En su desesperada huida de la miseria centroamericana, cientos de migrantes que sueñan con llegar a Estados Unidos enfrentan los embates de su astucia cuando sus cuerpos se quiebran al paso frenético del tren del Soconusco
Tapachula, Chiapas.- “No quiero decir mi nombre”, dice un joven salvadoreño que yace sobre un viejo colchón cubierto por una sábana blanca, cuyos pliegues ocultan sus piernas mutiladas por el tren de carga.
Es campesino y dice que cruzó el Río Suchiate –el límite fronterizo entre México y Guatemala- a bordo de una balsa. Por el cruce pagó un dólar.
El mismo día de su arribo a México, subió al tren que corre por el Soconusco. Llevaba una hora de viaje cuando resbaló, su cuerpo cayó a las vías y la máquina le pasó encima.
Escuchó el tronar de sus delgados huesos. Sus piernas yacían ensangrentadas. Es lo último que recuerda, postrado en una cama del albergue especial para indocumentados de este municipio.
Buen Pastor
Los asilados en el albergue “El Buen Pastor de los Pobres y los Necesitados”, viajaron alguna vez en el tren del Soconusco con un boleto que les cambió la vida para siempre, su pase directo a la mutilación.
El albergue, nació hace 13 años, es atendido por su fundadora Olga Sánchez Martínez, una mexicana que decidió dedicar su vida a asistir a indocumentados que no pueden pagar a un pollero que los lleve a Estados Unidos por medios más seguros. Apenas si reunieron unos cuantos dólares para costearse el viaje hacia el país de los sueños alimentándose a base de naranjas.
No hay cifras oficiales de indocumentados que son mutilados por el tren del Soconusco. Olga Sánchez calcula que ha asistido por lo menos a 8 mil, principalmente de Guatemala, Honduras, Nicaragua y El Salvador.
Para realizar su labor pide limosna en las calles y dice que es la sociedad civil la que ayuda. Hace algunos años recibía a cinco mutilados diarios en promedio. Ahora el número rebasa por mucho esa cifra. Hay temporadas en que llegan hasta 30 diarios.
Al aumentar los heridos, Olga buscó ayuda gubernamental, desde una cita con el presidente Vicente Fox, quien le negó apoyo, hasta el Instituto Nacional de Migración (INM) y el gobernador Pablo Salazar Mendiguchía, que tampoco accedieron a colaborar con ella.
Solicitó al sector salud medicamentos para la recuperación de los indocumentados. Se los negaron. Le prometieron fumigar el albergue. El equipo de fumigación nunca llegó.
Hace diez años los mutilados eran trasladados al hospital regional de Tapachula donde, dice, “se pudrían por falta de medicamentos”. Por eso decidió abrir el albergue y sostenerlo de limosnas.
Olga también realiza trámites de repatriación de los migrantes. Lejos de asistirla, los representantes del INM obstruyen sus gestiones y tampoco costean los traslados, que en ocasiones deben hacerse a bordo de ambulancia.
Para los asilados el sueño americano se transforma abruptamente. En el albergue lo que más desean no son dólares, sino un par de prótesis que les permita volver a caminar.
El tren del Soconusco
Para abordar el tren de carga que corre por el Soconusco los centroamericanos esperan muy cerca de las vías, ocultos entre la maleza o entre callejones y bodegas del área de carga en los límites del centro de Tapachula.
El tren de la empresa Chiapas-Mayab, no tiene día ni hora de llegada. Los indocumentados sólo saben que abordándolo podrán avanzar un largo trecho hacia Estados Unidos.
Alertas al silbido del tren que durante unas horas se detiene, esperan a un lado de las vías, dan un paso atrás y se impulsan. La mayoría son ágiles, de cuerpos delgados, curtidos por el trabajo del campo. Subir al tren es fácil, bajar, incierto.
El tren no tiene vigilancia y los maquinistas están acostumbrados a llevar carga humana dentro de los vagones y en el techo, entre las sombras de la noche, al amparo de la oscuridad.
El espacio no alcanza para todos, el tren es resbaladizo. Algunos improvisan amarres con gruesas sogas, la mayoría apenas si se sostiene. Permanecen despiertos durante el trayecto sin distraerse un instante. Si el tren frena intempestivamente pueden caer y sufrir mutilaciones.
