Al Álvaro Cepeda Neri estarse privilegiando desde el poder presidencial, sobre todo por la pareja de Los Pinos, una religión y una iglesia, en abierto desafío al postulado democrático-liberal de la tolerancia religiosa (Art. 24 de la Constitución Política), se ha estado generando –y, simultáneamente solapando– y hasta podría decirse que alentando, la irrupción violenta de los cancerberos de ese fundamentalismo, por la vía de amenazas anónimas. No aceptan éstos que la prensa, en este caso escrita y oral, sea un contrapoder para informar y criticar al poder religioso, cuando éste abusa de su poder. Y, cuando sobre todo, en “esta era de religiosidad política” (Norman Birnbaum: Después del Apocalipsis... ¿o antes de él?, en El País: 8/XI/04), ese fanatismo pretende imponer su moral represiva contra el pluralismo ético-religioso-moral.
El periodismo de investigación del reportero Álvaro Delgado, con sus novedosos y documentados trabajos sobre la organización ultraderechista y neocristera de “El Yunque”, ha provocado una reacción en cadena de amenazas, al activar “el bacilo de la peste” de la intolerancia, además y principalmente religiosa, de carácter política. Contra Álvaro Delgado, directa o indirectamente, han estado multiplicándose los anónimos intimidatorios. Después, con la autoría de esa misma mano negra, cobardes advertencias contra Pablo Hiriart, director de Crónica. Y un sistemático ataque al periódico La Crisis, personalizando los ultimátums injuriosos para Carlos Ramírez, Paco Huerta y para el que esto escribe.
A Paco Huerta, quien lleva años ejerciendo el periodismo oral, los autores de esos mensajes electrónicos hasta se adjudican ser quienes lograron cancelarle su programa Voz Pública e incluso Inocente o Culpable. Supuestamente lograron que los empresarios de la concesión radiofónica, por amenazas o complicidad, dieran por terminada esa programación que permitía, sin censura, la participación de los radioescuchas, en la información y críticas a la vida pública. Al reportero de Proceso le exigen que pare sus investigaciones, que ponen al descubierto a los yunques que sirven a su causa desde su incrustación en el foxismo. A La Crónica y a La Crisis que no ventilen en sus páginas el protagonismo religioso. E incluyen en su lista negra al periódico La Jornada.
Son amenazas virtuales. Pero esos grupos neocristeros, por la fuerte carga religiosa de sus mensajes, históricamente han probado que son capaces de cumplirlas. Por eso es que las estamos haciendo del conocimiento de la opinión pública. Sus denuestos se toman de quien los envía: insultos que, con tinte religioso-político, bien pueden incubarse en el foxismo y el lópezobradorismo, ya que ambas corrientes se alimentan de sus respectivos instintos religiosos. Y se ha visto que no están dispuestos a tolerar ni informaciones ni opiniones contrarias a sus intereses.
Pero la prensa, en este caso la escrita y la oral, no pueden ni deben ni quieren quitar de su mira crítica y de máxima información la actuación del poder religioso, del poder político, del poder económico o de cualquier otro poder fáctico. Ni amenazas ni improperios van a impedir que los periodistas cumplan con su deber para publicitar cuanto aparezca en la escena pública. Y, menos, mucho menos, ejercer el contrapoder para criticar los abusos de esos poderes.
Son amenazas en nombre de su iglesia y sus dioses, contra periodistas que para nada se meten con esas creencias. Por lo que resultan: ¡monstruosas creaciones del infierno!, en palabras de Joseph Roth, el escritor que también fue periodista y salió al paso de quienes quisieran censurar y hasta cancelar la libertad de escribir (ver sus artículos periodísticos: La filial del infierno en la Tierra. Edición El acantilado. Barcelona.-2004).
Contra esos “demonios que se muerden su propio rabo”, amenazando e injuriando, los periodista y la prensa continuarán su tarea. Ejerciendo “su libertad –dice Roth–, la libertad de poder expresar lo que piensan”.