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Tras
la muerte de Alfredo Zalce, ocurrida en enero pasado,
la segunda generación de muralistas mexicanos
tiene en Raúl Anguiano a su único sobreviviente.
A este artista lo han llamado el último
muralista, aunque es preciso señalar
que otros pintores de gran formato de la llamada Escuela
Mexicana de Pintura también están activos,
si bien con tendencias diferentes.
Nacido
en Guadalajara, Jalisco, el 26 de febrero de 1915,
Raúl Anguiano es considerado como uno de los
creadores plásticos contemporáneos primordiales
del siglo pasado.
Antiimperialista,
zapatista, antipartidista y ateo, como él mismo
se define, Anguiano es uno de los artistas más
prolíficos de su generación. Con 88
años de edad, permanece aún muy
activo realizando tanto pinturas de caballete
como obras murales.
Así
lo demuestra su más reciente cuadro firmado
en diciembre de 2002 y el recién inaugurado
mural que lleva el nombre de Preservación de
la naturaleza, situado en la Secretaría de
Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat).
Ha
sido reconocido con el Diploma de Honor otorgado por
el Ayuntamiento de la Ciudad de los Ángeles,
EU, en 1986 y el Premio Nacional de Ciencias y Artes
-que otorga el gobierno mexicano- en el año
2000.
Este
último bastante polémico, pues el año
anterior, el galardón le fue negado por el
jurado en lo que el pintor, asegura, fue un boicot
histórico a mi obra y a mi persona .
El
creador de La espina está comprometido
con su realidad social, en palabras del director
del Museo de Arte Moderno, Luis Martín Lozano.
Elemento
clave para la fundación del emblemático
Taller de Gráfica Popular en 1937 junto a Leopoldo
Méndez, Luis Arenal, Pablo O´Higgins
y Alfredo Zalce, Anguiano se ocupó en 1948
de la creación de la Sociedad para el Impulso
de las Artes Plásticas, con lo que trató
de contrarrestar la ausencia de instituciones que
se ocuparan del fomento de la creación.
La
crítica
A pesar de que no se puede elaborar un juicio definitivo
sobre la obra de Raúl Anguiano, en su obra
se reconocen dos tendencias principales: aquella con
tintes alegóricos y la referente a cuestiones
y planteamientos políticos, siendo ésta,
quizá, la de mayor relevancia.
Foto: Miriam Sáchez

Raúl Anguiano |
De
esta faceta sobresalen los frescos que realizó
en la Confederación Revolucionaria Michoacana
del Trabajo en 1936 (Revolución y Contrarrevolución)
y los efectuados en el Centro Escolar Revolución
de la ciudad de México en 1937 (Temas revolucionarios,
Represión porfirista, El fascismo destructor
del hombre y la cultura, así como Las nuevas
generaciones).
Habla
el crítico de arte Alberto Híjar: Éstos
son de los murales más rojos que haya hecho
el pintor. Y no se ha salvado del descuido que
ha tenido como suerte la obra de otros artistas de
la época bajo los mismos lineamientos ideológicos
y estéticos.
Raúl
Anguiano salió de su natal Guadalajara hacia
la ciudad de México a los 19 años con
el fin de buscar un trabajo que le permitiera contribuir
al gasto familiar. Instalado en la urbe, dio clases
en la Escuela de Pintura y Escultura La Esmeralda.
Veinte años después expuso por primera
vez junto a Máximo Pacheco en el Palacio de
Bellas Artes.
Obtuvo
una beca para estudiar en Nueva York en la Art Students
League. Así comenzó su relación
con los grandes museos y los grandes maestros:
Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros y José
Clemente Orozco.
A partir
de entonces, influido por la obra de la primera generación
de muralistas, la ideología de la Revolución
mexicana y las nuevas tendencias socialistas, Anguiano
decidió dotar de tintes políticos a
su obra.
Y es
que luego de la debacle del Taller de Gráfica
Popular provocada por oportunismo y manipulación
de sus dirigentes, los artistas empezaron a
agruparse según tendencias políticas.
Anguiano recuerda: Rivera era trotskista, Siqueiros
estalinista y Orozco era más bien un anarquista.
En ese sentido siempre fui muy libre, critiqué
las posturas de muchos pero siempre desde la libertad
porque yo siempre he sido pacifista.
Esa
fue una época magnífica porque aparte
de los tintes demagógicos del cardenismo, hubo
un gran apoyo a la educación, al movimiento
agrario y al movimiento obrero. En ese tiempo se dio
el segundo renacimiento cultural de México
a pesar de la crisis económica.
Ese
renacer de las artes fue para nosotros maravilloso
porque la pintura mural sólo puede permanecer
cuando hay un mecenazgo ya sea del Estado, de la iniciativa
privada o de la Iglesia y uno de los logros de Adolfo
López Mateos fue precisamente la creación
de la serie de museos como el de Antropología,
donde pinté tres murales, otorgando así
espacios para la pintura de gran formato.
Algunos
de sus críticos lo han ubicado como un personaje
protegido de ciertos políticos como Carlos
Salinas de Gortari. Sin embargo, el pintor enfatiza:
Es cierto que algunos presidentes como Adolfo
López Mateos, Salinas o Zedillo tuvieron obra
mía, pero la compraban independientemente de
mi relación con ellos. Y que quede claro: ¡nunca
he pedido chamba ni apoyo! He vivido de la obra que
vendo, de mi pensión como maestro jubilado
y del sueldo que el Sistema Nacional de Creadores
me otorga desde 1993 por haberme considerado creador
emérito.
Sin
embargo, Alberto Híjar sostiene que los cánones
estéticos de Anguiano se vieron traicionados
a cambio de mercado y reconocimiento oficial. Actitudes
que no corresponden a sus inicios y que ahora lo ubican
como una especie de decorador de interiores al servicio
de empresas privadas.
Pese
a todo, para Raúl Anguiano no es difícil
hablar de proyectos. Con un aire más bien paciente,
el artista revela estar en proceso de ordenar su obra
con el fin de donar algunas para la creación
de dos museos que llevarán su nombre: uno en
Guadalajara y el otro en la ciudad de México.
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