Aleida Guevara March en México. Vino a hablar de los cinco héroes cubanos presos en Estados Unidos acusados de espionaje. Habló ante cientos de ávidos estudiantes en un auditorio desbordado. Por la tarde, la esperada entrevista con ella.
Y ahí está. Más delgada y juvenil que en aquella fugaz visión por televisión hace años en pleno discurso para la Plaza de la Revolución: era muy joven, aún no se graduaba como pediatra. Ahora lleva una chalina negra sobre los hombros, el cabello rubio corto y un semblante simpático en que rastreamos rasgos del icono, su padre el Ernesto Guevara, el Che, pero en el que la genética decidió grabar el fenotipo materno.
Aleida March era revolucionaria activa antes de conocer a Guevara (1958), operó por meses en la clandestinidad en Santa Clara. Paco Ignacio Taibo II la describe así: “ella conoce la ciudad perfectamente y le abrirá –al argentino- las puertas del apoyo popular, los caminos, las azoteas, los callejones” para la toma de esa ciudad (Ernesto Guevara. También conocido como el Che, 1996).
De la primogénita del revolucionario asesinado en Bolivia la opinión pública tuvo apenas asomos. Su entorno familiar fue celosamente guardado del acecho morboso que hurgaba la intimidad del personaje, sólo esa carta de abril de 1965:
“A mis hijos. Queridos Hildita, Aleidita, Camilo, Celia y Ernesto: Si alguna vez tienen que leer esta carta, será porque yo no esté entre Uds. Su padre ha sido un hombre que actúa como piensa y, seguro, ha sido leal a sus convicciones.
Crezcan como buenos revolucionarios. Estudien mucho para poder dominar la técnica que permite dominar la naturaleza. Acuérdense que la revolución es lo importante y que cada uno de nosotros, solo, no vale nada. Sobre todo, sean siempre capaces de sentir en lo más hondo cualquier injusticia cometida contra cualquiera en cualquier parte del mundo. Es la cualidad más linda de un revolucionario.
Hasta siempre hijitos, espero verlos todavía. Un beso grandote y un gran abrazo de Papá”
Y Aleida aprendió la lección: como alumna adelantada sintió la injusticia y trabajó en Nicaragua (1983-1984) en Angola (1986- 1988) luchó contra racistas sudafricanos. Como pediatra domina la técnica y como especialista en alergias contiene a la naturaleza; hoy denuncia la prisión de cinco cubanos en Estados Unidos.
Estamos en Tlatelolco, preguntamos cómo le va en esta agotadora primera jornada “No dormí, anoche se fue la luz en La Habana y ustedes saben que hay que estar con mucha antelación en el aeropuerto, a las cuatro de la madrugada. Ha sido muy cansado pero el calor humano de los mexicanos es hermoso.
“Acabo de estar en Australia y fue muy intenso pero con una agenda más descansada que alternaba jornadas de actividad y otras de recorrido por los lugares. Adonde fueron muy calurosos fue en Argentina ¡fue de no parar y de un cariñosos! en todos lados y todos platicando, me querían llevar a todas partes,
“Me reciben como la hija del Che, pero les digo que soy un accidente genético -y explica con las manos, con gracia y la sonrisa -. De verdad, un gene se une con otro y surge un ser, es aleatorio que yo sea su hija. Desde luego que es muy lindo pero soy hija del pueblo cubano”.
No puede continuar, la chica de la televisión –esa pantalla tirana- se la lleva. Aleida guía la entrevista que se alarga cuarenta minutos. Por fin dos preguntas con la doctora, intentando darle la voz sin que impere la figura del emblemático revolucionario.
-Hoy se encuentra con un pueblo mexicano solidario con el cubano, pero cuyo gobierno ha tenido relaciones muy tensas con La Habana desde hace meses ¿qué opina de ese desencuentro?
