Jechvó, Chiapas.- Pocos automóviles llegan hasta Jechvó, que de lejos parece un pueblo fantasma. Es día de trabajo y los hombres están en el campo. Sólo mujeres y niños curiosos se asoman por ventanas y puertas de las casas. Los rostros inertes traslucen temor, tal vez porque aquí se vive en permanente estado de sitio.
Ahora es época de lluvias, pero la preocupación por el agua no cesa. En diciembre pasado las autoridades municipales encabezadas por el perredista Martín Sánchez Hernández, les cortaron el suministro del líquido y de la energía eléctrica.
Desde entonces, las 170 familias tzotziles de esta comunidad tampoco tienen acceso a la iglesia y a la escuela. “Aquí no tienen nada”, dice la italiana Fioranna, campamentista “por la paz” que desde hace un mes vive en Jechvó, donde el atrio de la capilla se ha convertido en un campamento policial para resguardar “la estabilidad”.
El origen de la situación es de orden político. Para la gente, estas represalias son el precio que se paga por estar en la resistencia. El 4 de noviembre del año pasado, 70 autoridades municipales que viven en este lugar renunciaron a sus cargos públicos y a su militancia en el Partido de la Revolución Democrática (PRD).
A partir de esta fecha, los disidentes reconocieron su simpatía por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), asumieron su autonomía y ahora se conducen bajo el cobijo de las Juntas de Buen Gobierno.
Para el secretario municipal de Zinacantán, José Jiménez Pérez, la explicación de las medidas es simple: “un grupo se separó; manifestaron que ya simpatizaban con el EZLN y ya no deseaban participar con la comunidad, entonces los de la comunidad se molestaron porque ellos ya no querían nada del gobierno”.
“Todo lo que tenemos ahorita de tuberías de agua apenas nos alcanza, y ellos no quieren, pues mejor les cortamos el agua, a ver de dónde consiguen, si no quieren apoyo del presidente y de ninguna autoridad”, dice. Y aunque el perredista asegura que el suministro del líquido ya fue restituido, Jechvó sobrevive con lluvia.
Pero en Zinacantán no sólo Jechvó padece escasez de agua. Otras bases zapatistas como Elambó Alto, Elambó Bajo y San Isidro, han sido afectadas por estas medidas.
El temor
Para los tzotziles de Jechvó el miedo se cocina y se come todos los días. Sobre Todo después del enfrentamiento del pasado 10 de abril, cuando este choque político tuvo su más áspero capítulo.
Entonces, una caravana de pipas del EZLN que abasteció de agua a la comunidad, proveniente de la Junta de Buen Gobierno de Oventic, Caracol Corazón Céntrico de los Altos, fue atacada con piedras, cohetes y armas de fuego.
Las bases zapatistas tuvieron un saldo negativo de 30 heridos y, en contraparte, ninguno de los 150 perredistas involucrados en este atentado fue lastimado. Tras estos sucesos, los habitantes de Jechvó se refugiaron en la montaña.
El día del éxodo no hubo luz de luna; ahí, durante poco más de 15 días, sobrevivieron sin comida y sin agua.
Con el apoyo de las bases de Oventic, los indígenas regresaron a su hogar. Pero la bienvenida fue desoladora; sus casas y pequeños comercios fueron saqueados, sus tanques para almacenar agua, rotos, y sus pocas gallinas, puercos y caballos, asesinados.
En Jechvó, las estrategias de intimidación que ejercen cotidianamente los policías municipales, han surtido efecto; para advertirlo no hay que ser demasiado sensibles, sólo hay que observar a las personas, quienes salen únicamente cuando lo consideran indispensable.
Juan, de 15 años, recuerda con tristeza a sus animales muertos. Prefiere no dar su nombre completo porque su vida corre peligro. Sus oportunidades son escasas y aunque le gusta estudiar, fue obligado a dejar la escuela.
Mientras sus vecinos se ocultan dentro de sus casas, Juan es valiente y cuestiona: “cómo saben que no tenemos agua aquí en Zinacantán”. Detrás de su pregunta aguarda una desgarradora expresión de esperanza, como si los extraños que lo visitan tuvieran la solución.
Juan no habla mucho, pero cuenta que “ya no llega el agua en pipas. No hay ríos, sólo esperamos a que llueva”. El desconsuelo se desliza en sus palabras, “no podemos ir a la escuela, tampoco a la iglesia, no nos dejan entrar ahí”. Esto le duele mucho porque su padre es prediácono y ya no bautiza a nadie.
Pero las autoridades tienen su propia versión. “De por sí, Jechvó y Elambó no cuentan con agua, no hay ríos ni arroyos donde se pueda obtener el líquido; solamente se obtiene de acá, de Zinacantán y se tiene que llevar bajo presión y no ajusta, no alcanza a todos los habitantes. Por eso en tiempos de seca empiezan los problemas; pero lo del 10 de abril fue por conflictos políticos, no por agua”, asegura José Jiménez.
