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  Sección: A ocho columnas| Publicado en: Diciembre 2004
 

Plomo y muerte  en Vetagrande
Ana Lilia Pérez / Fotos: Miriam Sánchez
Antaño, cuna del auge minero a nivel mundial, Vetagrande es ejemplo claro de lo que las  grandes mineras dejaron a su paso en poblados mexicanos: cáncer, retraso mental, síndrome de Down, miseria, migración y olvido gubernamental.

 

Vetagrande, Zacatecas.- En las calles empinadas circula el aire como ave de rapiña que se cuela hasta los pulmones. El viento corre mañana y tarde, por la noche arrecia y chilla como cuchillo sobre piedra de afilar. Arrastra polvo y residuos de jales mineros, tierra, arsénico, zinc, plomo y mercurio, desechos que se cuelan por nariz y boca, que nubla los ojos hasta provocar el llanto. Se pega a la piel y causa irritación, salpullido y granos que pululan.

Los médicos dicen que es falta de higiene, que las mujeres de Vetagrande no limpian la losa, que no secan los platos, pero la realidad es que el viento les gana. El 97 por ciento de las casas de Vetagrande tiene techos de lámina, por esas mismas rendijas los desechos de metales pesados se cuelan hasta el patio, hasta la cama, hasta los pulmones de los niños.

En este municipio la desnutrición alcanza al 70 por ciento de los niños, situación que está relacionada con los múltiples casos de retraso mental y síndrome de Down que se presentan en la cabecera municipal. La razón: la ingestión de metales pesados y desechos mineros.

Según los archivos históricos, desde el año de 1174 había una explotación inadecuada de las minas, que provocaba enfermedad y altos niveles de muerte. Pero hasta hace unos años ni siquiera se hablaba de los efectos provocados por los jales mineros, depósitos de todo tipo y metales pesados.

Un estudio reciente del Centro Regional de Estudios Nucleares (CREN) de la Universidad Autónoma de Zacatecas determinó que 70 por ciento de la población de Vetagrande tiene niveles de plomo en la sangre, más altos que los permitidos de acuerdo con las normas internacionales.

La intoxicación de metales como el plomo en el cuerpo humano se da por ingestión, y aunque los efectos son a largo plazo, en el caso de los infantes se acelera si la transmisión es de madre a hijo, por el alto grado de desnutrición.

El doctor Eduardo Manzanares, responsable del estudio “Determinación de Plomo en sangre de niños, embarazadas y en etapa de lactancia y su relación con el plomo del suelo en Vetagrande”, explica:

“En el caso de contaminación de la sangre por plomo, la mujer embarazada es un foco de contaminación, porque el plomo se fija en los huesos y durante el embarazo. Cuando se requiere de calcio para la formación de huesos, lo que la madre transmite al producto es también plomo. Por esta vía el metal entra en circulación en los depósitos óseos y se comparte con el producto”.

Explica que en Vetagrande las madres que tienen contaminación de sangre por plomo, inevitablemente lo transmiten al producto desde los primeros meses de embarazo a través del cordón umbilical y durante la lactancia.

“Cuando la madre que tiene niveles altos de plomo en la sangre alimenta al hijo, lo que le está dando de mamar son residuos de plomo, los efectos de este metal van desde el lento aprendizaje hasta el retraso mental, problemas de crecimiento y luego padecimientos crónicos”.

Hay seis niveles de contaminación de plomo en la sangre, para el caso de Vetagrande, el estudio del CREN arrojó que hay menores que se ubican hasta en el nivel cuatro, aunque por falta de recursos la Universidad no ha podido hacer el seguimiento clínico de los afectados.

El estudio del CREN indica que en el caso de las mujeres de Vetagrande, el más alto nivel de plomo fluctúa entre los habitantes de entre 25 y 35 años, la edad reproductiva. El mismo estudio refiere que la presencia de plomo en la sangre de  niños supera lo reportado en 2001 en Karachi, Pakistán, considerado entre los más altos a nivel mundial.

