|
De
la misma manera que hace nueve años el Ejército
Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) sorprendió
al rebelarse contra el gobierno priista de Carlos
Salinas de Gortari, entre otras causas por haber firmado
el Tratado de Libre Comercio, ahora las organizaciones
campesinas hacen lo propio con la administración
del panista Vicente Fox ante su negativa a renegociar
el TLC en el ramo agropecuario, lo que ha llevado
a una confrontación que pone en riesgo la estabilidad
del país.
Unidas,
como nunca, la mayoría de las 25 organizaciones
que conforman un nuevo movimiento campesino acusan
al presidente Fox y a parte de su gabinete de haber
dejado crecer el problema debido a su falta de experiencia
para gobernar.
Y el
gobierno responde con una convocatoria al diálogo
unilateral, autoritaria, burocrática
y excluyente; con órdenes de aprehensión
para unos 300 dirigentes y, sobre todo, advierte que
el acuerdo comercial con Estados Unidos y Canadá
no se puede tocar.
Así,
lo que comenzó el pasado 1 de enero con la
huelga de hambre de un reducido grupo de líderes
agraristas en el paso fronterizo de Ciudad Juárez,
Chihuahua, en tan sólo un mes se convirtió
en la multitudinaria concentración de protesta
del viernes 31 de enero en el zócalo de la
ciudad de México, corazón de la República,
donde el grito indígena ¡Ya basta!
se transformó en el de ¡El campo
no puede esperar!.
Y es
que, aseguran dirigentes y especialistas del agro,
el campo con sus 25 millones de habitantes de plano
ya no aguanta más, pues las condiciones
del México rural son prácticamente iguales
a las que hace casi un siglo provocaron la rebeldía
de los desposeídos que culminó con la
Revolución.
Blanca
Rubio, del Instituto de Investigaciones Sociales de
la UNAM, dice que el campesinado, cuestionado en su
funcionalidad económica y su eficiencia productiva,
se ha visto obligado a luchar por preservar su condición
de clase y por integrarse --desde distintas visiones--
a la vida económica y política de la
nación. Se trata, por tanto, de la lucha
de los excluidos por pertenecer, por preservarse.
Razones
no les faltan. En el documento Nuestra visión
de futuro para el campo, la Confederación Nacional
Campesina (CNC) afirma que en la actualidad hay 54
millones de mexicanos en pobreza patrimonial y 24
millones con dificultades para acceder a la alimentación,
la mayoría provenientes del campo.
Como
prueba del proceso de concentración de la riqueza
--explica--, 10% de los productores acapara 34% del
ingreso rural, mientras que los más pobres
captan apenas 2%. En este mismo sentido, de los 75
mil millones de dólares de inversión
extranjera directa captada por el país durante
el periodo 1994-2001, sólo 0.3% fue aplicado
en actividades agropecuarias.
Agrega
que tres de cada cuatro de los productores rurales
tienen predios menores de cinco hectáreas y
que únicamente 18% de la población rural
es propietaria de tierras, pues el resto oferta su
fuerza de trabajo, depende de alguien, o labora sin
percibir ingreso.
Foto: David Cilia
 |
La
CNC destaca que las importaciones de alimentos son
cada vez mayores, al grado de que rebasan los 18.2
millones de toneladas registradas en el 2000, lo que
está creando las condiciones de la dependencia
alimentaria de México.
Por
esto Heladio Ramírez López insiste en
que el TLCAN se debe revisar debido a que es uno de
los factores que ha provocado la ruina de la producción
de alimentos en México.
En
entrevista, el dirigente critica la postura del gobierno
de rechazar esta demanda, pues aclara que dentro del
mismo acuerdo comercial se permite la existencia de
pactos paralelos, como los que han establecido
Estados Unidos en el sector laboral y Canadá
con la ecología.
Según
el Congreso Agrario Permanente (CAP), los del movimiento
El Campo no Aguanta más y El Barzón,
desde el primer día de enero de este año
en que entró en vigor la penúltima fase
desgravatoria de aranceles --cero impuesto a las importaciones
de la mayoría de los alimentos--, uno de los
subsectores con las más dramáticas repercusiones
negativas por la apertura comercial total será
el ganadero, y los crecimientos de producción
extraordinarios obtenidos en los últimos años
por estos productores seguramente desaparecerán
a raíz de su fuerte dependencia de los granos
forrajeros del exterior.
