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Franz Kafka nació en Praga, el 3 de julio de 1883, y pasó sus años de infancia en modestas casas cercanas al ghetto judío de Josefstadt. Estudiosos de su obra afirman que ésta no es concebible en otro ámbito. Sin duda, los críticos en cuestión no sabían de la existencia del país de las maravillas, pues de otro modo habrían descubierto que Kafka bien pudo haber nacido un siglo después, en la Ciudad de México. Y que en ella habría encontrado fuente de inspiración más que abundante para sus novelas y cuentos.
El escritor, que a estas fechas sería un mozalbete de 20 años, ya contaría, por ejemplo, con el inicio de su libro más conocido, La metamorfosis.
Lo único diferente, en todo caso, sería el nombre del protagonista: "Cuando despertó Elba Esther Gordillo una mañana, después de haber tenido un sueño intranquilo, se encontró en su cama transformada en Elbatracio Gordillo...".
¿Mera casualidad? Por supuesto que no. Basta repasar otros relatos kafkianos para demostrar la hipótesis que aquí sostengo. Tomemos el caso de Josefina la cantante o el pueblo de los ratones.
El conflicto del relato estriba en que la diva está convencida de que su arte es incomprendido por un pueblo de ratones. Éstos, en cambio, no encuentran mayor diferencia entre sus gorgoritos y las tonadas del más común de los roedores. Al fin, Josefina abandona la cantada. Los primeros días, el pueblo la extraña. Pero luego los ratones se acostumbran a su ausencia, seguros de que la cantante “muy pronto se verá sepultada en el mismo olvido en que están todos sus hermanos”, una “innumerable multitud de héroes”.
De nuevo, entre la Praga del siglo XIX y el país de las maravillas del XXI no son necesarios muchos cambios. A lo más, el título de la historia: Yo, el Pichichi, o el pueblo de los ratones verdes.
Por lo demás, escuchar las voces de la clase política en torno a las reformas estructurales, ser testigo de los pleitos en el PRI o descubrir las desavenencias entre los funcionarios que integran el gabinete del mandamás de Foxilandia, el país de las maravillas, habrían llevado al Kafka mexicano a interesarse en la Torre de Babel como símbolo y a redactar las siguientes líneas de El escudo de la ciudad:
“Al principio, cuando se comenzó a edificar la Torre de Babel, todo transcurrió bastante bien... Sólo que la construcción del Universo está desviada de su fin; en vez de edificar la torre del Cielo y la Tierra, los hombres disponen primero la ciudad obrera y pelean entre sí para disputarse los barrios. Y sin embargo, entre dos guerras, se trabaja en el embellecimiento de la ciudad, lo que provoca nuevas envidias, de donde han de surgir nuevas luchas. Así fue como transcurrió la primera generación, pero ninguna de las posteriores fue distinta”.
Por lo anterior es obvio que nuestro escritor tendría también materia prima para idear La muralla china. Tan magna obra, en el imaginario universo kafkiano, debía erigirse por un camino muy distinto al de la Torre de Babel, cuya construcción fracasó al tener cimientos poco sólidos. La muralla, entonces, es edificada a partir de fragmentos que posteriormente debían reunirse con objeto de no agobiar a los obreros ni a sus jefes. Sin embargo, a falta de una solución de continuidad, dejaron espacios abiertos que hacían por completo asequible al “impenetrable” muro.
En esta misma línea, la cotidianeidad del país de las maravillas serviría de inspiración a otro relato, Cavamos el pozo de Babel. Aquí, el protagonista es un tejón obsesionado en apostar una madriguera absolutamente segura. Cuando cree haberlo conseguido, un ruido que parece provenir de todas partes convierte su hogar en un mundo donde privan el temor y la duda. Para entonces, el animal es ya demasiado viejo. Sin fuerza suficiente para remodelar la madriguera, sobrevive esperando la muerte y edificando en su mente proyectos que está imposibilitado a emprender.
Veamos un caso más. En sus Cuadernos, Kafka escribió el 20 de octubre de 1917: “nos encontramos en la situación de unos viajeros de ferrocarril retenidos en un largo túnel por un accidente, en un paraje donde no se ve ya la luz de la entrada y la luz de la salida es tan nimia que la mirada ha de buscarla sin cesar y sin cesar la pierde...”.
Al Kafka en el país de las maravillas habría que situarlo en el 2017. La luz al final del túnel, en lugar de insignificante, debemos imaginarla cada vez más intensa. Y no se trataría de un albor en el túnel de salida, sino del tren que viene en sentido contrario...
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