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Vieja, la nueva Iglesia mexicana
Miguel Ángel Ortega

Resumen
   
 
 
 
El papado de Juan Pablo II diezmó a los obispos progresistas que practicaban la Teología de la Liberación en México y consolidó la corriente tradicionalista, que pregona el pragmatismo en las relaciones Iglesia-Estado y apoya la economía social de mercado: es la “mayoría silenciosa”. En ella confía el Vaticano para transformar al país en punta de lanza de una nueva cruzada evangelizadora en la América protestante y secular, pues en el ajedrez geopolítico de Juan Pablo II México es una pieza imprescindible.

La consolidación de la tendencia tradicionalista y vaticana que sembró en la jerarquía eclesiástica el antiguo nuncio Girolamo Prigione y la desaparición de la línea pastoral conocida como opción preferencial por los pobres -comúnmente llamada Teología de la Liberación-, son parte del legado que deja el papado de Juan Pablo II en México.

Sin embargo, la corriente vaticana no es la mayoritaria ni dominante. La mayoría de los 140 obispos, arzobispos y cardenales de la Iglesia católica mexicana pertenece a la fracción tradicionalista espiritual, la mayoría silenciosa, coinciden eclesiólogos, religiosos e investigadores universitarios.

La importancia de la Iglesia católica mexicana es de primer orden, pues tiene un papel preponderante para la cristiandad mundial y es una pieza fundamental en el ajedrez geopolítico del Vaticano. No es para menos, ya que Latinoamérica concentra 44 por ciento de la catolicidad mundial.

En detalle, México es visto como la punta de lanza para la cristiandad en el continente Americano. “Para Juan Pablo II, los 20 millones de mexicanos que viven en EU son la avanzada de una nueva evangelización en el corazón de la América protestante y secularizada”, explica Víctor Mario Ramos Cortés, profesor del Departamento de Estudios e Investigaciones Jurídicas de la Universidad de Guadalajara, expresidente de la Academia Jalisciense de Derechos Humanos y autor del libro Poder, representación y pluralidad en la Iglesia.

Sin embargo, todos coinciden en que la inminente desaparición de Juan Pablo II, cuya salud deteriora cada día más, no modificará las tendencias en la Iglesia mexicana ni a nivel mundial.

Mayoría silenciosa
El alto clero mexicano es difícil de clasificar. En la década de 1970 era posible dividirlo entre conservadores, moderados y progresistas; al final del siglo XX se podía identificar a los tradicionalistas, espirituales, partidarios de la teología de la liberación, conservadores y vaticanistas.

Actualmente, identificar las corrientes es cada vez más difícil. Todos aspiran a ser moderados, tolerantes y espirituales: la “mayoría silenciosa”.

Incluso el recién electo presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano, José Guadalupe Martín Rábago, forma parte de la corriente tradicionalista y espiritual, esa que prefiere no expresar su opinión y dejar pasar y dejar hacer.

Sin embargo, en lo doctrinal la jerarquía mexicana siempre ha sido conservadora y tradicionalista, incluyendo a los obispos calificados de “rojos” en su momento, como Samuel Ruiz García y Sergio Méndez Arceo, quienes tenían una bien ganada fama de ortodoxos entre su pares en temas de sexualidad y relaciones interpersonales, afirman religiosos que formaron parte del episcopado con ellos.

Sin embargo, con todo y el activismo mediático de Karol Wojtyla, sus cinco visitas al país, la Iglesia católica pierde feligresía.

El proceso de secularización de la sociedad mexicana, aunado al activismo de otras tendencias cristianas, como los evangélicos, ha hecho que los católicos pierdan adeptos.

Y ni siquiera el nombramiento de 86 obispos, de los 136 que existen en México, que desde octubre de 1978 ha hecho Juan Pablo II, logró frenar esa tendencia.

En la última Encuesta Nacional sobre Cultura Política y Prácticas Ciudadanas del 2003, que realizó la Secretaría de Gobernación, 86.1 por ciento de los mexicanos se asume como católico. En 1960, según el Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática, la cifra era de 98.8 por ciento.

