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El espejo de la pobreza
Erika Ramírez
Fotos: David Jaramillo

Resumen
   
 
 
 

Mal formaciones congénitas, desnutrición, desempleo, migración y analfabetismo, son los principales problemas que enfrenta la población Coicoyán de las flores, el segundo municipio más pobre del país

Coicoyán de las Flores, Oaxaca. Nunca ha podido ver la luz del día. Sus globos oculares sobresalen de las orbitas de sus ojos. Una membrana carnosa se va formando y sus párpados ya no pueden cerrar completamente. Vicente López Vera tiene apenas cuatro años de edad y vive en uno de los lugares más alejados de la Mixteca oaxaqueña.

“Nació con la vista boluda; no ve nada”, es la única explicación que sabe dar Alfonso López Ramírez, su padre. Como un espejo de sufrimiento, un líquido transparente sale constantemente de sus lagrimales, es parecido al llanto, y en ocasiones brotan gotas de pus que ruedan por sus mejillas.

La familia del niño mixteco ignora el motivo de la ceguera, el nombre de la enfermedad que hace que sus ojos se vean enormes y más aún, desconocen si existen esperanzas para que Vicente pueda ver en algún momento los rostros de sus padres y hermanos, así como la abundante y hermosa vegetación que le rodea.

Víctima de la extrema pobreza, el pequeño indígena no ha sido revisado en su corta vida por ningún especialista. Además de la ausencia médica en Santiago Tilapa, la comunidad más cercana al lugar en el que habita, y en Coicoyán de las Flores, cabecera municipal de la región, los padres de Vicente no cuentan con recursos económicos para brindarle la atención que por derecho constitucional se merece.

Hace un par de años, don Alfonso emigró en busca de empleo a los campos de Sinaloa. Su principal objetivo era curar a su hijo. La suerte no corrió de su lado. El pago que recibía por el corte de jitomate y pepino era de 50 pesos diarios, lo que apenas alcanzó para subsistir lejos de casa y ahorrar un poco.

Al regresar de su ardua jornada en Sinaloa, Alfonso López se trasladó con el pequeño Vicente a la ciudad de Oaxaca, un médico general ofreció un tratamiento, el costo sería de diez mil pesos, cantidad imposible de pagar.

Vicente vive en una choza de adobe junto con sus siete hermanos, una joven cuñada y sus padres. Alrededor del lugar hay una pequeña milpa, camina entre ella y con un machete en mano limpia un poco las cáscaras de maíz que caen secas a la tierra, es la única actividad que le distrae.

El niño es tímido y no habla el castellano, atento escucha la voz de Reina Pineda Soto, una mujer que al traducir al mixteco pregunta: “¿cómo estás?”. Vicente guarda silencio, agacha su cabeza, sabe que hay gente ajena en el lugar. Nuevamente el líquido transparente baña su rostro.

Para llegar a él es necesario subir por la sierra, a dos horas de camino por una apretada brecha de tierra suelta que marca el rumbo. La familia López Vera se vio en la necesidad de buscar un lugar fértil para sembrar. Santiago Tilapa ya no era terreno para obtener su alimento y la cosecha del maíz ya no rendía frutos suficientes, por ello, como muchas otras familias, se han alejado cada vez más de la comunidad.


La espera

Ante el abandono total de las autoridades municipales, estatales y federales, las comunidades indígenas llegan a ser emblemas de alta marginación. Lo único que crece entre sus habitantes es la miseria y lo que de ella se desprende: desnutrición, malformaciones congénitas, desempleo y analfabetismo, entre otras tantas.

Cornelio Enriques Sánchez es un anciano que espera la hora de su muerte. No sabe cuantos años tiene pero ya se siente cansado. Una inflamación en su nariz le impide respirar bien, solo puede hacerlo por la boca y con mucho trabajo.

Cuando aún era joven un “granito” salió en su nariz, le provocaba comezón y molestia. Hace más de 35 años, calcula, su hermano mayor lo llevó a Veracruz, ahí fue atendido por un médico que le extrajo una pequeña carnosidad, sanó su hinchazón, pero el alivio duró solamente cuatro meses. De nuevo la molestia se presentó y hasta el momento no ha podido ser revisado por ningún otro especialista. La posible tumoración crece con el tiempo y además de abarcar una parte de su mejilla, el ojo izquierdo comienza a cubrirse, lo que daña severamente su vista.

Don Cornelio vive con su esposa, en una de las pequeñas casas de adobe que se asientan sobre Santiago Tilapa, no cuentan con agua potable, ni letrina. Ambos sobreviven con el poco sustento que les brinda su hijo, no tienen trabajo y pasan la vida con una precaria alimentación: tortilla, chile, sal y café.

