Desde la primera edición en México de Big Brother el reality show ha dado pie a alusiones sin fin sobre la política y hoy, gracias a algunos émulos del productor Pedro Torres, hasta Roberto Madrazo o el Peje Man hablan del tema.
Si la vocación de servicio de los personajes que conducen o aspiran a conducir el destino del país no les deja tiempo para actualizar sus conocimientos sobre la revolución que ocurre en el negocio del entretenimiento, pasa. Lo que es inaceptable es que quienes sufrimos o gozamos el pasatiempo mediático que nos brinda nuestra clase política, sigamos aprisionados por el trillado formato de la casa del Gran Hermano.
No me refiero a realitys de gran éxito en los Estados Unidos, como el que protagonizan las hermanas Hilton o la barbie del pop Jessica Simpson junto con su marido Nick Lachey, sino a Pig Brother, un ciberespectáculo que nació en Gran Bretaña y que, como el Gran Hermano, ya trasciende fronteras. En Alemania, por ejemplo, las transmisiones se iniciaron en marzo pasado, bajo la producción de la Asociación de Caza Protegida, y en sólo cinco días más de medio millón de internautas habían seguido las andanzas de 18 jabalíes en el bosque de Hallenthal, cercano a la ciudad de Bonn.
El creador de Pig Brother fue el granjero inglés Richard Counsell, quien puso en una casa a imagen y semejanza de la del Gran Hermano a cinco cerdos bautizados con nombres de políticos británicos, como Blair, en honor al primer ministro, o Widdecombe, inspirado en un prominente dirigente de la oposición.
Que el programa haya nacido en Inglaterra huele a un homenaje al escritor Eric Arthur Blair, mejor conocido por su seudónimo (George Orwell) y autor de dos novelas universales, Granja de animales y 1984. En el primer caso ocurre una rebelión entre los habitantes de la finca con el propósito de establecer una sociedad igualitaria que deriva en una dictadura porcina, pues los cerdos imponen su ley bajo un singular principio: los animales son iguales, pero hay unos más iguales que otros. En 1984, Big Brother es el ojo que todo percibe en un estado policiaco donde el gobierno consigue perpetuarse en el poder mediante la sistemática distorsión de la verdad y la contínua reescritura de la historia.
Orwell, un anarquista en sus años mozos que evolucionó hacia el socialismo y militó en las brigadas internacionales que defendieron la república española, acuñó el término newspeak (habla nueva) para referirse al lenguaje propagandístico a través del cual Big Brother adoctrinaba a los súbditos valiéndose de eufemismos o circunlocuciones: “la guerra es la paz, la libertad es la esclavitud, la ignorancia es la fuerza”.
El habla nueva, pues, es la jerigonza que emplean los políticos para dorarle la píldora a los ciudadanos. Por ejemplo, cuando el gobernador de Guerrero afirma que son “mamadas” las insinuaciones de que las playas de ese estado están contaminadas, lo primero que hace cualquier mexicano con un poco de sentido común es buscar otro destino turístico para vacacionar. Y si rodeado de reporteros Fernández de Cevallos se queja de que “ya me bajaron la cartera”, lo que el ciudadano común y corriente interpreta es que algún malora aspira a 100 años de perdón a costillas del senador panista.
Pero, ¿qué pensar de que, según el diario La Crónica, López Obrador haya mencionado más de 50 veces la palabra complot en cosa de 35 días? ¿Cómo descifrar lo de la “manipulación perversa” a cargo del “innombrable”? ¿Y de quién sospechan los mexicanos que es tal personaje?
Los eufemismos de moda en el habla nueva del Pig Brother nacional conducen a todo tipo de especulaciones. Por ejemplo, aquella de que el Peje, sin lugar a dudas, tiene la cola ahumada, pero las manos limpias. Y otra más, según la cual el Big Pig es tan maldito que está fraguando la más infame conspiración contra los sufridos mexicanos: dejarnos ir un rayito de esperanza en Palacio Nacional.