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Las cicatrices del alma
Claudia Adita

Resumen
   
 
 
 
Virginia Sendel

En medio de carencias médicas, económicas y sin ningún plan de prevención pública, más de 30 mil niños mexicanos sufrieron algún tipo de quemaduras durante el último año, según la Secretaría de Salud. Las quemaduras se han convertido en un problema de salud pública porque lleva a los niños a la antesala de la discapacidad, el abandono y, en la mayoría de los casos, al desprecio social

 Omar y su hermana Belén jugaban en el patio de la vecindad donde vivían. Emocionados por la llegada de la celebración del Día de Muertos, se acercaron a otro niño quien encendía un anafre, este niño, sin  querer, derramó gasolina sobre la ropa de Omar. Un descuido, un accidente y todo cambió.

Una hora después, Omar y su hermana ingresaban en el hospital capitalino de Magdalena de las Salinas con quemaduras en la mayor parte de sus cuerpos, la vida de ambos estaba en grave riesgo. A Omar los médicos le extendían su esperanza de vida a sólo 72 horas. 

Ante la gravedad de los niños y la desesperación de la madre, ellos  fueron trasladados al hospital Shriners de Galveston, en Estados Unidos, con ayuda de la fundación Micho y Mau.

Cuatro años después Belén Becerril tiene 12 años. Segura de sí, brinca sobre el pavimento y evita caer en un charco con agua. Casi no habla ni sonríe. Aunque se ha recuperado físicamente, el fuego le robó parte de su alegría.

 

Infancia truncada

 En medio de las carencias médicas, económicas y sin un plan de prevención, durante el último año más de 30 mil niños mexicanos sufrieron algún tipo de quemadura, según la Secretaría de Salud. Ello  se ha transformado en un problema de salud pública que pone a los niños afectados en la antesala de la discapacidad, el abandono y el desprecio de la sociedad.

Es urgente que esta situación sea atendida, pues según José Antonio León Pérez, jefe de cirugía plástica en el Instituto Nacional de Pediatría (INP), al año 130 mil personas sufren quemaduras moderadas y severas en nuestro país, de las cuales aproximadamente 40 o 50 por ciento ocurre en niños. Alerta que el número de personas que sufren quemaduras leves supera por mucho esta cifra.

“La prevención es el mejor tratamiento para las quemaduras; es más fácil y barato que pagar el tratamiento de un  niño quemado”. Según el doctor León Pérez, el costo del tratamiento de un paciente quemado grave en un hospital público es de 12 a 15 mil pesos por día. “Estos pacientes duran más de 30 días internados; así que cuando hablamos de hospitales privados el costo se multiplica tres o cuatro veces al día”.

Con seis años trabajando con niños que sufren quemaduras graves, la fundación Michou y Mau ha trasladado a más de 500 niños a hospitales de Estados Unidos, donde reciben atención personalizada de manera gratuita.

Virginia Sendel, presidenta de la fundación, dice que al vivir en carne propia la pérdida de su nieto “debido a la mala atención hospitalaria que recibió en sus quemaduras”, se dio cuenta de la falta de equipo, espacios y capacitación en nuestro país hacia los pacientes quemados.

Asegura que “un niño con quemaduras en más de 50 por ciento de su cuerpo, difícilmente puede salvarse, por eso es urgente su traslado a un centro de alta especialidad, como el de Galveston, donde tienen el instrumental, aparatos, experiencia e investigación de más de 40 años”.

Los pacientes que apoya la fundación son atendidos gratuitamente, pero el traslado de cada niño tiene un costo de 10 mil dólares. En el hospital la atención personal costaría 500 mil dólares.

Virginia no cree en las cifras oficiales, “porque en áreas rurales, muchos niños sufren quemaduras y no son reportados, los que llegan a morir no son parte de la estadística”. Así, la única estadística válida es la de la fundación: “trasladamos un promedio de ocho niños graves al mes”.

Por cada niño que trasladan hay cien más que no son reportados ante la organización. “Algunos reciben atención en los hospitales regionales, sin embargo son pocas las instituciones que tienen personal capacitado, medicamentos, instrumento y equipo necesario, y los niños andan deambulando en busca de atención”.

 

Fuego y dolor

 La habitación es pequeña, y la mesa apenas brinda espacio para cuatro comensales. No necesitan más. El papá de Omar y Belén hace tiempo que no vive con ellos, está en Chicago, separado de su familia a raíz del accidente de sus hijos.  “Realmente nunca ha estado con nosotros —cuenta la señora Cristina— pregúnteles que recuerdos tienen de su papá, sólo gritos, ofensas y peleas entre nosotros. Así estamos mejor”.

Omar habla quedo y su respiración es un resuello. El fuego traspasó su piel  y afectó sus cuerdas vocales y vías respiratorias. “Durante el trayecto al hospital no podía respirar y en mi desesperación lo único que hice fue gritar”. Belén baja la cabeza cuando su hermano recuerda el accidente y un río de lágrimas baña sus mejillas.

