Hoy, como el gran Tsekub Baloyán, me repito aquello de “paren el mundo, que quiero bajarme”. Complots en cada esquina, bodas reales, ejecuciones en línea, babeantes diputados verdes, dictadores seniles, blanquiazules disfrazados de detectives japoneses, césares modernos enfundados en trajes de barras y estrellas, Mickey Mouse convertido en censor en el reino de Disneyland… ¡Uf!
Igual que en un mal viaje, el mundo no para ni puedo bajarme. ¿Qué alternativas tengo a mi alcance para, al menos, soportar las náuseas producto de tanto ajetreo? ¿Contratar un sistema de televisión de paga, sintonizar el canal de Hugh Heffner y hacerme justicia por propia mano, imaginando que una multitud de turgentes conejitas invadió mi residencia?
Este camino, dicen los clásicos, le pone a uno la diestra (o la siniestra, si no es que ambas) como mano de hombre lobo. Es más económico, no obstante, que el de visitar al doctor de cabecera y descubrir que, después de todo, basta con hacer una escala en el supermercado de videos más cercano y alquilar algunos clásicos de Woody Allen para ahorrarse largas sesiones en un diván y concluir que “infancia es destino” o “mamá, soy Paquito, ya no haré travesuras”.
Cuando depresión emocional y depresión financiera complotean en nuestra contra hay que optar por remedios que, al menos, sirven de escape para víctimas de los salarios mínimos o de la frilanceada en tiempos de escasa liquidez. Adquirir la edición de Porrúa de Los doce césares, escrita por Suetonio hace algo así como 20 siglos, cuesta menos que una ida al cine y proporciona más horas de solaz y esparcimiento que, por ejemplo, los dos volúmenes de Kill Bill. Todo, gracias a las andanzas de Julio César el sodomita, la zorra Mesalina o el pendenciero Nerón.
Mi biografía favorita sigue siendo la de Calígula: sin el menor rubor fornicaba indistintamente con su hermana o con algunos encumbrados faranduleros de la época y se dio el lujo de cortejar a la luna. No conforme, profesó tal amor por su caballo Incitato que le construyó cuadra de mármol y pesebre de marfil, amén de que adornaba su cuello con collares de piedras preciosas.
En estas tierras hemos tenido émulos de Calígula, si bien en versión subdesarrollada pues de poco nos ha servido ser parte del club de los ricos. Se cuenta, así, que Carlos Peralta tiene en casa un zoológico particular al alcance de su modesto lugar 377 en la lista de los hombres más ricos del mundo (Forbes dix it). Y entre sus bestiales excentricidades, el aspirante a la alcaldía de Tijuana, Jorge Hank Rohn, fue dueño de un caballo al que admiró tanto como Calígula a Incitato. Por ello, mandó a esculpir monumental estatua que, para transportarla de México al rancho familiar en Estados Unidos hubo que desmantelar los interiores de un avión.
Desgraciadamente no contemos con un biógrafo de los césares que engendró la estirpe priísta. Lo más cercano a la obra de Suetonio es el libro La presidencia imperial de Enrique Krauze, gracias al cual sabemos que aquello de que Luis Echeverría estaba obsesionado por nacionalizar la fórmula secreta de la Coca-Cola no es mera leyenda urbana. Pero, ¿cuántas divertidas anécdotas caligulescas ignoramos o conocemos sólo a medias?
Pienso en la familia Alemán, que un día llegó al poder con la consigna de que “el primero de diciembre quebramos la piñata, a ver qué nos toca”, y medio siglo después siguen repartiéndose el erario cual si fuera colación. No me dejará mentir el gobernador de Veracruz pues, ante las acusaciones de que durante su gestión la progenie alemanista mamó con singular alegría del presupuesto, aclaró: “somos corruptos, pero no’más un poquito”.
¿Qué los ricos también lloran? No importa. Lagrimas con PAN…