La foto de primera
plana en La Jornada (11 de abril) es impresionante y reveladora:
un individuo busca entre los estantes de la casa del viceprimer
ministro iraquí, Tarek Aziz, qué llevarse.
En el suelo hay
un reguero de papeles, libros y folletos sin importancia para
el vándalo. El saqueo en esa culta nación, donde
el número y el alfabeto fueron sagrados y motivo para el
desarrollo universal, es hoy lo generalizado. Claro, nadie con
necesidades primarias trataría de hurtar impresos, lo que
se pretende es obtener artículos considerados como joyas
--que no lo son-- o aquellos necesarios para lo elemental: agua,
comida, etcétera.
La turbamulta que
se echó a las calles con el beneplácito de los ejércitos
invasores no es vista con reprobación por la manipulada
televisión estadounidense --especialmente Fox y la CNN.
Más bien son los patriotas que esperaban el
momento de besar a las fuerzas extranjeras, mostrar su odio contra
el sátrapa Husein y hacer de la incultura el grito de democracia
y libertad.
Curioso, el mensaje
resulta aterrador: el desprecio a los libros, a la lectura por
parte de los bárbaros y las cadenas televisivas es claro,
contundente. Lo más grave es que existe sintonía
con la praxis de Los Pinos: no lea, vea la tele.
No está
de más señalar que uno de los últimos bastiones
de la resistencia en Bagdad fue la Universidad, no la llamada
Guardia Real del tirano. Como en muchos países invadidos,
los estudiantes y maestros se oponen a las llamadas fuerzas liberadoras
que tienen como objetivo hacer negocios por todos los medios posibles
e instaurar una democracia donde lo único importante es
el voto electoral.
De ninguna manera
impulsar cambios sociales: educación para todos, participación
popular en los medios de difusión, intervención
ciudadana en las decisiones gubernamentales, equilibrio de poderes
y acción abierta de los organismos civiles.
Algunos periodistas
que conocieron Iraq hablan maravillas de sus instituciones de
educación superior. Contaban con buenas instalaciones y
preparaban bien a sus egresados, dicen. Entre ellos los valientes
médicos que tanto bien hicieron en esta hora trágica.
Pero no debemos
olvidar que en las dictaduras, y la de Saddam lo fue, no brilla
el sol más que para algunos, los grupos importantes. Lo
que se necesita en el orbe es una revolución cultural seria
que abarque a todos. Seguramente por eso no hubo en Bagdad la
tan esperada insurrección popular contra los invasores.
Mientras el pueblo no sea partícipe de la lectura, de la
discusión --engendrada por el conocimiento-- y la toma
de decisiones, poco se habrá avanzado.
Que la destrucción
a las letras es cosustancial al intervencionismo lo recuerda el
maestro Mariano Albor. Cuenta que en Panamá, donde estuvieron
los gringos para destituir a Manuel Antonio Noriega, no dejaron
papeles que consultar.
La mayoría
fueron quemados. Luego de muchos esfuerzos internacionales --particulares
e institucionales-- fue posible recuperar parte de lo devastado.
En otros sitios donde hubo choques armados ha ocurrido lo mismo.
La letra no entra nunca con sangre. Más bien la violencia
lleva al exterminio de todo. Lo fundamental es construir, civilizar,
dialogar, pacificar y ampliar las responsabilidades.