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Era teniente
coronel de infantería. Tenía antecedentes honrosos
como profesional de la ley y la aptitud para enfrentar los hechos,
a los procesados y sus habilísimos defensores y sobre
todo a la historia. Era un militar jurista: Manuel Aspíroz.
Lo acompañó
un hombre que poseía habilidades medievales: escritura
rápida y clara; el soldado Jacinto Meléndez era
el escribano cuidadoso. Como una sombra, donde la oscuridad
tuerce las razones y las leyes, Joaquín M. Escoto, el
jurista militar que cumple con dureza los rigores de su oficio:
aconsejar para cercar a los presos.
Manuel Aspíroz
sobre todos creó el adjetivo mexicano de militar sensible
al derecho. Estudioso del derecho nacional del siglo XIX para
investigar y acusar a los usurpadores de la intervención
francesa, presintió que el aire nuevo de los derechos
humanos se respiraba en las oficinas de la justicia militar
y en el teatro Iturbide para la presentación teatral
del Consejo de Guerra.
Fue respetuoso
sin perder habilidad; astuto sin violencia, sugestivo, pulcro
y eficaz. Los defensores elogiaron dos de sus mejores virtudes:
su juventud y su conciencia. Todo ello fue el fundamento para
celebrar un Consejo de Guerra ejemplar.
Ningún
mexicano ha tenido que bajar la vista o borrarse el rubor de
la cara por la investigación, el juzgamiento y la muerte
de Maximiliano, Miramón y Mejía. El trabajo de
Aspíroz fue impecable. Fue el militar jurista del decoro
republicano.
El Ejército
Nacional Mexicano a lo largo del siglo XIX y del XX tiene a
su cargo conducir con sus criterios, para bien y para mal, la
vida del país. De la república civil se valió
para construir la dictadura y luego caminar por todas las zonas
de la rebelión.
Algunos historiadores
aseguran que fueron los propios militares quienes cedieron a
los civiles los caminos de la historia para conducir al país.
En sus gestas y en sus debilidades se puede encontrar la explicación
de lo que lo hace respetable y de lo que impide que la sociedad
crea cabalmente en ellos.
Sus procedimientos
de justicia, en los últimos tiempos ofrecen con amplitud
dos etapas que pueden considerarse a la luz de los principios
jurídicos mexicanos.
En la época
post-revolucionaria, la delincuencia militar era de ¡puaf!
Si se busca en los archivos se encontrarán juicios sobre
pillaje, insubordinaciones, deserciones y homicidio sin heroísmo
en los cuales el inferior --a veces entre copa y copa-- privaba
de la vida al superior.
Lo destacable
en esta época es que la justicia militar logra convertir
sus procedimientos de investigación y juzgamiento en
una lenta y parda labor oficinesca de burócratas civiles
y uniformados. No hay requerimientos para ejercer grandes habilidades
litigiosas o elevados conocimientos filosófico-jurídico,
sino simplemente la tenacidad y en última instancia pedir
la consideración del presidente de la República
o de la Suprema Corte de Justicia para que no se prive de la
vida al encopado letal.
Después
vinieron los tiempos de la impunidad. Todo se explicó
y justificó en nombre del deber cumplido o del cumplimiento
de la orden jerárquica. Entonces el ejército inspiró
no solamente desconfianza sino temor. Sus órganos de
justicia nunca rindieron cuentas de su intervención en
los hechos de los años sesenta y setenta.
Es innegable
la lealtad de las fuerzas armadas a las instituciones políticas
del país. Así ha sido una y otra vez. Este es
el cumplimiento de su deber. Esta fidelidad llevó a los
últimos gobiernos del Partido Revolucionario Institucional
--a veces en términos muy discutibles en orden a las
disposiciones constitucionales-- a abrirles espacios para llevar
a cabo tareas cívicas o policiacas.
El régimen
actual que en sus veleidades no pierde de vista su origen y
sus propósitos de un gobierno nutrido en la ideología
de derecha más clara y precisa, fue mas allá y
le confió a los militares el Ministerio Público
Federal. Rafael Macedo de la Concha está tan lejos de
Manuel Aspíroz como de Jared Borguetti, según
se ve en su desempeño como procurador y en el área
penal del equipo contrario
Cuando se le
encomendó al Ejército Mexicano llevar a cabo tareas
para perseguir al crimen organizado relacionado con los delitos
contra la salud, los riesgos para la institución y para
la vida civil fueron mayores. Los militares se corrompieron
y los ciudadanos vieron acercarse a los hombres de uniforme
a las funciones que son propias de los civiles.
Cuando los males
fueron mayores, la justicia militar tuvo que abandonar en la
oscuridad de sus oficinas burocráticas para levantar
el escenario donde lleva a cabo los dramáticos y teatrales
Consejos de Guerra en los que ha procesado a miembros destacados
de sus altos mandos.
Al principio
sintieron que eran las víctimas propiciatorias de enfrentamientos
políticos: el sistema atacaba su prestigio involucrando
a militares de alta jerarquía en actos de corrupción,
violencia y deslealtad. La promiscuidad y las riquezas quedaron
exhibidas cuando los militares aparecieron como sicarios de
los líderes de las mafias criminales.
A ello, han agregado
los juicios por las muertes del pasado. El procurador militar,
los consejos de guerra y los jueces han dejado ver que el Ejército
carece lamentablemente de juristas.
El foro militar
no ha vuelto a repetir la producción de juristas célebres,
de jueces citables o de abogados que puedan respirar con prestigio
en el ambiente cerrado de sus instalaciones de justicia.
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