Trabajan sin protección alguna, entre pantanos llenos de aceite producto de los derrames y fugas de Pemex. Para esta labor no hay edad límite, basta la disposición para sacrificar el cuerpo Cárdenas, Tabasco.- Esta es la Costa del edén, la región más calurosa del estado. Frente a la Compresora Número 2 del Campo Petrolero Cinco Presidentes, se ubica el pantano cuya agua ya no es ni azul ni verde, sino tan oscura como el mismo oro negro, y está manchada de hidrocarburos que se revuelven con el lodo creando una pesada mezcla que sólo cede al movimiento de las manos.
Este tipo de derrames se conocen como chapos, de allí el nombre de chapero al obrero del pantano, el que se ocupa de limpiar con sus manos los derrames de Pemex, como hidrocarburos, plásticos, ramas, madera y petroleo crudo en el que el chapero debe nadar para que el pantano no se lo trague.
Donde el sol es más caliente
Las cuadrillas de chaperos son contratadas por empresas como Rimsa, Pasa, Saint Martín y Preservare, para los trabajos de biorrecuperación. Aunque Pemex les paga millones de pesos para “biorrecuperar”, su afán de lucro los hace usar a la misma gente de las zonas afectadas para el trabajo sucio y peligroso.
Por sueldos que van de los cincuenta a los cien pesos diarios, los chaperos pasan largas horas en medio del pantano sacando los residuos de petróleo hasta la orilla del agua. Rara vez la empresa les dota de overol. Tampoco se atreven a entrar con su propia ropa, su situación económica no se los permite, tienen poca y hay que cuidarla. La mejor manera, dicen, es entrar al fango con short y pies desnudos.
Cuando concluye el chapeo entonces entran las máquinas de las empresas, junto con sus técnicos de limpios overoles y aplican químicos y cubren con tierra el pantano, es decir, maquillan la zona del derrame.
De Cárdenas a Huimanguillo, Cinco Presidentes se localiza en la región noroeste de Tabasco, con alrededor de 2 mil hectáreas de pozos lacustres.
El campo comenzó a desarrollarse a finales de los años cincuenta, con un total de 101 pozos perforados. En aquellos años los desechos generados se depositaban en los canales lacustres. Empezaron las protestas y el trabajo de los chaperos. Entonces la paga se las entregaba directamente Pemex, antes de que empresas privadas operaran la paraestatal.
En casi cinco décadas de operación, este campo es el que ha registrado el mayor número de fugas, documentadas por la Comisión Nacional del Agua, la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales y la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente.
A la fecha se tiene el registro de una fuga en un oleoducto, 124 fugas en pozos petroleros, 21 fugas en baterías de separación, diez fugas en estaciones de compresoras y 15 fugas en chaperos.
En 1997 un informe del Instituto Mexicano del Petróleo y la UNAM, documentó que el 78.3 por ciento de los pozos de la zona habían sufrido por lo menos una fuga, con reportes de hasta 16 fugas en un solo pozo petrolero (pozo 5-P-128).
Precisa que “la información registrada no refleja la totalidad de los derrames que han ocurrido en esta zona, debido a que no todos han sido reportados, y en su caso no se han podido inspeccionar en su totalidad”.
Estos accidentes son la fuente de empleo de los chaperos, quienes el único apoyo que reciben son litros de diesel para que se laven al término de la jornada.
“Usted no se imagina lo que es estar allá adentro al medio día, en medio de petróleo hirviendo y con el sol calando sobre la cabeza de uno”, dice Norberto de la Cruz, quien habla entre dientes, avergonzado de su trabajo.
—¿Ninguna compañía les da uniformes?
—Algunas dan una pantanera, pero no aguantan; son botas adaptadas con plástico y por dentro tela que no lo mina agua ni aceite, las pantaneras son de color negro.
—¿Usted se puso su pantanera?
—Sólo un día me aguantó y calentaba muchísimo es peor todavía que entrar desnudo.
—¿A qué profundidad trabajan?
