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  Sección: Ocho columnas | Publicado en: Noviembre 2004
 

Las mil y una enfermedades
Texto y fotos: Oscar Bravo
A miles de kilómetros de distancia, los médicos cubanos internacionalistas aportan lo mejor de su profesión para salvar vidas, ahí, donde la medicina tradicional no funciona y la población se debate entre la miseria y la muerte.

 
r. Hubiel y ayudante

Malí, África.- Sus colegas cuentan que a poco tiempo de su llegada a tierras africanas le vieron llorar en las orillas del río Bani. ¿Qué afligía a este joven médico en quien hasta ese momento no habían hecho mella de espíritu ni las temperaturas de cerca de 50 grados, ni las condiciones del semidesierto con sus tormentas de arena?

“Vi a dos mujeres morir por roturas uterinas, sangraban y no pudieron pagar los medicamentos... La historia se repite. Es el precio de la pobreza; si tienes dinero aquí, tienes salud. Esa es una máxima en los países con un sistema social no equitativo y que sufrieron o padecen la explotación capitalista”.

Es el médico ginecobstetra Abel García Valdés, vinculado también a la radiología, quien dice que en Malí la tasa de mortalidad materna es de 500 por cada 10 mil partos y la infantil es de 150 por cada mil nacidos vivos.

Sobre una de las paredes de la casa en que habita el médico, una gran foto gris. En su centro resalta un fibroma de más de siete kilos de peso, el cual fue extraído del interior de una nativa. “Tenía dos años en su vientre –dice- y sus familiares pensaban que era un embarazo en evolución. Salvamos así esta vida.

“Con conocimientos y ayuda en recursos por parte de los países del primer mundo, África podría salvarse de pandemias como el SIDA”.

Para este galeno cubano no hay tiempo libre. “Disfruto leyendo literatura, en especial la médica con el objetivo de prepararme para nuevas jornadas científicas y ser más útil en mi hospital materno Héroes del Valle, tras mi pronto regreso a Cuba”, dice en tanto hojea un voluminoso libro.

Entre los tres trabajos que presentó en el último evento científico cubano-maliense, resalta una investigación donde se revela que cada mujer en la región africana de Mopti da a luz como promedio ocho hijos.

La alta paridad junto a las pésimas condiciones higiénico-sanitarias en muchos hogares y las relaciones sexuales en edades muy tempranas, provoca en las féminas cáncer cérvico uterino y otras enfermedades graves.

 

La Venecia

 

Mopti, en Malí, es la Venecia de África. Junto a sus pinazas como góndolas que se mueven entre los ríos Níger y Bani, repletas de pasajeros o mercancías, están los etnoviajes que programan las agencias turísticas.

Los visitantes conviven aquí con tribus y lenguas diferentes y se introducen dentro de una cultura africana que ha fijado sus raíces, a pesar de la colonización francesa padecida durante siglos por este país casi 12 veces mayor que Cuba en extensión territorial (110 mil 922 kilómetros cuadrados).

En ese contexto hoy se inserta en la nación africana el personal médico cubano. En la región de Mopti laboran desde hace dos años ocho cooperantes internacionalistas, entre ellos el doctor Abel García Valdés.

En una noche cálida, luego de disponernos a dormir sobre la azotea de un edificio de seis plantas, con el calor reinante de unos 50 grados de por medio, Abel me contaba historias sobre marabúes, que con medicina tradicional curan pero también matan.

El sostiene que estas personas con “supuestos poderes sobrenaturales” según las creencias locales, en ocasiones entretienen tanto al enfermo que cuando va al hospital a verse con el médico ya tienen gangrena en el brazo fracturado, o una irreversible infección en el vientre.

Entonces –dice enfático- no hay alternativa posible en la mayoría de esos casos demorados: o la amputación o la muerte. “Es una triste realidad como la pobreza, con la que hay que convivir y tener de nuestro lado incluso al marabú que es un líder comunitario con ascendencia entre los nativos.

