Gritos desesperados fueron su rezo diario durante los 20 días que permaneció el cantante de música de protesta Juan Alejandro Avila bajo tortura, secuestrado por la Dirección Federal de Seguridad al mando de Miguel Nazar Haro, durante la llamada guerra sucia
Encapuchado casi todo el tiempo, lo conducían entre pasillos estrellándolo contra las paredes, mientras le decían entre burlas: "ora, pendejo, fíjate por donde caminas". Esas humillaciones se repetían después de cada sesión de tortura: golpes en el cuerpo (excepto en la cara); descargas eléctricas, particularmente en espalda y testículos; pinchazos entre uñas y carne; amenazas constantes y el simulacro de fusilamiento.
Y es que Juan Alejandro Ávila se dedicaba a cantar canciones de protesta y revolucionarias en apoyo a las huelgas y otros movimientos que, desde finales de la década de los 60, hervían en México. A lado de Judith Reyes, José de Molina o Leopoldo Ayala, complementaba su actividad artística con los muralistas Mario Orozco Rivera, José Hernández Delgadillo y Mario Falcón.
“La única vez que me quitaron la capucha fue cuando estuve frente a Nazar Haro, él personalmente me interrogó, y no pude ver a los demás verdugos porque tenía un cañón de arma de fuego en cada sien, esto fue varios días después de golpes e interrogatorios”. Hasta el día de hoy, Ávila no sabe a ciencia cierta el motivo de su secuestro, como tampoco el porqué de su liberación repentina.
“Este nazi cabrón (Nazar Haro) –continúa su relato visiblemente indignado-, remedó la expresión que ahora pienso tuve en esos momentos, y era bastante deplorable; me dijo "pendejo", después una bofetada y empezó el interrogatorio; cuando no pudo sacarme nada me golpeó; me decía que si no contestaba me iba a mandar matar. Lo recuerdo perfectamente, son cosas que nunca se olvidan”.
Juan Alejandro asistía solidariamente a cantar a las tomas de tierra, movimientos populares, huelgas y manifestaciones desde 1968; se adhería, igual que otros artistas de la época, con el único objeto de apoyar con el entusiasmo y la fuerza de sus 20 años sonorenses. Recorrió gran parte del país adhiriéndose a cuanto movimiento creía honesto, por lo que lo vinculaban, igual que a sus hermanos –Clemente y Ramiro- con algún grupo guerrillero.
Por ser sospechoso como otros compañeros de escenario, no menos de 50 agentes lo arrancaron del departamento 19 que compartía con Hernández Delgadillo en el edificio Chiapas, de la Unidad Habitacional Tlatelolco, el 3 de octubre de 1974.
El primer interrogatorio, después de capturarlo, provino de una voz grave: "a ver jovencito, a qué organización pertenece usted". La respuesta fue contundente: a ninguna. “Inmediatamente el primer golpe en el estómago me dobló. Me incorporaron dos tipos, uno de cada brazo”. La voz insistió varias veces más, seguida de otros tantos golpes al no haber respuesta satisfactoria.
-Oiga Mayor, qué hacemos con éste, no quiere hablar
-¡Cuélguenlo! Fue la orden.
Por no “hablar” lo amenazaron con matar a sus dos hijos -el más pequeño de dos meses de edad-, "sabemos que uno acaba de nacer, que está en Sonora con tus papás"; sabían lo de sus hermanos, Ramiro y Clemente, “todo de mí lo sabían”.
Ávila, cantante y actor de profesión, narra que bajo tortura querían que aceptara que entre sus hermanos y compañeros había un vínculo con grupos guerrilleros y, al no obtener su “cooperación”, le aplicaban descargas eléctricas.
“Cuando me preguntaron sobre Delgadillo me dijeron: "no te hagas pendejo, ya el pinche viejo te echó de cabeza, dice que tú eres el cabecilla del movimiento"–- "mientes, le respondí, y que me lo diga en mi cara”. Lo trasladaron a otro cuarto donde le advirtieron guardar silencio y le quitaron la capucha. El muralista se hallaba sentado en el centro del cuarto, “él no me veía porque tenía también capucha y no sabía que yo estaba ahí”.
-Maestro, ¿no es cierto que usted dice que Juan Alejandro es el cabecilla del movimiento? Preguntaron los captores.
-¡De ninguna manera! Jamás, lo que he dicho es que el compañero es como todos los que participamos.
Como el “careo” no les dio ningún resultado lo sacaron del cuarto e inmediatamente vinieron más golpes.
“Un año me duro el trastorno psicológico de aquella experiencia”. Su liberación fue súbita, después de un traslado en automóvil vino un simple "salte, corres y no voltees porque te meto un plomazo", recuerda
Tuvo la impresión de que lo soltaban para matarlo en un “accidente”, como había ocurrido con otros luchadores sociales con quienes, además, había mantenido amistad.
“Cuando llegue al departamento de Delgadillo, entré por un lado y él por otro; nos soltaron a los dos juntos el mismo día, nos vimos, nos abrazamos, le dije que me iba a mi tierra; él fue con algún familiar y me consiguió dinero para que me pudiera ir a Sonora.
“En todo momento pensaba en la familia, los hijos. A las once de la noche salió el autobús y no pude dormir un solo minuto pensando que el pasajero de al lado era un mercenario que me iba a acuchillar; pensaba que todo el mundo era un represor, estaba esperando en qué momento me asestaban el golpe".
¿No interpuso una demanda por lo ocurrido?
-Quién va a pensar en denunciar una situación así; además, sabes que no prosperan, si hoy no prosperan imagínate hace 30 años. No tienes una idea de cómo sensibilizábamos a la gente, quienes por el hecho de oír las canciones, empezaban a tomar conciencia. La música fue determinante como lo fueron otras manifestaciones del arte: pintura, escultura, teatro, literatura, cine, etcétera.
Para el autor de temas contestatarios hoy el sistema ya no necesita reprimir al artista, desde su óptica, lo asimila y lo mediatiza.
“Desgraciadamente la canción de protesta, que cantan grupos fabricados por los medios de comunicación, la pasan en radio y la desvirtúan; lo toman a chunga; los jóvenes la cantan como una canción divertida, porque mienta madres. El sistema ha debilitado la canción revolucionaria y ha fortalecido el arte que idiotiza a la gente”, finaliza.