Sin un cobijo que los proteja, los habitantes de Santa Lucía Miahutlán subsisten ante los embates del hambre y el frío atroz que azota durante todo el año la región. En medio de la serranía oaxaqueña se enclava, oficialmente, el tercer municipio del país en situación de extrema pobreza.
Santa Lucía Miahuatlán, Oaxaca. Apenas amanece y Carmelita corre a calentar sus manos al ardor de los leños. Su cuerpo pequeño y delgado tiembla de frío. No lleva puesta más que una ligera blusa de algodón, una falda y unos guaraches de hule. Sus dos hermanas, Juana y Antonia, se unen con ella y esperan ansiosas el café de grano que se prepara en el fogón.
Mientras el sol sale, el golpe del viento sigue helado. La inclemencia del tiempo en el municipio de Santa Lucía Miahuatlán dura todo el año y no hay estación en que la atmósfera cambie su clima gélido. La comunidad está enclavada en la sierra sur de Oaxaca, alejada de todo.
Comienza a hervir la olla. Está listo el desayuno del día: un plato hondo con café de grano y un trozo de pan duro será el primer alimento de la familia Santiago Hernández, una de las tantas de Santa Lucía Miahuatlán. Carmelita y sus dos hermanas beben. Los padres esperan para tomar cada uno de ellos la cazuela que se desocupe primero.
La alimentación de Juana, de 13 años de edad, Antonia de once y Carmela de nueve, no tiene otro sabor que el del café, tortilla y calabazas preparadas en agua y sazonadas con sal y cilantro.
La familia Santiago Hernández vive, como casi todos los habitantes de la región, en una casa de adobe de apenas siete metros cuadrados, con piso de tierra y techo de madera. Por las ranuras del tejado entran los rayos del sol y también se cuela el frío. El viento sopla incesantemente.
Dentro de su pequeña choza no hay más que una base de madera con un petate encima, un brasero, tres bancos y algunas jícaras que cuelgan de la pared. No hay más. Santa Lucía Miahuatlán está considerado oficialmente el tercer municipio del país en situación de extrema pobreza.
“Aquí la gente está triste, no hay dinero”, dice Mauro Santiago Pérez, padre de las tres niñas y esposo de Bernardina Hernández. Tiene 40 años y su único modo de subsistencia es el campo que “ya no rinde lo suficiente”. La cosecha de maíz es escasa.
Mauro platica mirando el piso de tierra. “Un bulto de fertilizante cuesta 100 pesos y se tienen que comprar diez para que se alcance a sembrar un poco”. El pago que recibe cuando trabaja en el campo varía entre 25 y 40 pesos diarios, siempre y cuando cuente con esta fuente de empleo, que en algunas épocas del año es inexistente.
Cuando no hay más que cosechar, dice el hombre de origen zapoteco, “uno tiene que salir a Oaxaca, donde se paga un poco más: 100 pesos el día; pero si se va uno para allá hay que rentar un lugar donde se pueda vivir”. De todas formas, el dinero que se obtiene no se refleja en su beneficio. Cuando Mauro está lejos de casa la mayor parte de su salario se va en el pago de transporte, alimentación y vivienda.
Actualmente, el empleo que tiene el padre de Carmelita no tiene ninguna remuneración económica, está prestando un servicio social al municipio, por lo que es imposible pensar en la compra de semilla para sembrar un poco de maíz.
De acuerdo con la enciclopedia de los Municipios de México, en la comunidad sólo “se practica la agricultura de subsistencia, producto de la escasez de tierras aptas para esta actividad”. Entre los alimentos que se obtienen se encuentran el maíz, la calabaza, hortalizas en pequeñas cantidades y café”.
Los apoyos del gobierno
Mauro Santiago no niega que ha recibido el beneficio de algún programa oficial, aunque no recuerda el nombre. “Aquí, el gobierno está apoyando un poco en la entrega de lápices, libros, y algunos útiles escolares”. Antonia y Carmelita han sido de las beneficiadas; sin embargo Juana, la hija mayor, ya no recibe esos privilegios, por lo que dejó de estudiar desde hace algunos años.
Curiosa, la adolescente ojea una revista que llevaron los visitantes. Fotografías de Vicente Fox y José Murat aparecen en las páginas.
-Juana, ¿sabes quiénes son?
-No -contesta.
-Es el presidente de México y el gobernador de Oaxaca- se le señala.
Ella sólo levanta los hombros y continúa pasando las hojas.
-¿Te gustaría seguir estudiando?