“Por eso, el personal médico cubano atiende las inquietudes de estos curanderos, a la vez que tratamos de persuadirlos de lo erróneo y peligroso para la salud humana de algunos de sus procedimientos medicinales”.

Abel, quien abrazó la docencia desde sus años de estudiante en la Universidad de La Habana como instructor no graduado de radiología, es uno de los médicos con más consultas realizadas en el hospital regional: 6 mil 150, además de 342 intervenciones quirúrgicas. A estas cifras se unen los más de 2 mil 800 ultrasonidos.

Su capacidad para hacer múltiples cosas a la vez, lo equiparan al jefe de la brigada médica cubana en Malabo, capital de Guinea Ecuatorial, el pediatra Rafael Diffur. Ambos donaron su sangre en varias ocasiones a nativos necesitados de transfusión, debido a la inexistencia de bancos aquí.

 

Un amigo esforzado

 

El ginecólogo maliense Sidi Lamine Tagora, con siete años de labor en este hospital, en idioma Bambará, que es traducido al inglés, valora: “cuando permanecía sólo aquí, los casos complicados eran enviados a Bamako, la capital, pero hoy no es necesario, porque los doctores cubanos contribuyen a resolver los problemas con eficiencia”.

Mientras habla, mediante un ultrasonido Abel confirma el diagnóstico de una operación vaginal: “Este valioso equipo de radiología estaba abandonado y lo rescaté. Como en el hospital no hay radiólogo, conjugo esta especialidad con la de ginecobstetra, y ayudo así a otros médicos en los diagnósticos de diversas patologías”.

 

La primera cirujana

 

Para la cirujana de la mayor de Las Antillas, Gladys Iglesias Díaz, quien labora en el Hospital regional de Mopti, cada intervención en el quirófano “es jugárselo todo, es dar una como la vida misma”.

Y nos cuenta: Ibrahím Traoré, un maliense de 16 años de edad, presentaba un trauma de cráneo, producto de una fractura provocada por golpes con un objeto contundente.

El muchacho convulsionaba y el anestesista cubano Juan Carlos Prieto, ante su estado, me dijo: “doctora, es un problema de neurocirugía pero si no lo operamos de inmediato se nos va a morir en las manos”.

“Yo tenía fiebre alta por paludismo y me sentía muy mal, hasta el punto de desmayarme en medio de la operación. No había a quien recurrir para continuar el acto quirúrgico y continué pensando sólo en cómo salvar aquella vida.

“Con el trépano y la ayuda de mis compañeros barrené el cráneo de Traoré para descomprimir el cerebro, extraje la sangre derramada y cerré las heridas. La operación resultó todo un éxito.

“Hoy este maliense, trabajador agrícola, viene a vernos a la consulta cada semana y nos da las gracias por lo que hizo la medicina cubana por él”, apunta.

En ocasiones he llegado a sentir temor pues “son muchos los casos complejos que llegan a este hospital como a otros del país, donde la anestesia que se emplea es de la época de guerra, sin sala de reanimación post operatoria.

“Casi no mandamos remisiones hacia Bamako, la capital, porque los pacientes no tienen dinero siquiera para comprar los medicamentos y menos para el traslado hasta allá a cientos de kilómetros”.

 

Un caso poco común

 

Con bata verde y calcetines presenciamos varias operaciones de pacientes nativos en el departamento de traumatología del hospital nacional Gabriel Trouré, también en Malí.

En esta institución saltan a simple vista las dificultades: equipos rudimentarios para el monitoreo del paciente, el local carece de ventilación artificial y no cuenta con laboratorio de terapia intensiva. Se emplean, por otro lado, métodos empíricos para el soporte anestésico.

“A nuestra consulta -dice Hubiel- acuden personas con problemas lumbares de columna y estenosis espinales congénitas y degenerativas, donde la raza negra tiene predisposición natural; he aprendido a tratar, como experiencia valiosa, la tuberculosis de la columna vertebral, asociada a hidrocefalias”.

