Resultado de la falta de oportunidades para su desarrollo humano, además del desdén social y gubernamental que por años han padecido, los indígenas mixtecos de Oaxaca enfrentan una lucha constante por la tierra, generando enfrentamientos armados entre comunidades que por su gravedad, el gobierno califica como “de atención prioritaria”
San Pedro Yosotatú, Oaxaca.- El pueblo amanece y duerme entre las nubes de la amenaza, como suelen hacerlo la mayoría de las comunidades mixtecas que se encuentran en conflictos territoriales en la región de la sierra norte de Oaxaca. Aquí, en territorio considerado como ‘foco rojo', tres hombres desaparecieron hace un año y se presume que fueron secuestrados por habitantes de Sebastián Nopalera, comunidad con quien mantienen conflictos agrarios desde hace seis décadas.
Los hogares de más de 200 familias de estas comunidades pertenecientes a los municipios de Tlaxiaco y Santa Lucía Monteverde, han vivido entre tiroteos, robos de su cosecha y con el temor constante de más decesos, por eso ambos poblados están pertrechados. No dejan espacio para los rumores de una nueva invasión a las tierras comunales de uno y otro lado.
El mutismo de las autoridades en cuanto al paradero de los desaparecidos, el nulo castigo a los asesinos de tres habitantes de la región y de los invasores a tierras de Yosotatú, cala en el alma de los ejidatarios, quienes no confían en sus vecinos, pero menos aún en la pronta solución del conflicto agrario.
En medio de un nudo burocrático, donde existen resoluciones territoriales a favor de una y otra comunidad, estos poblados han cerrado el camino que durante años fue testigo del paso amigo entre pueblos mixtecos.
Junto con su comunidad vecina de San Sebastián Nopalera, San Pedro es considerada oficialmente como un punto de difícil y riesgoso acceso debido a los problemas generados por los conflictos territoriales entre ambos pueblos.
Ahora, la vigilancia policial preventiva es constante y ni siquiera la policía judicial se escapa de los ataques de los pobladores de San Sebastián Nopalera, quienes no permiten el paso a ningún extraño.
La preocupación, el descontento y la incertidumbre sobre el futuro de sus tierras, han propiciado un escenario dramático: familias desintegradas, carencias de servicios básicos, olvido de su lengua y tradiciones indígenas, largas jornadas de trabajo a cambio de unos pesos y el temor de nuevos enfrentamientos entre pueblos hermanos.
Ante esto, don Marcial, comisariado ejidal lanza una adevertencia: “Hay rumores de que buscan invadir también las tierras comunales, pero no podrán hacerlo”.
Vigilantes de la tierra
A tres horas de Tlaxiaco, su cabecera municipal, San Pedro Yosotatú es un pueblo de mujeres y niños. Las remesas de sus familiares en Estados Unidos se han convertido en uno de sus principales sustentos, por encima de la producción y venta de café.
“Después de que inició el conflicto y de que Nopalera nos quitará los ejidos, más de la mitad de la población –750 personas- ha emigrado; la mayoría se fue a Estados Unidos y otros a la ciudad de México”, señala Marcial López Castro, presidente del Comisariado Ejidal de la localidad.
Por eso el paisaje es femenino. Mujeres que cuidan a los hijos, trabajan en los huertos de café, atienden pequeños negocios, y se organizan para hacer trabajos para la comunidad. Mientras el cabildo de la agencia municipal y la comisaría ejidal, conformado por hombres, viajan constantemente a la ciudad de Oaxaca y Tlaxiaco para seguir con las negociaciones y trámites que les permitan recuperar sus tierras.
Las paredes de los cerros que rodean a Yosotatú, evitan que los primeros rayos del sol lleguen puntuales a los caminos de terracería. Desde temprano mujeres, niños y algunos hombres jóvenes caminan sigilosamente hasta hora y media para llegar a las huertas y limpiar los campos de café y maíz.
