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  Sección: Alta frivolidad | Publicado en: Abril 2005

Todos somos hijos de Pedro Páramo

José Luis López

 

Me entero, gracias a Tatiana Clouthier, que la clase política se ha unido a la celebración del 50 aniversario de Pedro Páramo. ¿O no explicó la hija de “Maquío” que renunciaba al PAN porque entre sus correligionarios afloró el priísta que todos llevamos dentro? Sí, igualito que en la geografía rulfiana, poblada de hijos del tal Páramo.

Entre los vástagos de don Pedro, sobra decirlo, había de todo. Y lo mismo ocurre en la gran familia priísta, donde abundan renegados y otros ejemplares de militancia vergonzante. Pero también los hay orgullosos de la estirpe, que presumen el apellido partidista hasta el día en que, avatares de la coyuntura, hay que cambiar de camiseta.

En tiempos recientes todo indica que la forma más rentable del priísmo es la del tránsfuga. De golpe y porrazo, como por arte de magia, queda borrado el pasado, trátese de errores de juventud o de madurez. A algunos les funciona el cuento en forma envidiable. Al paso de los meses, por ello, parece que acaban de bajarse de una nave extraterrestre o que son descendientes de Quetzalcóatl y no del mismísimo páramo tricolor.

En las filas perredistas abundan los ejemplares con tales características. Pongamos por caso Manuel Camacho Solís, primer espada en el cartel de “Amigos de Peje El Toro”. ¿Quién se acuerda a estas alturas de que un día Carlos Salinas le llamó “Camacho el bueno”, no fuera a pensarse que se refería al “Macho” Camacho, y lo puso así en posición envidiable durante la última pasarela de tapados de los tiempos del dedazo? Por cierto, cuando la democracia llevó a sus entonces adversarios al ayuntamiento de la ciudad de México, algún colaborador de Cuauhtémoc Cárdenas filtró información según la cual la época de oro del espionaje político en el Distrito Federal se vivió cuando Camacho despachaba en las oficinas de la regencia.

Pero, insisto, ¿quién se acuerda? Es más, resulta que el tránsfuga no sólo logra borrar de un plumazo su pasado, sino inclusive su presente. Ejemplo acabado de ello es el del “carnal” Marcelo (Ebrard). Tan bien le va que ni “Peje El Toro” recuerda que en otras épocas fue pieza clave de la administración salinista en el D. F. o, mejor aún, hoy se dedica a repartir sonrisas y despensas como premio por su aberrante labor al frente de la policía capitalina. Basta echar un vistazo a los reclusorios, donde en el 2004 se generaron el mayor número de denuncias por violaciones a los derechos humanos contra el gobierno de la ciudad. Ello, entre otras cosas, gracias a que al “carnal” Marcelo le entró la onda de que para acabar con la delincuencia había que sobrepoblar todavía más las cárceles.

A propósito de amnesia. ¿Alguien recordará en el PRD que en su discurso de toma de posesión Cuauhtémoc Cárdenas alertaba, todo vehemencia, sobre “el peligroso incremento que sufrieron los índices delictivos entre 1993 y 1997 como consecuencia de la aplicación de una política de seguridad y justicia fundada en la represión y no en la prevención”. Por supuesto, no Alejandro Encinas, tan desmemoriado que él mismo coincidía con el diagnóstico de Cárdenas antes de que Ebrard recibiera el espaldarazo del mesías y luego hasta salió con la vacilada de hacerle segundos pisos a los reclusorios para que el apóstol Marcelo tuviera manos libres cazando pillos en las calles.

¿Pisará la cárcel “Peje El Toro” y así podrá constatar los avances de su administración en materia de justicia? ¡Dios quiera que no! Y no es que me parezca mala idea que se dé un quemón de cómo se vive en esa otra “ciudad de la esperanza”. Lo que me pone enfermo es el hecho de sólo imaginarlo tirando la neta desde la rejilla de prácticas, más reflectores a su alrededor que ni Gloria Trevi.

Ahora que, ¿y si el cielo no se apiadara de nosotros y entre los capítulos que nos restan por presenciar del “Martirologio de Andrés Manuel” está el de verlo en chirona mientras las multitudes se desgañitan gritando que “Peje El Toro” es inocente? No tengo la menor duda de que, como a René Bejarano, Encinas le conseguirá una celda común y corriente, sin privilegios. Pero ojalá, en tal caso, también filtre a algún diario fotografías que retraten las privilegiadas condiciones de vida de quienes deben dormir en celdas de pocos metros cuadrados en compañía de diez o más presidiarios.

Quien quita y, entonces, también allí apliquen aquello de primero los pobres.

 

 
   
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