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Después
de dos años de intensos debates, de encuentros
y desencuentros, de promesas de cambio estructural,
de 125 iniciativas legislativas en espera... la transformación
del Estado que prometió Vicente Fox quedará
reducida a una reforma constitucional tímida
que no acaba con el sistema presidencialista autoritario
que legalizaron los gobiernos priistas.
Ante
la ausencia de la iniciativa presidencial tantas veces
prometida, el PAN en el Congreso de la Unión
ahora pretende sacar a contra reloj --en periodo extraordinario
en febrero-- un paquete de iniciativas aparentemente
consensuadas con PRI y PRD, que los panistas promocionan
como la reforma integral del Estado y
con la cual pretenden justificar la presencia de Vicente
Fox en la Presidencia.
En
mi partido estamos convencidos de que si en esta legislatura
no llevamos a cabo la reforma del Estado no podemos
justificar la presencia de Vicente Fox al frente del
gobierno federal, dice lapidaria la panista
María Teresa Gómez Mont, secretaria
de la Comisión Especial para la Reforma del
Estado de la Cámara de Diputados.
Foto: Julio César
Hernández

Gomez Mont |
Dejar
inconclusa la reforma del Estado --augura-- implicaría
replantearla en la próxima legislatura, cuando
las condiciones de negociación serán
adversas porque percibo que a partir de septiembre
se iniciará la lucha por la sucesión
presidencial, que impedirá que los partidos
se sienten en la mesa a generar consensos.
Si
vamos a otra lucha electoral sin las reformas políticas
estructurales implicaría que nunca se lleve
adelante la reforma del Estado.
Por
esa premura los panistas presionaron al interior de
la Cámara de Diputados para, primero, abrir
un periodo extraordinario y, después, para
presentar como iniciativas los pocos acuerdos logrados
en dos años de trabajo de la Comisión
Especial para la Reforma del Estado, donde han sido
constantes los enfrentamientos entre partidos.
Al
iniciar los trabajos de la Comisión se pretendió
que sus integrantes formularan una iniciativa consensuada,
sin embargo, ante la falta de acuerdos y el desorden
de las bancadas que las presentaban a título
personal, se optó por que los partidos elaboraran
sus propias propuestas, sobre las cuales los integrantes
de la Comisión negociaran y alcanzaran puntos
de coincidencia.
Los
consensos plasmados en las iniciativas parecen poco
significativos, además de que no hay garantía
de que se aprueben en su totalidad dadas las diferencias
--algunas insalvables-- entre los tres principales
partidos y sus antagonismos internos. El panorama
se antoja difícil para alcanzar las tres cuartas
partes de la votación requerida para que una
iniciativa se convierta en ley.
Reforma
integral
Lejos de transformar el sistema presidencialista autoritario,
las iniciativas de reforma consensuadas
por las principales fracciones parlamentarias son
apenas unos acuerdos para desincorporar del Ejecutivo
algunas funciones constitucionales que obstaculizan
la transición democrática.
De
las iniciativas que se presentarán a discusión
y aprobación en el recinto legislativo ninguna
representa una disminución significativa al
poder que conserva el presidente por mandato constitucional.
Los
legisladores únicamente discutirán algunos
aspectos sobre el equilibrio de poderes que ni remotamente
solucionan el problema de fondo, no sólo porque
no abordarán a profundidad el asunto de los
órganos de poder federal, sino porque no hay
tiempo ni acuerdos para incluir también los
temas de las garantías constitucionales, el
federalismo y las instituciones electorales.
Los
acuerdos amarrados proponen terminar con el veto de
bolsillo del presidente hacia leyes aprobadas por
el Legislativo para que si, pasado un tiempo, el Ejecutivo
no las promulgara, entonces lo hiciera el presidente
del Congreso de la Unión en turno.
También
se pretende limitar las facultades legislativas del
presidente de la república con el fin de que
el Legislativo sea el que preferentemente presente
iniciativas de leyes; lo que se busca es que el Ejecutivo
deje de ser el gran legislador.
Respecto
del Legislativo las reformas van en el sentido de
ampliar de seis a doce semanas el segundo periodo
ordinario de sesiones y la posibilidad de designar
nuevos legisladores cuando llegue el caso de que falten
el titular y el suplente.
Las
reformas propuestas para el Poder Judicial vienen
a complementar la serie de facultades otorgadas ya
con la reforma judicial iniciada en 1995.
Por
ejemplo, se propone facultar a la Suprema Corte de
Justicia de la Nación para que inicie leyes
únicamente sobre la Ley Orgánica del
Poder Judicial, elaborar su presupuesto, desconcentrar
los tribunales agrarios, laborales y administrativos
en poder del Ejecutivo para que pasen ahora al Judicial,
así como garantizar la autonomía de
los poderes judiciales en los estados.