Es un cirujano capaz y, por el bien que hace, con el corazón en la mano, nos dice en idioma bambará, Mamadón Salia, joven estudiante de medicina, quien es asesorado por el médico criollo en un trabajo de diploma sobre neurocirugía.

Muy pronto confirmamos aquellas palabras en la sala de operaciones, durante una intervención quirúrgica de urgencia a la niña de 12 años, Sailí Traoré. La pequeña permanecía postrada en el suelo con un tumor que sobresalía casi 20 centímetros de la piel en su cabeza.

Los quejidos de la niña sobrecogían al corazón más duro. La paciente se moría y en esos momentos no había sangre disponible en el hospital. La sangre donada por los familiares de Sailí, fue empleada en otro paciente al parecer por error. No se habían pagado, por otra parte, los 70 mil francos de la operación y la farmacia se negaba a entregar, sin previo abono, los medicamentos necesarios.

Ante tantos contratiempos, el neurólogo cubano se erigió en su estatura de gigante y dijo: “Si no aparece el dinero, lo pongo yo”. Pero no fue necesario, alguien pagó la deuda poco tiempo después.

Comienza al fin la operación. Son las 10:20 de la mañana en Malí. No hay nervios. Tres reflectores iluminan el quirófano. Entubación. Se aplica anestesia general endotraquial. Las pinzas, de diferentes tamaños, y el bisturí se mueven en manos ágiles. El equipo de oxigeno se conecta. Con el accionar del bisturí mecánico comienzan a sentirse los efluvios de la carne chamuscada.

Tras extirpar el primer tumor, se hace necesaria la trepanación de una parte del cráneo. Los huesos saltan con la acción del equipo hasta dejar ver la masa gris, y próximo a ella, otro tumor que también es extraído.

Más anestesia. Apremia el tiempo: por los síntomas de la paciente se nota la necesidad de sangre. Suturas y ya está. Tres horas y media han transcurrido. La pequeña se reanima en el post operatorio.

Hubiel, quien ejerce como intensivista en el Hospital de provincia central cubana de Camaguey, parece confirmar con el éxito de esta compleja intervención quirúrgica la sonrisa del pequeño de 18 meses de nacido, Moussá Koné. La pericia y voluntad de este galeno salvó la vida a quien vimos juguetón en los brazos de su madre.

“Este niño –explica al acariciarlo- hubiera muerto sin remedio aquí pues padecía de un meningocele occipital gigante (protrución de las cubiertas del sistema nervioso central con su contenido), provocado por el cierre imperfecto del cráneo, asociado en este caso a una hidrocefalia”.

Por estas acciones no es extraño suponer que el doctor Hubiel López, como el resto de los 101 colaboradores médicos cubanos que laboran en Malí, se haya ganado el cariño y la admiración de los habitantes del país.

Entre los cerca de 300 pacientes operados por el doctor Hubiel en dos años, se encuentren un alto número que atravesaron desiertos y fronteras de Malí, procedentes de Nigeria, Benin, Guinea, Camerún y hasta de Costa de Marfil.

Otro de sus logros incuestionables es que desde la llegada del único neurocirujano en esta nación africana, no se realizan traslados de pacientes nativos para operar, como era usual anteriormente, hacia otras naciones de más desarrollo como Francia y Estados Unidos, donde el negocio de la medicina propera lejos de la Venecia de África.

 

De lo real maravilloso a la negra realidad


África Occidental.- La inmensa selva ecuatoguineana, con sus árboles milenarios como la ceiba y fauna salvaje, o la imponente Falla de Bandiagará de Malí, donde se asientan los habitantes del país Dogón, dejan la sensación de lo descomunal y lo exótico.