Redes de poder
¿Y por qué cambiaron los obispos, la élite dirigente de la Iglesia católica mexicana?
Víctor Ramos Cortés, profesor investigador del Departamento de Estudios e Investigaciones Jurídicas de la Universidad de Guadalajara y miembro del Programa de Estudios Religión y Sociedad de la UdeG, afirma en entrevista desde la capital de Jalisco, que ese cambio tiene qué ver con la transformación de la sociedad mexicana, las tendencias mundiales, pero fundamentalmente la preparación de los obispos.

La formación académica de los obispos mexicanos es claramente menor que la de sus antecesores, afirma.
El ascenso de los obispos mexicanos, indica Ramos Cortés, pasa por tres etapas fundamentales. La primera es una larga y metódica preparación en los seminarios (12 años). La segunda etapa es una especialización que incluye, necesariamente, estudios en el extranjero.

Así como para los tecnócratas mexicanos que aspiraban al poder era necesario tener estudios en Estados Unidos, particularmente Harvard y Yale, la jerarquía católica va a Roma, en especial a la Universidad Gregoriana, a cargo de la Compañía de Jesús.

Es imprescindible ir a Roma, explica. No se trata sólo estudiar en la ciudad santa, es una oportunidad invaluable para “dejarse ver” en los círculos vaticanos. Es frecuente entre la jerarquía católica recordar el dicho: “de Roma viene lo que a Roma va”.

Y cita que de todos los actuales obispos que fueron a estudiar al extranjero (70 por ciento), 87 por ciento lo hizo en Roma.
La tercera etapa, que es fundamental, tiene qué ver con la relación que establece con el obispo de la diócesis a la que pertenece el sacerdote. Las relaciones con el obispo promotor se traban durante muchos años, pero un momento trascendental en la vida de cualquier religioso es cuando es promovido a prelado. Ese momento marca, muchas veces para siempre. El obispo que lo recomienda empeña su palabra.

En la Iglesia católica, como en muchas organizaciones verticales -cofradías y sociedades secretas, incluso como la mafia-, donde la disciplina es primordial, los compromisos, pactos y relaciones forman parte del afianzamiento de redes de poder vinculadas a las estructuras burocráticas.

En el caso de México, el antiguo nuncio apostólico Girolamo Prigione fue un experto en ejercer ese tipo de influencia, a tal grado que en el nombramiento de 90 por ciento de los actuales obispos tuvo alguna intervención. De ahí su actual y perniciosa influencia.

El investigador Cortés Ramos -maestro en Ciencias Sociales por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales y candidato a doctor por la Ecole des Hautes Etudes en Sciences Sociales, de París, Francia- indica que en esa tercera etapa el sacerdote debe “regresar `al corazón de la diócesis`, como suelen llamar al seminario y participar en tareas de administración y conducción de la diócesis”.

Expresidente de la Academia Jalisciense de Derechos Humanos de 1997 a 2002, Ramos Cortés dice que se valora mucho el quehacer del candidato a obispo como presbítero, sobre todo en la administración de la diócesis y formación académica en los seminarios.

Y ofrece de nuevo la contundencia de los datos: más de 95 por ciento de los obispos nombrados por Juan Pablo II participaron en la formación de seminaristas.
En los últimos años, agrega, “comienza a contar el hecho de haber sido profesor de la Pontificia Universidad de México”.

Sin iniciativa y timoratos
En el pasado, los obispos exhibían mayores credenciales académicas y eso se notaba en sus posturas, que junto con el entorno mundial permitió el desarrollo de la línea pastoral conocida como opción preferencial por los pobres.

En los años de 1970, los obispos mexicanos “se atrevían a pensar por sí mismos, a partir de un análisis de su realidad y decían su palabra”, agrega Ramos Cortés, licenciado en Filosofía por la Universidad del Valle de Atemajac y con diplomados en estudios de Teología en el Instituto Superior de Estudios Eclesiásticos.