Algunos se asociaron con cooperativas para poder vender el café a mejor precio, pero la mayoría lo vende de manera individual y su producción no rebasa los cien kilos por familia. El pago, como siempre en estos casos, es poco para el trabajo realizado. “De diez a veinte pesos, pero nos llegaron a pagar cinco pesos por el kilo”, dice Germán, un joven de quince años quien sólo espera terminar la secundaria para poder emigrar a los Estados Unidos.
Los mixtecos son uno de los 16 grupos etnolingüísticas que habitan esta región del suroeste mexicano, es decir, que casi dos millones de habitantes son indígenas, lo que significa que seis de cada diez oaxaqueños pertenecen a algún grupo étnico. Sin embargo en esta comunidad de la mixteca sólo un 20 por ciento de la población habla mixteco, la mayoría de ellos tiene más de 50 años, según estadísticas municipales.
No hay una clínica, sólo cuentan con una casa de la salud, que casi siempre está cerrada y es atendida por una mujer electa entre la comunidad y capacitada para solucionar problemas menores de salud.
Los niños -que oyen hablar a su abuelos sobre el despojo de las tierras y el enojo hacia las autoridades- asisten a preescolar, primaria y telesecundaria, pero los maestros tienen que caminar desde otras comunidades para llegar puntualmente a sus clases.
Yosotatú siempre mira hacia un mismo lugar: “Allá –dice doña Simona- entre los cerros El Catrín y Las Trancas, es donde están las tierras más productivas, esa es la tierra que nos quitaron”.
El conflicto agrario entre San Pedro Yosotatú y San Sebastián Nopalera, es uno de los 500 conflictos que existen en el estado de Oaxaca, y parte de los cinco considerados como puntos rojos por tener más de 40 años de conflicto y con riesgo de violencia.
Según un informe difundido por el abogado Francisco López Bárcenas, titulado ‘La lucha de San Pedro Yosotatú en defensa de sus tierras', más de 300 comunidades mixtecas oaxaqueñas pertenecientes a 130 municipios del estado tienen viejos conflictos agrarios, que derivaron en enfrentamientos ante la indiferencia del gobierno del estado e incluso por la actuación parcial de las autoridades agrarias.
El origen
Marcial López, tiene los ojos cansados, camina de prisa y sus pies apenas rozan las piedras del camino. “Nuestra comunidad es propietaria de un ejido de 499 hectáreas, 493 le fueron dotadas por una resolución presidencial el 16 de abril de 1931, siendo las primeras tierras que se titularon en la mixteca alta después de la Revolución Mexicana; las 6 restantes se le dotaron por una ampliación efectuada por resolución presidencial en 1948”.
Contrario a la mayoría de los pueblos mixtecos, San Sebastián Nopalera y San Pedro Yosotatú tienen en sus tierras el beneficio de la húmedad. Son tierras fértiles cuyos campos dan maíz, fríjol y en las huertas se siembra mango, papaya, limón, naranja, lima y café.
“La tierra no nos la regaló el gobierno, ni se la quitamos a nadie -añade don Marcial- el ejido proviene de lo que fue la hacienda de Jicaltepec, que perteneció a la señora Luz Gil de Ugalde”.
Los problemas entre vecinos iniciaron con el siglo XX y continuaron de manera esporádica después de la titulación de las tierras, pero fue en 1976, cuando comenzó la invasión de los ejidos de Yosotatú.
Allí se construyeron viviendas, un tanque de agua y un panteón en una superficie de 18 hectáreas denominado Polígono I. “La superficie es tierra para cultivo, pero los invasores la convirtieron en zona urbana”, señal don Marcial.
El problema se agravó en 1993 cuando el gobierno decidió fijar los límites entre ambos ejidos. Por ello, en octubre de 1995, San Pedro Yosotatú inicio ante el Tribunal Unitario Agrario, con residencia en Huajuapan de León, el reconocimiento y la ubicación exacta de la línea de colindancias.
