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Calumnias,
mentiras, infamias, injurias, ofensas, difamaciones
e intromisiones en la vida privada figuran hoy como
ingredientes esenciales de las campañas políticas
federales y locales, a pesar de ser prácticas
tipificadas como delitos por el Código Federal
de Instituciones y Procedimientos Electorales (Cofipe).
Ni
siquiera el Instituto Federal Electoral (IFE), con
facultades jurídicas para sancionar a los infractores,
ha logrado meter a control a los partidos políticos
para que se abstengan de lanzar diatribas que sólo
minan el proceso de transición a la democracia
y banalizan la política.

La norteamiricanización
de la política |
Es
el auge del marketing político en México
-la norteamericanización de la política-,
una nueva forma de hacer proselitismo que ha hipnotizado
por igual a todos los partidos, en una sociedad donde
gana más adeptos la imagen de un candidato,
prefabricada o real, que los proyectos de gobierno.
El
elector como mercado, los partidos como marcas, los
candidatos como productos y los gobiernos como empresas,
esa es la concepción consumista del marketing
político que domina hoy los procesos electorales...
Es el ocaso del discurso político, juzga
Francisco Montero, director de la agencia en comunicación
política Grupo Mensaje.
El
boom de esta herramienta de mercado en México
-añade- se debe a la ignorancia de los políticos
sobre el manejo de la comunicación y la avidez
de los publicistas o mercadólogos políticos.
Es el oportunismo de unos y la estupidez de otros,
en un juego en el que el elector es engañado
y manipulado (no sé si de buena fe o de manera
perversa) para votar por alguien que no necesariamente
es el más apto para gobernar, porque el marketing
político sustituye la inteligencia, el talento
y las capacidades por la habilidad de saber qué
es lo que la gente necesita.
Por
su parte, el doctor Jaime Cárdenas, Consejero
del Instituto Federal Electoral (IFE), reconoce que
estas campañas utilizadas sólo para
denostar a los candidatos y partidos contrincantes
le causan un grave daño a la democracia.
La
descalificación entre candidatos y partidos
-dice- está haciendo que los ciudadanos se
sientan muy lejanos de su clase gobernante. Los ataques
atentan contra la democracia porque promueven niveles
de abstencionismo importantes.
Hoy
en día necesitamos procesos electorales más
participativos para terminar de convertir la cultura
autoritaria por una cultura democrática, pero
cómo lo vamos a lograr si en los ejercicios
de los últimos años los ciudadanos ven
a una clase política indeseable o no adecuada.
Ante
esta situación, augura que en los comicios
federales del 6 de julio se espera un alto nivel de
abstencionismo no sólo provocado por la oleada
de campañas agresivas que han caracterizado
los procesos electorales de los últimos cuatro
años, sino también por los escándalos
políticos del Pemexgate y los Amigos de Fox,
además del natural descenso de participación
en elecciones intermedias.
Definitivamente
el marketing político no siempre concilia o
apoya a la participación ciudadana, ataja.
Gisela Rubach, mercadóloga política
y directora de Consultoría y Marketing
Político,
coincide con el Consejero pero considera que el problema
no es el marketing, la técnica, sino la ética
y responsabilidad de los publicistas, que la mayoría
de las veces responde a intereses económicos.
La
discusión es si este tipo de campañas
matan a la política, porque cada vez se confirma
más que una campaña es una guerra en
la cual se busca el poder, todo lo demás es
complementario. El marketing político está
quedando como el malo de la película porque
se trata de encontrar a un culpable.
Marketing
vs. ideología
La crítica más severa en torno a esta
nueva forma de hacer política electoral es
que los candidatos han sustituido los planteamientos
ideológicos y las plataformas de gobierno por
la promoción de la imagen (inventada o prefabricada
con los parámetros de moda), la denostación
del contrincante, el espectáculo político
y, sobre todo, las promesas a cada sector de la población
de acuerdo a lo que quiere oír, explotando
sus necesidades insatisfechas, todo a través
del uso primordial de los medios de comunicación
electrónicos.
