Alta Frivolidad:
Choco habemus

Por José Luis López

De acuerdo con los registros, el primer personaje de la historia occidental en beberse una sopa de chocolate fue Hernán Cortés, allá por el año 1519.

No fue de su propio chocolate pero, para más datos, la escena ocurrió en el palacio de Moctezuma y aunque en sentido figurado se la sirvió el mandamás azteca, echando a volar la imaginación podemos suponer que tal honor corrió a cargo de una nativa de cadencioso andar que dio pie a un diálogo para la posteridad:

--Si como las mueve lo bate...
--¡Qué rico "xocoatl"!

Del "agua amarga" (significado del término náhuatl "xocoatl") de aquel entonces a nuestros días ha corrido mucho chocolate. El "theobroma cacao" o árbol del cacao es cultivado en estas tierras desde hace más de tres milenios.

Aztecas, mayas y toltecas encontraron que, además de su uso como moneda, servía para preparar una bebida rica en carbohidratos con efectos estimulantes gracias a la presencia de sustancias alcaloides y cafeína.

Mucho es el chocolate que ha corrido en estos siglos y ese producto ha estado relacionado en forma íntima con la vida nacional, desde el "chocolatote" de "Cachirulo" y los inicios de la televisión mexicana hasta el "agua para chocolate" que llevó a los electores a expulsar al PRI de Los Pinos, pasando por el "toma chocolate, paga lo que debes" de la banca internacional o "las cuentas claras y el chocolate espeso" cada vez que el subdesenrollo amenaza con la moratoria.

El "darle" a los enemigos una "sopa de su propio chocolate", en tanto, es cosa no del mundo de las finanzas mundiales o de la "realpolitik", sino de las caricaturas y de los dominios de "Foxilandia", emparentado por vía directa con el universo de los malosos de "Zedillilandia".

Vayamos paso a paso, lector. Érase una vez un primer mandatario que, con el peso a cuestas de la frustración de un sector mayoritario de la población a propósito del cambio, anunció la fundación del reino de "Foxilandia".

¿Sus jefes de Estado, de Gobierno y de Alcoba? La pareja presidencial, Foximiliano de Mexicalpan y Martha Carlota de Santa Teresita del Niño Jesús.

Ahorrémonos, lector, el descenso a los infernales caminos de la coprofagia a que nos ha invitado Foximiliano o al análisis de los contenidos machistas de eso de engullirse la sopa del propio "chocoatl".

Se supone que las ingratas tareas de echarse chapuzones en el estercolero de la vida nacional corresponden a la Procuraduría General de la República que, adelantándose al PRI en estos tiempos de madruguetes mediáticos, bien podría inspirarse en la escena de Moctezuma y Cortés paladeando el caldo de cocoa para lanzar un promocional:

--Está espeso el chocolate del Pemexgate --diría Madrazo, tras darle un sorbo al brebaje servido por Foximiliano bajo la sombra del árbol de la noche triste.

--Y amargo, tan amargo como las cuentas de mis amigochos --respondería el soberano. ¿Puras habas? ¡Cacao de exportación!

Lo que muchos se preguntan es si algún día saldremos de "Foxilandia" y entraremos al mundo real, ese en el que a quienes se les acusa de un delito se les juzga y, de ser culpables, se les castiga.

Lo usual en "Zedillilandia", "Salinilandia", "Jolopolandia" y demás paraísos priistas era, sencillamente, armar casos más o menos verosímiles a ojos de los medios de comunicación y, en seguida, mandar a "los malosos" al paredón de la opinión pública.

¿Para beneficio de quién? El de quien estaba sentado en la silla, pues la sociedad no ganaba nada y por ese y otros caminos es que el Estado de Derecho se convirtió en utopía guajira.

No basta, pues, con que la PGR interrogue a Eduardo Fernández y, luego de declarar ¡"caca habemus!", ponga al exfuncionario de la Comisión Nacional Bancaria y de Valores a saborear una tacita de su chocolate.

Eso está bien en "Foxilandia", pero lo que urge en este terrenal valle de lágrimas es que se le comprueben las tropelías de que está acusado y que, afirman quienes fueron testigos de los métodos de Fernández, causaron más daño a las instituciones financieras del país que aquellas operaciones que motivaron su intervención.

Luego, rascándole un poco, quién quita y aparezcan las cuentas a donde fueron a parar los millones de pesos que desaparecieron de los bancos. La sopa de ese chocolate, el Fobaproa, es la que nos seguiremos tragando durante muchas décadas más los mexicanos. ¡Y vaya que está espeso y amargo!

contrasentidos@contralinea.com.mx

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