La soberanía
es el fundamento político de la seguridad nacional. Como
institución y concepto, la idea de soberanía tiene
una historia moderna que ha desembocado en el debate de nuestro
tiempo: ¿se necesita más o menos soberanía
para participar en la sociedad de mercado que ha impuesto el neoliberalismo
contemporáneo?
La respuesta está
en la convicción que sustenta cada sociedad. De esta suerte,
la posición flexible ha permitido la cohesión de los
estados en la Unión Europea, mientras que la posición
rígida conduce a complicados, tímidos o ventajosos
tratados internacionales. Desde luego, la mirada hacia el interior
y el exterior del Estado tiene percepciones diferentes.
El concepto de la
soberanía proviene del cuestionamiento sobre la legitimidad
del mando político que postuló magistralmente Juan
Bodino cuando estableció que la "República es
el justo gobierno de varias familias de lo que les es común,
con poder soberano". Desde este basamento descriptivo, el teórico
político del siglo XVI edificó la posición
magistral --una obra perfecta ha dicho Jean Jacques Chevalier--,
"la soberanía es el poder absoluto y perpetuo de una
República". La plausible idea de Bodino llegó
lozana al Siglo de las Luces, y la perfeccionaron Montesquieu y
Rousseau. El francés apuntó que la seguridad es la
explicación mejor de la libertad.
De aquí la
necesidad de establecer la división de los poderes. Y depositó
en el pueblo el gobierno, con su idea del ejercicio de la voluntad
general. En este sentido, el gobierno que surge del contrato social
ejerce su soberanía hacia el interior y el exterior del país.
Esta necesidad de
mantener el orden interno y defenderse de los otros países
da lugar a la creación de los agentes de la autoridad y los
mecanismos dedicados a preservar la seguridad nacional. El abanico
que puede abrirse, desde el desenfadado policía de barrio
hasta los centros de inteligencia con medios tecnológicos
avanzados, muestra una experiencia histórica y una realidad
que en países como México solamente indigna o atemoriza;
a veces por su maldad y deficiencia, y otras, por la falta de ortografía
en sus informes.
Los órganos
de seguridad tienen una profunda raíz policial a la mexicana.
En el pasado hubo policías que eran proverbialmente crueles.
Cuanto avanzaron con sus astucias y perversiones se reinventaron
en las élites de las fuerzas policiacas que sirven al poder.
Su fuerza, autorizada para todo, ha estado prácticamente
al margen de las instituciones jurídicas, y les ha permitido
toda clase de calamidades, en donde la corrupción es una
de las mejores y más constantes.
Prescrito o no el
ejercicio de los derechos, confiado a un fiscal cándido o
conocedor de los instrumentos y problemas cuya solución se
le ha asignado, lo cierto es que la información del pasado
muestra a los órganos y agentes de seguridad al servicio
del poder desmedido y dedicados con todo su ímpetu a reprimir
a las organizaciones políticas y los sectores académicos
o de opinión crítica. El desafío de las funciones
perduró hasta configurar los mecanismos normales de acción
para el deterioro de la vida colectiva de los mexicanos.
De conocer los peligros
que vienen del exterior mediante el trabajo leal y eficaz de los
servicios de inteligencia, muchos males pueden evitarse al país.
La frontera norte acumula personas y hechos que deben ser rigurosamente
investigados y vigilados, incluyendo a los propios agentes fronterizos
de la nación vecina. Los delitos contra la vida, la libertad
y la salud pública han dejado de ser asuntos estrictamente
penales para manifestarse como ataques profundos y serios contra
la soberanía mexicana, que sigue puntualmente la tesis tradicional
de los conceptos rígidos que no se transigen.