La desolación y el hambre son cosas de todos los días. Sin embargo, en la pareja existe la esperanza de volver a ver a su hijo menor, que emigró a Ensenada, Baja California, en busca de empleo.

Fuertes fiebres y problemas de estreñimiento son padecimientos constantes de una de las nietas de don Cornelio. Tiene nueve años y su hermano de seis ya la rebasó en estatura. Inflamación en la parte baja del abdomen, molestias, y una calvicie prematura son síntomas aparentes de la enfermedad de Irma Enriques, quien tampoco ha sido atendida.


Abandono

A marchas forzadas y con la miseria a cuestas se desarrolla el calendario escolar en la única escuela primaria bilingüe de Santiago Tilapa. Con los vidrios rotos, aulas en mal estado y desabasto de material didáctico, 180 niños mixtecos asisten a clases.

Claudio Hernández Espinoza, director de la escuela “Dzahuindada”, señala que en la comunidad “existe mucha carencia; estamos en una de las comunidades más marginadas de Oaxaca, lamentablemente la gente vive en una extrema pobreza; no existen fuentes de empleo y muchos se ven obligados a emigrar para obtener un ingreso.

“Nosotros quisiéramos que la niñez del pueblo asistiera al cien por ciento, para adquirir por lo menos una educación básica; los padres de familia están obligados a otorgarles estudios a sus hijos. Sin embargo, la situación económica en la que viven les impide llevar a cabo esa tarea”, explica el profesor oaxaqueño.

Para los niños de cualquier comunidad de Coicoyán de las Flores, terminar la educación primaria resulta un gran esfuerzo: Menos del 50 por ciento llegan tan solo al tercer grado de escolaridad. Los motivos son diversos pero la principal deserción de las aulas de clase se debe a que muchos niños salen junto con sus padres a los campos del norte del país, para alistarse con los demás jornaleros que ahí trabajan.

El maestro rural señala: “nosotros cumplimos con los programas educativos, pero el rendimiento de los niños es deficiente porque vienen a la escuela con una mala alimentación. Quisiéramos que hubiera el apoyo por parte de los gobiernos estatal y nacional en la educación indígena”.

Bajo el esquema de un programa de higiene los profesores de la primaria consiguieron, hace algunos meses, uno de los logros más importantes para su escuela: la construcción de una letrina, no había para más. “Es un foco contaminante el que los niños anden haciendo sus necesidades al aire libre”, advierte Hernández Espinoza.

Para el profesor es claro que las condiciones en las que se encuentra su lugar de trabajo no debe ser el pretexto para desarrollar su labor. Sin embargo, admite que son factores que afectan gravemente en la enseñanza que se imparte. “Nosotros preparamos nuestros materiales en los salones de clases, pero llega el viento y todo lo destruye”.

“Vamos entrando en el 2004 y no hemos podido combatir el analfabetismo, se está hablando de innovación, pero ¿dónde estamos nosotros?”, pregunta con tristeza Claudio Hernández.

El director de la primaria nos presenta a un niño sordomudo de nueve años de edad que estudia el primer grado. Leonel, explica el maestro, es uno de los muchos casos que he encontrado a lo largo de mi carrera, mientras voy de una comunidad a otra. “Es un problema que existe en esta región de la sierra mixteca y no sé si ya esté ubicado por alguna autoridad de salud”.

Más tarde, la madre del niño se encuentra entre las personas que esperan a que los visitantes bajen de la sierra, en la tienda de Santigo Tilapa. Angela Sánchez Morelos tiene siete hijos. A todos los manda a la escuela y aunque sabe que su rendimiento no es el mejor, ella quiere que sus hijos aprendan el castellano, para que no pasen el sufrimiento que ella carga en sus espaldas.

Angela, como muchos de los habitantes del lugar no ha podido atender a su hijo, dice, el niño no habla ni escucha desde bebé. A los dos meses de nacido una fuerte gripe lo marcó.

El municipio de Coicoyán de las Flores es considerado por la Comisión Nacional de Población y el Instituto Nacional de Nutrición como el segundo municipio en situación de extrema pobreza del país. La mala y escasa alimentación, la falta de fuentes de empleo y la migración constante a las entidades del norte del país y a Estados Unidos, hace del ayuntamiento un lugar de miseria y dolor latente.

De acuerdo con información del Instituto Nacional para el Federalismo y el Desarrollo Municipal del estado de Oaxaca, la cabecera municipal de Coicoyán de las Flores está conformada por siete comunidades: Santiago Tilapa, Coyul, La Trinidad, Tierra Colorada, El Jicaral, Rancho Pastor y Lázaro Cárdenas. En ellas viven cuatro mil 862 personas.

 
 
 

 


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