Estado de México
Hornos de Miseria
Por Ana Lilia Pérez
Fotos: David Cilia

Núcleos de familias que durante generaciones han sobrevivido de la producción de ladrillos describen la miseria histórica de que son víctima.

Ni siquiera figura como colonia. No hay drenaje, mucho menos agua potable. Hasta hace cinco años sus habitantes se alumbraban con velas, luego improvisaron postes para "jalar" la luz de las colonias cercanas. Hornos de Zoquiapan es uno de los asentamientos más miserables de todo el país. Ahí sobreviven 523 personas entre aserrín, lodo y humo de incandescentes hornos donde se cuecen ladrillos.

En los límites de Ixtapaluca, hace cuatro décadas se asentaron familias originarias de Puebla, Oaxaca, Tlaxcala, Hidalgo y Estado de México para desempeñarse en una de las actividades más agobiantes y peor pagadas: la producción de ladrillo.

Pocos son los que han podido echar mano de este producto para construir sus casas. Sus ingresos son de 250 a 500 pesos semanales, pago a destajo por acarrear tierra, batir lodo, cargar ladrillo y quemarlo en los hornos.

Sus labores comienzan a las cuatro de la mañana, cuando los niños acarrean la tierra para que las mujeres la mezclen con estiércol, tezontle y agua, hasta formar el lodo para rellenar las gaveras de madera que dan forma a los ladrillos.

Fernando Gómez dirige uno de los 15 hornos. El suyo produce 15 millares en dos meses, y cada millar lo vende en 650 pesos. Con 35 años de experiencia, conoce a la perfección el proceso de producción. Su esposa y siete hijos trabajan con él. La menor es María, de 9 años, encargada de acarrear lodo y cargar tabique.

El quemador
El oficio de Pablo Martínez requiere de toda su atención. El mínimo descuido podría resultar fatal. Este es un trabajo de hombres. Las mujeres no "queman", es lo más peligroso de la ladrillera.

En cuclillas, sobre el accidentado piso, frente a la boquilla del horno, con una mano arroja lentos y constantes puñados de aserrín para alimentar el fuego que aviva para que los ladrillos alcancen el color naranja, que indica su cocimiento.

Puño a puño, la medida exacta, ni más ni menos.

De lo contrario, el horno podría explotar, sus frágiles paredes de adobe desbaratarse y provocar la caída de alguno de los trabajadores que desde arriba vigilan el proceso.

El fuego no debe apagarse antes de 72 horas, así que Pablo tiene un suplente de quemador, mientras él descansa.

Luego deberá reincorporarse a sus actividades. A pesar del aserrín y el humo que penetran en sus ojos, apenas si parpadea. Debe cuidar su trabajo porque es el mejor pagado: 300 pesos la quemada, ingreso con el cual sostiene a su esposa y el pequeño hijo Jordi.

La constante exposición al humo y la quema del aserrín provoca estragos en la salud de los habitantes de la comunidad, como tos, gripe y enfermedades respiratorias. Alfonso Juárez Pérez, con diez años frente al horno, quedó casi ciego. Ahora se dedica a cargar y estibar ladrillos.

La labradora
Carmela ni siquiera recuerda hace cuánto llegó a la ladrillera. Su faena comienza a las cinco de la mañana, cuando sus hijas Carla y Juana, de 12 y 11 años de edad, le acarrean agua y estiércol, mientras ella, provista de un azadón, afloja la tierra del banco más cercano, la jala, la rebate con agua y estiércol hasta formar lodo.

El ingreso de su familia es de 250 pesos a la semana. Parece una anciana, aunque apenas tiene 33 años de edad. Sin dejar de "rebatir", dice que es la primera de su familia que labora en un lugar así: "Me daban trabajo de sirvienta, pero tenía que dejar solas a mis hijas y no quise. Por eso me vine para acá, porque así no nos separamos".

La familia de Marina Monroy es de las fundadoras de Hornos de Zoquiapan. Sesenta años de trabajo le permitieron conocer todas las ladrilleras del Distrito Federal y el Estado de México. La primera fue la de San Bartolo Naucalpan, a donde llegó a los siete años de edad, junto con sus padres.

"Mis papás trabajaban en las ladrilleras de Naucalpan. Yo empecé con ellos. Con mi marido estuvimos en Puente de las Armas, San Pedro, los ejidos de La Candelaria y San Francisco Culhuacán. Cuando el gobierno quitó las ladrilleras de Culhuacán nos mandó a la colonia Carmen Serdán. Luego se acabó la tierra y llegamos acá".

Agrega que lo más pesado es limpiar el horno. Luego de extraer el ladrillo cocido, desmontar las paredes y sacar la ceniza con las manos.

Es el oficio que heredó a 14 hijos y a parte de 40 nietos. Cuando enumera sus nombres no logra contener el llanto: "No me da vergüenza porque somos gente trabajadora". Sabe que la tierra de Zoquiapan está por agotarse. "Entonces tendremos que rodar a otra ladrillera", dice.

La contaminación
En Ixtapaluca, Chalco, Coyotepec, Huixquilucan, Acolman y Teotihuacán se ubica el mayor número de ladrilleras de todo el país.

Su producción anual se calcula en 170 mil millares y son consideradas como una fuente inagotable de contaminación, principalmente de partículas suspendidas en el aire, además de la que supone el contacto directo para quienes en ellas trabajan.

El Departamento de Planeación Urbana y Ecología del municipio señala a los hornos ladrilleros como la principal fuente de contaminación del aire en la zona, a lo que se suman los incendios forestales y la acción del Popocatépetl y la actividad del corredor Industrial Ixtapaluca.

Y aunque la Secretaría de Ecología considera el trabajo de las ladrilleras como un problema no sólo ambiental y de salud, sino social, de éste depende el sustento de más de 30 mil familias de todo el país.

Para contrarrestar los altos niveles de contaminación, se prohibió el uso de llantas, aceite, basura y residuos industriales como combustible para los hornos. Sólo desechos de madera y aserrín, a lo que se atribuye ahora la deforestación de la zona. Solamente sobreviven los pirules.


Una vida entre estiercol y tierra

Bajo la sombra de un pirul se resguarda un grupo de niños, luego de la larga jornada de trabajo. Desde allí se aprecia el mayor contraste: San Buenaventura, el proyecto más ambicioso del grupo ARA, un conjunto habitacional de 20 mil viviendas que lucen como recién pintadas, en colores azul, verde, rosa y naranja. Su barda perimetral la separa de la miseria de Hornos de Zoquiapan.

Luego de 40 años, los pobladores de Hornos de Zoquiapan han agotado la tierra. Pronto, dentro de uno o dos años, calculan, ya no habrá materia prima para trabajar. Entonces, la pequeña comunidad tendrá que desintegrarse y emigrar en busca de nuevos bancos de tierra.

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