El pasado 24 de agosto los apostadores bloquearon dos combinaciones de números en el sistema de Pronósticos Deportivos, la 1131 y la 2517. ¿Qué llevó a miles y miles de amantes del azar a apostar masivamente por esa combinación de dígitos? Sencillo: ese día fue la final de los 400 metros en los Juegos de Atenas y mientras que la campeona olímpica Tonique Williams-Darling corrió con el número 1131, Ana Guevara portaba el 2517. ¿Por qué no apostarle, mejor, al 4941 o al 4956, en homenaje a los tiempos que registraron estas corredoras?
Misterios de la fe, ni duda cabe. Y un ejemplo de pésimas elecciones por parte de cándidos con piel de tahúres que así pusieron en evidencia su ignorancia acerca de los caprichos de la fortuna: ¿Qué profesional del juego iba a suponer que, contrariando a las leyes de la probabilidad, Tonique Williams o Ana Guevara iban a salpicar de riqueza a una sarta de fervorosos mexicanos víctimas del hechizo del pensamiento mágico?
Está visto, pues, que los mexicanos amamos el albur. Y que llenos de optimismo apostamos para fracasar. “Fue un juego y yo perdí, esa es mi suerte”, dice la canción, y lo confirma el “voto útil” a favor de Vicente Fox en el 2000 o la necedad de quienes se muerden las uñas a la espera de julio del 2006 para jugársela por un “rayito de esperanza”.
Maxine Marx, descendiente de uno de los locuaces hermanos que alcanzaron fama y fortuna en el cine en la primera mitad del siglo pasado, también creía que el optimismo va de la mano con la pasión por el juego. De este modo, cuando contrastaba el pesimismo de su tío “Groucho” con la confianza desmedida de “Chico”, su padre, en el futuro promisorio de aquella fraternidad de comicidad irreverente en el mundo del espectáculo, explicaba: “no podía ser de otro modo. Mi papá era apostador”.
El “optimismo” de Leonard Marx, dicho sea de paso, lo llevó a la ruina. Como a muchos otros estadounidenses, a pesar de que en ese país existen reglamentaciones incluso para que los adictos al juego puedan protegerse de sí mismos. El caso es que también allá se cuecen habas en eso de apostar a la menor provocación, lo que incluye no digamos las elecciones presidenciales desde mediados del siglo XIX, sino hasta escenarios y fechas de atentados terroristas en el futuro.
A decir verdad, esto de apostarle al terrorismo se quedó en simple proyecto. ¿Una raya más al tigre de la paranoia característica de la administración Bush? No, en este caso quienes se espantaron fueron senadores demócratas que, escandalizados, impidieron que el Pentágono pusiera en marcha en julio de 2003 un proyecto denominado Mercado de Análisis Políticos, mediante el cual los amantes del juego podrían apostar en dónde o cuándo ocurrirían futuros ataques terroristas, así como golpes de estado u otros eventos relacionados con la seguridad nacional de Estados Unidos.
Este experimento partía del hecho de que los mercados, generalmente bien informados, reaccionan con gran precisión lo mismo adelantándose a fenómenos meteorológicos que a procesos políticos, como unas elecciones presidenciales, campo en el que, dicen los que saben, los momios han resultado un indicador más confiable que las mismísimas encuestas de opinión, pues sólo en dos ocasiones el favorito en las apuestas ha sido derrotado: la primera vez en 1916 y, la segunda, en noviembre del 2000, cuando los optimistas apostadores daban el triunfo a Gore y George W. Bush se alzó con la victoria gracias a los famosos chanchullos en el estado de Florida.
¿Noviembre del 2004 representará otra excepción? Hace unas horas, las encuestas registraban un empate técnico entre Bush y Kerry en las preferencias electorales. En tanto, el mercado de futuros de la Universidad de Iowa, creado a finales de los 80 por catedráticos de esa casa de estudios para analizar los fenómenos electorales, daba al presidente, tras los debates de octubre, 58 por ciento de las apuestas. Eso sí, al igual que en los estudios de opinión, las acciones de Bush iban a la baja.
Nunca más que ahora parece ser cierto aquello de que un pesimista no es otra cosa que un optimista bien informado.