Un
mercadeo de la política del que se han beneficiado
los publicistas, convertidos en gurús electorales
que cobran cifras estratosféricas por rediseño
de imagen, sondeos de opinión (con los que
determinan desde el atuendo del candidato hasta las
promesas de campaña) y spots de 20 segundos
en radio y televisión que sólo alcanzan
para agredir al oponente o para explotar las frustraciones
de la ciudadanía.
Junto
con ellos también los medios electrónicos
han hecho su agosto de estas campañas,
principalmente la televisión, que por su impacto
masivo y capacidad de manipulación es vista
como la mejor arena para ataques y denotaciones. Según
datos del IFE tan sólo en la pasada contienda
presidencial los partidos políticos compraron
540 horas de tiempo en radio y televisión.
En ello ocuparon el 70% del dinero obtenido por aportaciones
privadas y el financiamiento del Estado.
Ahora
son vistas con desprecio las tradicionales arengas
ideológicas, las mítines multitudinarios
y los baños de pueblo de los candidatos,
que, según los publicistas, nunca tendrán
la gran penetración que se logra con un buen
spot en el horario impacto, como el de las telenovelas.
Es
el cambio del fondo por la forma, arguyen los especialistas.
Una herencia más de Estados Unidos que de manera
incipiente comenzó a aplicarse en México
en la década de los 90s con las campañas
políticas de Arturo Montiel y Roberto Madrazo,
y que años más tarde consolidó
Vicente Fox en la contienda presidencial del 2000.
A partir de entonces, nadie frena al marketing político
y e inclusive entre candidatos la consigna es que
nadie gana una elección si no recurre a él.
El
especialista Francisco Montero, quien próximamente
publicará el libro Marketing vs. Ideología,
los mercenarios de la imagen, señala que esta
relativamente nueva herramienta se aprovecha de la
ignorancia y las necesidades de la gente a quien van
dirigidos los mensajes.
Un
caso claro -ejemplifica- fue el triunfo de Vicente
Fox, quien a lo mejor es una buena persona pero la
política no se construye con buena voluntad.
Hay que tener un proyecto, capacidad, visión
y estudios. Fox ganó porque efectivamente es
un representante auténtico del pueblo mexicano,
que tiene una enorme cantidad de analfabetas funcionales,
que sabrán leer y escribir pero que carecen
de capacidad crítica.
Pero
Gisela Rubach defiende al marketing con el argumento
de que el problema no es la técnica sino los
excesos en que se han caído al aplicarla.
Estamos satanizando al marketing político
cuando nadie lo entiende, en realidad es un medio
no un fin en la política, es una herramienta
que únicamente te permite dar a conocer a un
candidato, su oferta, su propuesta, posicionarlo y
determinar los elementos de comunicación.
El
marketing político, hay que entenderlo, no
resuelve problemas, no cumple promesas de campaña.
La discusión no debe centrarse en la herramienta
sino hasta dónde llega la ética de los
publicistas y de los encuestadores que manipulan una
serie de aspectos de las campañas.
A su
entender, el problema del marketing en México
es que se sigue copiando el esquema norteamericano
de campañas negativas y no de propuestas, porque
se cree que si no se ataca al contrincante la campaña
no calienta, no levanta.
El
gran debate al que debemos entrar mercadólogos,
políticos y autoridades -expone- es saber qué
es lo prioritario, las campañas negativas,
las contracampañas o las propuestas. Estamos
perdiendo de vista que lo que le interesa al elector
es cómo el candidato le va a resolver sus problemas
y eso es lo que menos se plantea en una contienda.
Y reconoce:
Es un show, a la gente le gusta el show y cada
vez se está convirtiendo más en un show
y el que lo haga mejor es el que va a ganar, ya lo
vimos en las elecciones del 2000.
