Muerte a flor de piel
Por Ana Lilia Pérez
Foto: David Cilia

Una medida gubernamental hace medio siglo los confinó al leprosario de Zoquiapan. Desde entonces quedaron enterrados en vida y esperan resignados la muerte.

Ixtapaluca, Estado de México.- Por las mañanas salen a tomar el sol, a la vera de un árbol o frente a la puerta de su vivienda. Aprovechan que el frío se ha ido y disfrutan el viento fresco sobre su rostro, que muestra las huellas de la lepra, una enfermedad que marca la vida, más por la discriminación social que por las cicatrices en el cuerpo.

Son los internos -asilados, les dicen- del leprosario Doctor Pedro López, un hospital construido en 1940 para albergar a las víctimas de la enfermedad que desde la segunda década del siglo XX azotó al país.

Los primeros síntomas del mal son pequeñas manchas blanquecinas en la piel y úlceras. La evolución de la enfermedad conlleva afectación del sistema nervioso periférico, deterioro de las mucosas de vías respiratorias, disminución de la agudeza visual, incapacidad para cerrar los párpados, inflamación del iris de los ojos.

La enfermedad es muy cruel pues cuando no se controla afecta hasta el sistema óseo, se acortan los miembros, presentan rigidez e incluso se presenta la pérdida total de manos y pies.

En esa etapa de la enfermedad se producen dolores en todo el cuerpo que muchas veces conducen a la muerte.

Para la milenaria enfermedad no existía cura. En México, el gobierno decretó en 1930 el Reglamento Federal de Profilaxis de la Lepra que ordenaba el aislamiento de pacientes en leprosarios. Sus hijos tenían como destino casas de cuna. Se pensó que por aislamiento se detendría el contagio y quizá con el tiempo podría desaparecer.


Mural de la biblioteca del leprosario de Ixtapaluca

En un terreno de 34 hectáreas de la exhacienda de Zoquiapan, Estado de México, se fundó el leprosario: 33 pabellones para pacientes, oficinas administrativas, biblioteca, cocina, zona de patologías, peluquería, billar, panteón y hasta cárcel (por el alto índice de delitos).

Planeado originalmente para 450 internos llegó a albergar a 650, con graves problemas de hacinamiento y violencia. Una pequeña ciudad -entre cuyas paredes se concentraba el dolor de los marginados sociales- temida por la gente “de afuera”.

Hoy día se sabe que la lepra no es un castigo divino, sino una enfermedad infecciosa difícil de transmitir y aunque aún no se encuentra una vacuna para prevenirla, sí se puede controlar y curar desde sus primeros síntomas.

Según la Organización Mundial de la Salud, México ocupa el octavo lugar en América Latina en prevalencia de lepra y se considera que Sinaloa, Colima, Michoacán, Guanajuato y Guerrero son zonas endémicas.

Donde habita el olvido
Por acuerdo internacional, las leproserías fueron abolidas en 1955, cuando se descubrió que la lepra podía se combatida, mediante un tratamiento que no ameritaba hospitalización. Los internos del Hospital Doctor Pedro López tenían que salir, pero no lo hicieron.

Una parte de las instalaciones se transformó en hospital general, pero muchos leprosos continúan aquí. Ahora conocidos como pacientes de Hansen.
Actualmente quedan 32, todos en edad senil, quienes han visto transcurrir el tiempo con el cuerpo maltrecho cubierto de arrugas.

El hospital es dirigido por Alberto Lozano Gracia, quien asegura que entre los enfermos de Hansen asilados, no hay un solo caso de reactivación de lepra.
Además de las heridas producidas por la lepra mantienen a flor de piel el rencor contra quienes lo encerraron, en algunos casos con familia incluida, prescribieron rifampicina, clofazimina y sulfota de por vida, además de exámenes médicos cada seis meses.

Para el gobierno mexicano oficialmente la lepra está erradicada y por lo tanto no existe una partida dentro del presupuesto de salud para que los leprosos atendidos por el Estado cubran sus necesidades básicas, como ropa y calzado especial, que son indispensables por la pérdida o deformación de miembros.

La Secretaría de Salud no invierte tampoco en el tratamiento, los medicamentos son donados por los laboratorios suizos Novartis y la Fundación Sasakawa de Japón. En algunos a las secuelas de la lepra se suman otras de la edad: diabetes, enfermedades cardiovasculares e insuficiencia renal.

En el ejército
Dice que fue en el ejército donde adquirió el mal. A los 17 años se enlistó en el Escuadrón 208 de aviación e incluso presume haber pisado en el recién bombardeado Pearl Harbor, durante la Segunda Guerra Mundial.

Sin embargo, a los 27 años de edad, José Vargas León se encontró de frente con su peor enemigo: la lepra.


José Vargas León, dos combates

Peleó y salió airoso porque, pese a los daños, conserva cinco dedos en las manos y ambas piernas, a diferencia de la mayor parte de sus compañeros, a quienes la bacteria carcomió las extremidades y los dejó en silla de ruedas.
Llegó al leprosario el 31 de diciembre de 1953. Desde entonces es testigo de cientos de muertes de los 650 internos.