Hasta 1990, en nuestro país no existía ningún registro de las personas que sufrían quemaduras.  Aunque algunos hospitales, como el de Xochimilco en la ciudad de México, contaban con un área para la atención de quemados, el espacio, lo mismo que los pacientes, estaba abandonado pues tenían que esperar incluso meses hasta que un médico pudiera atenderlos.

José Luis es de los niños abandonados por sus padres en ese hospital, donde lo internaron por quemaduras graves. Después de varias semanas ya tenía amputado un brazo; el hospital no podía pagar una prótesis, no había equipo, ni dinero, ni autorización de los padres. Con donativos fue atendido pero no concluyó su rehabilitación… desapareció: sus padres llegaron por él y se lo llevaron porque “con un solo brazo podía cuidar borregos”.  Ahí, en Xochimilco, nació el Instituto de Atención Integral al niño quemado (IAINQ), en agosto de 1984.

 “Cuando se fundó el Instituto, la tarea primordial fue iniciar una campaña de prevención de quemaduras, pero la primera dificultad fue la falta de datos sobre el número de personas que se queman en México”, señala Lilia Cisneros, directora del Instituto. 

El Instituto ha logrado disminuir el número de quemaduras en el último año, pero la falta de campañas nacionales de prevención sigue siendo el común denominador, según Virginia Sendel.

“No hay conciencia sobre el riesgo del fuego, y falta un programa de prevención por parte de la Secretaría de Salud. En la Secretaría de Educación Pública la prevención es mínima, pues lo único que aparece es un párrafo en el libro de cuarto año de primaria”.

Por eso ambas organizaciones le dan tanta importancia a la divulgación de las campañas de prevención, con ayuda de empresas privadas, a través de videos y materiales didácticos. “No podemos decir que hay desdén por parte de la SSA pues brinda atención inmediata a otros padecimientos, pero insistimos en que no se ha apoyado ni tomado en cuenta al quemado desde hace mucho tiempo”, asegura Sendel.

Por ejemplo, señala, en Estados Unidos la tasa de mortandad es 0.03 por ciento de sus pacientes  quemados, mientras que en México el promedio es de 40 a 60 por ciento. En cuanto a los casos de los niños no tenemos las cifras, pero es muy elevado el nivel de niños quemados que mueren.

Según el IAINQ del total de niños afectados, el 13 por ciento sufre quemaduras en más del 20 por ciento de su cuerpo, es decir, que durante 2002 sufrieron quemaduras, con riesgo de muerte, 6 mil niños.

 

Pobreza lacerante

 Son niños de escasos recursos los que, en su mayoría, sufren quemaduras, pues una misma habitación es la cocina y el dormitorio En ocasiones es en el patio donde tienen fácil acceso a líquidos hirvientes: como sucedió en el caso de José, quien cayó en la vaporera donde su abuela cuece los tamales que vende para sobrevivir.

Por ello son urgentes las campañas de prevención, de atención y sobre todo de capacitación a más médicos mexicanos, ante la inactividad del gobierno. “Estamos absorbiendo responsabilidades que le competen a la Secretaría de Salud. Hemos enviado a más de 80 médicos de todo el país a capacitarse en Estados Unidos para la atención de quemaduras”, asegura Virginia Sendel.  

Según esta fundación, el Estado de México y Jalisco son las entidades que más niños quemados tiene, sobre todo por las fábricas clandestinas de cohetes y productos de pólvora.

En breve la fundación Michou planea establecer un banco de piel de cadáver, técnica que ya se utiliza en otras partes del mundo. León Pérez, del Instituto Nacional de Pediatría (INP), señala que en México se trabajan otras técnicas únicas: la microcirugía, llevar un fragmento de piel, grasa o músculo a una zona quemada; epidermis cultivada que se vende por cuadritos de ocho por siete centímetros y cada cuadrito tiene un costo de 2 mil 200 pesos.

Además de la expansión cutánea controlada, “donde la piel adyacente a la quemadura o cicatriz se infla mediante un método controlado, se corta y se extiende en el área afectada”.

Según la fundación Michou y Mau, no hay hospitales especializados en el área, a excepción del Hospital de PEMEX y el Hospital Militar, pero tienen el acceso restringido. En el Distrito Federal son dos hospitales públicos los que reciben a la mayoría de los niños quemados: Tacubaya y Xochimilco.  En este último el área de quemados permanece cerrada desde que se iniciaron trabajos de remodelación que se debieron terminar en mayo.

Además de las cifras, que hablan por sí mismas, las cicatrices marcan de por vida a los niños, su autoestima se ve seriamente afectada y son rechazados por otros niños, sobre todo si alguna parte de su cuerpo quedó deformada.

La mamá de Omar y Belén ha tenido que abandonar su puesto ambulante de rastrillos en el Eje Central y superar su miedo a los aviones y así poder acompañar a sus hijos a las terapias, sobre todo de atención psicológica. 

Jesús Vargas, subdirector de atención integral en el IAINQ, señala la importancia de la atención psicológica que ayuda a disminuir el sentimiento de culpa que priva en los padres, y el miedo que desarrollan los niños después del accidente.

