante, de regreso a Cuba, fue duramente cuestionado por autoridades de la isla. “A pesar de que mi viaje había sido aprobado por el Ministro del Interior, me llamaron del partido y me cuestionaron por la forma como había resuelto el viaje”, recuerda el cubano.
Las fricciones con las autoridades del gobierno cubano se agudizaron y Riera fue separado del partido y fue acusado de salir de la isla sin autorización, “cosa que era falsa”, dice Riera. “Yo apelé la decisión en cuanto a lo del partido y se decidió restablecerme la condición de militante con una sanción de un año, tiempo en el que me suspendieron los derechos del Partido Cubano”.
Posteriormente, al ex funcionario de inteligencia le habían otorgado sus derechos para trabajar y salir del país por cuestiones laborales. Sin embargo, “todo esto resultó ser una gran y absoluta mentira”, hecha con fines de contrainteligencia, dice. “Querían probar una presunta actividad, una supuesta traición”.
Pedro Riera Escalante asegura que las acciones de contrainteligencia emprendidas en su contra fueron evidentes y las logró detectar. Supo de información delicada a través de un amigo que había sido reclutado para trabajar en su contra. “El me pasa toda la información y me habla del expediente mío que le habían enseñado”.
En 1994 Riera intentó viajar a México y le negaron el permiso. Lo citaron en el Ministerio del Interior y le informaron que tenía que esperar cinco años para viajar. “Me preguntan que si estoy de acuerdo con esa decisión y yo digo que no estoy de acuerdo. Me preguntan que por qué y yo digo que no estoy de acuerdo porque esas regulaciones significan desconfianza y yo no he dado ningún motivo para que se desconfíe de mí, porque no he cometido ningún acto de deslealtad ni de traición en contra del gobierno cubano”.
No obstante, la desconfianza por parte del gobierno cubano persistió y los operativos de contrainteligencia se volvieron cada vez más molestos para Riera. En 1999, mediante un agente extranjero que reclutó la seguridad cubana, se intentó seguirle los pasos. El colmo era que el informante trabajaba para Riera Escalante en los negocios que había emprendido en Cuba y lo habían reclutado para que lo traicionara. Riera se percató de la situación y llamó al jefe de control interno de la inteligencia cubana y amenazó con emprender una denuncia por difamación. Y es que el extranjero tenía preparada ya una acusación en contra de Riera Escalante, en el sentido de que el ex oficial le había proporcionado información siendo miembro activo de la inteligencia cubana, lo que significaba espionaje y traición.
“Estaban utilizando a este individuo, que era agente de la seguridad cubana, para conformar un caso que fue neutralizado en aquel momento por mi reacción”, recuerda Pedro Riera.
Fue aquel incidente el que motivó que Riera Escalante decidiera salir de Cuba. Esto ocurrió en febrero de 1999 y en octubre ya preparaba las condiciones para abandonar de manera clandestina la isla, haciendo gala de los métodos de contraespionaje cubano.
La operación para salir de Cuba de manera clandestina involucró a personal del aeropuerto José Martí, que fueron reclutados por Riera en una limpia operación de inteligencia que concluyó el 23 de octubre de 1999, fecha en que logró salir de la isla con un pasaporte falso. “Logré salir en un vuelo de Aerocaribe hacia Cancún, mediante una operación de inteligencia”, recuerda.
Clandestino en México
Para entonces, octubre de 1999, Pedro Aníbal Riera Escalante ya había contraído nupcias por segunda ocasión con la mexicana María del Socorro Yáñez Vega, de quien se divorció el 24 de septiembre de 2004.
A su llegada a Cancún, el ex oficial de inteligencia cubano se comunicó con su esposa y le informó que viajaría a la ciudad de México inmediatamente. Ya en México intentó sin éxito regularizar su situación migratoria.
El primer contacto fue con el cónsul Roberto Rodríguez, en la primera semana de noviembre de 1999, a quien le informó que había entrado de manera ilegal a México y que solicitaba su ayuda para regularizar su situación. Rodríguez le respondió que tenía que comunicarse con el delegado de la Secretaría de Gobernación en Washington. Finalmente la gestión no tuvo resultados.
Semanas después, Riera Escalante detectó llamadas sospechosas y percibió indicios de vigilancia en su contra. Había cometido un grave error cuando estableció contacto con el cónsul Roberto Rodríguez, a quien le proporcionó el número telefónico de la casa en la que se encontraba.
Ante los movimientos sospechosos en torno a Riera, en la segunda semana de diciembre el ex agente de inteligencia cubano decide dejarle un recado a su esposa, en el cual le comunica que no había condiciones de seguridad y que pasaría a la clandestinidad para proteger su vida. “Mi vida estaba en peligro, porque al mismo tiempo en Cuba comenzó una investigación a fondo para indagar dónde estaba yo”. Riera recuerda que detuvieron a algunas personas que lo habían ayudado a salir de la isla y que la presión era brutal para obtener información. “A partir de ahí se desata una persecución implacable”, dice Riera.