“Ahora mi piel es blanca, tan blanca como la de cualquiera”, dice efusivo.
En el leprosario, los pabellones miran a una enorme iglesia, el sitio principal del altar lo ocupa una imagen de José de Veuster, apóstol de los leprosos.

Vargas León se rehúsa a entrar, no cree en santos ni milagros. Cuando decidió profesar una religión, optó los Testigos de Jehová. Por las noches lee una Biblia que mantiene en una silla, a un costado de su cama.

La enorme construcción católica no le proporciona consuelo, como para otros asilados, pero sí la vieja peluquería, que atiende gustoso.

Aprendió a cortar el cabello en su natal El Varal, Michoacán. Allá lo hacía con tijeras, “aquí me dieron equipo especial, no muy bueno, pero la lucha se hace”. Una vez por semana procura cortar el cabello a los 18 hombres. Sólo se queja de Miguel, un invidente, que no quiere.

“No me gusta que anden peludos, como fui militar, me gusta el pelo cortito. A Miguel se le hacen unos rizos muy bonitos, pero no puede seguir así”.
También es mecánico automotriz, pero aquí se encarga del taller de sillas de ruedas, su mantenimiento y reparación.

Entre los enormes terrenos del leprosario se levantan nubes de polvo enfrentadas por cientos de cruces, casi todas de piedra. Las tumbas de niños y adultos, hombres y mujeres. Hay lugar para los 32 que quedamos, dice don José.

Señala la tumba de Rafael Govea, su antiguo compañero de habitación: ¡era un artista!, exclama.

Lo admiro sobre todo, porque a pesar de que la bacteria le carcomió ambas manos, amarraba un cincel a sus muñones para delinear las cruces que coronarían el último sepulcro de sus compañeros.

Aquella es la tumba de Cuco Sánchez.

¿El cantante?

No, otro Cuco, manejaba un camioncito para sacar toda la verdura que se daba por aquí. Yo trabajé con él hasta que murió en 1955.
Porfirio Villaseñor, Pedro Esperanza, Amelina Reza Dealmonte, Jesús Araujo Maldonado. Todos encerrados, aislados, enterrados y muertos en vida.

En el umbral del panteón, Vargas León repasa en voz alta sus recuerdos:
“Aquí había mucho soldado y casi todos andaban armados, el que no traía una daga traía pistola. Como sabían que iban a morir, se dedicaban a tomar.

Había un cabo que le quitó la mujer a su padrino. Una noche lo esperó el padrino, sacó una 45 y ¡paf, paf, paf!, lo mató.

Uno que era muy rico exigía brandy y jamón a los cuidadores, era muy exigente. Un día lo agarraron, le dieron un garrotazo en la cabeza y lo echaron vivo a una de las calderas.

Aquí conocí a mi esposa, yo nunca quise tener mujer, pero hace falta. Uno se pone malo y la mujer lo ve, esa es la cosa”, explica.

Vargas León fue dado de alta hace unos años, junto con su esposa abandonó el leprosario para criar a sus hijos, pero un día ella enfermó de nuevo y optaron por regresar.

Esther, sentada en una silla de ruedas, se asolea frente a la puerta de su casa. Es recelosa de los visitantes, trata de ocultar sus manos, carcomidas, deformes y sin dedos. Pese a la incapacidad puede cocinar y mantiene ella misma impecable su vivienda. Ante la insistencia de la reportera accede mostrar su casa.

Las paredes son blancas y llenas de luz. En una, cuelga una hilera de jarros y cazuelas de barro; junto a la ventana pende una jaula con dos canarios que revolotean trinando.

Originaria de Aguascalientes, fue asilada en 1963, cuando tenía 20 años de edad. Aquí se casó y procreó siete hijos. La menor de la familia trabaja en el voluntariado del hospital. Su marido en el leprosario.

En el fondo del terreno está la prisión con sus 30 celdas, custodiada desde hace varios años por Eutimio Genchi Ruiz, quien cuenta que el último preso fue Nicanor El Morro, recluido por escandaloso y borracho.


Eutimio Genchi, el último carcelero

Genchi llegó a la edad de 8 años, una década después lo dieron de alta y se trasladó a la ciudad de México para incorporarse a la Policía Judicial Federal.
Tras 14 años, comenzó a sentir escalofríos, fiebre, debilidad en manos y piernas y el dolor en todo el cuerpo. Síntomas por él conocidos.

Cuenta que el comandante Arturo Godínez Reyes, al conocer los análisis médicos, lo dio de baja de inmediato con la advertencia “no te me acerques porque me contagias” y “quédate con las placas porque ya están contaminadas”.

No recibió tratamiento médico y a pesar de ser derechohabiente nunca recibió una sola incapacidad. Durante cinco años se refugió en el alcohol, hasta que perdió ambos pies. Desde entonces vive confinado en una silla de ruedas.

En la biblioteca, un mural de Arturo Durand, retrata el dolor de los leprosos en todo el mundo, igual que los asilados del leprosario Doctor Pedro López, algunos de los cuales sirvieron de conejillos de indias al Instituto Nacional de Enfermedades Tropicales, que durante décadas buscaron una cura

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