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Ixtapaluca,
Estado de México.- Por las mañanas salen
a tomar el sol, a la vera de un árbol o frente
a la puerta de su vivienda. Aprovechan que el frío
se ha ido y disfrutan el viento fresco sobre su rostro,
que muestra las huellas de la lepra, una enfermedad
que marca la vida, más por la discriminación
social que por las cicatrices en el cuerpo.
Son
los internos -asilados, les dicen- del leprosario
Doctor Pedro López, un hospital construido
en 1940 para albergar a las víctimas de la
enfermedad que desde la segunda década del
siglo XX azotó al país.
Los
primeros síntomas del mal son pequeñas
manchas blanquecinas en la piel y úlceras.
La evolución de la enfermedad conlleva afectación
del sistema nervioso periférico, deterioro
de las mucosas de vías respiratorias, disminución
de la agudeza visual, incapacidad para cerrar los
párpados, inflamación del iris de los
ojos.
La
enfermedad es muy cruel pues cuando no se controla
afecta hasta el sistema óseo, se acortan los
miembros, presentan rigidez e incluso se presenta
la pérdida total de manos y pies.
En
esa etapa de la enfermedad se producen dolores en
todo el cuerpo que muchas veces conducen a la muerte.
Para
la milenaria enfermedad no existía cura. En
México, el gobierno decretó en 1930
el Reglamento Federal de Profilaxis de la Lepra que
ordenaba el aislamiento de pacientes en leprosarios.
Sus hijos tenían como destino casas de cuna.
Se pensó que por aislamiento se detendría
el contagio y quizá con el tiempo podría
desaparecer.

Mural de la biblioteca del
leprosario de Ixtapaluca |
En
un terreno de 34 hectáreas de la exhacienda
de Zoquiapan, Estado de México, se fundó
el leprosario: 33 pabellones para pacientes, oficinas
administrativas, biblioteca, cocina, zona de patologías,
peluquería, billar, panteón y hasta
cárcel (por el alto índice de delitos).
Planeado
originalmente para 450 internos llegó a albergar
a 650, con graves problemas de hacinamiento y violencia.
Una pequeña ciudad -entre cuyas paredes se
concentraba el dolor de los marginados sociales- temida
por la gente de afuera.
Hoy
día se sabe que la lepra no es un castigo divino,
sino una enfermedad infecciosa difícil de transmitir
y aunque aún no se encuentra una vacuna para
prevenirla, sí se puede controlar y curar desde
sus primeros síntomas.
Según
la Organización Mundial de la Salud, México
ocupa el octavo lugar en América Latina en
prevalencia de lepra y se considera que Sinaloa, Colima,
Michoacán, Guanajuato y Guerrero son zonas
endémicas.
Donde
habita el olvido
Por acuerdo internacional, las leproserías
fueron abolidas en 1955, cuando se descubrió
que la lepra podía se combatida, mediante un
tratamiento que no ameritaba hospitalización.
Los internos del Hospital Doctor Pedro López
tenían que salir, pero no lo hicieron.
Una
parte de las instalaciones se transformó en
hospital general, pero muchos leprosos continúan
aquí. Ahora conocidos como pacientes de Hansen.
Actualmente quedan 32, todos en edad senil, quienes
han visto transcurrir el tiempo con el cuerpo maltrecho
cubierto de arrugas.
El
hospital es dirigido por Alberto Lozano Gracia, quien
asegura que entre los enfermos de Hansen asilados,
no hay un solo caso de reactivación de lepra.
Además de las heridas producidas por la lepra
mantienen a flor de piel el rencor contra quienes
lo encerraron, en algunos casos con familia incluida,
prescribieron rifampicina, clofazimina y sulfota de
por vida, además de exámenes médicos
cada seis meses.
Para
el gobierno mexicano oficialmente la lepra está
erradicada y por lo tanto no existe una partida dentro
del presupuesto de salud para que los leprosos atendidos
por el Estado cubran sus necesidades básicas,
como ropa y calzado especial, que son indispensables
por la pérdida o deformación de miembros.
La
Secretaría de Salud no invierte tampoco en
el tratamiento, los medicamentos son donados por los
laboratorios suizos Novartis y la Fundación
Sasakawa de Japón. En algunos a las secuelas
de la lepra se suman otras de la edad: diabetes, enfermedades
cardiovasculares e insuficiencia renal.
En
el ejército
Dice que fue en el ejército donde adquirió
el mal. A los 17 años se enlistó en
el Escuadrón 208 de aviación e incluso
presume haber pisado en el recién bombardeado
Pearl Harbor, durante la Segunda Guerra Mundial.
Sin
embargo, a los 27 años de edad, José
Vargas León se encontró de frente con
su peor enemigo: la lepra.