Ahora, es una constante que los obispos reproduzcan los pronunciamientos de Roma. “En realidad, el episcopado mexicano es poco creativo en sus posturas. Es una jerarquía que prefiere cobijarse en las líneas del Vaticano y las actualiza para México. Es decir, asumen esa posición como línea de pensamiento”.

Por eso es común encontrar posiciones sorprendentes en temas controversiales. En narcotráfico y deuda externa su postura es estupenda, porque viene de la Comisión Justicia y Paz.

Sobre la deuda externa, el Vaticano dice que si pagar implica sacrificar a los pobres es necesario analizar la posibilidad de no pagar más. Eso podría tomarse incluso como una posición de izquierda del episcopado mexicano. Pero no, como así salió de Roma en México se reproducen casi en automático.
En narcotráfico, proponen castigar a los capos, pero que también se entienda el problema de los campesinos pobres que muchas veces sólo tienen esa opción en una economía narcotizada. Esa es una posición coherente.

Pero en lo doctrinal el reforzamiento de la posición tradicionalista y ortodoxa es parte casi consustancial a la sociedad mexicana.

--¿El papado de Juan Pablo II se puede calificar de conservador?
--Por supuesto. Existe un cambio radical en aspectos doctrinarios. El punto fundamental es que en el Concilio Vaticano II, la iglesia se concibe a sí misma como una vía de salvación, un instrumento al servicio del mundo, que no pretendía el monopolio de la verdad, aunque se sabía depositaria de ella.
“En los años del Concilio Vaticano II la idea fundamental de Cristo era el Jesús histórico, y la pregunta era qué haría Cristo en nuestras circunstancias”, agrega Ramos Cortés.

Y la respuesta era estar del lado de los pobres y actuar en consecuencia.
Con Juan Pablo II eso cambia. Existe un cambio radical en aspectos doctrinarios. “Ahora la idea de la inculturación del evangelio es al revés. La Iglesia se concibe como la única que muestra al Jesús de la verdad, el único camino, el único guía, al Cristo de ayer, hoy y siempre. Y Cristo haría lo mismo que ayer. Esta es la verdad y yo soy el único que la tiene y yo la administro”, explica Ramos Cortés.

Esa posición es compartida por cientos de comunidades eclesiales de base y movimientos cristianos.

Jesús Martínez, un seglar miembro de los movimientos eclesiales, afirma que la Teología de la Liberación “está diezmada entre curas y obispos. Su opción actual es la parroquialización”.

Califica al papado de Juan Pablo II de neoconservador y como una “vuelta a la disciplina más férrea”, que destruyó los postulados del Concilio Vaticano II.
En el caso de la jerarquía católica mexicana, sostiene que “es fiel a las tradiciones más viejas y reaccionarias a la modernización”.

Con trabajo en comunidades indígenas de Oaxaca y Morelos, explica que el episcopado ha sido muy inteligente “al quitarle las banderas de la Teología de la Liberación”. Los obispos usan “una fraseología moderna, son más tolerantes, pero todo es parte de una estrategia para no perder el control.
Las cinco visitas del papa a México sirvieron para consolidar a la Iglesia desde una posición conservadora, tanto que 80 por ciento de todos los obispos de Latinoamérica son conservadores. Fue común el cierre de seminarios progresistas, el castigo a sacerdotes comprometidos, el aumento en las cargas de trabajo a religiosas que ayudan a sectores pobres y les exigen mayor productividad en ritos y sacramentos”.

Desde su punto de vista, la jerarquía católica mexicana es un grupo cerrado, que en lo doctrinal se define como centrista. “Es más, hoy todo mundo es de centro y moderado, incluso en política. A nadie le interesan ver los extremos aunque la pobreza extrema esté ahí”.

Geopolítica cristiana
A todo esto, ¿qué importancia tiene México en la geopolítica de la cristiandad?
Para Víctor Ramos Cortés, quien prepara un trabajo especial sobre el tema, México es de vital importancia.

