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A pesar
de los reiterados discursos a favor de los indígenas,
de las autoridades de todos los niveles, éstos
continúan en la más absoluta marginación
e incluso, pueden rodar aún más bajo
de la escala social, si por azares del destino llegan
a pisar una cárcel.
Estadísticas
del Instituto Nacional Indigenista (INI), indican
que cada año son procesados por delitos del
fuero común y federal, más de siete
mil indígenas de las diferentes etnias que
existen en el país, de los cuales sólo
una mínima parte llegan a obtener su libertad
antes de cumplir su sentencia.
El
director de Procuración de Justicia del INI,
Eduardo Martínez Loyola, señala que
de los siete mil 200 reos indígenas que hay
en el país, el 82 por ciento están procesados
o sentenciados por delitos del orden común;
el 18 por ciento restante, pertenecen al fuero federal.
Entre
los delitos de mayor incidencia perpetrados por los
indígenas, destacan el homicidio, seguido por
el de lesiones, daño patrimonial, robo, despojo,
daño en propiedad ajena, violación,
estupro, hostigamiento sexual y portación de
arma prohibida, contra la salud. portación
de arma de fuego, posesión de explosivos y
ecológicos.
Ausencia
del INI en seis estados
El INI sólo tiene presencia en 24 entidades
del país y en muchos casos para conocer si
existen indígenas en las cárceles de
esos estados tiene que apoyarse en los informes de
la Secretaría de Seguridad Pública Federal.
Las
entidades con mayor número de reos indígenas
son Oaxaca, Veracruz, Puebla y Chiapas, y con menor
Aguascalientes, Nuevo León y Coahuila.
Martìnez
explica que desde 1984 esta institución viene
trabajando para liberar a los indígenas presos,
motivo por el cual se encuentra en permanente contacto
con algunas dependencias federales y estatales, ONG
y algunas instituciones privadas.
El
INI está en capacidad de apoyar al indígena
durante su proceso jurídico hasta con 35 mil
pesos, con la única condición de que
éste sea primo delincuente y se haya asumido
como perteneciente a cualquiera de las etnias que
existen en la República Mexicana.
Además,
el INI pide un aval a la comunidad a la que pertenece
el indígena preso y únicamente en el
caso de obtener buenas referencias acepta defenderlo;
de lo contrario, lo abandonará a su suerte.
Defensa
Indígena, letra muerta
El INI acepta que la realidad es muy opuesta a las
leyes. En la práctica, el agente del Ministerio
Público, para evitarse problemas, omite preguntarle
al detenido si habla alguna de las 62 lenguas indígenas
que existen en el país, así que si el
indígena en cuestión carece de dinero
para pagar la multa, sin mayores contemplaciones se
le consigna al juzgado.
El
presidente de la Comisión de Asuntos Indígenas
de la Cámara de Diputados, Héctor Sánchez,
sostiene que tanto en la frontera norte como en la
del sur existe una desprotección total del
indígena que se agrava aún más
por el hecho de que algunos no hablan español
y no se les proporciona un abogado defensor.
Foto: David Cilia
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Relata
que en un viaje reciente a Tijuana, encontró
a 16 indígenas presos de los estados de Oaxaca,
Veracruz y Guerrero, de los cuales dos no hablaban
español. Descubrió que la procuraduría
de justicia estatal jamás les había
proporcionado un intérprete y mucho menos un
abogado defensor, por lo que el detenido estaba en
la más completa indefensión jurídica.
Durante
las sucesivas visitas que hizo a la cárcel
también pudo percatarse de que los jueces estaban
deshumanizados y poco les importaba la suerte de los
indígenas. Y peor aún: el INI no había
intervenido a favor de éstos.
Sánchez
dejó entrever que el INI no es muy afecto a
auxiliar a los indígenas, pues cada seis o
doce meses algún funcionario de esa institución
aparece en las cárceles, pero lo más
que llega a hacer son reportes sobre el número
de indígenas que encuentra en cautiverio.
A diferencia
de otras épocas esta comisión de indígenas
no mantiene intercambio de información con
el INI, así como tampoco con la Procuraduría
General de la República. los actuales voceros
desconocen datos elementales como el número
de indígenas presos acusados de delitos del
orden federal.
