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Nadie dijo que
el acceso a la información gubernamental federal, de
los estados y de la administración bajo la jefatura del
gobierno de la capital geopolítica del país y
de la República sería fácil.
En todo caso
se dijo que resultaría difícil. Pero no que podría
ser imposible. Sin embargo, y aunque sea prematuro, porque recién
acaba de entrar en vigor la Ley --de larguísimo nombre
y cortísimos alcances-- Federal de Acceso a la Información,
que constitucionalmente reglamenta el último párrafo
del artículo 6 de la Ley Suprema de toda la Unión
respecto a que el derecho a la información será
garantizado por el Estado, está encontrando muy
serios obstáculos burocráticos.
Si ya de por
sí la función reglamentaria es, por esencia,
limitación de la libertad y la facultad de ejecutar
las leyes mediante los reglamentos implica altas dosis autocráticas
(Hans Kelsen: Teoría general del Estado; Alfredo Gallego
Anabitarte: Ley y reglamento en el derecho público occidental,
y Marta Lorenzo y Sariñena:
La voz del Estado),
todavía más se limitan los derechos autoritariamente.
Presas del miedo a ser fiscalizados y cada vez más vigilados
por medio de órganos de control, recurren a toda clase
de artimañas políticas para impedir dar cuenta
y razón de sus actos y omisiones.
Ya la administración
foxista ha puesto reparos al cumplimiento del acceso a la información.
Igual o muy parecido está sucediendo en los gobiernos
estatales y municipales, donde se promulgó dicha obligación.
Unos y otros
se han asido al clavo ardiente y antidemocrático de la
interpretación autoritaria y autocrática de la
información reservada y confidencial para
neutralizar lo que debería ser la máxima libertad
para dar y recibir información pública a quienes
la solicitan. Y en el caso del gobierno del Distrito Federal,
con maniobras y abusos de mala fe de los recursos legales, hasta
se quiere posponer, ad infinitum, la instalación del
Consejo de Información equivalente al Instituto Federal
de Acceso a la Información.
El secretario
de Gobernación, Santiago Creel, acaba de sostener que
todavía es muy temprano para evaluar el cumplimiento
del acceso a la información, como lo reportó Daniel
Millán (Reforma: 15/VII/03). Por lo que hace a López
Obrador, jefe de gobierno de la Ciudad de México, se
ha opuesto, desde siempre y sistemáticamente, al cumplimiento
de esa ley.
En las entidades
donde está en vigor esa norma jurídica de acceso
a la información las cosas andan por el mismo tenor.
Eso quiere decir
que los ciudadanos que demandan información, al ejercer
su derecho a recibirla y hacer cumplir la obligación
gubernamental a darla, tienen una tarea más: conquistar
el cumplimiento, hasta sus últimas consecuencias, de
la Ley de Acceso a la Información.
Nuestros gobernantes
siguen pertrechados en el obedézcase, pero no se
cumpla. Pero los mexicanos han de insistir en romper este
círculo vicioso antidemocrático para poder penetrar
y conocer la máxima información que esconden los
gobernantes.
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