Inteligente y simpática evade: “el pueblo mexicano ha mostrado su solidaridad con los cubanos de una manera extraordinaria, sabemos que con ese apoyo contamos. Eso es maravilloso”.
-Doctora, Fidel Castro ha sido el eje de defensa ante la embestida de la administración Bush contra Cuba. Su desaparición ¿qué escenario plantea para los cubanos en la guerra estadounidense contra el terrorismo?
Rotunda: “No, no, mire. Nosotros contamos con el apoyo de los pueblos honestos del mundo. Son miles de cubanos que realizan acciones internacionalistas porque saben que somos solidarios. Tenemos a miles de médicos en Venezuela contribuyendo en programas de salud para los hermanos de ahí, en todos lados. Eso es lo que hacemos y logramos”, vuelve a atajar la respuesta a una pregunta que ahí está.
La misión

Y la llevan al auditorio. Decenas de personas la esperan y de nuevo sonriendo les comparte su fatiga. “Aquí estoy, cumpliendo algo que es lógico y necesario para mi pueblo: hablarles de estos cinco compañeros a los que la Revolución les dio oportunidad de estudiar (todos son profesionistas) y dejaron lo mejor de su vida para dedicar sus mejores años a proteger a su pueblo”.
En una mesa al frente la observan Lino Martínez, embajador de la República Bolivariana de Venezuela y un extremo por ahí semiperdida la mirada de un cada vez más corpulento Gustavo Carvajal, por aquello de su participación en el Parlamento Latinoamericano.
Aleida Guevara habla a los solidarios mexicanos de René, Ramón, Gerardo, Fernando y Antonio, cinco cubanos presos en cárceles de los Estados Unidos acusados de espías y condenados a fuertes penas (19 meses en celdas de castigo mientras que la ley de aquel país establece que nadie debe permanecer más de 60 días) en un irregular proceso judicial que no demostró su culpabilidad.
“Tuve el privilegio de convivir unos días con Adriana la esposa de Gerardo, con Olguita, la esposa de René, con su hijita Irma, con su mamá, su hermano. Conozco a la esposa de Ramón que es una mujer a la que les gustaría conocer porque está llena de alegría, es la mujer típica de pueblo que ama a su hombre con toda el alma y además se pone celosa.
“Le dije en más de una ocasión que cuando aquellos 5 hombres regresen a Cuba se les tendrá que poner a todos un cinturón de castidad, porque les va a caer encima por lo menos media población femenina cubana, por lo menos -risas traviesas de los asistentes- pues estamos encantadas con ellos”.
Explica cómo las autoridades estadounidenses censuraron toda comunicación que René enviaba a su esposa –a la que Aleida llama cariñosamente Olguita-y lo chantajearon amenazándolo con deportarla si no denunciaba al resto de sus compañeros.
“Tomaron presa a Olguita y la mantuvieron tres meses sin justificación, después se la presentaron y lo único que René le dijo a su mujer: ‘¡qué lindo te queda el uniforme!' en una expresión de amor y ternura y la deportaron. Su hijita de un año de edad nunca más ha vuelto a ver a su padre desde hace ya seis años”.
Y en eso trabaja Aleida, en pedir que la justicia estadounidense admita sus errores, que Miami no era una ciudad imparcial para el juicio mientras ha alojado a la contra cubana, las violaciones a las leyes. Que por lo menos se les permita a los presos la visita regular de sus esposas, hijas, como el derecho de todo prisionero en Estados Unidos.
Habla también de Adriana y cada una de las compañeras de Gerardo, de Ramón, de Fernando, Antonio. “Si no lo hacemos hoy, mañana seremos todas. No es posible incumplir los derechos humanos y las leyes de un Estado, por eso en todo momento y en todos lugares hablamos de ellos, porque se ha impuesto un muro de silencio contra estos muchachos”.
Y con guante blanco espeta “si les queda algo de dignidad, alguito de vergüenza, admitan que han incumplido sus propias leyes” en esta gira mexicana contra el silencio.