A partir de 1548, las primeras casas de Vetagrande se construyeron sobre los propios jales mineros que las compañías dejaban a su paso. Alrededor de la mina Albarrada de San Benito de Vetagrande, la misma a la que el poblado debe su nombre, convirtiéndose en municipio en 1825. Los más de 400 años de actividad minera lo convirtieron en un enorme tiradero de residuos de metales pesados como mercurio, plomo, zinc y arsénico.

Unas cuantas calles de la cabecera municipal están pavimentadas. En el centro, las dos vialidades principales son la Calle de Arriba y Calle de Abajo, ambas llevan a las tres iglesias y al Palacio Municipal.

Otros caminos van hacia la Mina Dolores, la única en explotación, hacia la Planta de Beneficio, la escuela primaria y al preescolar, la clínica del IMSS, el DIF, el viejo kiosco que sirvió de base a las dos visitas que durante su administración hizo Ricardo Monreal y, sobre todo, los caminos guían hacia los personajes principales que hoy deambulan por este pueblo fantasma: el alcalde, los niños con plomo, la doctora, las viudas, la mina y los sobrevivientes.

 

Muerte de pobres

El problema de contaminación afecta también a la población más empobrecida del municipio, ya que el estudio de los investigadores del CREN indica que “el mayor riesgo de intoxicación por la ingestión o inhalación de plomo proviene del suelo de las casas”.

Para aliviar los problemas de la gente y resarcir los efectos del plomo y mercurio en la sangre, que “sin duda” se irán presentando a largo plazo, “bastaría pavimentar las calles y los patios de las casas para que la gente dejara de aspirar y dormir con los residuos de los jales mineros, que consuma agua limpia, pero sobre todo, que esté bien alimentada”, explica el doctor Manzanares.

Corresponsable de la investigación, el doctor Héctor René Vega señala por su parte que el problema en Vetagrande podría agudizarse por la falta de servicios urbanos, así como por los altos niveles de desnutrición de la gente. Aplanar los  patios, pavimentar las calles y desarrollar programas de educación higiénica.

El DIF atiende a un promedio de 20 niños al día por infecciones en vías respiratorias, conjuntivitis, lo que da “la sensación de que traen arenillas en los ojos”, dice la doctora Yolanda. No se trata de simples arenillas, agrega, “sino de polvos de la mina, de residuos de los jales mineros”.

En este pueblo los hombres murieron muy jóvenes, por los trabajos en las minas, los jóvenes cumplen 13 años y se van, emigran a otros estados a trabajar como albañiles o de mojados a Estados Unidos.

“Ni siquiera acaban la escuela, todos se van; el pueblo está muerto”, lamenta la encargada del DIF, y dice que los únicos hombres del pueblo que no aspiran a salir son los que trabajan en la Mina Dolores, “con Don Pancho”, actualmente en explotación.

El 90 por ciento de la población se ha ido. Es el municipio de donde más gente emigra. No es desarraigo por la tierra, la falta de empleo los expulsa. Solo hay dos sitios para trabajar aquí, la presidencia municipal, que emplea a 100 personas, y la Mina Dolores, que emplea en promedio a otras cien. 

Hasta hace 200 años se identificó a Vetagrande como la zona minera más rica a nivel mundial en la producción de oro y plata. Empresas como la mexicana Peñoles, algunas estadounidenses, canadienses y la mayoría españolas, invirtieron en la explotación de minas de este municipio, ubicado a 8 kilómetros de la capital de Zacatecas.

Ya nadie apuesta a Vetagrande, pueblo que en el nombre lleva la desgracia. Las grandes empresas se fueron, no hay trabajo y el destino de la gente de este municipio se arrastra, como los jales mineros, entre el abandono y olvido.