El secretario municipal reconoce que “los simpatizantes del EZLN ya no querían cooperar en el cargo de la comunidad, y por eso se les cortó el agua en diciembre. Ahorita ya se les reestableció otra vez el servicio”, dice.
A primera vista, los visitantes de Jechvó corroboran que aquí el único suministro de agua es el cielo. Cubetas, tambos y botes de todo tipo se encuentran alrededor de las casas de adobe, esperando como bocas sedientas la lluvia.
Fioranna describe la situación de los tzotziles: “cuando llueve toman agua. Hay una reserva arriba pero los perredistas no quieren dar agua a los zapatistas. Cuando llueve bien y, cuando no llueve pues…”.
No obstante, el funcionario insiste en su argumento. “Al final nos costó convencerlos a las autoridades, al presidente, que se les otorgara agua a aquellos, y al final accedieron a algunas cosas para que se les restituyera el agua, van a seguir cooperando como siempre con el municipio”.
¿Pero las bases zapatistas de Jechvó aún no cuentan con el servicio?
- Ahorita estamos viendo lo de un proyecto, a ver si se puede que de este río se le pueda bombear hasta allá, pero hacen falta recursos. En el municipio esperamos que sí se pueda; va a tardar, pero cada año se va ahorrando para que pueda hacerse ese proyecto.
¿Cuánto dinero se necesita?
- Poco más de 8 millones de pesos.
La historia
En 1994, en la región de los Altos de Chiapas, a diez kilómetros hacia el sur de la cabecera municipal de Zinacantán, se fundó Jechvó, cuyo significado parece una metáfora punzante: “del otro lado del lago”.
En ese entonces, 170 familias de Pasté, todas zapatistas, se desplazaron kilómetro y medio para evitar enfrentamientos. Actualmente, sólo 40 siguen en resistencia, pues un año después iniciaron las fracturas políticas.
Fue en 1995 cuando más de cien familias se afiliaron al PRD y renunciaron al EZLN. Durante el periodo de 1995 y 2003, las relaciones entre zapatistas y perredistas se sobrellevaron. Pero desde diciembre pasado, por orden de las autoridades municipales, la calma se convirtió en angustia.
A pesar de sus caminos, Jechvó no está incluido en los tours que sin pudor ofertan a los indígenas como un atractivo de la región; por desagracia, tampoco está contemplado en los planes de ayuda del gobierno federal.
“Aquí se vive al día; se intenta hacer algo en la resistencia, pero la gente tiene mucho miedo”, dice Fioranna, la italiana que aún no comprende como en medio de tanta riqueza natural, los tzotziles viven sumidos en la miseria. “Todo es por el mal gobierno”, reflexiona. A su lado está Juan, que de cuando en cuando voltea al cielo con la esperanza de que hoy también llueva. 3
Sin agua
Zinacantán, Chiapas.- Acompañada por sus dos hermanos mayores María, de diez años, cada tercer día va al río a lavar su ropa. Por grotesco que parezca, junto a su casa pasa la tubería de agua potable que abastece a la mayoría de hogares de la cabecera municipal, pero no al suyo.
Cifras oficiales señalan que cerca de 2 mil familias de este municipio no cuentan con agua potable; pero María no sabe de estos números, lo único que sabe es que para beber, comer y bañarse debe caminar 20 minutos, con una o dos cubetas llenas de agua, más de una vez al día.
Catalina de la Torre, madre de la pequeña, calienta un poco de atole para preparar los hilos con los que teje sus artesanías, su casa no mide más de cuatro por cuatro metros. Hasta ahora, las autoridades no han hecho nada para corregir esta situación.
“‘Qué voy a hacer', así me dijo el juez, ‘yo no puedo hacer nada'. Entre los socios del agua hay unos buenos y hay unos malos. Yo iba a quitar ese tubo pero no quiero engañar a la gente como me hicieron a mí, y si lo quito sé que se va a echar a perder toda la flor, pobrecita la flor va a llorar porque necesita agua. Mejor que yo sufra, no importa”, dice la señora de 43 años de edad.
El secretario municipal, José Jiménez, justifica: “el agua de por sí es escasa”. Pero “en la cabecera, la mayoría cuenta con tuberías de agua, a veces no se da abasto, pero es la bomba, por eso algunos se van al río. El problema está en las comunidades más lejanas del municipio”, asegura.
En “el lugar de los murciélagos”, hoy es un día de juego para María, porque ella y sus hermanos han traído a su pequeña perra. “La vamos a bañar, a Peluchín”, dice la niña con una sonrisa. Y mientras sumergen al animal en el río y se divierten, las otras lavanderas que se resisten a platicar con los extraños, comienzan su jornada. Ellas tampoco tienen agua, dicen los niños.