El país, dice, es fundamental porque representa un puente entre el norte industrializado y secular (Estados Unidos) y el sur (Latinoamérica) religioso y en proceso de industrialización.

El Papa Juan Pablo II desde inicios de 1990 empezó a hablar más de América Latina y en 1992 en Santo Domingo lanzó la idea de un sínodo para las América con el objetivo de lograr la ayuda mutua y cooperación entre la región.

“Visto así, suena bien, pero lo grave es que eso lleva a la pérdida de la identidad latinoamericana como tal. En los últimos años, la idea que tiene Juan Pablo II de la Iglesia latinoamericana es de una referencia callada y poco activa”, explica Ramos Cortés.

Y recurre de nuevo a la crudeza de los datos: de los 472 santos que Juan Pablo II elevó a los altares en estos 25 años de pontificado, 36 son de América Latina. De ellos, 28 son mexicanos, tres paraguayos, uno de Chile, otro de Brasil y uno de Colombia y otro más por ahí.

Pero ese número de modelos de santidad para Latinoamérica -que concentra a 44 por ciento de los católicos del mundo- no corresponde con el papel que se le asigna a la región.

Además, como Juan Pablo II ha privilegiado el martirio como la forma principal para obtener la santidad, su atención se centra en Asia, en particular en países como Vietnam, pero sobre todo China. Una muestra de ese interés es que en su papado concedió a cada nación más de cien santos.

En realidad, Juan Pablo II ve a Latinoamérica como la reserva callada de la cristiandad, con grandes expectativas que otras regiones, pero no tanto como África y Asia, que serían los continentes de la esperanza.

Y de nuevo están las cifras: la cristiandad en África ha crecido 170 por ciento y en Asia 140. Comparado con América Latina, 40 por ciento, y en Europa menos de 10 por ciento, que no son tan importantes.

Choque globalizador
En religión, la vecindad de México con EU también define su importancia en el mundo global. En particular los millones de compatriotas que cruzaron el Río Bravo en busca de mejores horizontes, pero que llevaron consigo sus tradiciones, cultura y el culto a la Virgen de Guadalupe.

El papa Juan Pablo II se ha referido claramente a los 20 millones de migrantes mexicanos que viven en EU y a otros tantos hispanos.

La idea del pontífice es que los mexicanos en EU pueden ser la avanzada de una nueva evangelización de la cristiandad. Es decir, aprovechar la inclusión de los migrantes mexicanos, con una fuerte raíz religiosa y católica, en la sociedad estadounidense. Es plantar un pie católico y romano, en la América protestante y secularizada.

Ahí radica la importancia de México entre los países con más cristianos en el mundo.

Y es curioso, agrega Ramos Cortés -especialista en sociología de la religión-, porque en un mundo con crisis de ideologías, el pensamiento de Juan Pablo II se presenta como único y globalizador.
En ese juego de ajedrez geopolítico, el Estado Vaticano se enfrenta a otro pensamiento igualmente concebido como único, el de George W. Bush.

Y digo que es muy curioso, dice el investigador, porque el Papa que ayudó a derribar el Muro de Berlín y junto con Ronald Reagan estableció en la década de 1980 una estrecha alianza conservadora con Estados Unidos, hoy parece que se confronta con el inquilino de la Casa Blanca.

La posición conservadora y la pretensión de Washington de establecer un pensamiento único en la globalización, se enfrenta con otro pensamiento único. Entonces parece que la única semiresistencia a George W. Bush es la de un Papa globalizado y conservador.

Los dos tienen pretensiones globalizadoras y únicas, y pretenden imponerlas al resto de los mortales.
Visto así, que Dios nos agarre confesados.

Los chicos malos Prigione

Por la actual composición del episcopado mexicano y el promedio de años en el ministerio del obispado, la corriente predominante y más activa públicamente será la vaticanista. Estamos hablando del grupo de Norberto Rivera (México), Onésimo Cepeda (Ecatepec), Juan Sandoval Íñiguez (Guadalajara), Emilio Berlié (Yucatán), Mario de Gasperín (Querétaro), Héctor González Martínez (Durango), Francisco Robles Ortega (Monterrey) y hasta el actual presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano José Martín Rábago (León), entre otros.