—Depende, a veces nos llega el agua hasta la cintura. Ahorita está seca la marea pero aquí tiene conecte con el río, cuando crece el mar mete agua al río y alli ya no alcanza uno. Lo más que se tiene que trabajar es hasta la cintura.
—¿Cómo se siente adentro del pantano?
—Si está fresco el tiempo se aguanta uno, pero lo que sí no se puede aguantar es el sol porque se calienta el aceite brutalmente.
—¿A qué temperatura?
—No sabría pero llega un momento en que no se aguanta.
Norberto tiene 57 años y es originario del ejido San Rafael. Durante los últimos 20 años ha sido obrero de las compañías que trabajan para Pemex, siempre sin ninguna prestación. Ha sido albañil, cargador y chapero. Sus hijos siguieron el oficio, mientras habla, fija la mirada en los pies que calza con zapatos sintéticos de color negro, brillantes al sol.
El calor que guardan los zapatos de hule es poco para él, “allá adentro el cuerpo hierve”, repite y luego inclina la cabeza que en días de asueto cubre con una cachucha como las que usan los jugadores de beisbol.
—¿Cuándo fue la primera vez que trabajó como chapero?
—Hace cuatro años, uno busca la chamba. El horario es de ocho horas, si se necesita el avance se hacen doblete, cuatro horas más. Pero eso se calienta demasiado con el sol, pareciera que va a explotar, los poros de la piel se tapan y se siente horrible.
—¿Cuál fue la última obra en la que estuvo?
—Allá- señala con la mano derecha hacia lo lejos- en la Batería de Separación N.2- donde hubo un derrame de hidrocarburo hace cinco meses, pero no terminamos de limpiar porque el contrato de la compañía decía que era por cinco meses y no habíamos limpiado todo cuando nos sacaron.
En la zona donde fue el derrame, los rastros del hidrocarburo aún son visibles. Norberto agacha la cabeza, reflexiona en lo inútil que al final resultaron sus horas invertidas en sanear la zona. Se excusa: “es que a la Batería no le dan mantenimiento nunca, mire por eso se ve toda oxidada y el mechero quemado allá atrás”.
Trabajo o enfermedad
Los obreros del pantano enferman constantemente de violentas infecciones en la piel causadas por el contacto directo con los suelos contaminados de hidrocarburos.
Los casos más graves son los de Miguel Ángel Chablé, José Hernández Sánchez y Refugio Torres, empleados por el Grupo Preservares para sanear la zona de Cárdenas. Desde mayo de 2002 comenzaron a padecer, primero comezón y hongos que corrieron de la planta de los pies hasta el resto del cuerpo. Los chaperos dicen que la enfermedad se debe al uso de Was103, un ácido prohibido por la Profepa que Preservare les indicaba usar en su labor.
El chapero más afectado es Roel Ávalos García, un ex agricultor de 59 años de edad. En El Yucateco, hasta el 2001 Roel se dedicaba al cultivo del coco, pero la caída de la producción lo obligó a trabajar para Preservare para sanear el campo petrolero Cinco Presidentes.
A seis meses de que ingresara como chapero, Ávalos García presentó los primeros síntomas de infección; comezón en el pie izquierdo e inflamación de la pantorrilla, luego el pie se le puso negro, ahora no puede caminar.
Preservare lo dio de baja sin indemnización. Su último talón de pago, de abril de 2002, indica que recibía 126 pesos por cuatro días de trabajo. Esa semana hizo 9 horas extras por 94 pesos. A partir de ese día Roel ya no pudo trabajar, la demanda contra la empresa nunca prosperó.
Greenpeace documenta que el mayor riesgo que corren los chaperos es contraer cáncer, ya que los hidrocarburos son altamente cancerígenos y penetran en la piel y el aparato respiratorio.
Para esta labor las compañías prefieren contratar menores de edad para pagarles sueldos inferiores, de 25 a 50 pesos el día. “Contratamos a la misma gente de las comunidades para brindarles una fuente laboral”, dice Luis Urbano, representante de Saint Martín.
Nadie sabe cuántos chaperos hay en Tabasco y mucho menos cuántos han muerto en los pantanos de Pemex.