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El expediente sucio de Carrillo Prieto
Miguel Angel Ortega

Resumen
   
 
 
 
Zacarías Barrientos, informante del Ejército sobre las guerrillas del partido de los pobres, se convirtió a su muerte en un simple “denunciante”

Atoyac de Alvarez, Guerrero. Mira Zacarías, ¡ya dime dónde está mi hijo, porque tú lo delataste! –increpa molesto Isaías Martínez Gervasio con sus 82 años de edad a cuestas.

--No se enoje, don Isaías. Le voy a decir una cosa: yo no entregué a su hijo. No está enterrado aquí. Yo le voy a decir dónde está enterrado y quiénes fueron.

--¡Me dices ahora mismo dónde está mi hijo!

--Apacígüese, don Isaías. Le voy a decir.
Pero Zacarías Barrientos Peralta ya no pudo contarle nada a su tío político Isaías Martínez Gervasio. Durante 30 años guardó, entre muchos secretos, el paradero de su primo Misael Martínez Pérez, quien fue detenido en Atoyac de Álvarez en 1977 por el Ejército Mexicano y desde entonces está desaparecido.

Y no pudo porque Zacarías Barrientos Peralta es el muerto más reciente en la secuela de la guerra sucia contra la guerrilla en esta cabecera municipal. Atoyac de Alvarez tiene el doloroso récord de ser el municipio con más desaparecidos en todo México: 500.

El pasado 26 de noviembre, dos pistoleros mataron a Barrientos Peralta de ocho balazos. El asesinato trasciende a Guerrero, porque unos días antes el campesino había declarado ante la Fiscalía Especial para Movimientos Sociales y Políticos del Pasado, de la Procuraduría General de la República.
En su testimonio ofreció nombres, fechas y lugares de responsables de decenas de desapariciones y ejecuciones en Guerrero. Todas hechas por el Ejército.

Testigo de primera

Barrientos Peralta no era un testigo cualquiera, pues durante 31 meses sirvió al Ejército Mexicano para delatar a presuntos guerrilleros.
Paradojas del destino, ese mismo miércoles 26 de noviembre, el titular de la Fiscalía Especial para Movimientos Políticos y Sociales del Pasado, Ignacio Carrillo Prieto, estaba en Acapulco –distante apenas 80 kilómetros de Atoyac de Alvarez— para supervisar una orden de aprehensión contra un antiguo judicial responsable de una desaparición. Y sólo hasta que regresó a la ciudad de México se enteró de la muerte de Barrientos Peralta, su testigo clave.

No era la primera vez que Barrientos Peralta rendía declaración. Ofreció su testimonio a la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH). En aquella ocasión lo hizo como víctima.
Pero ésta era la primera ante la PGR y como acusador. Dio nombres y datos muy precisos.
Hace cuatro años, la CNDH documentó que Zacarías participó en la delación de seis vecinos suyos del Rincón de las Parotas. Sin embargo, él mismo fue víctima.

La CNDH concluyó que el Ejército Mexicano violó los derechos de Barrientos Peralta y que ese delito debía perseguirse.
La investigación afirma que “elementos del Ejército Mexicano” son responsables de “haber vulnerado los derechos humanos del señor Zacarías Barrientos Peralta y quebrantar el Estado de Derecho”; además, conculcarle “el derecho a gozar de las prerrogativas que como ser humano le corresponden.

En particular, quedó acreditada la violación al derecho a la seguridad jurídica y defensa, así como a gozar de una vida digna en estado de plena libertad, máxime que de las constancias precisadas con antelación, no se desprendió que existiera alguna causa legal ni determinación judicial que autorizara la limitación de esos derechos”.
En buen romance que miembros del ejército lo acusaron injustamente, secuestraron, torturaron y violaron sus garantías individuales.

Barrientos Peralta

El hermano de Zacarias Barrientos Peralta, Prisciliano, participaba en la guerrilla de Lucio Cabañas, así que Zacarías algunas veces rompió el cerco militar para llevar comida al grupo armado en la sierra.
La última ocasión fue cuando los militares lo detuvieron en San Andrés de la Cruz, un pueblo a la salida de Paraíso, distante unos 30 kilómetros de la cabecera municipal, en la sierra media de Atoyac.

Por esos días los poblados y el monte hervían de soldados que perseguían a la Brigada Campesina de Ajusticiamiento del Partido de los Pobres de Lucio Cabañas. Apenas 20 días antes, el ejército había rescatado a Rubén Figueroa Figueroa, luego de cuatro meses en poder del Partido de los Pobres.
Zacarías Barrientos Peralta fue llevado al cuartel militar de Atoyac donde lo torturaron. Al cabo de una semana “me ofrecieron el convenio: morirme, irme al destierro o cooperar”.

Con el recuerdo de sus tres pequeños hijos, decidió cooperar y vivir. Tenía 38 años de edad.
Según su versión, fue trasladado a un retén militar en Coyuquilla, cerca de Petatlán –a unos 130 kilómetros al sur de Atoyac, por carretera—, para identificar a simpatizantes y miembros del grupo armado.

El ejército sabía que la guerrilla de Lucio Cabañas se había separado en dos grupos antes del rescate de Rubén Figueroa. Un grupo lo encabezaba el propio Lucio y la intención era atacar al ejército en la sierra de San Luis y Techan, para distraer la atención de las fuerzas armadas. Petatlán es una salida natural de la zona montañosa.

Sin embargo, Cabañas Barrientos fue abatido el 2 de diciembre de 1974. Zacarías Barrientos dice que luego de la muerte del líder rebelde, lo trasladaron al cuartel militar del 50 batallón de infantería en Chilpancingo, ya como colaborador.