José Vargas León,
dos combates |
Peleó
y salió airoso porque, pese a los daños,
conserva cinco dedos en las manos y ambas piernas,
a diferencia de la mayor parte de sus compañeros,
a quienes la bacteria carcomió las extremidades
y los dejó en silla de ruedas.
Llegó al leprosario el 31 de diciembre de 1953.
Desde entonces es testigo de cientos de muertes de
los 650 internos.
Ahora
mi piel es blanca, tan blanca como la de cualquiera,
dice efusivo.
En el leprosario, los pabellones miran a una enorme
iglesia, el sitio principal del altar lo ocupa una
imagen de José de Veuster, apóstol de
los leprosos.
Vargas
León se rehúsa a entrar, no cree en
santos ni milagros. Cuando decidió profesar
una religión, optó los Testigos de Jehová.
Por las noches lee una Biblia que mantiene en una
silla, a un costado de su cama.
La
enorme construcción católica no le proporciona
consuelo, como para otros asilados, pero sí
la vieja peluquería, que atiende gustoso.
Aprendió
a cortar el cabello en su natal El Varal, Michoacán.
Allá lo hacía con tijeras, aquí
me dieron equipo especial, no muy bueno, pero la lucha
se hace. Una vez por semana procura cortar el
cabello a los 18 hombres. Sólo se queja de
Miguel, un invidente, que no quiere.
No
me gusta que anden peludos, como fui militar, me gusta
el pelo cortito. A Miguel se le hacen unos rizos muy
bonitos, pero no puede seguir así.
También es mecánico automotriz, pero
aquí se encarga del taller de sillas de ruedas,
su mantenimiento y reparación.
Entre
los enormes terrenos del leprosario se levantan nubes
de polvo enfrentadas por cientos de cruces, casi todas
de piedra. Las tumbas de niños y adultos, hombres
y mujeres. Hay lugar para los 32 que quedamos, dice
don José.
Señala
la tumba de Rafael Govea, su antiguo compañero
de habitación: ¡era un artista!, exclama.
Lo
admiro sobre todo, porque a pesar de que la bacteria
le carcomió ambas manos, amarraba un cincel
a sus muñones para delinear las cruces que
coronarían el último sepulcro de sus
compañeros.
Aquella
es la tumba de Cuco Sánchez.
¿El cantante?
No,
otro Cuco, manejaba un camioncito para sacar toda
la verdura que se daba por aquí. Yo trabajé
con él hasta que murió en 1955.
Porfirio Villaseñor, Pedro Esperanza, Amelina
Reza Dealmonte, Jesús Araujo Maldonado. Todos
encerrados, aislados, enterrados y muertos en vida.
En el umbral del panteón, Vargas León
repasa en voz alta sus recuerdos:
Aquí había mucho soldado y casi
todos andaban armados, el que no traía una
daga traía pistola. Como sabían que
iban a morir, se dedicaban a tomar.
Había un cabo que le quitó la mujer
a su padrino. Una noche lo esperó el padrino,
sacó una 45 y ¡paf, paf, paf!, lo mató.
Uno que era muy rico exigía brandy y jamón
a los cuidadores, era muy exigente. Un día
lo agarraron, le dieron un garrotazo en la cabeza
y lo echaron vivo a una de las calderas.
Aquí conocí a mi esposa, yo nunca quise
tener mujer, pero hace falta. Uno se pone malo y la
mujer lo ve, esa es la cosa, explica.
Vargas León fue dado de alta hace unos años,
junto con su esposa abandonó el leprosario
para criar a sus hijos, pero un día ella enfermó
de nuevo y optaron por regresar.
Esther, sentada en una silla de ruedas, se asolea
frente a la puerta de su casa. Es recelosa de los
visitantes, trata de ocultar sus manos, carcomidas,
deformes y sin dedos. Pese a la incapacidad puede
cocinar y mantiene ella misma impecable su vivienda.
Ante la insistencia de la reportera accede mostrar
su casa.
Las
paredes son blancas y llenas de luz. En una, cuelga
una hilera de jarros y cazuelas de barro; junto a
la ventana pende una jaula con dos canarios que revolotean
trinando.
Originaria
de Aguascalientes, fue asilada en 1963, cuando tenía
20 años de edad. Aquí se casó
y procreó siete hijos. La menor de la familia
trabaja en el voluntariado del hospital. Su marido
en el leprosario.
En
el fondo del terreno está la prisión
con sus 30 celdas, custodiada desde hace varios años
por Eutimio Genchi Ruiz, quien cuenta que el último
preso fue Nicanor El Morro, recluido por escandaloso
y borracho.

Eutimio Genchi, el último
carcelero |
Genchi
llegó a la edad de 8 años, una década
después lo dieron de alta y se trasladó
a la ciudad de México para incorporarse a la
Policía Judicial Federal.
Tras 14 años, comenzó a sentir escalofríos,
fiebre, debilidad en manos y piernas y el dolor en
todo el cuerpo. Síntomas por él conocidos.
Cuenta
que el comandante Arturo Godínez Reyes, al
conocer los análisis médicos, lo dio
de baja de inmediato con la advertencia no te
me acerques porque me contagias y quédate
con las placas porque ya están contaminadas.
No
recibió tratamiento médico y a pesar
de ser derechohabiente nunca recibió una sola
incapacidad. Durante cinco años se refugió
en el alcohol, hasta que perdió ambos pies.
Desde entonces vive confinado en una silla de ruedas.
En
la biblioteca, un mural de Arturo Durand, retrata
el dolor de los leprosos en todo el mundo, igual que
los asilados del leprosario Doctor Pedro López,
algunos de los cuales sirvieron de conejillos de indias
al Instituto Nacional de Enfermedades Tropicales,
que durante décadas buscaron una cura
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