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“El lugar de las nubes”
Edgardo Jiménez
Fotos: Jorge Ontiveros

Resumen
   
 
 
 

No reparan en ofrecer a sus visitantes lo poco que poseen, aunque a veces ya no quede nada para ellos. Sus raíces indígenas y el náhuatl los conservan cercanos al pasado prehispánico, aunque el olvido de las autoridades los mantiene marginados. Son los habitantes del cuarto municipio más pobre del país: Mixtla de Altamirano, Veracruz, cuya traducción al español significa El lugar de las Nubes

Mixtla de Altamirano, Veracruz. Repentinamente se levantó de la banca en la que se hallaba sentando. Depositó su taza rota de café que lo calentaba. Reflexionó un momento. El silencio saturó el pequeño cuarto. Cuando volteó, sus ojos mostraron unas pequeñas lágrimas aún sin escurrir. Le resultó difícil decir algo, pues el sentimiento se lo impidió y sólo expresó: “aquí sufrimos mucho”. Tomó unos instantes para componer la figura y continúo: “Es difícil vivir aquí. No tenemos nada y nuestros niños se enferman”.

Hipólito Tepole Flores es uno de los habitantes del que es considerado por el Consejo Nacional de Población y el Instituto Nacional de Nutrición, el cuarto municipio más pobre y carente de servicios básicos a nivel federal: Mixtla de Altamirano, Veracruz.

Junto a su esposa Lorenza, quien está embarazada, y sus cuatro hijos (Esteban, Héctor, Valeria y Violeta) Hipólito sobrevive diariamente a las penurias que su austera comunidad llamada Tlachicuapa les plantea.

Narrar su historia es contar la historia del pueblo. Su vivienda no es muy distinta a la de los demás. Su extensión no rebasa los seis metros cuadrados. Está construida únicamente con tablones de madera, vigas del mismo material y algunos clavos. El techo es de láminas acanaladas sujetadas por mecates y sólo posee un foco que es alimentado por baterías maltrechas. El suministro de corriente eléctrica, así como el agua potable, la pavimentación y la construcción de carreteras no han llegado a su población. Literalmente no hay nada alrededor. El suelo es la propia montaña y las ventanas de su morada están cubiertas por viejas bolsas de plástico que permiten el ingreso del aire frío. Sin embargo, los niños ya no se percatan de ello y tan sólo visten una delgada playera cada quién. Simplemente no tienen más que ponerse.

La poca ropa que poseen se halla tendida en el interior de la habitación. Sólo se aprecia un par de pantalones negros, una falda roja parchada y no más de diez pequeños calcetines.

La única cama que hay está armada con cinco tablones de madera sostenidos en piezas rotas de adoquín. Ahí duermen todos los miembros de la familia. La diferencia entre el frío del exterior y la familia de Hipólito es un par de cobertores delgados.

Dos muebles, además de la cama, revisten la intimidad de la familia Tepole. Se trata de una mesa, una vez más, elaborada con maderas de la zona. La veta es casi imperceptible, pues está desgastada. En algunas partes, las astillas continúan vivas y los clavos no penetraron adecuadamente por lo que asoman sus cabezas oxidadas sobre la superficie del mueble. Frente a ella, una banca labrada en madera seca “para cuando hay visitas”.

Alejado de su familia y en el interior de la vivienda, Hipólito confiesa que sólo estudió hasta el segundo año de primaria: “mi única intención era aprender a leer y escribir para que algún día pudiera firmar las escrituras de un terreno. Nada más quiero mi casita”, explica.

-- ¿Ustedes saben que están considerados como habitantes de uno de los municipios más pobres del país?

-- No, no lo sabía- responde con su visión clavada en la sierra como si quisiera ver más allá del horizonte.

A unos metros frente al domicilio se ubica un cuarto cuya forma sólo está delimitada por tres vigas de madera verticales y unas cuantas láminas. Es la austera cocina que consta de una base metálica, algunos leños encendidos y un comal. A su lado, el pequeño molcajete familiar donde se muele el maíz y el frijol, principales ingredientes de la dieta diaria.

Sus cuatro hijos se muestran reservados. Es poco común que alguien ajeno a su comunidad los visite; además, se sienten nerviosos debido a que sólo comprenden español, mas no lo hablan.

En tanto, Lorenza, de 24 años y esposa de Hipólito, comenta con dificultad debido a que su español no es muy bueno: “estudié hasta el tercero de primaria, y luego me dediqué a ayudar en mi casa”.

-- ¿Cuántos hijos quieres tener?

-- Los que Dios me mande, pero me gustaría tener 10 u 11.

Lorenza difícilmente deja su comunidad habitada por 180 personas, de las cuales sólo cuatro hablan español. Ella vive en Tlachicuapa y probablemente muera ahí como lo ha hecho su familia. No conoce más allá de la cabecera municipal y mucho menos ha viajado a la ciudad de México. Tampoco sabe que es pobre aunque sus manos desgastadas por lavar la ropa en un pequeño río cercano se lo muestran a diario.

