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Lector
Los miserables

El banquero amigo de Voltaire se lamentaba con el filósofo: “Somos unos ricos pobres”. Es decir, apenas unos miserables. Cada tiempo dibuja el perfil de los hombres del dinero.

Así ha sido siempre. Personajes que pueden extender la mano sobre los patrimonios ajenos para darles movimiento y circular la riqueza entre la trama complicada de los hechos y los conceptos económicos. De su oficio se desprende con frecuencia infortunios colectivos. Y sin embargo siguen siendo imprescindibles.

Sus habilidades y ambiciones indiscutibles han propiciado que el cambio político de las sociedades construya estructuras institucionales más sólidas y complejas y normas nacionales e internacionales que impidan el relajamiento o la destrucción de los sistemas financieros.

Los banqueros mexicanos vivieron cómodamente la estabilidad que les brindó la anciana dictadura porfirista. Libraron con astucia las vicisitudes violentas de la Revolución. Y después disfrutaron de las bondades del desarrollismo pos-revolucionario.

Además de riqueza y posición social, entendieron que sin vinculaciones con el poder político era imposible avanzar. Su mundo era en gran medida pintoresco: los viajes, los restaurantes pretenciosos; las páginas de sociales; su imagen opulenta pudo apreciarse en los primeros tiempos de la televisión o en aquellos curiosos y breves noticiarios cinematográficos que los convertía en los protagonistas superiores de la felicidad social. Sin abandonar la sonoridad de sus nombres cómicamente nobiliarios... a la mexicana.

No cumplían con el retrato de Saccard, el banquero arquetípico de Emile Zola, que vivía en el palacio del parque parisino de Monceau. Apenas lograron inspirar la caricatura lineal e intensa de Gastón Billetes que Abel Quezada legó para la posteridad. Eran los banqueros del Estado bienestar: todo operaba en su favor. Por eso, cuando recibieron el impacto de la última decisión de este sistema político estaban desprevenidos e impreparados para ser desapropiados de sus bancos.

Pocos años después, cuando el Estado mexicano intentó su transformación de bienestante al liberar, y se decidió la reincorporación al sector privado del sistema bancario, las omisiones, entonces, fueron de la autoridad. La imprevisión fue una culpa manifiesta de quienes ejercían los poderes ejecutivo y legislativo. La experiencia y los análisis recomendaban fortalecer las instituciones normativas y orgánicas para prevenir el advenimiento de una nueva clase bancaria que, navegando en la más revuelta de la transición, sería propensa a la desmesura y a la corrupción. Ante el cambio no podía conservarse, sin riesgos, las autoridades, los organismos, y las leyes que trataban a los banqueros con la suavidad que imponía la vinculación de la política con la economía.

La creación posterior e inútil del Fondo Bancario de Protección al Ahorro y la transformación vertiginosa de fideicomiso a organismo para constituir el Instituto de Protección al Ahorro Bancario, confirmaron los descuidos para prevenir.

La desincorporación propició el que los viejos banqueros fueran excluidos. Algunos de ellos todavía escuchaban el anatema que los expulsó del paraíso: “Ya nos saquearon y no volverán a saquearnos”. Los reclutas vinieron a la oportunidad de la transición del campo financiero: cambistas, bolsistas, unionistas; otros de los sectores prestadores de servicios: transportistas, hoteleros o productores agropecuarios.

La situación actual de la banca con inversores extranjeros confirman también que el gobierno y estos banqueros tampoco estaban preparados para asumir sus funciones en los márgenes de la nueva sociedad con inquietudes liberales.
Se perdió la credibilidad. Los pecados fueron más allá de las violaciones morales para convertirse en abuso y violación de la ley. Y en términos políticos quisieron hacerle cosquillas a la historia. Algunos de los aspirantes fueron derrotados por sus fantasías.

Los nombres de estos soñadores pasaron de la admiración a la reprobación social: Carlos Cabal Peniche, Jorge Lankenau Rocha, Ángel Isidoro Rodríguez Sáez, José Gaspar Espinosa Lugo, Eduardo Mariscal, José Luis Gutiérrez Zepeda, José Ortiz Martínez, Luis Yánez de la Barrera, Eduardo Mariscal, Eduardo Mariscal Barrios y José Madariaga, por referir solamente algunos que poseyeron aviones poderosos, yates de lujo y oficinas de ensueño.

Son de los que se gastaron las ganancias antes de obtenerlas. Prácticamente todos se vieron envueltos en procedimientos penales, cuyos resultados siempre fueron sospechosos por la fragilidad de las leyes penales bancarias, la incapacidad de las autoridades investigadoras y la siempre presente sombra de la corrupción.

Uno de los casos más representativos, desde la perspectiva histórica y política, es probablemente el de Carlos Cabal Peniche. Las decisiones que tomó para labrar su elevación y caída tuvieron como punto de partida las recomendaciones de un actor que se pierde entre la penumbra del fracaso de la transición bancaria: Jaques Charveriat.

Este religioso con aires renacentistas, le señaló las cuatro estaciones del nuevo banquero liberal: el poder político; la alimentación, el vestido y el tiempo libre. Por ello, buscó la simpatía y el abrigo del presidente de la República en turno y de los funcionarios de más alto nivel con influencia en la banca y las finanzas.

Se involucró en la compra de productos Del Monte; el Grupo Covarra, con todo y High Life que declinaba vertiginosamente y, finalmente, el sector hotelero que incluía las instalaciones de la cadena Camino Real. Al igual que en el grupo Havre, de Banco Unión y Cremi tenía para su funcionamiento mecánicas rudimentarias.

Por ejemplo, creó la figura de los intermediarios para hacer llegar créditos a terceros, generalmente, sus allegados y empresas. El tinglado era frágil y complejo: llevó al exilio al banquero y su familia; su consejero jurídico estuvo preso en España para efectos de extradición; sus hombres de confianza fueron condenados porque se consideró que sus prácticas bancarias eran delictuosas, alguno sigue en prisión.

Otros vieron en peligro sus negocios y patrimonios con riesgos incluso familiares. La fantasía de Carlos se estrelló en la realidad de Cabal Peniche.
Banqueros y funcionarios del gobierno, bancos y organismos públicos durante la transición política confirmaron que el Estado mexicano carecía de instituciones sólidas para defenderse del abuso o de la corrupción. La imprevisión alejó la fortuna y, entonces trajo, Lector, a los miserables.

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