Acceso a la información
Álvaro Cepeda

Con más de dos decenios de retraso, se ha reglamentado el derecho a la información. Ni entonces ni ahora ha sido una concesión.

Fue y es una conquista individual y colectiva de la nación, al entrar en plena vigencia este 12 de junio la Ley Federal de Transparencia y Acceso a la Información Pública Gubernamental. Y obliga, pues, a los tres poderes de la federación: Legislativo, Ejecutivo y Judicial, con sus respectivos órganos descentralizados, desconcentrados y con autonomía. De la Presidencia de la República, todas sus secretarías, su consejería jurídica; la secretaría particular y sus diversas oficinas de asesoría.

La citada ley reglamentaria, para facilitar el acceso a la información que posee y produce el supremo poder de la federación, fue iniciativa presidencial y que, discutida y aprobada por la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión –para obligar a los servidores públicos federales a proporcionar la información a todos los mexicanos que la soliciten--, contiene resabios autoritarios en la excesiva cantidad de arsenales que permanecerán bajo la secresía de información “reservada o confidencial”. Con todo, es un paso más hacia la democratización, por la vía de la liberalización de cuanto esté permitido obtener como información pasada y presente.

Para el ejercicio de las libertades de prensa, ese acceso a la información es fundamental. El periodismo de investigación tiene cientos de vetas para penetrar las minas vírgenes de los poderes públicos.

Los reporteros, al fin, podrán abrir la Caja de Pandora mexicana, clausurada por siglos, y averiguar, rastrear y examinar la información en sus fuentes para darla a conocer a la opinión pública. Eso permitirá fundamentar la información en la veracidad; con lo cual las reflexiones, sobre ese material, de analistas, columnistas y demás opiniones: orales, escritas y audiovisuales, tendrán mayores y mejores sustentos.

No obstante ese legal acceso a la información, que abarca investigar y pedir información; así como cuestionar más a fondo sobre el quehacer de los servidores públicos, no impide que el periodismo de investigación indague sobre actos y omisiones que los involucre, y que mayormente ahora con el acceso a la información, pretendan ocultarla bajo “las siete llaves” del manejo discrecional de que es “información reservada o confidencial”.

El que se facilite el acceso a la información no quiere decir que de la noche a la mañana los que detentan los poderes, vayan generosa, desprendidamente, a proporcionar toda la información solicitada. Habrá resistencias.

Así que los periodistas, cumpliendo con su deber, seguirán echando mano de los recursos permitidos por la ley y de los no prohibidos por ella, para continuar informando a la opinión pública.

Ésta necesita conocer y recibir la mayor información y “la información más importante que debe recibir el pueblo es la referente a la mala conducción del gobierno” (David M. O’Brien: El derecho a la información). Y sobre todo y ante todo, información sobre los abusos del poder, mediante el periodismo de investigación de la prensa como contrapoder.

cepedaneri@aol.com


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