En
este contexto, Heladio Ramírez López
sostiene que a partir de 1992, fecha en que se modificó
el artículo 27 constitucional, se ha observado
un acaparamiento acelerado de la tierra por nuevos
terratenientes en razón de la proliferación
de los ejidos en venta; y que la expropiación
de tierras de propiedad social a precios ínfimos
por parte del gobierno, sin probar el interés
público, ha generado inconformidades y nos
hacen retroceder a momentos de descontrol social ya
superados.
Aunado
a lo anterior, en el análisis confirma que
la educación rural es de pésima calidad
y que la reducción de la inversión pública
al agro llega hasta 90%, si la comparamos con la ejercida
hace 20 años: Y ningún país
en desarrollo, lleno de carencias, con 80% ciento
de la población en la pobreza en su sector
rural, puede salir de este colapso con una política
tan recesiva.
Por
todo esto, la CNC --central mayoritaria del país
y una de las 12 organizaciones que integran al CAP--
alega que el gobierno mexicano debe reconocer el estado
de emergencia en el campo, iniciar con Estados
Unidos y Canadá la revisión del capítulo
agropecuario del TLCAN y promover, conjuntamente con
las demás organizaciones campesinas y el Congreso
de la Unión, una iniciativa para la protección
y la competitividad de las ramas productivas agroalimentarias
con fundamento establecido en la Constitución.
Juntos
en la misma lucha, tanto los investigadores como los
dirigentes campesinos remarcan que existen recursos
jurídicos muy sólidos que respaldan
estas demandas, como son las disposiciones de nuestra
ley de comercio exterior sobre prácticas desleales,
las propias disposiciones sobre salvaguardas contenidas
en el capítulo agropecuario del TLCAN y el
claro caso de dumping que se configura con los extraordinarios
apoyos y subsidios contenidos en la Ley Agrícola
2002-2007 de los Estados Unidos de Norteamérica.
Manuel
Ángel Gómez Cruz y Rita Schwentesius,
del Centro de Investigaciones Económicas, Sociales
y Tecnológicas de la Agroindustria y la Agricultura
Mundial (CIESTAAM), cuentan que a finales de 1993,
cuando el Congreso de la Unión dio su visto
bueno para que el Poder Ejecutivo firmara el tratado,
se podía argumentar de parte del Legislativo
desconocimiento de las implicaciones, falta de democracia
y opinión favorable de los productores.
Pero
hoy, en enero de 2003, la situación es completamente
distinta, por los impactos desastrosos del TLCAN
en nuestra agricultura, y se justifica en calidad
de urgencia una revisión.
Investigaciones
realizadas de 1991 por las organizaciones de pequeños,
medianos y grandes productores y por diversos grupos
académicos (UNAM, UAM, Colmex, Estados Unidos
y Canadá, en coordinación con el CIESTAAM
de la Universidad Autónoma de Chapingo) concluyen:
La agricultura de México tiene mucho
que perder y poco que ganar en la firma, puesta en
marcha y el desarrollo de un tratado comercial con
los vecinos del norte.
Recientemente,
el Banco Mundial llegó a ideas similares: Se
puede decir que este sector (rural) ha sido objeto
de las reformas estructurales más drásticas
(la liberalización comercial impulsada por
el GATT y el TLCAN, la eliminación de controles
de precios, la reforma estructural sobre la tenencia
de la tierra), pero los resultados han sido decepcionantes:
estancamiento del crecimiento, falta de competitividad
externa, aumento de la pobreza en el medio rural...
Esto
plantea un importante problema de política
debido a que, a partir de 2008, el TLCAN pondrá
al sector en competencia abierta con Canadá
y Estados Unidos.
Los
investigadores de la UACH explican que las relaciones
entre México y sus socios comerciales, Estados
Unidos y Canadá, se caracterizan por múltiples
asimetrías, que dan cuenta en gran medida el
impacto negativo que ha tenido el TLCAN sobre el sector
agropecuario mexicano.
En
su propuesta a los legisladores para que se revise
el tratado ofrecen como argumento un antecedente clave:
el papel del Congreso de Estados Unidos en el caso
del transporte.
A pesar
de que el TLCAN consideraba la libre circulación
de los vehículos entre el territorio de México
y Estados Unidos a partir de 1995, el gobierno vecino
prohibió este tránsito por medio de
una moratoria.