Para llegar a Vetagrande basta recorrer ocho kilómetros desde la capital, sobre una carretera construida apenas hace 8 años. Dos gruesos pilares de cantera rosada y un letrero labrado y teñido de amarillo dan la bienvenida al “fuereño” a “Una ventana del cielo zacatecano”.

El 0.53 por ciento de la población de Zacatecas vive en 12 comunidades que integran el municipio, un total de 7 mil 203 habitantes. Todos en niveles de pobreza y pobreza extrema, comunidades incomunicadas y con graves problemas de desnutrición, desabasto y sin atención médica. Las casas del pueblo están envejecidas. Adobes y cemento; unas cuantas paredes teñidas de colores chillantes, muchas otras abandonadas.

Pueblo de mujeres tristes

Viudas todas, por los accidentes que sus hombres sufrieron en las minas, o por los efectos de enfermedades contraídas durante el trabajo en éstas. En Vetagrande el 60 por ciento de las mujeres adultas son viudas y otro 20 por ciento madres solteras.

El poco sustento que les dio la mina, se lo cobró con la vida de sus maridos. En las sobrias y pequeñas puertas de las casas de Vetagrande, el moño de listón negro envejecido sobre las puertas agrega al ambiente otro rasgo de desolación.

La lista de viudas es larga, en una sola familia hay hasta tres muertos, como las Domínguez: Francisca, Maria Esperanza y Eloisa, mujeres rubias de piel blanquísima y ojos azules a las que la mina San Rafael les quitó al marido.

En una casa de adobes, sobre la Calle de Arriba, y cerca del billar El Gato Negro, Francisca Domínguez yace postrada sobre una gruesa cama de latón, fracturada de un pie por la caída en el corral donde cría dos gallinas. Junto a la cama una fotografía con la imagen de Fabián Contreras Sosa, su pareja durante 47 años.

Fabián Contreras trabajó 18 años en las minas de Vetagrande, sus padecimientos comenzaron con insuficiencia pulmonar, luego defecaba y vomitaba sangre. Murió de silicosis. Como herencia, dejó a Francisca una pensión de mil 259 pesos mensuales y su rostro enmarcado.

Otra de las viudas es María Esperanza, sola desde hace 10 años, en que a Jesús Campos Nava se le ocurrió morirse. Dice que está acostumbrada al hambre y la soledad. El sueldo de Jesús, se queja, “nunca nos alcanzó”: cien pesos a la semana como velador en la mina. Está acostumbrada a quedarse sin comer los últimos días del mes, cuando se agotan los mil 300 pesos de la pensión. Los diez hijos se le han ido. Habla segura junto al nieto de 13 años que le quedó bajo resguardo cuando los padres partieron a trabajar al municipio vecino de Guadalupe.

María es una de las mujeres con alto nivel de plomo en la sangre, según el estudio realizado por la Universidad de Zacatecas. Dice que lo más molesto es el padecimiento de la presión alta. Tiene 67 años y un recelo para la mina y su viudez. “La vida del minero es tan miserable y la miseria es lo que le da a la familia”.

¿Qué le dio la mina?

- Puras mujeres solas.

¿Cuántas viudas conoce?

-La mujer suspira y ordena su mente: Eloisa Gurrola, Ofelia Revilla, Dolores Olivo, Antonia Sánchez, Juana Castillo, María del Rosario Rivera, Cuca Rivera Castillo, Silvia Díaz Marín, Francisca Domínguez Villa, Verónica Domínguez Hernández… su mente agota el registro.

“Ofelia Revilla Escobedo viuda de Domínguez”, se presenta la mujer que hace 13 años se hizo cargo de los siete hijos que la mina  Dolores dejó sin padre. Es una de las mujeres de Vetagrande que quedó viuda a temprana edad. La de su marido, Tomás Domínguez, fue una muerte accidental. Ofelia recuerda:

“Fue un 15 de noviembre de hace 20 años. Era sábado antes de medio día; llegó mi cuñada y me dijo que Tomás se había engasado. La noche anterior barrenaron la mina y en la mañana se les olvidó avisar. Mi marido entró con otro trabajador a la mina y los dos se engasaron.