Así se condenó al ejido San Sebastián Nopalera y a su anexo Zimatlán de Lázaro Cárdenas, a respetar la línea limítrofe. Pero, según Yosotatú, los habitantes de Nopalera y Zimatlán de Lázaro Cárdenas volvieron a despojar a los ejidatarios de sus propiedades y en febrero de 1998 se posesionaron de aproximadamente 50 hectáreas más de tierras ejidales.
Maurilio Santiago Reyes, abogado del Centro de Derechos Humanos y asesoría a pueblos indígenas, señala que aunque Yosotatú ha documentado su propiedad sobre las tierras, la comunidad de Nopalera tiene los documentos de propiedad ancestral.
“Nopalera pertenece a Santa Lucía Monteverde y este municipio es el que cuenta con los documentos que acreditan la propiedad -desde la época colonial- de esta parte del terreno”.
Señala que la posición de la tierra, por derecho ancestral, pertenece a Nopalera. “Nosotros tenemos documentos y derechos primordiales para ocupar esas tierras, desafortunadamente el Tribunal no tomó en cuenta este derecho y los indígenas acudieron sin ningún tipo de defensa ante los tribunales”.
Santiago asegura que Nopalera se presentó con desventaja en ese juicio y por ello, ahora buscan hacer valer sus derechos. “Vamos a interponer una demanda contra el estado, a través de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, por no haber tomado en cuenta el derecho ancestral de los pueblos indígenas. Esto deja en tela de juicio la veracidad de la resolución de un juicio agrario a favor de una de las partes”.
Además, dice, las tierras están muy lejos del poblado de Yosotatú que se encuentra en la punta del cerro, las tierras están más cerca de Nopalera”.
Los problemas iniciaron con Zimatlán de Lázaro Cárdenas, cuyo territorio que ocupa actualmente pertenece a la comunidad de San Sebastián Nopalera. Este a su vez pertenece al municipio de Santa Lucia Monteverde, Putla. Es bajo este argumento que la gente de Nopalera y Zamatlán reclaman estas tierras a Yosotatú: Santa Lucia Monteverde concedió el permiso a Nopalera, para trabajar sus tierras, por lo que esta última obtiene una resolución presidencial de fecha 17 de marzo de 1933, la cual fue ejecutada con fecha 7 de mayo de 1934 y la Secretaria de la Reforma Agraria dotó de tierras a Zimatlán de Lázaro Cárdenas.
Es decir, al parecer hay dos resoluciones emitidas casi en el mismo tiempo y que concede a ambas comunidades la propiedad del territorio.
La montaña como guarida
Después de que el gobierno entregó los títulos de propiedad a la gente de Yosotatú, ambas comunidades habían permanecido en relativa calma.
Sin embargo, la paz y los lazos de amistad e incluso de matrimonio, se terminaron desde que, según los habitantes de Yosostatú, el actual diputado perredista y ex líder de la Unión Campesina Democrática (UCD), Salomón Jara Cruz, llegó a Nopalera e incitó a la gente para invadir y despojar de las tierras ejidales a Yosotatú.
Entonces fue el inicio de una guerra que mantiene a 64 familias atrincheradas en el pueblo de Yosotatú en espera de soluciones viables.
El punto más crítico del conflicto llegó el 24 noviembre de 2003. Según la versión de ambos pueblos fue una agresión donde intervinieron armas de grueso calibre de uso exclusivo para el ejército; sin embargo unos y otros se culpan de los heridos, la quema de las casas y la destrucción de los plantíos.
En medio de la violencia que se vivía en la zona, el gobierno estatal otorgó a Yosotatú un terreno para trabajar y donde les garantizaba protección contra las constantes agresiones de los habitantes de San Sebastián Nopalera. Sin embargo cuando los ejidatarios bajaron a pizcar su cosecha no imaginaron que tres de ellos no regresarían.
Las tres esposas de los desaparecidos el 24 de noviembre de 2003, cuentan que mientras la gente trabajaba en el paraje Chapultepec, escucharon disparos de armas de fuego y momentos después se vieron rodeados por gente de San Sebastián Nopalera fuertemente armados.