Me agarró el tren
La mirada de Leticia se pierde en el vacío, su cabello revuelto habla de los muchos días de viaje desde que abandonó Atacama, su tierra natal y su gente. Lavó ropa ajena y ahorró mil 500 lempiras, ocultas en una bolsita de tela, entre el pantalón de mezclilla y una playera color rosa, su único equipaje. Tomó un camión que la llevó de Honduras a Ciudad Hidalgo, Chiapas, donde subió al tren.
Llevaba 10 horas de viaje cuando vio a un grupo de la Mara Salvatrucha asaltando a migrantes y alarmada decidió tirarse del tren y caminar por el monte.
“Me hinqué y empecé a rezar para que no me pasara nada. Sentí mucho miedo, quería llegar al otro lado a esperar el tren. Conmigo habían caído seis hombres, caminamos juntos por el monte. De pronto nos salieron los Maras, nos quitaron el dinero y comenzaron a tocarme”.
Leticia fue violada en repetidas ocasiones. Con el resto de los indocumentados caminó nuevamente hasta las vías del tren para volver a abordarlo.
Recuerda:
“Agarré el tren con las manos, puse un pie, pero iba muy fuerte y resbalé, el otro pie quedó atorado en las vías. Sentí que me clavaban estacas y me desmayé”.
Amputada de ambas piernas, de su cuerpo sólo queda un tronco. Dice que no quiere volver a Honduras. Le da vergüenza que sus tres hijos se enteren de su tragedia. Además, dice, sería una carga para la familia.
De allá salí
Para los niños el sueño americano también se vuelve pesadilla. Hugo Tereso Shiu, indígena guatemalteco de 15 años que hace cinco meses limpiaba un cañal en Mazatenango, emprendió con sus primos el viaje hacia Estados Unidos. Caminaron hasta Capetahua y de allí a Escuintla, Chiapas. Sólo contaban con cinco pesos.
Sin probar bocado caminaron a orillas de la carretera por largas horas que les parecieron interminables. Echaron a andar por el monte, entraron a los potreros y llegaron a Pijijiapan. Su ánimo se reavivó cuando escucharon que el tren se acercaba.
La gente de los alrededores les advirtió que el tren venía muy rápido, que si querían tomarlo debían saltar muy alto.
Hugo trató de subir, pero el salto que dio fue insuficiente. El tren lo arrastró unos metros, luego rodó por las vías. Se levantó y volvió a tomar impulso, faltaban sólo tres vagones para que el tren se alejara.
-¡Brinca más!- le gritaban sus primos que habían logrado subir, a quienes se sumó otro grupo de migrantes que le extendían los brazos.
“Hice otro intento, pero también me agarré muy bajito y el tren me llevó arrastrando. Iba colgado, no podía seguir, ya no aguantaba, aflojé las manos y caí, el tren paso sobre de mí”
Cuando el tren se alejó, Hugo intentó levantarse y dio tres pasos, sintió dolor y ya no se sostuvo. La gente se arremolinó a su lado, le quitaron un zapato, había perdido tres dedos; intentaron quitarle el otro, pero la planta del pie estaba pegada al calzado. Alguien le dio unas pastillas y aguardiente para el dolor. Una mujer buscó un taxi para trasladarlo al hospital, en el trayecto fue detenido por la policía del grupo Beta.
Los agentes dijeron que no podían llevarlo al hospital hasta que el Ministerio Público levantara el acta, obligándolos a regresarlo al lugar del accidente. Dos horas después, Hugo no entendía por qué todos esos trámites, solo sentía un gran dolor y veía mucha gente, nadie lo auxiliaba. Finalmente, fue trasladado al hospital de Pijijiapan, donde se negaron a recibirlo. Le dijeron que lo llevarían a Tapachula.
Despertó cuando los médicos concluían la operación. Había perdido de la rodilla hacia abajo del lado derecho y tres dedos y la planta del pie izquierdo. Cuando su familia se enteró de su desgracia, el padre abandonó Guatemala y llegó a México para visitarlo y persuadirlo de regresar a casa. El viejo campesino escuchó una contundente negativa.
