Cuando las sociedades
pudieron establecer las rutas hacia la modernidad después
de la Guerra Fría, para saber que el nuevo destino se sustenta
en un nuevo liberalismo que arrincona al hombre en el ejercicio
de su libre albedrío entre las leyes del mercado y la trama
de la globalización financiera, las sociedades criminales,
mafias o cárteles se desarrollaron de forma tan vigorosa
que hubo etapas en las que se anticiparon a la transformación
de la comunidad internacional para generar su propio sistema neoliberal
criminal.
Entonces el crimen
ya no fue una institución artesanal o comercial; abandonó
sus orígenes rurales y fue más allá de los
límites de sus regiones para convertirse en una empresa industrial
de amplitud global, haciéndose de la materia prima, de los
medios de producción y, sobre todo, de los sectores lícitos
financieros para fortalecer sus estructuras.
Frente a la capacidad
criminal organizada, los Estados fueron a la zaga porque atendían
generalmente a sus propias instituciones constitucionales, penales
y procesales. El orden jurídico internacional no permitía
la reunión de los esfuerzos para captar la patología
y el desarrollo de la pandemia.
La capacidad industrial
del crimen organizado generó desde fortunas hasta leyendas.
En las vicisitudes sociales de los países periféricos,
de los que abandonaron la organización social asentada en
los sistemas marxistas y la consolidación de las potencias
occidentales, se dieron contradictoriamente condiciones muy favorables
para que los delitos contra la salud pública, conocidos comúnmente
como narcotráfico, avasallaran lo mismo al campesino humilde
que al hombre poderoso del Estado.
A esto debe agregarse
que las economías fortalecieron los mercados para consumir
las drogas en forma exorbitada.
La Organización
de las Naciones Unidas, que se ha orientado con el criterio definido
de los Estados Unidos de Norteamérica, tanto en lo político
como en lo jurídico, tendió las primeras líneas
para que el hecho criminal se comprendiera como un hacer internacional
que sólo era posible combatir con la unión de las
naciones y la construcción de un derecho internacional. Los
estudios, discusiones y resultados no siempre fueron comprensibles.
Todavía hoy
se discute el contenido de la Convención de Viena de 1988,
que entre otros suscribió el gobierno mexicano y ratificó
el Senado de la República.
La adopción
del documento internacional sin mayor deliberación interna
es una de las causas por las cuales las leyes penales y los mecanismos
de investigación, persecución y juzgamiento de los
delitos relacionados con la producción, comercialización
y consumo de las drogas y sus consecuencias en el ámbito
financiero mediante los mecanismos de lavado de dinero explican
en gran medida las derrotas morales y los fracasos jurídicos
de las instituciones federales encargadas del combate al flagelo.
La Convención
de Viena abarca precisamente los dos campos, narcotráfico
y lavado de dinero en los sectores financieros lícitos. El
documento internacional adolece de virtudes políticas y jurídicas.
Por si fuera poco
lo anterior, la persecución del hecho criminal es deficiente
y generadora de injusticias, mientras que los mercados financieros
quedaron atrapados en la normatividad asfixiante que surgió
de los temores y el crimen creció desmesuradamente... incontenible.
En México,
la ausencia de una deliberación democrática sobre
la construcción de un sistema político-jurídico
punitivo para combatir el crimen organizado se expresó en
una legislación ambigua e inoperante a la que han escapado
con facilidad los narcotraficantes, mientras se hunde el sistema
financiero entre servicios deficientes, complicidades inexplicables
y desconfianzas sin fin.
Por esta razón,
la debilidad de la autoridad es manifiesta, el narcotráfico
disfruta de la opulencia y el sistema financiero se ve desconcertado
porque no logra distinguir a quién sirve.
El gobierno del régimen
actual ha convertido el combate al narcotráfico en una especie
de acto deportivo. Con este espíritu, festina los decomisos
y las aprehensiones de las infanterías criminales, cuando
el decomiso es solamente una de las finalidades de la convención
vienesa y los jefes del crimen permanecen intocables.
A los goles anotados,
la autoridad deberá descontar los autogoles recibidos, como
los 26 mil millones de dólares que se lavan anualmente en
los circuitos financieros mexicanos, casi una economía paralela.
Todavía se
desconoce el destino final de las drogas que se sustrajeron de diferentes
instalaciones de la Procuraduría General de la República.
Lo cual confirma la quiebra moral de una institución que
se corrompe de la misma manera cuando la conducen civiles o militares.
Por todo ello, es
recomendable que el próximo Congreso intervenga en la dirección
de las acciones y la construcción de los medios eficientes
para lograr resultados eficaces en consonancia con el nuevo orden
jurídico que propuso precisamente.