Las denuncias de los familiares de los desaparecidos aseguran que cuando el ejército detuvo a Barrientos Peralta también se llevó a 11 campesinos y ninguno ha regresado.

Todo Atoyac sabía que Zacarias Barrientos Peralta colaboraba con el Ejército y señalaba a los miembros de la guerrilla de Lucio Cabañas, porque lo vieron dos veces con los guachos (soldados) identificando simpatizantes de los rebeldes.

Su colaboración con el ejército duró dos años y siete meses, al cabo de los cuales regresó al origen: a cultivar la tierra y sembrar café en Atoyac.

Señalado por la población, Zacarías Barrientos se instaló en la comunidad La Florida de El Rincón de las Parotas, a unos 10 kilómetros de la cabecera municipal, y jamás volvió a tener vida social con la comunidad.

Procreó un hijo más con María de Jesús Martínez Reyes –en total tuvo cuatro hijos, dos hombres y dos mujeres— y sólo se juntaba con el pueblo en las reuniones ejidales.

El pueblo no lo perdonó, pero tampoco decidió tomar venganza. Mucho menos los herederos y seguidores de Lucio Cabañas, como ocurrió con Francisco Fierro Loza e Ignacio Benítez Montero, quienes fueron ejecutados en Acapulco el 16 de julio de 1984 por un comando conjunto del Partido Revolucionario Obrero Clandestino Unión del Pueblo y Partido de los Pobres.
El argumento fue que habían “traicionado la revolución”.

Barrientos Peralta permaneció en Atoyac. Vivía en paz y tranquilidad, aunque marginado, hasta que dos sicarios lo asesinaron de ocho balazos.

Fosas comunes

Nadie pudo identificar a los sicarios, los vecinos sólo detectaron la presencia de un Volkswagen azul que no era de la zona. Y de dos hombres –“altos, fuertes, bien dados”— que un par de días antes llegaron a preguntar por vecinos del pueblo.

En un sendero que baja de la sierra a La Florida, rumbo a la casa de Barrientos Peralta, la policía encontró seis casquillos 7.62 x 39 marca Winchester y dos casquillos calibre .9 milímetros.
En ese momento todo Atoyac confirmó lo que era un secreto a voces: Zacarías Barrientos Peralta era testigo de la fiscalía que investiga la guerra sucia.

Quien lo confirmó fue Tita Radilla Martínez, vicepresidenta de la Asociación de Familiares de Detenidos Desaparecidos y Víctimas de Violaciones a los Derechos Humanos (Adafem).
“Zacarias hizo declaración muy amplia ante la fiscalía”, dijo.

Lo que no sabían, pero lo reveló el propio fiscal Carrillo Prieto, era la trascendencia de su testimonio.
“La información que proporcionó Zacarias Barrientos era muy importante, era vital”, dijo Carrillo Prieto.
Y si era vital porqué lo dejaron en la indefensión, se preguntan todos aquí en Atoyac.

Estaba tan interesada la PGR que el 30 de noviembre Carrillo Prieto dijo que envió a Atoyac a un grupo de funcionarios “con las instrucciones precisas de que estén atentos a las investigaciones del crimen y de existir nexos con su papel de testigo, inmediatamente atraigan el caso al fuero federal”.

Pero pronto reculó y a principio de febrero dijo que Barrientos Peralta era un simple “denunciante”.
La Adafem denunció que la declaración que Zacarías hizo ante la fiscalía para investigar la guerra sucia fue “de lo más indiscreta, poco profesional, en una oficina llena de gente en la que todos oyeron todo”.
Como Atoyac concentra más de 500 casos de desaparición, existe una oficina alterna de la Femospp y la encargada es Georgina Landa Bolaños.

Tras la ejecución de Zacarías, Landa Bolaños confesó que “vino a la Fiscalía en busca de redimirse de ese dolor que cargó 30 años. Él vino con toda la valentía (...) vino a pedir ayuda”, dijo.
Según la funcionaria de la PGR, el testimonio de Barrientos Peralta –que versaba sobre el modus operandi para delatar a guerrilleros— “era desgarrador”, dijo.
La funcionaria aseguró que “hay otras órdenes de aprehensión en puerta contra más implicados en las desapariciones”.

Trascendió que las imputaciones de Zacarías eran contra militares. Y no podía ser de otra manera, pues en los 31 meses que fue delator, lo hizo exclusivamente para los militares.
Pero además de nombres también salieron a relucir lugares de entierros clandestinos.
Por ello la fiscalía traerá a médicos forenses de Argentina para identificar las osamentas que Barrientos Peralta ubicó.

Desde entonces un fantasma recorre Atoyac.
“Si antes teníamos desconfianza en la fiscalía, ahora tenemos miedo”, dice José Luis Blanco, otro desaparecido de la guerra sucia que tuvo la fortuna de regresar a su pueblo, no como sus primos y tíos.
Nadie volverá a hablar hasta que nos den garantías. Aquí hay muchas familias que tienen cosas qué decir. Muchos saben, pero necesitan garantías, explica sereno.

Y efectivamente, era lo que pedía Barrientos Peralta, protección que nunca le brindó la PGR.
Todos recuerdan la exigencia de Zacarías, que la expresaba a quien quisiera escucharlo:
“Ahora quiero que la fiscalía cumpla lo que me prometió. Quiero protección, que me den el dinero que ofrecieron y que me entreguen El Halcón”.

Nadie sabe qué significa “El Halcón”. Es un misterio que Zacarías se llevó a la tumba, como la fosa clandestina donde estaba su primo Misael Martínez Pérez y el paradero de muchos otros desaparecidos de la guerra sucia.

 
 
 

 


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