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Educación indígena, un mito
Claudia Ruiz

Resumen
   
 
 
 

En medio del desdén social por ser de raza indígena, con un idioma distinto y con escasos recursos, los niños y adolescentes indígenas luchan contra el denominador común en la educación: ineficacia y olvido

Con apenas siete años de edad, Daniel muestra un rostro duro e indiferente ante las preguntas que le hace su maestra. Cristina, su hermana menor, esconde su pena detrás de un lápiz sin punta; tiene cinco años pero sabe que antes de los diez deberá salir a trabajar. El salón de clases es un trolebús, donde viajan libros, pequeñas sillas y la emoción de asistir a la escuela, aunque no saben hasta cuando.

De acuerdo con el censo de 2000, en México hay casi 6 millones de analfabetos que equivalen a 10.9 por ciento de la población total mayor de 15 años. De ellos, un millón 564 mil 856 son indígenas, es decir el 33.8 por ciento de esta población.

Los compañeros de Daniel tienen sueños. Piensan con trabajar en su propia esquina lavando parabrisas o, en el mejor de los casos, ser ayudantes de albañil. Daniel es una excepción; con una sonrisa dice que le gusta estudiar y aprender para poder cambiar ese destino de vivir en las calles.

Sin embargo, la educación no parece brindarle un mejor futuro. Según el plan de trabajo de la Secretaría de Educación Pública (SEP) sobre educación indígena, la problemática que presenta este tipo de educación se refleja en el bajo nivel educativo, poca adecuación de los contenidos a las culturas indígenas, bajo nivel académico del magisterio, además de poca calidad en el material didáctico para lenguas indígenas.

Como consecuencia de ello, los indígenas se vuelven vulnerables a la discriminación, pues cuando viajan a las ciudades para buscar mejores trabajos o estudiar, no hablan bien español y son objeto de burla, mientras que en sus comunidades los ven mal porque ya no hablan la lengua materna.

Con la figura de Benito Juárez en el centro del salón de clases, Reynaldo trata de llamar la atención de niños entre cuatro y siete años. Su pantalón negro es atrapado por tres de los niños mientras la pequeña Elizabeth se concentra en el color rojo con el que ilumina figuras que después tendrá que enumerar.

Reynaldo llegó desde Putla Villa de Guerrero, Oaxaca, a la ciudad de México en donde estudia la preparatoria abierta. Tiene dos años trabajando en el Consejo Nacional de Fomento Educativo (Conafe) dando instrucción a niños triquis de nivel preescolar y hasta segundo año de educación básica.

“Los indígenas son nuestros amigos”, dice mientras observa con un dejo de tristeza a los pequeños que lo observan desde el patio del campamento. “Algunos de ellos no van a una escuela oficial porque sus padres no tienen recursos para pagar útiles y todo el material”.

En la época prehispánica los centros educativos, dedicados a preparar a los dirigentes, institucionalizaron la educación como proceso permanente de su propio desarrollo. En la época de la conquista, se planteó la necesidad de educar y evangelizar a la población indígena.

Para 1911 se establecen en todo el país las escuelas de instrucción para enseñar a la gente de raza indígena a hablar, leer y escribir en castellano, pero el indigenismo como ideología nacional surge a partir del régimen de Lázaro Cárdenas.

Después de los años 70, la alfabetización en lengua indígena se impuso como política oficial, hasta que en 1992 se reconoció la educación bilingüe-bicultural como pilar de la educación indígena, pero no se hizo más.

Consecuencia de esta ceguera gubernamental son los problemas que la educación muestra: alta deserción escolar y baja eficiencia de los educados.

Según el profesor Nicéforo Aguilar, estos resultados son consecuencia de una educación que sólo castellaniza “y es grave porque estamos llevando a los niños a la perdida de su identidad”.