“Cuando me avisó mi cuñada, corrí a la mina. Camino a Zacatecas, Tomás todavía resollaba, el otro ya iba muerto. Antes de llegar al hospital, Tomás también murió”.

Ofelia dice que el recuerdo más claro que tiene de su marido, uno de tantos mineros de Vetagrande que murió “engasado”, es el mismo día de su boda “en el Templo de la Virgen de Guadalupe, con misa, baile, convivio. Entonces mi madre ya era viuda, porque mi papá también fue minero”.

¿Recuerda a algún minero que haya trabajado con su marido y siga vivo?...

 

Los sobrevivientes

“Me llamo Pedro Alvarado Loábalo y trabajé en la mina, también conocí a Tomás Domínguez”. En la escalinata de piedra que guía a lo alto del templo de San Juan Bautista, Pedro ve pasar sus días como sobreviviente de las minas. Es de los pocos viejos de Vetagrande, de sus correligionarios, ya todos murieron. Conserva todos los dientes y una memoria perfecta, aunque perdió el oído izquierdo y utiliza una prótesis.

Sin trabajo por hacer, con una pensión de mil 200 pesos por 42 años de trabajo minero, Pedro Alvarado se sienta frente al templo a captar los pocos rayos de sol que permite el invierno. El sitio de recreo no lo escogió al azar; se trata de la calle El Puerto, una plaza polvorienta a donde paran los camiones que van por las rancherías y los que llegan a Zacatecas, en horarios fijos a razón de tres corridas al día. La última a las cinco en punto de la tarde. Pedro Alvarado presume que trabajó en las minas con sus propias manos, y que a pesar de su delgado cuerpo, cargaba hasta 20 kilogramos de minerales con mecapal. Se considera como un hombre fuerte, “de los viejos como yo quedamos pocos”, presume.

¿Quiénes han muerto?

- Hartos; murió Antonio Gutiérrez, Antonio Marín, Cuco Torres, todos de silicosis,  y yo (suspira el viejo) ¡yo ya empiezo a asolearme!, ya no me alcanza el resuello cuando respiro”.

¿De qué murió?

- ¡De que va a ser, pues de silicosis!, si es lo que nos da a todos… -el viejo aprieta la prótesis del oído para escuchar la pregunta que parece insulsa…Que si extraño la mina, pues sí, si solo de eso trabaja uno. ¿Mi último sueldo?, ‘ora verá…

Pedro Alvarado repasa su mente, juega con los dedos, recuerda: “mi último sueldo fue de 35 pesos al día, cuando trabajaba con la Peñoles. A nosotros nos daba miedo trabajar con la compañía, uno andaba allí de gambusino, con trabajos aquí y allá, y luego entré a Peñoles.

Cuando cae la tarde, a la pequeña plaza se van sumando otros hombres que también fueron mineros.

Heleno Torres se sienta a la escalinata, justo junto a Pedro, -¿y los otros?- pregunta. La plaza se convierte en el centro de reunión de los pocos hombres durante las horas que el billar El Gato Negro permanece cerrado. Heleno también trabajó en Peñoles; David Hernández, otro sobreviviente, cuenta que los 25 años que dedicó a las minas trabajó para Peñoles y Minera San Acacio. Su pensión es de las más altas: 2 mil 07 pesos al mes.

David es un hombre joven: 45 años de edad; desempleado a “la fuerza”. Entre dientes, se queja: “después de la mina, en Vetagrande no hay nada”, apenas concluye la frase, desvía la mirada para observar la llegada del camión de las 5 de la tarde. Seis pasajeros abordan el único transporte que comunica a Vetagrande con Zacatecas, a razón de seis pesos el viaje. El escape del viejo camión deja escapar una bocanada de humo.

