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Amígdalas
José Luis López

Resumen
   
 
 
 
Ahora resulta que, Hugo “dixit”, Pumas es el equipo “más guapo” del fútbol nacional. Empezando, claro está, por su entrenador, a quien le duele la cara por culpa de tanta galanura. Y, majo como es, debió aprovechar su visita a Los Pinos a mediados de junio pasado para sugerirle al gigante sin cabeza que ahí habita:

—Échale amígdalas, Vicente…
Ya entrados en confianza no pudo dejar pasar la ocasión sin asegurarle que, de integrarlo al Ejecutivo, el gabinetazo volvería por sus fueros y lo mismo resolvería el entuerto con Cuba que apuntalaría el liderazgo de México en el club de los ricos.

—Es cosa de amígdalas. Y a mí me sobran, como sabrás…
Vamos, hasta pondría en su sitio a “Peje Man” pues, si de amigdalitis se trata, el populacho sabe distinguir entre la de un humilde hijo de la Montechusma y la de un mesías trepador de Teapa.

¡Basta ya de hinchazones metafóricas!, dirá con razón el lector. Le ofrezco, pues, disculpas. Pero es que quiero retomar aquí un tema del cual me ocupé recientemente: las frases célebres y el influjo del azar a la hora de lanzar a la eternidad una simple ocurrencia, mientras que millones de sesudas sentencias están condenadas al olvido. Entre el repertorio de Hugo, por ejemplo, la guapura de Pumas o decenas de sus sabias máximas se encuentran en el techo de la historia. En cambio, el tamaño de sus amígdalas es ya un hito.

¿Qué caso tiene volver a las frases para la perpetuidad? Muy sencillo: los personajes públicos viven con la obsesión de convertirse en monumentos vivientes gracias a una sentencia demoledora y, en cambio, lo que suele recordarse son sus dichos menos afortunados. En otras palabras, muchos son los llamados y pocos los elegidos. ¿Otro ejemplo? José López Portillo, quien acuñó aquello del “fiel de la balanza” para referirse al dedazo o puso a su hijo José Ramón en planos siderales (“es el orgullo de mi nepotismo”), aunque se tropezó con el humor involuntario y más bien se le recuerda por aquello de la defensa perruna del peso.

Los hay, también, que por más esfuerzos ni siquiera han conseguido ser objeto de la mofa pública. ¿Quién tiene presentes los inocuos enunciados de Adolfo Ruiz Cortines, al estilo de “no siembro por mí, siembro por México”? En el mejor de los casos, el expresidente tiene un lugar en el corazón de algún despistado priísta gracias a anécdotas como aquella cuando su chofer se pasó un alto y mandó premiar al “tamarindo” que tuvo el atrevimiento de detenerlo e imponerle una multa por violar el Reglamento de Tránsito.

Sin embargo, López Portillo o Ruiz Cortines siguen vigentes por obra y gracia de Andrés Manuel López Obrador, alias “Peje Man”, heredero de la retórica lastimera del primero y vivo retrato de los afanes de decencia, moralidad y rectitud del segundo como consecuencia de su obsesión por emular a Benito Juárez.

Esto es, Andrés Manuel desgrana discursos con tonos lopezportillistas y retórica ruizcortinista. ¿Lo del “rayo de esperanza” no es acaso equivalente contemporáneo a la cursilería seudorrevolucionaria del “siembro por México”? En cuanto al gallo al que no le han arrancado una sola pluma, suena a presagio de que, un día de éstos, nos amaneceremos con la noticia de que “el innombrable” es la personalidad secreta del “enano del tapanco”.

Pero volvamos a Hugo. ¿Puede entenderse el engendro que es como político nuestro “honesto valiente (sic) rayito de esperanza” sin el “pentapichichi”? Por supuesto que no. Sus bravuconadas recientes (“a mi ‘Chente El Grandulón’ me la Pérez Prado”) y ocurrencias como aquella de leerles a los reporteros las peje-tablas de la ley periodística (“Honrarás como única verdad la de Andrés Manuel y anatemizarás el evangelio según Los Pinos”) son un claro homenaje a la amigdalitis de nuestra máxima figura del balompié.

Y no para ahí la cosa. Según “Peje Man”, también la tarea de gobernar es cuestión de amígdalas, de modo que basta decretar el fin de la delincuencia para que los “malosos” se conviertan a la nueva fe, la de la ciudad de la esperanza. O, ¿quién es el “guapo” que se atreve a dudarlo?

 
 
 

 


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