Algunos lograron escapar. Otros fueron arrinconados por los agresores hacia El Paraíso, ubicado en tierras ejidales de Nopalera. Desde entonces los jóvenes Fabián López Díaz, Omar López Díaz y Raymundo Jiménez Hernández están desaparecidos.
“Abraham Plácido Castro también estaba con ellos pero escapó antes que lo amarraran, observó cómo se los llevaron y nos contó lo que vio. Dijo que los llevaron cerca de Nopalera, que los llevaban amarrado y con una venda en los ojos, que parecían muertos. Mientras sus captores hablaban por radio. Los tenían en el terreno de El Paraíso rumbo a Zimantlán”, cuenta Ángela López -esposa de Fabían- quien para mantener a sus dos hijos hace trabajos de costura.
Lucía, esposa de Omar, tiene el deseo de que éste regrese. “Estuvimos en plantón frente al palacio de gobierno estatal, visitamos a Xóchitl (Gálvez) y a la señora Martha Sahagún, quien le habló al procurador pidiendo solución. Después de ello pensamos que iba a haber más resultados pero nada”.
La esperanza se les escapa entre la zona boscosa que rodea a ambos pueblos y por donde dicen que se llevaron a sus esposos. Mientras sus hijos ya no preguntan por sus padres, saben que están perdidos y sólo esperan poder ayudar a la economía familiar cuando tengan suficiente edad.
Ante esto el abogado Santiago Reyes sostiene que hay mentira y desventaja por parte de Yosotatú. “Ellos siempre han tenido muchos recursos, capacidad de defensa y de difundirse en los medios cosa que los otros poblados no. La estrategia de Yosotatú fue siempre de atacar y después hacerse los ofendidos.
Señala que el último enfrentamiento de 2003, en el Paraíso, “hubo un muerto por parte de este pueblo, se quemaron casas y se determinó que todo había sido una mentira de Yosotatú, como consta en la averiguación previa numero 239(FM)/2003, de la Sub-procuraduría de Averiguaciones Previas, dependiente de la Procuraduría General de Justicia del Estado de Oaxaca”.
Además señaló que efectivamente la UDC ha apoyado a la gente de Nopalera pero ignora si les ha entregado armas como afirma la gente de Yosotatú.
“Hay una mesa de negociación pero las cosas no van a ser tan fácil de solucionar, dice el abogado, porque esto tiene que ver con otros problemas de marginación, pobreza y migración”.
Pide que en el acuerdo haya participación imparcial de las autoridades pues están a favor de Yosotatú, sobre todo el abogado Francisco López Bárcenas, quien tiene una cercana relación con la señora Xóchitl Gálvez. “El problema de la tierra es un parámetro de todo lo malo y lo que hace falta en la zona de la mixteca”, señala Santiago Reyes.
La ignorancia de las leyes
Fue hasta los sucesos violentos del 2003 que el gobierno estatal puso atención al conflicto y llamó a las partes a dialogar a través de una reunión con la Secretaría de Gobierno de Oaxaca. Ahí se concluyó que se debía mantener el respeto entre las comunidades enfrentadas; Rafael Bautista Mejía, representante de la UCD, se comprometió a retirar a su gente armada del las tierras de San Pedro Yosotatú, pero en lugar de hacerlo las ocuparon en su totalidad.
Dos días después del atentado, las policías preventiva y ministerial realizaron un operativo en el lugar de la agresión con el fin de localizar a los desaparecidos, pero sólo pudieron revisar El Paraíso pues Nopalera les impidió entrar a Barranca de Agua Fría y Peña Negra, donde los ejidatarios de San Pedro suponían que podían encontrar a los secuestrados.
Nopalera ha cultivado una mala fama en la región. Desde mitos que hablan de lo agresivo que son sus habitantes y los castigos inhumanos que imponen a quien desobedezca los mandatos, hasta los conflictos ancestrales que han mantenido con otros poblados de la región como Santa Catalina Yosonotú y Santiago Nuyoó; municipios que también tienen problemas de tierras, pero donde se repite lo mismo “el gobierno no ha querido poner un alto”.