La DGEI atiende a 1 millón 200 mil niños, que representa sólo el 45 por ciento de esta población. Para ello se cuenta con 52 mil maestros, de los cuales menos de la mitad tiene una formación profesional.

Las escuelas bilingües rurales fueron creadas para llevar la educación en dos lenguas, pero pocas usan la lengua indígena en la enseñanza.

Cuando no se aprende bien el español y existe necesidad de trabajar, la escuela queda en segundo término. Un ejemplo: en el Estado de México durante el ciclo escolar 1999-2000, de cada 100 niños que entraron a las escuelas de educación básica indígena, 64 salieron por algún factor externo: sus padres emigraron a otra zona o juzgaron que la escuela es un lujo que no podían darse.

“En los discursos se habla muy bonito pero en la realidad no hay tal educación bilingüe, dice el profesor Francisco de la Cruz, “las instituciones formadoras de profesores tampoco se han preocupado por formar maestros que atiendan esta modalidad educativa”.

La Universidad Pedagógica Nacional es de las primeras en América Latina que ofrece la licenciatura en educación indígena y cuyos egresados ya rebasan los 400 maestros. Sin embargo tiene poco tiempo y hasta el momento sólo se acepta a maestros que ya trabajen en educación indígena.

Graciela Herrera, investigadora de este centro educativo señala que trabajar bajo el concepto de educación intercultural, como lo hace la SEP, no es favorable pues indica la sumisión de una lengua y cultura sobre otra.

“El español siempre estará por encima de las lenguas indígenas, lo que debemos manejar es una educación multicultural donde verdaderamente las lenguas y formas de expresarse se interrelacionen”.

Propone que los futuros profesores trabajen creando sus propios materiales y guiones didácticos de acuerdo con la experiencia en cada comunidad. A diferencia de cómo se propone en el Conafe y en la DGEI, los maestros deben enseñar a partir de los trabajos elaborados por los niños y no con guiones ya realizados.

Profesores de la DGEI insisten en que los principales problemas son la capacitación y la formación para manejar la lengua indígena como parte de los programas. “La SEP ha elaborado materiales pero no hay metodologías que conecten a estos materiales con el plan de estudio de educación nacional”, dice el profesor Nicéforo.

Otro problema es la burocracia que existe. “No es sólo incorporar a los indígenas a los programas, sino de darles una dimensión como cultura; por ello, no es posible que sigan trabajando funcionarios incapaces e insensibles”, comenta.

Los mismos profesores de la DGEI, alertaron desde febrero del 2003 sobre el posible desmantelamiento de esa oficina y el riesgo de que más de 300 personas, encargadas de elaborar materiales para enseñanza a niños de diferentes etnias, se queden sin empleo.

A un año del conflicto el personal de la dirección esta dividido en dos edificios distintos; obligados a cambiar de sede sin las garantías de trabajar en un lugar seguro, los trabajadores han denunciado amenazas y abandono por parte de los funcionarios de la SEP.

Araceli Librado, mazahua originaria de San Pedro de los Baños municipio de Ixtlahuaca, trata de calmar a los diez niños que comparten con ella el salón de clases. Le resulta difícil ser instructor del Conafe porque “No tienes el material adecuado para los niños y son alumnos de varios niveles”.

Araceli subraya la importancia de defender una lengua indígena. “Significa un cimiento para la historia de los pueblos y si de verdad se respetara la lengua, los padres y jóvenes indígenas tendrían una forma de subsistir”.

Asegura que el modelo educativo es insuficiente para integrar verdaderamente a los indígenas. “Esto que vivimos es un problema social y aunque se implanten programas no se toma en cuenta la verdadera dimensión del problema que afecta a muchos niños mexicanos: la pobreza extrema”.


Educación que discrimina

En México existe discriminación contra los indígenas, dice Silvia Smelkes, Coordinadora General de Educación Intercultural Bilingüe en la SEP, y aunque es difícil pensar que desde la educación se puede atacar la situación económica, “no podemos permitir es que sea una causa más de esa pobreza”.