Delitos
electorales
Sin embargo los excesos vistos hasta el momento podrían
quedar rebasados en las campañas para diputados
federales que iniciarán a mediados de abril,
al ser considerada una elección que, la mayoría
de las veces, proyecta los resultados de la próxima
contienda presidencial.
Consciente
del riesgo de un grave abstencionismo si se agudizan
las diatribas ente los candidatos, el doctor Jaime
Cárdenas considera urgente que el IFE ponga
una sanción ejemplar lo suficientemente fuerte
que frene estos ataques entre candidatos y partidos.
No
podemos quedarnos al margen de esta situación
que sólo afecta a la democracia, en el IFE
debemos ser más exigentes y así evitar
que los partidos y los candidatos hagan lo que quieran.
En nuestras manos está ponerles el freno,
advierte.
Inclusive
plantea la posibilidad de que en su condición
de consejero electoral interponga antes o durante
la campaña federal un procedimiento oficioso
para castigar a los partidos que continúen
con las campañas de ataques, de manera similar
al que presentó en contra el presidente Vicente
Fox por declarar a la agencia alemana de noticias
DPA que si el PRI obtenía la mayoría
en la Cámara de Diputados habría un
retroceso democrático en el país, que
se espera sea resuelta en las próximas semanas.
Es
así que en materia del marketing político
candidatos y partidos no son inmunes, toda vez que
el Código Federal de Instituciones y Procedimientos
Electorales (Cofipe), en su artículo 38 párrafo
1 inciso P , establece que es obligación de
los partidos abstenerse de cualquier expresión
que implique diatriba, calumnia, infamia, injuria,
difamación o que denigre a los ciudadanos,
a las instituciones públicas o a otros partidos
políticos y a sus candidatos, particularmente
durante las campañas electorales y en la propaganda
política que se utilice durante las mismas.
Además,
en su artículo 185 marca que la propaganda
que en el curso de una campaña difundan por
medios gráficos los partidos políticos,
las coaliciones y los candidatos, no tendrán
más límite, en los términos del
artículo 7o. de la Constitución, que
el respeto a la vida privada de candidatos, autoridades,
terceros y a las instituciones y valores democráticos.
Las
sanciones, comenta Cárdenas, son las mismas
que para cualquier violación a la ley electoral,
desde la amonestación, pasando por la multa
de 50 a 5 mil días de salario mínimo,
la reducción de hasta el 50% de los recursos
públicos o la supresión total de las
ministraciones en su caso y hasta la suspensión
del registro del partido.
No
obstante, precisa que los medios represivos
nunca son suficientes ni convenientes y apela
a la conciencia de partidos y candidatos para asumir
una actitud distinta.
Debemos
lograr que los partidos difundan sus plataformas electorales
y documentos básicos, tal como lo establece
el artículo 182 del Cofipe, al menos que el
50% del proselitismo vaya en este camino, con lo que
todos saldríamos beneficiados, tanto los partidos,
que a largo plazo verán afectada su legitimidad
si siguen con estas prácticas, como los ciudadanos,
que inclusive pueden presentar una denuncia ante las
autoridades electorales para iniciar el proceso de
sanción.
-¿Cómo
establecer parámetros que determinen cuándo
es una calumnia, una injuria, una difamación
o una intromisión en la vida privada?
-Aquí
veo un arma de doble filo, porque en la discusión
de fondo de este asunto están los límites
de la libertad de expresión. Saber hasta dónde
debe garantizarse esa libertad y cuál es el
límite que tiene en la vida política,
eso es lo complicado. Desde luego estoy a favor de
la libertad de expresión en un sentido muy
amplio, pero entiendo que también debe tener
restricciones dentro de lo jurídicamente permitido.
Creo que en el caso de las campañas electorales
dependerá de cada caso concreto.
Debemos
estar conscientes, tanto autoridades electorales como
partidos, que si se restringe la libertad de expresión
se acabó la democracia, pero que si se mantiene
una irrestricta libertad de expresión también
se acaba la democracia, porque se pierde la confianza
en la clase política, concluye.
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