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La
participación en el mercado mexicano se ha
convertido en el mejor negocio que la banca extranjera
pudo haber cerrado durante las últimas décadas.
Con ingresos asegurados por concepto del pagaré
Fobaproa, la banca estadounidense y la europea postergan
la derrama de créditos, pues de esa fuente
obtiene más de 65 por ciento de sus ingresos
fijos.
Además,
a través de las comisiones que se cobran por
concepto de servicios la banca controlada por el capital
extranjero garantiza el otro 30 por ciento de su flujo
de efectivo.
Y mientras
la economía padece la falta de financiamientos,
el sector bancario prefiere esperar a que se cumplan
sus demandas de mayores garantías para la recuperación
de los créditos.
En
el actual entorno de incertidumbre económica
nacional e internacional las finanzas públicas
tendrán que soportar a partir de este año
un gasto extraordinario por más de 70 mil millones
de pesos, como consecuencia del vencimiento de los
primeros pagarés emitidos por el gobierno federal
para el rescate bancario.
Una
presión adicional a las finanzas públicas,
ya que hasta el año 2005, por lo menos, el
gobierno federal deberá asumir los compromisos
adquiridos con la banca comercial a raíz de
la instrumentación en 1995 --vía Fobaproa--
del programa de capitalización y compra de
cartera y del de intervención y saneamiento,
los dos encaminados a salvar de la quiebra a la banca.
Los
pasivos generados por estos programas ascienden a
la fecha a poco más de 529 mil millones de
pesos y son los que dieron origen a los pagarés
por los que el gobierno mexicano, con cargo a los
contribuyentes, le tiene que pagar intereses a los
bancos.
La
administración del presidente Vicente Fox destinó
30 mil 238.6 millones de pesos para solventar parte
del gasto anual derivado del programa de rescate bancario,
que en el Presupuesto de Egresos de la Federación
del 2003 aparece desglosado en el rubro de erogaciones
para los programas de apoyo a ahorradores y deudores
de la banca.
Hacia
el año 2005, sin embargo, los recursos que
requerirá el gobierno federal para hacer frente
a los vencimientos de los pagarés Fobaproa
superarán los 141 mil millones de pesos.
De
acuerdo con datos de la Secretaría de Hacienda
y del Instituto para la Protección al Ahorro
Bancario (IPAB), en el 2003 este organismo sustituto
del Fobaproa deberá hacer frente además
a vencimientos por 33 mil 281 millones de pesos, de
los cuales 30 mil millones corresponden a Serfin y
el resto al pagaré de Banco del Atlántico.
Incluidos
los intereses devengados por dichos documentos (40
mil millones de pesos), los requerimientos financieros
del gobierno federal para este año por concepto
de vencimientos de los pagarés Fobaproa ascienden
a poco más de 70 mil millones de pesos.
Los
informes oficiales revelan que para el año
2004 los vencimientos serán del orden de 20
mil 884 millones de pesos, y para 2005 de 141 mil
662 millones de pesos. De esta cantidad, corresponderán
más de 55 mil millones de pesos al BBVA-Bancomer,
y alrededor de 50 mil millones a Banamex.
Los
dos programas que instrumentó el gobierno federal
para el salvamento de la banca: el de capitalización
y compra de cartera y el de intervención y
saneamiento, requirieron de inyección de recursos
frescos para su funcionamiento.
La
mecánica del programa de compra de cartera
consistió en proponer a los accionistas de
los bancos la adquisición por parte del gobierno
federal de los flujos de la cartera crediticia con
problemas por un monto equivalente al doble del que
aportaran como capital.
El
pago quedó garantizado por la emisión
de un pagaré a cargo del gobierno con vencimiento
a diez años y a una tasa de interés
capitalizable trimestralmente y equivalente a la de
los Certificados de la Tesorería (Cetes).
La
cartera adquirida estaba compuesta por créditos
superiores a los 200 mil pesos calificados y provisionados
de acuerdo con su riesgo crediticio. Los créditos
eran seleccionados por los propios bancos, revisados
por un auditor y validados por la Comisión
Nacional Bancaria y de Valores (CNBV).
En
caso de que los flujos recuperados no fuesen suficientes
para amortizar el pagaré, los bancos absorberían
en promedio 25 por ciento de la pérdida y 75%
sería para el gobierno.
A
este mecanismo se le llamó pérdida compartida.