Es decir, los chicos malos del antiguo nuncio apostólico Girolamo Prigione, pues él contribuyó a encumbrarlos.

Porque como está el mundo, la Iglesia católica y la jerarquía mexicana en particular, se antoja muy difícil que aparezca un prelado como Sergio Méndez Arceo, Samuel Ruiz García, Bartolomé Carrasco o Arturo Lona, obispos carismáticos e intensamente comprometidos con la opción preferencial por los pobres.

Esa tendencia, como se conoció en México en los últimos 20 años, parece destinada al baúl de los recuerdos. Aunque permanecen obispos comprometidos con los marginados, como en Saltillo con Raúl Vera López; Xalapa, Sergio Obeso; San Cristóbal de las Casas, Felipe Arizmendi Esquivel; José Fernández Arteaga, Chihuahua, y de Oaxaca, José Luis Chávez Botello, su actuación será menos espectacular.

Esto es así porque la Teología de la Liberación, que se inspiraba mucho en el pensamiento marxista, giraba sobre dos ejes fundamentales.

El primero es el entorno social y económico, es decir la marginación y pobreza, que no han cambiado e incluso en algunas zonas del país se han agudizado.

El otro eje se refiere al método para enfrentar esa situación, en la que la opción preferencial por los pobres alentaba a los religiosos a tomar partido por los marginados desde la posición de clase de los desposeídos.

El diagnóstico sigue vigente, pero ya no desde una posición de clase, si no como una realidad apabullante: la pobreza aumentó.

“Yo creo que lo que conocimos como teología de la liberación en el sentido práctico, no existe más entre los obispos y en las parroquias está cambiando muchísimo. Esa opción se transformó pero sigue latente en la Iglesia”, dice Víctor Ramos Cortés.

Otro de los temas que ayudaría a definir a los obispos es el económico, pero en ese tema el episcopado no tiene claridad. Expresan opiniones que los ubica en la economía social de mercado pero también en la economía solidaria. En realidad, ambas les parece parecen bien.

En los últimos 30 años, lo que ha definido a los obispos mexicanos es la relación jerárquica con el Vaticano, por disciplina y ortodoxia doctrinal y eso se nota.

“La relación que tienen los obispos con el representante papal -delegado o nuncio- tiene un peso decisivo”, explica Ramos Cortés.

Existe un dato que demuestra que la influencia de Prigione y que sus efectos aún están presentes. En los últimos 60 años, la diócesis de Guadalajara es la mayor productora de obispos y cuando Prigione comenzó a meter mano, Durango saltó como la nueva diócesis generadora de obispos.

Y tampoco existe ya el Grupo Tampico, como se le conocía a los seguidores de monseñor Ernesto Corripio Ahumada -al frente desde 1977 y hasta 1994 de la diócesis más grande del país, con jurisdicción sobre la catedral de la Ciudad de México y la Basílica de Guadalupe, que fue dividida en la última década del siglo pasado-, que se enfrentó con el delegado apostólico Girolamo Prigione.

Lo que veremos, son despropósitos como los de Sandoval Íñiguez (su pleito con Jorge Carpizo y PGR), la frivolidad de Onésimo Cepeda, la ambigüedad de Norberto Rivera y en general las veleidades de ese grupito de obispos que crecieron con Prigione, afirma un alto prelado.

Calidoscopio católico

Como cualquier organización social, la jerarquía católica mexicana es difícil de clasificar en grupos o tendencias. Porque como bien explica el catedrático Víctor Ramos Cortés: en ciencias sociales “todo depende del cristal con que se analice”. Sin embargo, sí puede marcarse una tendencia clara en todos los obispos y párrocos: disciplinados en lo pastoral, fidelísimos a Roma, sin iniciativa propia y conservadores en temas sociales.

En cuanto a línea pastoral, durante mucho tiempo fue posible identificar tres corrientes en el alto clero mexicano: conservador, moderado y progresista. El predominante era la primera tendencia.