En
el fuero común, la Dirección de prensa
desconoce el número de indígenas presos
que hay en el Distrito Federal. Y lo mismo ocurre
con el coordinador de los abogados de oficio del fuero
común en los reclusorios preventivos Norte,
Sur y Oriente, Alberto Rocha, quien tampoco lleva
un control de los indígenas presos.
Para
el jefe de los abogados de oficio este desconocimiento
tiene una explicación muy sencilla: los indígenas
casi nunca se asumen como tales, por el temor a ser
aún más discriminados por los mestizos
o ladinos.
El
agente del Ministerio Público tiene la obligación
en cuanto sabe que el detenido es un indígena,
de buscarle un intérprete, para que le haga
saber sus derechos.
Pero
esto no sucede así, porque casi nunca los indígenas
se asumen como tales. Por otro lado, el MP no llama
al abogado de oficio, sino a alguna persona de su
confianza y que no necesariamente es un abogado.
Tampoco
la Comisión de Asuntos Indígenas de
la Cámara de Diputados, cuenta con un convenio
con el INI, aunque los abogados de oficio si mantienen
nexos con algunas ONG abocadas a la defensa de los
derechos humanos.
Los
jueces nunca se enteran del paso de los indígenas
por los juzgados. Explica que con base en una encuesta
realizada conjuntamente por el Tribunal Superior de
Justicia del Distrito Federal (TSJDF) y el Centro
de Investigaciones y Docencias Económicas (CIDE)
se pudo corroborar que solamente en un 10 por ciento
el juez preside las diligencias que se llevan a cabo
en los juzgados, pues por lo regular esa tarea se
la dejan a alguno de sus secretarios.
Un
89 por ciento de las personas consignadas a un juzgado
no pudieron hablar con el juez y lo que dificulta
todavía más el poder contactar a la
población indígena.
La
jefa de defensores de oficio del Reclusorio Preventivo
Oriente, Joahana del Río Rebolledo, coincide
con su jefe en lo difícil que resulta detectar
a los indígenas en el interior de las cárceles
del DF, sobre todo por el estigma que para ellos representa
el asumirse como indígenas. Se han detectado
18 casos, entre los que se encuentra un indígena
nahua del estado de Guerrero.
Dice
que supo de la etnia a la que pertenecía un
indígena preso en el Reclusorio Oriente por
mera casualidad.
Cuenta
que una mujer humilde la abordó en su despacho
y tras escuchar su problema le preguntó si
hablaba alguna lengua indígena y ésta
le respondió que el náhuatl, al igual
que su marido que se encontraba encarcelado y cuya
condición social se desconocía.
Entre
las ONG que existen en la capital del país
dedicadas a la defensa de los derechos humanos destaca
la Fundación de Servicios Legales y Sociales
para la Comunidad Indígena y cuyo fundador
es el abogado Manuel Rosales Castillo.
En
cuanto un indígena pisa el DF comienzan sus
problemas. Apenas desciende del autobús puede
ser extorsionado por la policía y en algunas
ocasiones hasta ser detenido como presunto responsable
de un delito que no cometió. Los policías,
en su afán de obtener dinero fácil,
de manera subrepticia meten droga entre sus pertenencias,
a la vez que les exigen que les dé todo lo
que tengan de valor, para no arrestarlos, dice
Rosales.
Prisioneros
por consigna
Tlaxiaco, Oax. Integrantes
del movimiento indígena de la Mixteca oaxaqueña,
los hermanos Sansón y Amado Aguilar Sánchez,
defensores de los recursos naturales de su natal Santa
Cruz Itundunjia, Putla, purgan una condena en el Penal
de Tlaxiaco por la muerte de Gildardo García
García, miembro del grupo Yenis, primer eslabón
de la cadena de empresas explotadoras de maderas en
Oaxaca.
Ambos
forman parte del Comité de Defensa de los Problemas
del Pueblo, dedicado al cuidado de los recursos naturales
de Santa Cruz Itundunjia. Denunciaron reiteradamente
los ilícitos de las empresas forestales Bosques
de Oaxaca y Maderera Mixteca, intermediarias
de Triplay de Oaxaca, a la que los pobladores
de la región relacionan con el dirigente de
la Confederación Nacional Campesina, Heladio
Ramírez López.
Sansón
y Amado salen de la oscura soledad de su celda para
aproximarse a la reja de visita del Penal de Tlaxiaco.