Hipólito, por su parte, lleva dos meses trabajando como miembro de la corporación policiaca del municipio. Cobra 2 mil 500 pesos mensuales, sueldo que asegura le permite sostenerse, aunque reconoce que no es suficiente. A diario recorre los cuatros pueblos en que está dividida la cabecera municipal. No importa el clima, usa su acostumbrada gorra; eso sí, en épocas de lluvia y frío abandona los huaraches y viste zapatos negros. “Es muy cómodo en estas épocas”, afirma. Su marcha presenta siempre el mismo paisaje: pequeñas casas hechas de madera con techo laminado; algunas tienen cimientos de concreto, pero nada más.


¿Qué dice tu corazón?

“Panolte, tlenquitoba mayolo”, saluda un habitante con la mano derecha levantada por encima de su hombro y cuya traducción del nahuatl es: “buenos días ¿qué dice tu corazón?”.

Hipólito Tepole responde de la misma forma cuando se dirige a su casa, para la cual debe caminar cerca de una hora desde la cabecera municipal.

Un pequeño sendero con algunas piedras apiladas, una cruz hecha con madera y pintada de blanco marcan el principio de la ascensión del indígena que con sus zapatos rotos, camisa blanca, pantalón gris y gorra azul viaja más alto y por encima de la cordillera veracruzana.

Antes de llegar a su vivienda, el camino conduce a una pequeña escuela primaria enclavada en medio del bosque. Dos salones la conforman, uno de ellos es ocupado como bodega, el otro alberga todas las mañanas a 52 niños de diferentes edades. Frente al pizarrón, el profesor Roque Hernández Lucía. Su historia no es muy distinta a la de los demás. Viaja durante más de una hora a pie para impartir sus clases. Ama lo que hace, pero su camino es aún más largo, pues vive en Zongolica, municipio vecino. “Debo pararme muy temprano para llegar a tiempo”, comenta.

Con 8 mil 368 habitantes –de los cuáles 8 mil 162 son indígenas– Mixtla de Altamirano se ubica en la zona montañosa de Veracruz. Su extensión es de poco más de 60 kilómetros cuadrados. La población está divida entre católicos y Testigos de Jehová, los primeros con el 60 por ciento de acuerdo con cifras ofrecidas por la presidencia municipal. Sólo posee tres clínicas de primer nivel, es decir, únicamente cuenta con servicios preventivos como: aplicación de vacunas, atención de partos, albergue, así como distribución de sueros y complementos alimenticios para evitar desnutrición y deshidratación.

Rogelia Cano, enfermera de la única clínica del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) en aquella comunidad, comenta que el promedio de nacimientos en Mixtla de Altamirano es de 3 ó 4 por semana, mientras que los decesos infantiles no rebasan los 2 ó 3 mensuales.

“Las principales causas de muerte infantil aquí –asegura la auxiliar sanitaria– son las enfermedades relacionadas con las amibas y los parásitos.”

-- ¿Y la desnutrición?

-- Es poco común. Mantenemos márgenes de desnutrición nivel uno, o sea, leve. Esto es porque distribuimos suero y complementos alimenticios para niños y mujeres embarazadas.

-- ¿Cada cuándo llegan los apoyos del programa Oportunidades?

-- Nos visitan cada mes.

-- ¿Y es suficiente?

-- No, pero es lo que nos mandan.

En el caso de los adultos, la principal causa de muerte es la cirrosis, ya que existe una bebida popular conocida como “Caña”, que es precisamente extraída de la caña de azúcar y procesada luego en el mismo pueblo. Su costo de producción y venta es bajo (medio litro cuesta entre 10 y 15 pesos), y su sabor es el de un ligero tequila, por lo que es muy demandada entre los habitantes, incluso mujeres y jóvenes.


El primer camino

La única forma de llegar a Mixtla de Altamirano es atravesando Zongolica, que es considerado uno de los municipios más importantes de la zona montañosa. Ambos poblados están separados por 90 minutos de camino terroso, que en algunos tramos presenta subidas duramente inclinadas donde las llantas patinan y la visión, según el clima, puede complicarse debido a la intensa neblina.

Camiones viejos y mal conservados, casi todos de color azul cielo transportan a los pasajeros quienes se alejan de lo urbano para acercarse a lo rural de las alturas. Diariamente comienzan un trayecto que en su origen está pavimentado, pero que pocos metros adelante sólo muestra tierra, piedras y una espesa vegetación alrededor.

De pronto aparece la enorme puerta de “El lugar de las nubes”, traducción al español de la palabra Mixtla. Un marco lleno de flores la rodea. Claveles, girasoles y hojas de parra iluminan con sus colores blanco, amarillo y verde la entrada.

Unos metros más adelante se encuentra el palacio municipal. Vidrios rotos, bultos de cemento y herramienta están por doquier, ya que la obra aún no se termina. La duela está manchada por las huellas del lodo y algunas puertas están inconclusas. Los escalones recuerdan las pirámides aztecas, pues son angostos y muy altos. En el segundo piso despacha Gonzalo Elías, ejecutivo local y miembro de la comunidad. Fue elegido hace tres años como presidente del municipio. Su partido: el PRI.

Los comuneros cuentan que Gonzalo Elías jamás ha visitado las poblaciones cercanas. Tal vez, dicen, es porque su reciente camioneta “Lobo” no puede introducirse en los densos caminos boscosos donde apenas se distinguen pequeñas veredas de 30 centímetros de ancho y cuyo suelo únicamente consta de rocas afiladas y lodo, mucho lodo.

 
 
 

 


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