Sin facultades para operar, la coordinación tendrá sólo tres años para elevar la cobertura de la educación indígena en todos los niveles (básica, media, superior y adultos) de los 62 pueblos indígenas que hay en el país.

“El error de la política educativa –dice Smelkes- ha sido considerar que los indígenas necesitaban una educación apartados de los demás, lo que derivó en arrinconarlos, marginarlos en la toma de decisiones y que se olvidara el verdadero funcionamiento de la educación”.

Como resultado de ello no se formaron indígenas docentes. Ahora uno de los principales objetivos de la coordinación es trabajar en la formación y capacitación de maestros, que valoren su lengua y costumbres indígenas para ofrecer una educación de calidad en sus comunidades.

Además se está elaborando un plan de estudios donde los alumnos de las normales que hablen lengua indígena, simultáneamente a su carrera, cursen materias adicionales que tienen que ver con la interculturalidad; así se formaran maestros en educación bilingüe con mayor valoración social.

En educación primaria y preescolar hay dificultades importantes porque existe una historia e incluso la estructura de una educación indígena que de alguna manera segrega, margina y opera de manera perversa.

“Las escuelas indígenas son las que funcionan de manera más irregular pues laboran menos días del año. En lugar de 200 días que marca la ley sólo trabajan entre 80 y 150 días”.

Este tipo de educación sólo se imparte hasta el nivel de primaria, pues se planeaba que una vez que los alumnos superaran este nivel se comenzaría a trabajar en la educación secundaria y en educación superior.

Por otro lado la descentralización en el caso de la educación indígena ha sido perjudicial pues, según la funcionaria, “las necesidades de este tipo de educación son invisibles, los recursos no llegan a las comunidades y no hay recursos extras para mejorar instalaciones, equipo o materiales”.

La investigadora observa dos desigualdades en materia educativa que se deben combatir: “primero debemos asegurar que se ofrece una educación de calidad para que el niño sepa que está aprendiendo y es respetado, lo que reduce el riesgo de deserción”.

La segunda le corresponde a la sociedad en general. “Se debe trabajar con la población para hacerles saber que en un país multicultural hay una enorme riqueza de conocimientos y valores que nos privilegian como país”.

“Sabemos que con una mejor educación pueden cambiar las asimetrías, la voz de los indígenas será más clara y sus demandas estarán más presentes”.

En nuestro país al menos un 40 por ciento de quienes migran a otros estados para trabajar son indígenas. Ahí van niños trabajadores que tienen dificultad para ser considerados por las diversas modalidades educativas que existen y sólo el 10 por ciento de estos infantes son atendidos, pero de forma deficiente pues no logran que permanezcan en un determinado grado escolar para alcanzar los objetivos pedagógicos.

“El problema es que se mueven de forma constante y no hay continuidad educativa”, dice la funcionaria de la SEP. Además Tenemos que unificar criterios pues existe el problema de que en los campamentos hay dos modalidades distintas de primaria y preescolar”.

Reconoce la necesidad de una ley que asegure la asistencia de los niños a la escuela mientras trabajan en los campos pues los patrones no están obligados a tener una escuela en su terreno, mientras los niños permanecen 12 o 15 horas trabajando.

En el programa se prevé crear universidades en regiones donde exista una alta densidad de población indígena. Estas instituciones universitarias contarán con un centro de investigación sobre lenguas indígenas, buscando permear entre los alumnos e investigadores el valor del servicio a la comunidad.

Las universidades no serán exclusivamente para la población indígena y la primera comenzará a construirse en la zona Mazahua del Estado de México.

Silvia Smelkes esta conciente de que este es un proyecto coyuntural pero muestra su optimismo. “Ojalá me equivoque pero lo más sensato es decir que quizá esto no siga más adelante, que el tema es coyuntural y que esta política no tenga continuidad”.

 
 
 

 


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