La demanda de los mixtecos de Yosotatú ha sido la intervención de las autoridades para sacar a la gente de Nopalera. “Dicen que no pueden intervenir y ejecutar la sentencia del Tribunal Agrario porque no hay condiciones de seguridad para la autoridad”, señala don Marcial.
Casi 98 mil hectáreas, del millón y medio del territorio mixteco, forman parte de los 167 expedientes de conflictos agrarios que esperan ser resueltos en la región desde hace 40 años, según el informe de un informe difundido por Francisco López Bárcenas.
Así, la disputa por este territorio viene acompañado del acaparamiento de las áreas más rentables y de los escasos recursos naturales como agua y bosques.
El representante especial de la Secretaría de la Reforma Agraria (SRA) en Oaxaca, Gullermo Gallegos Muñíz, no coincide con la preocupación de los pobladores de la región en disputa y asegura que hay avances en el asunto de Yosotatú y Nopalera. “El logro más importante es la reanudación de las negociaciones el 18 de mayo de este año después del enfrentamiento en noviembre entre las dos comunidades”.
“Trabajamos con los grupos y logramos firmar un acuerdo de civilidad”. Sin embargo, a pesar del acuerdo oficial firmado entre las partes donde acordaron no trabajar las tierras en disputa, en Nopalera todo sigue igual, ellos trabajarán el campo hasta que no haya un acuerdo común.
El funcionario confirma que hay una resolución legal que le da la titularidad del predio a San Pedro Yosotatú. “Pero la posesión física la tiene Nopalera y es imposible hacer un procedimiento para sacarlos porque generaría violencia”.
A través de la comisión interinstitucional donde interviene la SRA, la Oficina de Atención a Pueblos Indígenas y la Junta de Conciliación Agraria el gobierno apuesta por la solución a través de consensos y con una contraprestación a través de proyectos productivos o dinero en efectivo a quienes cedan parte de su territorio para acabar con el conflicto.
Sin embargo, está en puerta la sentencia de otro juicio por trámite de restitución, donde el Tribunal Agrario podría solicitar el uso de la fuerza para desalojar el predio.
Aunque el delegado de la SRA asegura que no se pretende dejar ganadores y perdedores, los representantes de San Pedro Yosatato ven muy lejos la solución de este conflicto sobre todo porque han sido varias veces que Nopalera ha dejado las mesas de negociación.
Guillermo Gallegos agrega: “Tenemos 38 focos amarillos y cinco rojos en el estado, de los cuales comprometemos la solución de 30 asuntos para esta año, entre ellos está el de San Pedro Yosotatú con Nopalera”.
Cuando apenas comienza la tarde, la niebla hace difícil el camino pero el vigilante de la piedra no pierde de vista el terreno de los ejidatarios. Desde lejos, en medio de escarpadas montañas que funden el ruido de los grillos con el de la lluvia que baja desde la pared del cerro, permanece Yosotatú, mirando de frente la trinchera verde donde se esconde Sebastián Nopalera.
Al pie de la alfombra de nubes que protege el ejido, ahora trabajado por el pueblo vecino, don Marcial lanza la última señal de esperanza: “Vamos a reiniciar la mesa de diálogo pero nos preocupa que la otra parte no de un propuesta”.
Está desanimado porque acostumbrado a sentir la tierra entre sus manos ahora tiene que conformarse con mirar el campo a través de los binoculares. “Hay rumores de que buscan invadir también las tierras comunales, pero no podrán hacerlo”.
Conflictos como el de Yosotatú y Nopalera se agudizan cuando en lugar de buscar soluciones, el gobierno se enreda en un nudo burocrático y la solución se paga con venganza y violencia. En medio de esta lucha siempre pesan más los intereses de líderes que ven en la pelea por la tierra un espacio de disputa por el poder, mientras los indígenas sólo buscan el reconocimiento de su territorio.