Un misil Tomahawk
cuesta 1.5 millones de dólares. Estados Unidos destina
447.5 mil millones de monedas de dólar para su presupuesto
militar.
En la situación
actual, el gobierno de Bush ha pedido al Congreso que le destine
otros 80 mil millones de inestables billetes para su aventura
en el Medio Oriente. Pero debido a que las finanzas estatales
tienen un déficit de 350 mil millones de dólares,
próximamente se emitirán bonos del tesoro para intentar
evitar una explosión en la bolsa neoyorquina.
Las cifras podrían
continuar, pero las dadas son una muestra de que el dinero en
muchas partes del mundo, especialmente en Estados Unidos, se destina
no a la paz, a la solución política de los conflictos
y a la edificación de los mejores valores del ser humano
sino a la violencia.
Por cierto, proclamándose
diariamente un Estado pacifista, México eroga más
de 40 mil millones de pesos anuales en armarse no sabemos para
qué. Antes, las administraciones represivas del PRI necesitaban
tener contentos a los militares. Éstos y la policía
hicieron el trabajo sucio en muchas ocasiones.
Actualmente, es
cierto, las fuerzas armadas tienen que luchar contra el flagelo
del narcotráfico. Pero ¿será necesario tanto
dinero para esas funciones cuando existen programas culturales
y sociales a los cuales se les niegan los recursos indispensables?
Cuestión de hacer una nueva proyección de lo que
desea nuestro país, el cual no se puede dedicar a cuidarle
las espaldas al vecino del Norte sin recibir compensaciones.
Si descubrimos
cuánto invierten los diferentes países belicistas
en cultura, encontraremos que el segundo aspecto (la espiritualidad)
no llega ni al 2 por ciento del primero (armas). Es decir, en
cada nación lo importante es estar preparados para el enfrentamiento,
y no la difusión de la esencia del hombre, la cultura,
especialmente los libros.
En la guerra de
la ex Yugoslavia una de las víctimas fue la
Biblioteca Nacional, donde quedaron incinerados cientos de manuscritos
irrecuperables (ver la película Bienvenido a Sarajevo).
En Irak, varias edificaciones de los primeros siglos de nuestra
era han sido dañadas o destruidas por los bombardeos
inteligentes de Tomahawks, que se notan no son tan precisos
como menciona la propaganda yanqui.
También
arrasaron con miles de impresos. Claro, la principal desgracia
es que muchos ciudadanos han caído bajo la metralla de
ambos lados, lo que resulta más espeluznante porque los
libros sin lectores no sirven para nada.
No hay que olvidar
que en la guerra la manipulación es fundamental. Y esta
forma de manejar a los ciudadanos se da, básicamente, a
través de la televisión, la cual da noticias sesgadas,
parciales, acordes con el gobierno en turno (lo mismo en Estados
Unidos, Irak o México).
Por tanto, otra
importancia de la lectura es ir descubriendo cómo en realidad
ocurren los acontecimientos, cuáles son los intereses en
conflicto y de qué manera evitar las trampas que nos tienden
las fuerzas que luchan por la hegemonía.
La guerra, entonces, demuestra el desprecio al lector de mil maneras.
No lo permitamos. Informémonos a fondo de lo que ocurre
en esta hora.