“Hay que hacer entender a los padres que todo fue un accidente que a cualquiera le puede pasar, sobre todo que mantengan una buena imagen ante el niño, pues siempre será la primera figura que el niño busca. Un niño hospitalizado piensa que el trato de los médicos es un castigo y piensa hasta en la muerte”.

Lo principal, dice, es evitar la sobreprotección y que el niño se vuelva autoritario, como una forma de chantaje ante sus padres. Para ello se requiere de pláticas de autoayuda, terapias individuales, familiares y hasta escolares.  “Física, emocional y socialmente el niño va reconociéndose,  pues sabe que ya no es el mismo después del accidente”. 3

 

Rec 1

Indolencia del gobierno panista de Querétaro

La falta de sensibilidad política sumada a una guerra desatada desde el gobierno estatal de Querétaro, ha dado como resultado que el primer hospital para el niño quemado en México prácticamente esté abandonado.

Contrario a otras instituciones altruistas, este hospital infantil ha tenido carencias económicas durante casi toda su vida, por eso los donativos han construido al instituto y también al hospital. Desde  computadoras, instrumentos de quirófano, anuncios, sillas de ruedas, es decir, el 90 por ciento de lo que constituye el hospital ha sido donado por el Pentágono estadounidense, el Fondo Unido, amigos, empresas y una larga lista de benefactores.

Ignacio LoyolaDesde 1997 el gobierno de Querétaro, entonces a cargo del panista Ignacio Loyola, inició una guerra contra el hospital, derivado de la negativa del patronato a entregar el nosocomio al gobierno estatal.

Loyola “dijo que el hospital estaba en buen estado y que como era subutilizado, podría servir para un hospital pediátrico estatal. Pero no se lo dimos porque es un hospital nacional y no le pertenece a ningún estado en particular, sino a la gente”, señala Lilia Cisneros.

Contrario a los argumentos de que no existe un hospital especializado en quemaduras, hace nueve años se inauguró el primero en su tipo, con el fin de ser un centro de investigación, atención integral y capacitación para alumnos y médicos de todo el país.

Pero el resultado fue distinto. A pesar de que las instalaciones y de que el equipo es óptimo, el ambiente es triste y casi sin niños.

“Quisiera ver todo lleno de actividad, con niños a quien ayudar, terapias o pláticas para padres de familia”, dice la doctora Sandra Hidalgo, quien combina su trabajo con esta labor altruista.

A pesar de que el hospital cuenta con el reconocimiento por parte de la Secretaría de Salud, y está autorizado para recibir estudiantes de medicina y enfermería. Durante el 2004 sólo tres médicos han recibido capacitación.

“El programa está diseñado para capacitar a tres doctores y siete enfermeras cada mes. Este fue el convenio que suscribimos con el gobierno federal en julio de 2000. Sin embargo, hemos comprobado que es el gobierno estatal quien ha bloqueado que pacientes, alumnos, médicos y enfermeras lleguen al hospital, pues los ahuyenta bajo el argumento de que no validará sus conocimientos ni su estancia en nuestro centro”, señala Cisneros.

Ante la negativa del gobierno estatal de enviar médicos y enfermeras “por la falta de plazas”, la Secretaría de Salud autorizó en 2003 cinco plazas más para médicos  y siete de enfermería cada mes, a fin de que fueran canalizadas al hospital especializado, pero sólo han enviado personal una vez.

“Los gobiernos municipales de varios estados se comprometieron a dar apoyo al hospital enviando pacientes para ser atendidos por profesionales; con ello nuestros médicos podían tener el campo clínico para capacitarse y regresar a sus comunidades a dar atención inmediata y eficiente”.

Sin embargo, el hospital sufre un ayuno de pacientes y médicos desde hace cuatro años. Debido a ello, en enero del 2000 cerró sus puertas ante la incapacidad de hacerle frente al constante golpeteo estatal. Desde entonces el hospital para el niño quemado no tiene servicio de hospitalización, sólo hace campañas de cirugías, atiende consultas externas y da terapias física y psicológica.

El hospital requiere 18 millones de pesos al año, para un funcionamiento óptimo, pero en 2003 operó con menos de un millón de pesos. “A pesar de ello, cumplimos con el 44 por ciento de nuestras metas”, señala Lilia Cisneros. 

Además, el hospital sufrió también la cancelación del apoyo del Patrimonio de la Beneficencia Pública debido a cuestiones vinculadas con políticas entre el gobierno estatal y el federal. Y aunque este año ya lo recuperaron es con lo que único que sobreviven.

“Hemos trabajado con ayuda de la gente, que no cobra pero ayuda. Eso es algo que no pueden entender aquellos que hacen de la filantropía un negocio. El patronato ha platicado esta situación de indefensión en que se encuentra el hospital y hemos concluido que, de no solucionarse el bloqueo buscaremos un comprador para el hospital”.

El hospital ha atendido a alrededor de 800 niños desde que comenzó a trabajar desde mayo de 1995.

 
 
 

 


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