Frente a la iglesia, la mirada de los sobrevivientes de la mina acompañan a los viajeros hasta que el camión se pierde al fondo de una polvorienta carretera.

-El camión llegó diez minutos tarde- se queja Heleno mientras observa las manecillas de su grueso Casio negro. Habla como si el retraso le afectara, pero ni él ni ninguno de sus compañeros se levanta, no piensan partir. No hay a dónde ir.

 

La mina

-¡Quién sabe si los trabajos de la mina provoquen afectaciones a los niños de Vetagrande!- exclama Maria del Rocío Vargas Velasco, médico de la Unidad N.50 del IMSS en Vetagrande.

Aunque la Planta de Beneficio de la Mina de Dolores se ubica a menos de 300 metros de la Escuela Primaria Niño Artillero, a otros tantos de la entrada de la mina y a pesar de que los polvos y residuos de metal van directamente al patio y aulas de la escuela, lo cierto es que, sin la explotación de la mina, otras cien familias de este empobrecido pueblo no tendrían ningún sustento.

Hace 15 años que la mina, al igual que casi todas las de los alrededores, eran propiedad del Grupo Industrial Peñoles, S.A. de C. V., pero la baja producción obligó a la empresa a parar la explotación que ya no le era rentable. En aquellos días en Vetagrande se vivieron más días de angustia de los que se viven actualmente, recuerdan algunos trabajadores. Luego, un minero de la comunidad, Francisco Gutiérrez, formó la Compañía Contracuña S. A. de C. V. y solicitó a Peñoles la concesión de la mina.

Desde hace 14 años, Francisco es quien maneja la mina, de donde actualmente se extrae oro y plata de baja ley entre las 220 toneladas de mineral que se extraen diariamente.

”Para trabajar la mina de Dolores hemos tenido que sortear muchas crisis, y aunque los doctores se quejan del polvo de la mina, somos la única fuente de empleo”, dice Francisco Gutiérrez, mientras corre presuroso dando órdenes a los trabajadores que descargan camiones en medio de la polvareda que inunda los campos de esta zona de Zacatecas.

Para el administrador de la mina David Orta Rancel ya no se registran accidentes “como antes”, en los tiempos en que todas las mujeres corrían “para saber si el muerto del día no era el suyo”.

 

El alcalde

La actual administración comenzó apenas el 15 de septiembre y empezó en quiebra. Los dos cuatrienios anteriores gobernó el PT, con Rafael Gutiérrez  Martínez al frente, hoy la alcaldía está en manos del PRD, con José de Jesús González Palacios. Gutiérrez  legó a Vetagrande un adeudo de 707 mil pesos al Seguro Social. En la habitación que le sirve de oficina, dentro del viejo edificio semiderruido, el nuevo alcalde cuenta sus desgracias:

“Que no nos dejen solos”, pide el maestro normalista a quien casi dos décadas de militancia en el PRD lo llevaron al puesto mejor pagado en todo el municipio: 11 mil 400 pesos mensuales. Se precia de conocer a todas las familias de las 12 comunidades de su municipio, y es que, dice, las recorrió a pie, mucho antes de que aspirara siquiera a la alcaldía, en trabajo de base que impulsa el PRD.

Se queja de las condiciones de aislamiento y miseria en que se ha mantenido a Vetagrande, donde el gobierno estatal los ha olvidado “creo que porque estamos muy cerca de la capital”; el gobierno federal tampoco hace caso. Ni una sola de las familias de Vetagrande recibe apoyo del programa Oportunidades, de la Secretaría de Desarrollo Social. Ésta alcanza a las comunidades de la zona del semidesierto, principalmente de Pinos, colindante con Coahuila. Pero a Vetagrande le toco estar apenas en la puerta del semidesierto.

Éste es uno de los pocos municipios de Zacatecas que no cuentan con uno solo de los famosos Clubes de Zacatecanos en Estados Unidos, a través de los cuales se envían remesas para programas de apoyo. Detrás de la pintura, las gruesas grietas en las paredes dejan ver la precariedad extensiva a la propia administración del municipio.

