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Ni
siquiera figura como colonia. No hay drenaje, mucho
menos agua potable. Hasta hace cinco años sus
habitantes se alumbraban con velas, luego improvisaron
postes para "jalar" la luz de las colonias
cercanas. Hornos de Zoquiapan es uno de los asentamientos
más miserables de todo el país. Ahí
sobreviven 523 personas entre aserrín, lodo
y humo de incandescentes hornos donde se cuecen ladrillos.
En
los límites de Ixtapaluca, hace cuatro décadas
se asentaron familias originarias de Puebla, Oaxaca,
Tlaxcala, Hidalgo y Estado de México para desempeñarse
en una de las actividades más agobiantes y
peor pagadas: la producción de ladrillo.
Pocos
son los que han podido echar mano de este producto
para construir sus casas. Sus ingresos son de 250
a 500 pesos semanales, pago a destajo por acarrear
tierra, batir lodo, cargar ladrillo y quemarlo en
los hornos.
Sus
labores comienzan a las cuatro de la mañana,
cuando los niños acarrean la tierra para que
las mujeres la mezclen con estiércol, tezontle
y agua, hasta formar el lodo para rellenar las gaveras
de madera que dan forma a los ladrillos.
Fernando
Gómez dirige uno de los 15 hornos. El suyo
produce 15 millares en dos meses, y cada millar lo
vende en 650 pesos. Con 35 años de experiencia,
conoce a la perfección el proceso de producción.
Su esposa y siete hijos trabajan con él. La
menor es María, de 9 años, encargada
de acarrear lodo y cargar tabique.
El
quemador
El oficio de Pablo Martínez requiere de toda
su atención. El mínimo descuido podría
resultar fatal. Este es un trabajo de hombres. Las
mujeres no "queman", es lo más peligroso
de la ladrillera.
En
cuclillas, sobre el accidentado piso, frente a la
boquilla del horno, con una mano arroja lentos y constantes
puñados de aserrín para alimentar el
fuego que aviva para que los ladrillos alcancen el
color naranja, que indica su cocimiento.
Puño
a puño, la medida exacta, ni más ni
menos.
De
lo contrario, el horno podría explotar, sus
frágiles paredes de adobe desbaratarse y provocar
la caída de alguno de los trabajadores que
desde arriba vigilan el proceso.
El
fuego no debe apagarse antes de 72 horas, así
que Pablo tiene un suplente de quemador, mientras
él descansa.
Luego
deberá reincorporarse a sus actividades. A
pesar del aserrín y el humo que penetran en
sus ojos, apenas si parpadea. Debe cuidar su trabajo
porque es el mejor pagado: 300 pesos la quemada, ingreso
con el cual sostiene a su esposa y el pequeño
hijo Jordi.
La
constante exposición al humo y la quema del
aserrín provoca estragos en la salud de los
habitantes de la comunidad, como tos, gripe y enfermedades
respiratorias. Alfonso Juárez Pérez,
con diez años frente al horno, quedó
casi ciego. Ahora se dedica a cargar y estibar ladrillos.
La
labradora
Carmela ni siquiera recuerda hace cuánto llegó
a la ladrillera. Su faena comienza a las cinco de
la mañana, cuando sus hijas Carla y Juana,
de 12 y 11 años de edad, le acarrean agua y
estiércol, mientras ella, provista de un azadón,
afloja la tierra del banco más cercano, la
jala, la rebate con agua y estiércol hasta
formar lodo.
El
ingreso de su familia es de 250 pesos a la semana.
Parece una anciana, aunque apenas tiene 33 años
de edad. Sin dejar de "rebatir", dice que
es la primera de su familia que labora en un lugar
así: "Me daban trabajo de sirvienta, pero
tenía que dejar solas a mis hijas y no quise.
Por eso me vine para acá, porque así
no nos separamos".
La
familia de Marina Monroy es de las fundadoras de Hornos
de Zoquiapan. Sesenta años de trabajo le permitieron
conocer todas las ladrilleras del Distrito Federal
y el Estado de México. La primera fue la de
San Bartolo Naucalpan, a donde llegó a los
siete años de edad, junto con sus padres.
"Mis
papás trabajaban en las ladrilleras de Naucalpan.
Yo empecé con ellos. Con mi marido estuvimos
en Puente de las Armas, San Pedro, los ejidos de La
Candelaria y San Francisco Culhuacán. Cuando
el gobierno quitó las ladrilleras de Culhuacán
nos mandó a la colonia Carmen Serdán.
Luego se acabó la tierra y llegamos acá".
Agrega
que lo más pesado es limpiar el horno. Luego
de extraer el ladrillo cocido, desmontar las paredes
y sacar la ceniza con las manos.
Es
el oficio que heredó a 14 hijos y a parte de
40 nietos. Cuando enumera sus nombres no logra contener
el llanto: "No me da vergüenza porque somos
gente trabajadora". Sabe que la tierra de Zoquiapan
está por agotarse. "Entonces tendremos
que rodar a otra ladrillera", dice.
La
contaminación
En Ixtapaluca, Chalco, Coyotepec, Huixquilucan, Acolman
y Teotihuacán se ubica el mayor número
de ladrilleras de todo el país.
Su
producción anual se calcula en 170 mil millares
y son consideradas como una fuente inagotable de contaminación,
principalmente de partículas suspendidas en
el aire, además de la que supone el contacto
directo para quienes en ellas trabajan.
El
Departamento de Planeación Urbana y Ecología
del municipio señala a los hornos ladrilleros
como la principal fuente de contaminación del
aire en la zona, a lo que se suman los incendios forestales
y la acción del Popocatépetl y la actividad
del corredor Industrial Ixtapaluca.
Y aunque
la Secretaría de Ecología considera
el trabajo de las ladrilleras como un problema no
sólo ambiental y de salud, sino social, de
éste depende el sustento de más de 30
mil familias de todo el país.
Para
contrarrestar los altos niveles de contaminación,
se prohibió el uso de llantas, aceite, basura
y residuos industriales como combustible para los
hornos. Sólo desechos de madera y aserrín,
a lo que se atribuye ahora la deforestación
de la zona. Solamente sobreviven los pirules.

Una vida entre estiercol
y tierra |
Bajo
la sombra de un pirul se resguarda un grupo de niños,
luego de la larga jornada de trabajo. Desde allí
se aprecia el mayor contraste: San Buenaventura, el
proyecto más ambicioso del grupo ARA, un conjunto
habitacional de 20 mil viviendas que lucen como recién
pintadas, en colores azul, verde, rosa y naranja.
Su barda perimetral la separa de la miseria de Hornos
de Zoquiapan.
Luego
de 40 años, los pobladores de Hornos de Zoquiapan
han agotado la tierra. Pronto, dentro de uno o dos
años, calculan, ya no habrá materia
prima para trabajar. Entonces, la pequeña comunidad
tendrá que desintegrarse y emigrar en busca
de nuevos bancos de tierra.
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