“Decido pasar a la clandestinidad y entro en contacto con funcionarios de la embajada norteamericana en México para tratar de obtener refugio político en Estados Unidos. Esto se dilata durante varios meses. Ante la ausencia de una respuesta, decido viajar a República Dominicana, donde tenía un amigo y a donde hago dos viajes para explorar la situación antes de asentarme”, cuenta el ex agente cubano a cinco años de distancia en una habitación del piso 23 del hotel Habana Libre.
Asegura que en el segundo viaje a República Dominicana, efectuado a fines de agosto de 2000, se encontró aparentemente de manera casual con tres oficiales de la inteligencia cubana. “En el momento en que estamos estacionando el carro los veo a lo lejos y me voy del lugar. Eso me demostró que estaba bajo control de los cubanos en Dominicana. Aparentemente la medida no era para secuestrarme, sino para hacerme sentir inseguro”.
De regreso en México, Pedro Riera decidió reactivar los acercamientos con autoridades mexicanas para solicitar asilo político. Primero contactó a Edelmiro Castellanos, un periodista cubano radicado en México que lo ayudó a entablar comunicación con la Secretaría de Relaciones Exteriores.
En Relaciones Exteriores hablaron con Pedro Tamayo, secretario de la entonces canciller Rosario Green. “Tamayo tuvo una actitud muy receptiva. Me dijo que de inmediato iba a pasar un cable cifrado a Rosario Green, que estaba en Naciones Unidas, en la Asamblea General de la ONU. La respuesta fue que nos entrevistáramos con Carlos de Icaza, el subsecretario de América Latina y Asia–Pacífico.
“Al día siguiente nos recibe el licenciado Icaza y le planteo de una manera muy clara e inequívoca lo mismo que le había planteado al licenciado Tamayo: refugio político debido a la persecución de que era objeto. Icaza tiene una respuesta que me sorprende; me dice que en México no hay asilo político”. Riera recuerda que lo cuestionó molesto y desconcertado. “¿Cómo me dice que en México no hay asilo político. México no está suscrito a la convención de asilo territorial; en la Ley de Población no está la categoría de asilo o refugiado político?
“Ante mi respuesta se sorprende un poco, recapacita y dice: ‘bueno, yo no quise decir que México no da asilo político, sino que nosotros, en la Secretaría de Relaciones Exteriores, no somos los que podemos dar el asilo político'.”
Pedro Riera le solicitó al funcionario manejar aquella situación en la más absoluta reserva, y le pidió que no se le informara ni al gobierno ni a la embajada cubana sobre su situación. “Le dije que la inteligencia cubana tenía gente en todas partes aquí en México”.
La respuesta del funcionario mexicano fue hacer una llamada y establecer contacto con la Secretaría de Gobernación. El asunto era sumamente delicado y no podían dejar cabos sueltos, así que el caso Riera Escalante llegó hasta el cuartel general del Centro de Investigación y Seguridad Nacional (Cisen).
Tratándose de un caso que involucraba a un ex oficial de inteligencia extranjero, el encargado directo de atenderlo fue el director de Contrainteligencia del Cisen, José Luis Valles, quien esa misma tarde se entrevistó con Riera y Castellanos en el restaurante Vips, cercano al Metro Chabacano. “Ese mismo día en la tarde se produce la primera entrevista con José Luis Valles, en medio de un operativo de alrededor de 30 agentes del Cisen”, recuerda Pedro Riera.
Valles se presentó como director del Area Política de Gobernación, y de entrada tensó el ambiente aquella tarde de principios de septiembre.
– Nosotros ya lo identificamos; sabemos quien es– soltó Valles ante un Pedro Riera azorado que percibió la hostilidad.
– ¿Qué es lo que quiere plantear?– preguntó Valles.
– Como ya se lo expresé a Pedro Tamayo y al licenciado Icaza, deseo solicitar asilo político– respondió Riera.
– ¿Cómo entró a México?– preguntó Valles enérgico.
– Esa pregunta no se la voy a responder porque no estoy aquí para explicar cómo entré a México. Usted está tratando de empezar un interrogatorio policiaco conmigo, sobre un presunto delito común, y yo estoy pidiendo asilo político. Yo no estoy obligado a hablar de eso y no voy a hablar de eso –respondió al tiempo que miraba a Castellanos–. Me parece que no tenemos nada de que hablar aquí– soltó Riera mientras con un gesto indicaba que se levantaría de la mesa.
El director de Contrainteligencia del Cisen se percató de su torpeza e intentó rescatar la conversación.
– Vamos a pasar a otro tema– dijo Valles acorralado. Pero fue inútil.