Aunque es un pueblo chico, también tiene sus problemas de seguridad, aclara el alcalde, sentado detrás de un escritorio negro de madera sintética, el único objeto lujoso en la oficina que aunque recién pintada, deja ver las grietas propias del descuido. Lamenta que no todas las denuncias sobre robo y problemas ocasionados por el consumo de alcohol o drogas en las comunidades puedan atenderse a tiempo, porque sólo cuenta con un equipo de seguridad de 19 elementos, y en el reciente examen antidoping uno de los guardias resultó positivo.

“Solo contamos con 18 y algunas comunidades están alejadas, entonces no podemos llegar”. Aunque es el más cercano a la urbe estatal, entre Zacatecas y Vetagrande hay un abismo.

“Esa es nuestra peor desgracia, como estamos tan cerca de la capital el gobierno estatal no crea fuentes de empleo, y el federal no nos incluye en sus programas sociales. Nos tienen olvidados”, acota resignado y enlista las comunidades con el nivel más bajo de marginación: Sauceda de la Borda, El Lampotal, San José La Era, Las Norias, Santa Rita y San Rafael, es decir,  medio municipio, comunidades con problemas de incomunicación, falta de atención médica  y desabasto de medicamentos.

Algunas comunidades de Vetagrande se dedican a la siembra de maíz y fríjol, siendo Zacatecas el primer productor de este grano a nivel nacional.

Datos del Instituto Nacional para el Federalismo y el Desarrollo Municipal indican que la superficie agrícola en Vetagrande es de 12 mil 429 hectáreas, en las que se cultiva maíz, fríjol, avena, trigo, chile, jitomate y cebolla. Sin embargo, aunque existen las casi 13 mil hectáreas de siembra, en 2003 la producción fue nula y en el 2004 representó apenas un repunte casi para el autoconsumo, por lo que, según González Palacios, se debe declarar alerta en las comunidades agrícolas, “ejemplo claro del olvido que se ha tenido sobre el campo mexicano”.

A pesar de que la pobreza y falta de empleo en Vetagrande data de hace décadas, la Secretaría de Planeación y Desarrollo del gobierno de Zacatecas no contempla este municipio en los planes que actualmente maneja su titular, Gerardo Romo Saucedo. El funcionario comenta que para incluir a Vetagrande dentro de los planes de desarrollo, primero se debe conocer por completo la problemática “para poder incluirlos en el plan de desarrollo del gobierno actual”.

Pero el alcalde de Vetagrande confía en que en el 2005 al municipio le vaya mejor, incluso ya piensa la forma en que se distribuirán los recursos: el presupuesto será de 9 millones de pesos para el pago de nómina de los trabajadores del Ayuntamiento y Servicios Municipales, y que para el ramo 33 recibirá alrededor de 2 millones de pesos.

¿Qué va a hacer con ese dinero?

-Voy a ver la demanda principal de servicios que tenemos, el agua, el drenaje, la infraestructura de escuelas y, lo que sobre, para ir abonando el adeudo del IMSS.

Sonríe en una mueca franca y optimista, para mostrar una figura de cerámica del Niño Jesús vestido con un ropón color hueso. “Esto fue lo que me dejó la administración anterior. Es el patrono de la alcaldía, incluso le haremos su posada, como cada año”.

 

 
 

 

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  Keywords del reportaje: Plomo y muerte en Vetagrande, cáncer, retraso mental, síndrome de Down, miseria, migración y olvido gubernamental, Zacatecas, desnutrición, Centro Regional de Estudios Nucleares (CREN), intoxicación de metales, doctor Eduardo Manzanares, Muerte de pobres, doctor Héctor René Vega, Universidad de Zacatecas, Mina de Dolores, Grupo Industrial Peñoles, S.A. de C. V, Jesús González Palacios.  
 
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