Érase una vez en Sumeria un chamaco que, por ahí del año 2350 (A.C.), nació de madre humilde, quien lo puso a navegar en una cesta, en las aguas del río Tigris.
Aunque lo parezca, no se llamaba Moisés, sino Sargón y fue rescatado por un jardinero de la casa real, en donde creció bajo la protección de una diosa hasta convertirse en rey. Por aquellos parajes es que Urnamu recibió la ley del dios sol, como también le ocurrió a Hammurabi de Babilonia o al citado Moisés. Las deidades de esas épocas, según el escritor Joseph Campbell, eran “lanzadores del rayo, como Yahvé y Zeus” (Los mitos en el tiempo, Emecé editores, España, 2002).
Muchos siglos después, ya en el año 2004 (D.C.), otro iluminado cargó sobre sus hombros los rayos del sol. Cuenta la leyenda que un poeta lo encontró navegando en las aguas del río Grijalba, al amparo de una mamá pejelagarto. El niño, que respondía al nombre de Andrés El Manuel, abrazó la religión tricolor y sus dogmas, como aquel de que “vivir fuera del presupuesto es vivir en el error”. Cual San Pablo de camino a Damasco, se cayó de la liana en la que andaba y escuchó la palabra del profeta Cuauhtémoc, de modo que bajo la protección del sol azteca llegó a gobernar el ombligo de la luna, la Gran Tenochtitlán.
Los augurios decían que recibiría las tablas de la ley en pleno equinoccio de primavera, el 21 de marzo de 2004. Pero el complot de un hombre barbado y fumador de habanos adelantó el acontecimiento. ¡Soy rayo de esperanza!, anunció. Sus seguidores, en respuesta, lo llenaron de bendiciones y le ungieron como candidato a futuro tlatoani. Y mientras los mártires del “berenjenal Bejarano” lloriqueaban y rasgaban sus vestiduras camino al sacrificio, Andrés El Manuel lanzaba besos desde el balcón del ayuntamiento.
Cualquier semejanza entre el histrionismo de Nerón y los recursos dramáticos del jefe de Gobierno del ombligo de la luna o los de las víctimas sacrificiales de las purgas anticorrupción del perredismo no es mera coincidencia. Recuérdese, por ejemplo, que al enterarse de la noticia de que el gobernador de las Hispanias le había dado la espalda, el emperador perdió el sentido y cuando recobró el conocimiento, “se desgarró las vestiduras y se golpeó con furia la cabeza” (Suetonio, Vidas de los Doce Césares). Y una vez que la sublevación se extendió a las Galias, aseguró que la derrotaría no con las armas, sino con llanto, presentándose desarmado ante los ejércitos romanos. Y tras lograr el arrepentimiento de los sediciosos, lo celebraría al día siguiente cantando unos epinicios. ¿Merece o no Nerón un sitio envidiable en el Olimpo del partido del sol azteca?
Pero no se crea que el suspirante a tlatoani (Andrés El Manuel) y las tribus del PRD sólo pueden entenderse a la luz de “mitologías extranjerizantes”. Basta releer El gesticulador de Rodolfo Usigli para reconocer en nuestro presente los rasgos de un pasado que, a mediados del siglo anterior, llevaron al sistema a escandalizarse con virulencia comparable a la de estos días de estiércol, mentiras y videos:
“El gran político viene a ser el latido, el corazón de las cosas”, discurría el falso revolucionario César Rubio. “Es el eje de la rueda; cuando se rompe o se corrompe, la rueda, que es el pueblo, se hace pedazos; él separa todo lo que no serviría junto, liga todo lo que no podría existir separado”.
Un discurso digno de Peje Man al que, en todo caso, sólo le falta el colofón: “Nunca jamás los traicionaré”. ¿Nunca? ¿Jamás? Emilio Chuayfet suele decir que los términos absolutos “pertenecen a Dios, no a los humanos”. Pero como Peje Man es el indestructible gallo que atraviesa los pantanos de la corrupción y no pierde ni mancha su virginal plumaje... Ahora bien, si Andrés El Manuel persiste en su ceguera y se niega a reconocer que la “deshonestidad valiente” de sus colaboradores tiene cercado a su gobierno, al suspirante a tlatoani se le puede cebar de aquí al 2006. ¿Recurrirá otra vez a Nerón, dándose por muerto con aquella célebre frase?: “¡Que artista desaparece conmigo!”