Existe un gran
escándalo, actualmente, por libros aparecidos a propósito
de Marta Sahagún. El revuelo no es acerca del valor literario
o periodístico de las obras, sino más bien por los
temas que presentan: engaño, intriga, aprovechamiento de
la función pública, amor a contrapelo, nepotismo,
deseos de sobresalir a cualquier costo, brujería, dinero
para obtener complicidades y un largo etcétera que se resume
en los juegos del poder.
Estamos, pues,
ante textos que son de ocasión. Nada desechable en un país
donde los asuntos públicos eran soslayados por presiones
del gobierno. Pero que, en definitiva, no son lo más recomendable
para el lector que desea entender lo sucedido en un país
que se debate en una crisis de fondo y no encuentra muchas investigaciones
para tener idea cómo emprender un nuevo camino que le posibilite
un futuro promisorio y no oscuro como el que se vislumbra en los
próximos años.
Desde luego que
no estamos censurando los productos de Olga Wornat, La jefa (Grijalbo),
ni el de Rafael Loret de Mola, Marta (Océano). En una democracia
cada uno tiene el derecho de escribir lo que le venga en gana.
Para los diferentes libros existirá mercado. Pero, desde
luego, hay que hacer una recomendación: un lector aguzado
debe seleccionar correctamente en qué fijar sus ojos. No
puede entrarle a todo.
Hace tiempo el
poeta y ensayista, José Emilio Pacheco --quien afortunadamente
acaba de ganar el premio Ramón López Velarde-- decía
que si alguien se encerrara las 24 horas de toda su vida a leer,
seguramente podría decir satisfecho al final de sus días
que pudo tener el placer de haber devorado cinco mil volúmenes.
Cuestión, obviamente, imposible porque no hay patrocinador
para tal actividad.
Todos, sin excepción,
necesitamos trabajar para subsistir. Por su lado, el cáustico
Carlos Monsiváis, a propósito de la voluminosa novela
de Carlos Fuentes, Terra Nostra -- si no me equivoco-- dijo que
jamás se le ocurrió abrirla debido a que nadie le
había proporcionado una beca para que lo hiciera.
La selección,
en todas las cosas de la vida, ya lo apuntaba Charles Darwin,
es necesaria y posibilita que las especies subsistan. Hoy que
el video, la Internet y muchas otras posibilidades en la pantalla
atraen más que los libros, tenemos la obligación
de escoger mejor a lo que ponemos atención.
No se olvide que
la lectura no puede hacerse con displicencia ni a las voladas,
es un esfuerzo que reditúa en una mejor comprensión
del mundo.
Lo esencial de
lo incluido en el volumen que hizo la periodista argentina ya
fue reproducido en dos periódicos y una revista semanal.
Comentarios extras
los hemos encontrado en otros compañeros. Por ejemplo,
la visión del papá de Marta, según Guadalupe
Loaeza (Reforma, 20 de mayo). Los caminos de Loret de Mola son
conocidos por quienes le hemos metido el diente -- valga la metáfora--
a sus anteriores escritos.
Los tirajes donde
la señora Marta es la protagonista número uno, son
de 50 mil ejemplares. Quizá haya reimpresiones. Eso dependiendo
de la importancia que siga teniendo la agitada dama.
Para unos será
necesario entrar a las páginas donde la mujer de Los Pinos
es lo fundamental por razones de trabajo, otros por morbo, algunos
más debido a que es lo de moda y un número alto
por la publicidad que ha rodeado a las dos obras.
La lectura, empero,
debe ser más por gusto o necesidad de entender, que por
la estridencia del momento.