Desde que inició la instrumentación
de este plan financiero se pusieron de manifiesto
diversas irregularidades --algunas incluso rayaron
en la ilegalidad e e inoperancia--, lo cual quedó
asentado en los informes que al respecto rindió
la Comisión para Investigar el Funcionamiento
del IPAB (CIFIPAB), órgano creado ex profeso
por las fracciones parlamentarias de la 57 legislatura
de la Cámara de Diputados.
El
documento detalla que los créditos seleccionados
por los bancos fueron los de menores posibilidades
de cobro. De hecho, el informe indica que en 1996,
mediante el llamado acuerdo de partes, el Fobaproa
modificó sus criterios originales de compra
de cartera, incluyendo la posibilidad de adquirir
cartera irrecuperable, cartera denominada en unidades
de inversión (udis) y cartera descontada por
la banca de desarrollo.
Estas
operaciones se encuentran clasificadas como transacciones
reportables y denominadas como operaciones doble A
en la auditoría que realizó el canadiense
Michael W. Mackey, el auditor externo que contrató
la Cámara de Diputados para realizar la revisión
a los bancos.
Otra
anomalía señalada en el informe de la
CIFIPAB, extraída incluso del reporte de Mackey:
muchos de los créditos traspasados al Fobaproa
no fueron revisados por un auditor como lo exigía
el programa, a pesar de lo cual todos fueron validados
por la CNBV.
Al
final de cuentas, el programa de capitalización
y compra de cartera fue totalmente inoperante, debido
a que de las 13 instituciones bancarias que recibieron
los apoyos financieros sólo tres continúan
operando. Las otras diez fueron liquidadas, fusionadas
o intervenidas.
En
lo que toca al programa de intervención y saneamiento,
éste buscó solucionar los problemas
de liquidez y descapitalización por medio de
aportaciones de capital contra la participación
accionaria, a partir de lo cual la CNVB asumió
el control de las instituciones, tal como estaba previsto
en la Ley de Instituciones de Crédito.
Así,
durante el periodo 1994-1998 la CNVB intervino 12
instituciones financieras: la primera, Banco Unión,
el 1 de septiembre de 1994, y la última Banca
Confía, en agosto de 1997.
De
manera paralela se llevaron a cabo procesos de saneamiento
que consistían en el otorgamiento de líneas
de crédito. Aquellas instituciones que cumplieran
con sus obligaciones podrían ser rehabilitadas
y posteriormente vendidas.
Los
bancos apalancados financieramente con vistas a su
saneamiento fueron: Serfin (79 mil millones), Atlántico
(22 mil millones), Del Centro (19 mil millones), Promex
(7 mil 800 millones), BBV-Probursa (5 mil 900 millones),
Banpais (26 mil millones), Banca Confía (25
mil millones), Banca Cremi (18 mil millones) y Santander
Mexicano (30 mil millones).
El
monto total asumido por el IPAB derivado de la banca
intervenida y de aquella que participó en el
programa de saneamiento financiero ascendió
a 233 mil millones de pesos en números cerrados.
En
su informe sobre las operaciones del Fobaproa, el
canadiense Michael W. Mackey hace una severa crítica
a estos programas. Argumenta que en muchos casos se
sanearon bancos que eran totalmente inviables, y plantea
que un cierre y una liquidación oportuna hubiesen
reducido el costo fiscal del rescate bancario.
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El Senado avala deuda
millonaria.
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Los
pasivos generados por estos programas, documentados
en pagarés, ascienden a la fecha a poco más
de 529 mil millones de pesos. Uno de los casos más
representativos de esta deuda contingente es el de
BBVA-Bancomer. La deuda que a la fecha tiene el IPAB
con ese grupo como resultado de las fusiones bancarias
sobrepasa los 117 mil millones de pesos, mismos que
resultan de la suma de los pagarés de Bancomer,
BBV-Probursa y Promex.
Otro
ejemplo es Santander, pues la deuda del IPAB con ese
banco asciende a 78 mil 500 millones de pesos, producto
de los pagarés de Serfin y de Banco Mexicano,
que fueron absorbidos por Banco Santander Central
Hispano, el otro gigante español.
Respecto
de Citibank, que adquirió en el 2001a Banamex,
la deuda del IPAB con el grupo financiero estadounidense
alcanza los 121 mil 517 millones de pesos, por la
suma de los pagarés de Confia y Banamex.
Los
intereses que el gobierno mexicano tiene que pagar
por concepto de dichos pagarés permiten sufragar
la operación de esos bancos y representan en
promedio casi el 100 por ciento de sus utilidades,
al recibir cada uno de ellos entre 40 y 60 millones
de dólares mensualmente.
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