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Una noche de insomnio, el dios Morfeo me sugirió una receta para romper la barrera que me impedía abandonarme en las delicias del sueño. “¿Por qué no intentas, hijo mío, calcular cuántos diputados corresponden a cada partido sumando las fórmulas de mayoría con las de representación proporcional?”.
Hice caso a su
consejo. Pero en pleno trance de abandonarme en sus brazos,
un recuerdo me sobresaltó. Gracias a las traiciones del
sinconciente, se abrió paso en mi mente una leyenda descubierta
días antes en las páginas de un diario colombiano
marginal: "¡Queremos que nos gobiernen las putas! ¡De
sus hijos estamos hartos!".
En el umbral entre los brazos de Morfeo y la realidad, no pude
sacudirme del peso de un espectro en el que lo que abundan son
los hijos de su tal por cual. Y ni el mismo Morfeo pudo evitar
que en aquel estado de duermevela revolotearan en mi cabeza
las imágenes de una transición surrealista: transitamos
en forma vertiginosa de un mundo en el que la teoría
del complot lo dominaba todo a otro en el que la parodia reina
en nuestras vidas.
En sus estertores, la dicta blanda priísta hizo de la
vida nacional una tragedia que habría puesto verde de
coraje el mismísimo William Shakespeare gracias a tramas
como la del asesinato de Francisco Ruiz Massieu...
Primer acto: el secretario general del partidazo es asesinado,
víctima de un complot fraguado en las más altas
esferas del poder.
Segundo acto: el mero mero petatero ordena una investigación
y pone al frente de la misma a su excuñado, para más
detalles hermano del occiso, a sabiendas de que las pesquisas
llevarán irremediablemente a establecer que el autor
intelectual del crimen fue otro cuñado, el hermano incómodo
del mero mero.
Tercer acto: un cuñado, el incómodo, acaba
bajo la sombra, el otro se suicida y mientras el chipocludo
mayor acaba en el exilio, el pueblo clama: "¡Que nos gobiernen
las putas!".
El 2 de julio del 2000 este país transitó de la
tragedocracia a la parodiacracia, un cambio que, según
Carlos Rojas Magnon, amerita que la Colonia del Periodista sea
rebautizada y, a partir del pasado 6 de julio, reciba el nombre
de Territorio Libre Lino Korrodi.
Fuera de los muros claustrofóbicos del reality show,
lo de hoy, para citar a Adela Micha (¿o a la publicidad
de conocido refresco de cola?), es la parodia desenfrenada a
cargo de dirigentes partidistas, príncipes de la Iglesia,
galanes en desuso o villanas en receso metidos a representantes
del pueblo, dinosaurios redivivos y demás actores de
la escena nacional.
Ejemplos sobran y si hubiera que hacer un hit parade de despropósitos
no resultaría sencillo elegir quien entre nuestros nuevos
cómicos merecería el primer sitio: ¿Ramón
Aguirre y su declaración de principios ("soy muy viejo
para rocanrolear, pero muy joven para vivir fuera del presupuesto")?
¿El cardenal
Norberto Rivera (cuando veas el rabo de tu vecino cortar, pon
el tuyo a resguardar)? ¿La propaganda electoral del PRI
(¡tu abstención nos favorece!)? ¿Los malabares
de las huestes del Niño Verde (somos jóvenes,
pero no pendejos como para aliarnos con nuestro aliado el PRI)?
¿La autocrítica en las filas de Acción
Nacional a fin de ponerle nombre y apellido a la debacle electoral
fraguada en sus entrañas (Con el PRI hay que ir de la
mano: a la retaguardia nos zurran y adelante nos la ensartan)?
Lamentablemente, nuestra pariodiacracia es heredera directa
del Chéspiro mexicano y, en particular, de una de sus
creaciones, El chavo del ocho. Así, el hijo del Viejo
Verde navega con bandera de cándido chavito de la vecindad,
el discurso de Roberto Madrazo suena tan monótono como
el tá-tá-tá del profesor Jirafales y la
risueña Rosario sacando soles aztecas de sus pantaletas
tiene algún tufillo a Doña Florinda.
Con sólo rascarle un poco encuentra uno por todos lados,
como se ve, a los admiradores de Roberto Gómez Bolaños,
empezando por el Jefe Diego que, sin querer queriendo, le metió
el fiero al cambio con tal de seguir siendo el encomendero tuerto
en tierra de panaderos ciegos.
¿Y dónde queda Morfeo? Recordó aquello
de que, el que entre infantes se acuesta, bañado de orines
despierta. Por ello me dejó abandonado a mi suerte en
este mundo infantil en el que la política partidista
es una cataflixia kafkaiana (quítate tú para ponerme
yo) y añoramos los días en que, como El Perich,
podíamos afirmar acerca de las bondades de los políticos:
"Decir la verdad lo puede hacer cualquier idiota. Para mentir
hace falta imaginación".
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