Esa visión la tiene el viajero intrépido al contemplar la Isla de los Monos en Gambia, o los castillos medievales en la costera Cape Coast ghanesa, que conforman un mosaico de paisajes, costumbres y modos de vida propios de lo real maravilloso africano.

En Guinea Ecuatorial, isla volcánica que flota por encima del Golfo de Guinea como un espejismo, el visitante puede sentirse, mientras navega a través de profundas aguas, tan descubridor del nuevo mundo como el portugués Fernando Poo, primer navegante europeo en alcanzar las costas del país africano a fines del siglo XV.

Ante las imponentes cascadas y la selva ecuatorial que desciende por las laderas de un volcán, Poo denominó a la actual Guinea Ecuatorial, “Formosa”: la bella. Este es el único estado de África negra de habla española en un entorno anglófono y sobre todo francófono (Camerún, Gabón, Congo y Zaire).

En Bata o Malabo –la capital ecuatoguineana-, las callejuelas estrechas conducen a menudo al ayuntamiento, y algunas casas e iglesias tienen patios y están construidas con balcones de hierro forjado, a la usanza andaluza o castellana.

Atravesamos en “pinazas”, ríos impetuosos como el Senegal, el Volta o el Gambia. Sobrevolamos en avión, en transporte público, en mulos o camellos. Las circunstancias nos pusieron en la disyuntiva de ayudar a un médico en una operación de urgencia a un paciente.

Los riesgos

 

El peligro de contraer el paludismo, producido por el mosquito Aedes aeghypti, o la enfermedad del sueño que produce la mosca tsetsé, abundante en los bosques, acecha, guadaña en mano, a nativos y visitantes.

Es muy usual en ese ámbito geográfico sufrir mordeduras de serpientes, que entre más pequeñas, según los habitantes locales, más letal es su veneno.

Durante el periplo atravesamos selvas intrincadas, semidesiertos como el del Sahel, o el desierto del Sahara, donde las temperaturas rondan a veces los 50 grados centígrados.

El calor es tan sofocante aquí que las arenas movedizas son como brasas encendidas. Habitualmente, los lugareños cuecen en ellas, a falta de fósforos, sus huevos para la alimentación diaria.

Al dirigirnos en tren a la región de Kayes, a unos 700 kilómetros de Bamako, capital de Malí, junto a médicos cubanos, nos cubrimos el cuerpo sólo con el short y echamos encima agua para evitar la deshidratación.

Una gran parte del trayecto lo hacemos de pie, parados frente a las ventanillas del tren. En él compartimos un cuscús, plato típico que degustamos a la usanza de las familias africanas, metiendo las manos en una cazuela, a falta de cucharas.

Las casas en que nos alojamos aquí, con vistas a un río, están casi a oscuras por el polvo rojizo que se acumula en pisos y paredes. La sensación del gris en el paisaje con los harmattanes -vientos fuertes del desierto- se acentúa tanto, que las tardes invitan a la nostalgia.

 

Pueblo de rarezas

 

El puntillazo del gorrión, volvemos a sentirlo en Mopti, región conocida como la Venecia de Malí, con amplio tráfico de turismo europeo y de otras partes del mundo.

En esta amplia zona, donde se encuentra laborando una brigada médica cubana, existen dos reliquias culturales: el país Dogón y la mezquita de D´jenné, ambos sitios declarados por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad.

Los dogones han erigido allí su patria mediante la construcción de pequeños pueblos y villorrios encaramados sobre barrancos rocosos a decenas de metros de elevación, de los cuales nace la llanura del Gondó.

Bandiagará, la mayor de las joyas ecológico-culturales de África Occidental, está emplazada sobre una elevada meseta de más de 350 metros de altura, a unos 75 kilómetros de Mopti.

La Falla constituye el centro neurálgico de la región por su accesibilidad desde la carretera principal Bamako-Gao. Es a su vez, punto de intersección de las rutas que se bifurcan con destino a ciudades importantes de Malí como Bankass, Dourou y Sanga.