Pasaron
muchos años de controversias, hasta que el
6 de febrero de 2001 la Organización Mundial
de Comercio (OMC) emitió un fallo favorable
para México.
El
5 de junio de 2001 el presidente Bush, por fin, en
papel autorizó el ingreso de los camiones mexicanos,
al ordenar el levantamiento de la moratoria de 1995.
Sin embargo, el Congreso estadounidense aprobó
el acceso a Estados Unidos de los camiones mexicanos
de carga a partir del 2002, condicionado a que se
pudieran contratar inspectores suficientes, y el 1
de agosto de 2001 argumenta el bloqueo, justificando
la inseguridad de los transportes de México
en las carreteras de Estados Unidos.
Así,
expresan Gómez Cruz y Schwentesius, el Congreso
de Estados Unidos nos enseña el camino.
Pese al tratado, ellos protegen a sus transportistas,
sus fuentes de empleo y sus intereses nacionalistas.
En
virtud agregan del papel estratégico
de la agricultura como fuente generadora de empleo,
productora de alimentos, de importancia para la protección
del medio ambiente, por sus implicaciones sociales
y culturales, etc.; en virtud de que no existen fondos
de compensación para paliar los efectos del
TLCAN; de que nunca el presupuesto asignado será
suficiente para hacer competitivo al sector frente
a la agricultura del país más poderoso
del mundo, considerando el artículo 21 de la
OMC (sobre la afectación de un tratado) y el
artículo 89 constitucional, fracción
10 (desigualdad jurídica), y en virtud de las
facultades que la nación le otorga al poder
legislativo urge, dicen, la revisión del capítulo
agropecuario del TLCAN, pues México no debe
renunciar a su soberanía nacional y puede aprovechar
todas las disposiciones previstas en su Constitución
Política.
Esta
propuesta, agregan, no solamente se justifica por
los daños ya causados por el TLCAN, sino también
por la amenaza que representa a partir de este año.
Reconocen
que una revisión y la suspensión parcial
del TLCAN en protección de los productos más
sensibles afectarán a algunos intereses particulares,
en especial a los importadores e intermediarios de
los productos agropecuarios.
Pero,
como la realidad ha demostrado, no existe tanto beneficio
para el consumidor como se está argumentando
desde las esferas oficiales, es decir que los productos
importados no bajan de precio.
Por
otro lado, prevén que no habrá afectación
para los exportadores mexicanos, siempre y cuando
se aprovechen los márgenes de maniobra
que permite la OMC para países en desarrollo.
También
deben considerarse los gastos monetarios directos
e indirectos para toda la sociedad mexicana que ya
ha generado la liberalización comercial y los
que están por llegar.
Solamente
la liquidación del Banrural costará
a la sociedad mexicana en su conjunto 42 mil millones
de pesos (suma que sobrepasa el presupuesto de todo
el 2002 para el campo).
El
fracaso de Banrural no se puede explicar solamente
con fallas administrativas, sino más bien por
la falta de rentabilidad en el campo a raíz
de la política de abandono del Estado de sus
responsabilidades.
Los
especialistas en el tema recuerdan que fue el Estado
mexicano el que, sin consultar en forma democrática
a la sociedad, instrumentó la política
de liberalización de la economía y firmó
el TLCAN.
Por
ello, replican, éste debe responsabilizarse
por los daños causados y debe instrumentar
programas que beneficien a la sociedad en su conjunto,
ya que no puede desligarse de las consecuencias de
su política.
Y,
sobre todo, siempre debe tener clara su responsabilidad
por el bienestar de su población.
Por
su parte, Víctor Suárez, Alfonso Ramírez
Cuéllar y Rafael Galindo, dirigentes de El
Campo no Aguanta más, El Barzón y el
CAP, advierten que de no cumplirse esta demanda las
movilizaciones continuarán, ya que no están
dispuestos a aceptar que los alimentos estadounidenses
desplacen cada vez más a la producción
nacional, provocando el cierre de empresas y el abandono
de millones de hectáreas de cultivo; creando
desempleo masivo, jornalerismo y la migración
de jóvenes y adultos, hombres y mujeres, hacia
los Estados Unidos y Canadá en busca de puestos
de trabajo.
info@contralinea.com.mx
|