Y en su relación con el gobierno y los grupos de poder, también era más sencillo clasificar a la jerarquía católica en pragmáticos e independientes. En buena medida, porque durante los 70 años de gobiernos priístas --anticlericales en todos sus matices, pero fundamentalmente autoritarios y monolíticos--, la Iglesia tenía un interlocutor único y sabía a qué atenerse.

Los pragmáticos, que eran mayoría, mantenían buenas relaciones con el Estado y la rica iniciativa privada. Eran obispos que decidieron convivir con un Estado que los negaba jurídicamente, pero al que apoyaban porque se identificaban ideológicamente como anticomunistas y conservadores en temas sociales y de moral.

Y en el tema económico era relativamente más fácil ubicar las posiciones de los prelados, pues existían dos campos: economía solidaria y economía social de mercado.

Sin embargo, en los últimos 25 años del siglo pasado todo cambió. El mundo se transformó y también la Iglesia.
Latinoamérica experimentó una creciente depauperización de sus habitantes y algunas naciones padecieron dos décadas perdidas de desarrollo económico. Una consecuencia fue que el subcontinente, en un lapso relativamente breve, vio aparecer y llegar al poder a movimientos armados de tendencia marxista, la intensificación de guerras civiles y confrontación geopolítica entre los bloques capitalista y socialista.

Durante ese tiempo fermentaron en el seno de la Iglesia católica mexicana --con una jerarquía muy lenta y burocrática, como en casi todo el mundo-- los postulados del Concilio Vaticano II, que concebía a la Iglesia católica como instrumento al servicio del mundo y expresaba un compromiso de los pastores con liberación de los pobres, a partir del punto de vista de los oprimidos y marginados.

En Latinoamérica, y en algunas zonas del país, esa visión se expresó como un método para conseguir la justicia social, la renovación de la liturgia local, e incluso la solidaridad militante con procesos revolucionarios de Latinoamérica.

Como cualquier organización social, pese a que la Iglesia es monolítica, la jerarquía católica no es unidimensional y no se puede encuadrar a los obispos en una única línea, tendencia o corriente. Algunas veces asumen posiciones de economía solidaria y otras de economía social de mercado.

Para efectos prácticos, la jerarquía católica puede ser ubica en tres grandes corrientes pastoralistas, con sus respectivos matices:

Línea vaticana, a la que pertenece 86.4 por ciento de los obispos que actualmente dirigen la Iglesia en México, pues fueron nombrados durante el papado de Juan Pablo II. De ellos, 80 fueron nominados durante la gestión de casi 30 años del nuncio apostólico Girolamo Prigione.

Responde a los designios del Vaticano, fomenta la cercanía con el gobierno en turno, fue promotor militante de las reformas al artículo 130 y propugna por la economía social de mercado.

En lo doctrinal es férrea opositora a temas controvertidos como control natal, uso de condón, participación de la mujer en el sacerdocio y homosexualismo, entre otros. Expresa su rechazo a teologías innovadoras, como la opción preferencial por los pobres y teologías autóctonas, como las de África.

Línea de la Conferencia Episcopal Mexicana, también conocida como tradicionalista y espiritual, que expresan posiciones abstractas, ortodoxas, apolíticas y se mantienen al margen de problemas político-electorales y están de acuerdo con la economía social de mercado. Es la mayoría silenciosa.

La tercera corriente la expresaban los obispos del norte de la República, especialmente durante 1980 y principios de los 90 en Chihuahua, quienes exigían el respeto al voto y se oponían al fraude electoral. En estados como Guerrero, Oaxaca y Chiapas alcanzaron mucha notoriedad porque asumían abiertamente la opción preferencial por los pobres. Muy ligados a indígenas y campesinos, asumían la defensa de los oprimidos frente a caciques y gobiernos estatales. Pugnaban por la economía solidaria. Sin embargo, en lo doctrinal, eran como, la propia sociedad mexicana: conservadora y tradicionalista.

 
 
 

 


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