Cuentan que cuando los dogón arribaron a la abrupta escarpadura, ésta ya se encontraba habitada por los llamados “hombrecillos rojos del desierto”.

Los Tellem, como bautizaron a estos moradores, eran misteriosos pigmeos cazadores que durante generaciones ¡construyeron sus viviendas y cementerios en las mismas paredes verticales de la falla!

La tradición oral dogona recuerda al extraño pueblo como dotado de caracteres mágicos que incluso les permitía volar, descripción formada a partir de la absoluta inaccesibilidad a sus viviendas, labradas en el mismo farallón vertical de la escarpadura.

Postulados científicos explican hoy que las construcciones, aisladas, podían ganarse en el pasado trepando por una maraña de enredaderas que cubrían casi por completo el frontal de la montaña.

Debido a cambios climáticos tendentes a la desertización, así como a la tala indiscriminada de árboles por parte de los dogones, desaparecieron totalmente estas enredaderas, que eran como cuerdas colgantes.

Los dogón de Malí también son conocidos por sus complicados diseños de talla sobre madera. Las imágenes estilizadas, de figuras humanas y animales en las puertas de sus graneros, son símbolos de seres que protegen el maíz y otros productos almacenados en su interior.

El dogón ejecuta el acto de la talla como si fuera un ritual, ante la creencia de que el árbol del que obtienen la madera contiene un espíritu que debe ser satisfecho mediante acciones.

Algo también llamativo en el continente, por otro lado, es la situación de los niños. En muchos sitios los pequeños son los últimos en comer, con lo poco que pueda quedar en la mesa, lo que perjudica su nutrición desde las edades más tempranas.

Como algo natural, el hombre se alimenta primero y mejor para que, así, según la concepción social predominante, reproduzca su fuerza de trabajo y luche por preservar la vida de todos.

Asociado a las duras condiciones de supervivencia humana están presentes otros factores que hacen más difícil la existencia de los pobladores del África negra.

Se trata de los accidentes climáticos, sus selvas omnipresentes y la naturaleza, tan escabrosa como el trabajo rústico de las mujeres en las fincas o en el bosque, quienes llevan a los infantes a horcajadas, amarrados a la espalda.

Entre la eternamente verde selva ecuatoguineana, los pequeños además de las tareas hogareñas, se dedican a cazar animales en el bosque y luego comercian, en cruces de caminos, ratón de bosque, monos, pangolines y toda una fauna diversa.

También en Bamako y en otros lugares malienses, marcados por la huella del desierto, los pequeños se ven obligados a hacer el “pan nuestro de cada día”.

Sobreviven con la venta de baratijas de todas formas y colores, viandas y carnes en mercados, a las que la economía del pobre muchas veces no alcanza.

A no ser por la terrible situación socioeconómica que padecen los pueblos africanos, con una tasa de mortalidad infantil de más de 100 por cada mil nacidos vivos, al visitante aún le podría parecer estar viviendo un sueño.

Pero la imagen del combate entre la vida y la muerte se hace más nítida en los escasos hospitales o en las aldeas.

Allí al médico cubano, hombro con hombro con los pobladores locales, presentes en apartados y oscuros rincones, se le ve sonreír ante el nacimiento feliz de un niño o al curar a un enfermo, sin más que un “gracias doctor, gracias Cuba”, en su lengua nativa.

 

 
 

 

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  Keywords del reportaje: Oscar Bravo, médicos cubanos, río Bani, Abel García Valdés, Mopti, Bandiagará, UNESCO, Rafael Diffur, Gladys Iglesias Díaz, Juan Carlos Prieto, Hubiel López, marabúes, “supuestos poderes sobrenaturales”, Universidad de La Habana, Malabo, Bambará, mosquito Aedes aeghypti, mosca tsetsé, Sahel, Sahara, Bamako, mezquita de D´jenné, Tellem.  
 
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