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Lo dijo hace
mucho tiempo Juan Carlos Onetti, el creador de El astillero
y demás obras fascinantes: lo mejor en la vida es leer,
beber (güiski en su caso) y escribir. En el último
caso el proceso de creación es difícil, lento,
complicado y muy discutible. Muchas veces los mundos inventados
no satisfacen, son ignotos, están mal diseñados.
Si usted cree
en Dios o en la naturaleza, según sus aficiones y aflicciones,
se dará cuenta de que lo más notable puede ser
perfectible.
Esa misma frase
de Onetti, con sus adaptaciones, la decía al final de
sus años Octavio Paz. Lo cual muestra que el placer supremo
está en leer más que en someterse a la prueba
de la hoja en blanco.
Algunos, varios
literatos descubren las letras en muchas partes, el camión,
la espera de la amada pero incluso en cantinas y bares. ¿Cómo
se concentran para que el ruido no los distraiga del entendimiento?
Cada uno tiene su forma de sumergirse en mundos ajenos que a
la larga son propios.
Lo que dijo Kafka
y nos parecía algo extraordinario y hasta fuera de serie
resultó más cierto que la fórmula dos más
dos son cuatro, pues a fin de cuentas es una abstracción
y no la realidad plena. Igualmente las obras de George Orwell
hoy no son metáforas de granjas o animales sino parte
de una realidad que padecemos.
No obstante la
globalización, cada vez estamos más encerrados
en determinados patrones de conducta y manejados por mafias
políticas, mercantiles y sociales.
Hay en México
un narrador espléndido que relata semana a semana en
El Financiero sus andanzas en bares, cantinas, centros de diversión
donde es famoso porque se da tiempo para compartir con los meseros,
los parroquianos y además lee y escribe.
Su nombre: Eusebio
Ruvalcaba. De su obra, más de 25 títulos diversos,
incluso algunos textos han sido llevados con mala fortuna al
cine. Es el caso de su éxito Un hilito de sangre. Pero
el querido Ruvalcaba, por si algo faltara, nos habla de cómo
escuchar la música, por qué atender los sonidos,
de qué forma las notas son parte de uno mismo.
Su sapiencia
viene porque es hijo del notable músico Higinio del mismo
apellido, quien con Silvestre Revueltas y varios más
andaba en juergas sin cuento pero también se daba tiempo
para diseñar otros universos.
Hace poco murió
Roberto Bolaño. Nacido en Chile, pudo hacer una sólida
obra que tiene dos maravillas: Los detectives salvajes y Putas
asesinas. En ambas hay una recurrencia: México como la
forma de ver y desentrañar la existencia. Y es que este
hombre que sólo llegó a los 50 años y murió
del hígado estuvo entre nosotros varios años y
de esta importante y controvertible tierra abrevó para
hacernos entender la nueva realidad.
Bolaño
(sin ese final) fue un gran lector de periódicos (lo
intuyo por su creación), de poesía y libros diversos.
De pluma fina y certera, tenía un gusto importante según
su personaje Juan García Madero (¿evocación
de Francisco, el mártir azteca?): leer para tratar de
entender qué sucede en cada ocasión. García,
por cierto, hace un homenaje a Octavio Paz desde el principio:
lo importante no son las universidades ni las academias sino
en realidad ir viendo cómo la hacemos.
La lectura, a
fin de cuentas, es lo trascendente. Algo que muestra claramente
que debemos estar atentos a todo. Por eso Onetti, Paz, Ruvalcaba,
Bolaño y muchos más son parte de lo mejor. Leer,
a todas horas, donde sea, a cualquier precio. Principio vital.
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