Ya ahí, su abogado, Maurilio Santiago, les
indica que pueden hablar.
Sansón
dice que las imputaciones que pesan sobre ellos son
fabricadas. Su hermano Amado mira cauteloso a su alrededor
y luego de una pausa comienza a hablar. Remonta su
historia más de una década atrás.
Fui
detenido el 4 de julio de 1990, sin orden de aprehensión,
por la policía municipal, siendo agente municipal
Wenceslao Sánchez, integrante del grupo los
Yenis, que me remitió con una serie de acusaciones
falsas sobre la muerte de Gildardo García García.
Me
llevaron a revisión médica y se expidió
el certificado que decía que yo estaba bien
de salud. Ya en manos de los agentes judiciales, éstos
me sometieron a tortura por varias veces en el río
Copala a altas horas de la noche. Después,
cuando me presentaron con el agente del MP, Juan Bautista
Mejía, me amenazó de muerte con una
pistola.
Continuaron
las torturas y, ante el peligro de morir, declaré
lo que no cometí, y quedó en el acta
penal 2107-a- 90. Luego la juez Areli Reyes Terán
me dijo que si yo tenía dinero, más
que la otra parte, yo era inocente, pero que si no
tenía, aunque fuera inocente tenía que
ser culpable.
La
instrucción del proceso de Amado Aguilar terminó
en 56 días con un auto de formal prisión,
por homicidio calificado, con una sentencia de 30
años, según expediente penal 45/990.
La
historia que narra Sansón Aguilar es similar
a la de su hermano: Fui detenido el 28 de septiembre
de 1992, sin orden de aprehensión, por la policía
municipal en Santa Cruz, sin que tuviera derecho de
hacerlo.
El
2 de octubre me trasladaron a Putla de Guerrero, en
donde rendí mi declaración preparatoria,
y en la misma señalé que el día
de los hechos, que fueron en Putla, estuve en un seminario
forestal aquí en Tlaxiaco, a 108 kilómetros
de distancia, como consta en el acta que aporté
el acta del seminario en la que no sólo aparece
mi firma, sino la de autoridades de varios pueblos.
Mi
hermano estuvo ese día en Oaxaca, que es una
distancia mucho más alejada, y sin embargo
la juez a la hora de dictar mí sentencia dice
que estaba relativamente cerca de Putla y que pude
ir a cometer el ilícito y volver al seminario
en Tlaxiaco, pero no aportó ninguna prueba
y me dictó una sentencia injusta de 30 años
por homicidio calificado.
Sansón
Aguilar explica el motivo real de su detención:
Dentro de nuestra organización decidimos
impulsar la producción agropecuaria, a fin
de ser autosuficientes y el excedente venderlo a las
comunidades aledañas y formar cooperativas
tanto de producción como de consumo. De esta
manera su organización empezaba a beneficiar
a la mayoría de la gente de su pueblo, y eso
precisamente fue lo que asustó al poder caciquil
de la región.
Los
Yenis enfocaron las cosas hacia nosotros, mayormente
a mí y a mi hermano, porque nosotros encaramos
más los problemas y nunca anduvimos con titubeos
para decir la verdad, y como varias veces denunciamos
cosas como que ellos vendían a 13 mil pesos
el metro cúbico de madera y a los propietarios
les decían que el precio era de 8 mil, o les
decían que los árboles rendían
cuatro metros cúbicos de madera cuando en realidad
rendían ocho o nueve metros.
En
todas estas acciones tenían que ganar más
para poder comprar armas. Ellos tenían su arsenal
y la capacidad de comprar a las autoridades. En nuestro
caso, compraron a los agentes del Ministerio de Putla,
ya que el objetivo era dejarnos en la cárcel
y aquí estamos por un delito que jamás
cometimos.
Por
ese tiempo era diputado por el séptimo distrito
Heraclio Celis Villagómez, asesor intelectual
de la Unidad Especializada de Aprovechamiento Forestal
Yenis, y fue quien influyó sobre la juez para
que en el más mínimo tiempo se me hiciera
aparecer como criminal.
Los
hermanos Aguilar, con plena conciencia, mantienen
la esperanza puesta en su abogado Maurilio Santiago
Reyes, quien pretende llevar este caso ante la Corte
Interamericana de Derechos Humanos.
info@contralinea.com.mx
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