-Ya no se puede- dice resignada.
Salud y miseria
Leticia García Hernández es la doctora que atiende la única clínica que el Instituto Mexicano del Seguro Social tiene en la localidad. Trabaja en el lugar desde hace dos años. Después de haber recorrido otros municipios del estado de Oaxaca se sorprende: “es aquí donde he encontrado las cosas más tristes que he visto en mi vida”.
La desnutrición infantil es el principal problema que la doctora García Hernández observa clínicamente. “No hemos encontrado a ningún menor que esté en óptimas condiciones”, señala.
Santa Lucía Miahuatlán tiene 150 niños indígenas zapotecos con problemas de desnutrición, tan sólo en la cabecera municipal. En las rancherías de sus alrededores, Cofradía, La Chinilla, Llano Grande, El Carrizal, San Isidro y Río Comal se acentúa el padecimiento.
“Se intenta llevar a cabo programas de alimentación a base de soya y verduras, pero la respuesta de las personas no es muy favorable, están acostumbrados a comer maíz y frijol”, lamenta García Hernández.
La única solución que encuentra la especialista para combatir este abandono es la creación de fuentes de empleo y, por supuesto, el apoyo de las autoridades para sumar a la dieta de los habitantes otro tipo de alimentos. Sin embargo, ninguna de estas dos propuestas tiene cabida en el interés oficial.
“Pedimos el apoyo de la autoridad para saber cuáles eran las posibilidades de que nos consiguieran garbanzo, lentejas y otras semillas, para enseñarles a combinar con la soya, y hasta ahora estamos esperando la respuesta”, se queja Leticia García.
A la desnutrición y desempleo se suman otros elementos que derivan de la miseria: embarazo en adolescentes, enfermedades en las vías respiratorias, conjuntivitis, alcoholismo y violencia intrafamiliar.
En su afán por promover la planificación familiar, la doctora García Hernández trata de hablar con los lugareños, sin recibir ninguna atención. “La familia es numerosa en cada pareja, es difícil que se acepten los métodos anticonceptivos”.
Además, acusa, “no tenemos el material necesario para difundir las campañas de salud y los que existen no se apegan a la realidad del medio rural en que se vive”. Un video promueve el uso de métodos anticonceptivos pero no está traducido al zapoteco, lengua que domina casi el 90 por ciento de los habitantes. Por ello, “es difícil explicarles a los jóvenes”, quienes podrían representar un cambio en la comunidad.
El embarazo en las adolescentes es un factor de riesgo muy común en esta localidad. Cuando llegan a la edad fértil, doce años de edad en promedio, “los padres las empiezan a juntar con alguna persona” para llevarlas al matrimonio. No es nada raro que en Santa Lucía Miahuatlán las muertes sean consecuencia de esta costumbre, explica la doctora.
Las enfermedades en las vías respiratorias son motivo de visita diaria a la clínica, los pobladores sufren constantemente de gripas y problemas bronquiales, pero los medicamentos básicos para su atención son insuficientes.
“Hace falta la distribución de ampicilina, penicilina, antinflamatorios y medicamentos oftálmicos, pero sobre todo vitaminas, para fortalecer el sistema inmunológico de las personas y puedan resistir el frío que hace todo el año”, advierte Leticia García Hernández.
La doctora García lamenta mucho la situación que se vive en Santa Lucía Miahuatlán, más aún, la rotación que hay de médicos y maestros que se hace anualmente por todo el estado, ya que debido a estos traslados se pierde la continuidad en los programas de salud y educación.
El desgobierno
La calles térreas del poblado oaxaqueño lucen desoladas. El motor de una camioneta de redilas se distingue fácilmente desde la lejanía. La doctora Hernández advierte a los visitantes: “si se tienen que ir, aprovechen que viene esa camioneta para pedir que los lleve a Miahuatlán, -distrito del municipio- después ya no habrá ningún transporte que lo haga.”
Aquí no se ve la televisión, no se escucha la radio, no hay transporte, ni teléfono, estamos alejados de la civilización, señala con decepción la médico rural.
Como si una amenaza bordeara el lugar, en Santa Lucía se vive un profundo hermetismo, la presencia de gente ajena a la población hace que las autoridades municipales cuestionen severamente.
Santiago Reyes López, regidor de hacienda, exige tener a la vista un sello gubernamental para poder hablar. Se le explica que es un trabajo de investigación periodística que se viene haciendo en los cinco municipios más pobres del país. Entonces, con desazón, concluye: “no hay nada que decir, ustedes pueden verlo todo”.