Hugo dice que cuando se recupere buscará trabajo en Tapachula. Es analfabeta, sólo sabe manejar el machete. Espera obtener una prótesis para su pie ausente. Dice que se arrepiente de haber intentado abordar el tren “una vez vine a trabajar a México, luego me fui a mi casa, cuando llevé el dinero, mi mamá estaba contenta, pero esta vez no fue así”.
Vacio de autoridad
Los migrantes que abordan el tren del sureste en su viaje hacia Estados Unidos, son calificados por El Colegio de la Frontera Sur (Ecosur) como el sector más vulnerable, con menos recursos.
El investigador Hugo Ángeles Cruz, señala que son también quienes tienen menor información de los embates que pueden sufrir en la zona fronteriza del sureste mexicano, donde se violan todos sus derechos. No hay autoridad que asista seriamente a los migrantes que viajan en el tren, como tampoco se tiene registro de ellos.
El Ecosur evalúa que el tren se ha convertido en los últimos años en el principal medio para llegar a Estados Unidos, porque la pobreza de los migrantes los deja sin la posibilidad de pagar un pollero.
Sin Fronteras, organización no gubernamental para la defensa del migrante, dice que las autoridades desconocen cuántos migrantes mueren al año en Chiapas durante su viaje a Estados Unidos, ni cuántos quedan mutilados.
Los cónsules de Honduras, Guatemala y El Salvador en México, coinciden en que la pobreza es el factor principal que obliga a que cada vez más indocumentados centroamericanos emprendan el viaje hacia Estados Unidos.
El diplomático de Honduras, Alex Eduardo Pacheco, lamenta que en su país exista “la enfermedad del sueño americano. La pobreza vuelve tan ansiosa a la gente que no le importa qué trabajos pasen con tal de llegar al norte. Honduras es tan pobre que carece de fuentes de trabajo y por esa razón muchos de nuestros connacionales toman a bien venirse a vivir esta experiencia”.
Sobre los hondureños mutilados por el tren de carga, dice que el consulado no puede costear ni las repatriaciones, “económicamente estamos tan mal que no podemos apoyar este tipo de casos”.
Lucas Aguilar Cepeda conoce todos los rincones de la frontera entre México y Centroamérica. Su puesto como diplomático de El Salvador lo lleva a pasar los días entre las garitas migratorias en la región, las rutas del tren y albergues como El Buen Pastor.
En 2003, se registraron 30 salvadoreños muertos en la región fronteriza sur de México. El consulado de El Salvador tampoco cuenta con los recursos para repatriar a sus mutilados. El retorno de algunos se da gracias a la ayuda de la ciudadanía de Tapachula.
“Estamos atados de manos y es que este panorama de la migración se torna cada vez más negro”, dice Cepeda, quien se queja de que la gente en El Salvador se muere de hambre y pregunta “¿dígame cómo les pedimos que no intenten buscar sustento en otros lados?”
Paso del norte
El albergue tiene una habitación para hombres y otra para mujeres. Las camas son viejas y las sábanas que envuelven los colchones cubren también la resquebrajada figura de los migrantes. Debajo de esas blancas telas ningún cuerpo está completo.
Hay mutilados de distintas edades y a todos se les proporciona medicamentos y alimentos. Su estancia es indefinida. Lo mejor de estar allí, dicen, es que todos enfrentan las mismas condiciones y entre ellos no se avergüenzan.
¿Qué le dicen las autoridades?-
-Que es una labor muy bonita y que hay que echarle ganas, responde Olga Sánchez.
-¿Hay promesa de ayuda?
-Ninguna.
-¿Ni de medicamentos con la Secretaría de Salud?
-No. Yo inicié esto para ayudar al migrante; no hay ninguna dependencia del gobierno, porque eso de migrar es bastante difícil. En este mundo todos migramos y ni modo, la vida es así.
Viajan en pequeños grupos de cuatro a cinco personas y por nacionalidad. La mayoría son hombres. Inseguros abrazan sus mochilas de lona en las que cargan naranjas y papel higiénico, su equipaje para el paso del norte.
Saben que en el tren no podrán dormir por el riesgo de caerse. “Uno está consciente de que puede morir en el viaje, pero nunca piensas en quedar mutilado”- dice Wilmer Aguilar, un hondureño que espera junto a un desfogue del río. Lleva una gorra con manchas renegridas por el sudor. Ya no cuenta más; el silbido anuncia que el tren se acerca.