El 3 de octubre se produce la segunda entrevista entre Pedro Riera Escalante y José Luis Valles. En esta ocasión fue en el Sanborns de avenida Cuauhtémoc, cercano al Metro Hospital General.
“Lo interesante de esto es que la entrevista con el señor José Luis Valles se hizo sobre la base de dos condiciones. Una, que no se me detuviera ni se me devolviera a Cuba, y dos, que el lugar de la entrevista debía ser público”, recuerda Pedro Riera.
No obstante, el experimentado agente de inteligencia cubano cayó en la trampa que le había tendido el director de Contrainteligencia mexicano José Luis Valles. Y aquella tarde de octubre se consumó la traición.
– Ya se aprobó otorgarle el asilo político; tenga mucho cuidado y manténgase en contacto– le dijo Valles a Riera aquella tarde, simulando un feliz arreglo en favor del cubano.
“Cuando salí de ese restaurante –recuerda Riera–, alrededor de 30 efectivos de la seguridad mexicana se abalanzaron contra mí y violentamente me obligaron a subir a una Van y me condujeron a la estación migratoria de las Agujas, y en menos de doce horas, a la mañana siguiente, sin oficio de expulsión y sin darme la oportunidad de acudir a las leyes mexicanas, se me montó en un avión de Mexicana rumbo a Cuba, escoltado por un agente de seguridad, y fui entregado a la seguridad del Estado cubano.”
Durante varias semanas, a Pedro Aníbal Riera Escalante, el experimentado cazador de espías norteamericanos, se lo tragó la tierra. La opinión pública supo de su paradero hasta finales de enero de 2001. Se encontraba recluido en Villa Marista, purgando una condena de cinco años de cárcel.
Pedro Riera estuvo tres años y dos meses preso, hasta que logró la libertad condicional el 19 de diciembre de 2003. “La libertad condicional me correspondía a los dos años y medio y me la dieron un año y dos meses después”, se queja Riera Escalante.
En Villa Marista estuvo 126 días y de ahí fue trasladado a la prisión de Guanajay. Ahí estuvo recluido en un área especial “donde están básicamente presos políticos militares o personas que fueron funcionarios del Estado”, dice Riera.
“El área especial –cuenta el cubano– es una prisión dentro de otra prisión; para llegar a la primera celda en donde estuve, había que atravesar doce puertas. El patio donde se toma el sol está enrejado y todo eso dentro de otra prisión que tiene un cordón armado de guardias. Ahí hay condiciones de contrainteligencia muy hostiles, porque hay en los salones micrófonos y cámaras de video. Hay un uso activo de agentes informantes entre los presos, personas que reclutan para informar, aunque el trato directo de los guardias es muy respetuoso, muy correcto”.
De la prisión de Guanajay, Riera es trasladado el 7 de febrero de 2003 a un campamento donde estaría rodeado de delincuentes comunes durante casi un año. “Entonces, las posibilidades de un incidente con cualquier preso se multiplicaron”, recuerda Pedro Riera.
Durante el juicio entre Pedro Riera Escalante y las autoridades cubanas ante un tribunal militar, salieron a relucir los nombres de funcionarios mexicanos que violentaron los derechos humanos del cubano y pusieron en peligro su vida.
Entre otros, Riera denunció ante un tribunal militar cubano al ex director de Contrainteligencia mexicano, José Luis Valles, quien actualmente se desempeña como delegado del Cisen en Morelos, después de ser el responsable del encuentro entre el empresario argentino Carlos Ahumada, el senador panista Diego Fernández de Cevallos y funcionarios de la PGR para conspirar en contra del jefe de gobierno capitalino Andrès Manuel López Obrador.
Actualmente, a punto de concluir su condena el próximo 6 de abril, Pedro Aníbal Riera Escalante no descarta la posibilidad de demandar al gobierno mexicano por el secuestro que sufrió en octubre de 2000. “Debo evaluar correctamente dónde y en qué forma presentar la demanda”, revela Riera Escalante.
Aunque lo que más le importa en estos momentos es conseguir del gobierno de Vicente Fox lo que no consiguió en el sexenio de Ernesto Zedillo: el asilo político. “Lo más importante ahora es que se repare la injusticia cometida, por lo cual solicito al gobierno de Fox que interceda ante el gobierno cubano para que se me autorice la salida y se me dé legítimamente la condición de refugiado”.
El próximo 6 de abril se cumple la sentencia que le impuso un tribunal militar a Pedro Riera Escalante en Cuba; no obstante, el ex funcionario de inteligencia se mantiene escéptico ante su situación, y recuerda lo que le dijo un instructor hace algunos años: “Por el momento es esto, pero hay otras cosas que aunque no podemos probar, si queremos podemos probar, entonces, si usted se dedica a hacer algún tipo de actividad o posición política en el país, las cosas van a ser diferentes y eso le puede costar la vida”.