De
lo amarrado no hay nada más. Pero lo que sí
abunda son desacuerdos, algunos aún con posibilidades
de conciliación y otros que de plano no pasarán.
Entre los asuntos que podrían destrabarse en
estas semanas previas, o inclusive sobre la marcha
de la discusión en el pleno, está la
propuesta para que el Ejecutivo Federal sea sujeto
a juicio político, con el argumento de que
la esencia de una verdadera república
es que el gobernante no esté por encima de
la ley. El PAN es el que se resiste dado que
sería un golpe artero al sistema presidencialista
autoritario.
Igual
de polémica resulta la posibilidad de que el
Congreso investigue el funcionamiento de la administración
pública federal y se le otorguen mayores facultades
de acceso a la información sobre particulares
a fin de que las cámaras puedan conocer de
cualquier asunto de interés nacional.
Con
esto se intenta disminuir lo que algunos legisladores
consideran el dolo del Ejecutivo al ocultar
información a los otros poderes. También
se busca disminuir la discrecionalidad presidencial
así como la corrupción e impunidad sistemática
a infractores de la ley.
Otra
propuesta en la que median posibilidades de negociación
es la relativa al carácter vinculatorio (obligatorio)
que deben tener los puntos de acuerdo alcanzados por
unanimidad por el Poder Legislativo, esto con la finalidad
de reposicionar su poder, actualmente vilipendiado
por las autoridades y la sociedad en común.
En
cuanto a la democracia participativa, los legisladores
del PAN y del PRD únicamente coinciden en la
aprobación del referéndum, descartando
por el momento el plebiscito, la iniciativa popular
y la revocación de mandato. Sin embargo, la
mayoría de la bancada priista rechaza estos
mecanismos de democracia directa.
Igualmente
coinciden en la propuesta de adelantar la fecha de
presentación de la Ley de Ingresos y Presupuesto
de Egresos de la Federación, sólo hay
disenso en el día de entrega, que va desde
finales de septiembre hasta el 15 de octubre. La discusión
se polariza ante la existencia de dos opciones: o
se utiliza el presupuesto del año anterior
mientras los diputados alcanzan consenso o se aprueba
de manera automática la propuesta presidencial
cuando el presupuesto no esté listo para el
31 de diciembre.
Pero
las iniciativas que definitivamente están destinadas
a fracasar en este periodo extraordinario, por no
contar con el mínimo consenso, son dos reformas
de fondo al Congreso de la Unión: la reelección
de legisladores y la disminución de diputaciones
plurinominales.
Más
allá de los desacuerdos entre las bancadas,
ambas iniciativas han provocado antagonismos inclusive
al interior de las fracciones parlamentarias del PAN
y el PRI.
Por
ejemplo, la reelección de legisladores, promovida
por el PAN y rechazada abiertamente por el PRD, mantiene
enfrentados a los grupos parlamentarios del PRI. Mientras
que el priista Salvador Rocha Díaz, presidente
de la Comisión de Puntos Constitucionales,
abandera a un reducido grupo de correligionarios que
están a favor de esta propuesta, la mayoría
de la bancada la rechaza.
Y la
propuesta de disminuir el número de diputados
plurinominales desató golpes bajos entre las
principales cabezas de la fracción parlamentaria
del PAN. En diciembre el líder de la bancada
Felipe Calderón Hinojosa se fue por la libre
y presentó la iniciativa a favor de la reducción,
no obstante que previamente la mayoría de la
bancada desechó tal posibilidad por no haber
consenso.
Los
panistas inconformes y la bancada perredista argumentan
que se reduciría el nivel legislativo porque
los plurinominales traen la línea del
partido y porque casi nunca los más
populares son los más capaces para legislar.
Además, consideran, aún es necesario
este esquema de compensación parlamentaria
por la variedad de fuerzas partidistas con representación
en el país.
La
polarización en estos dos puntos provocó
que en la discusión por venir la Comisión
Especial para la Reforma del Estado se desistiera
de abordar puntos más candentes como la reducción
a cuatro años del periodo presidencial.
El retorno del PRI
El
consenso más sólido entre los diferentes
actores políticos es la imperiosa urgencia
nacional de sacar adelante una reforma del Estado
que dé paso a la transición democrática
por la que votó el electorado en el 2000 y
que, a su vez, justifique la presencia del Vicente
Fox en la presidencia.
Hasta
el día de hoy lo que tenemos en México
es una alternancia pero no un cambio de régimen,
admite la panista Gómez Mont. Esta situación
continúa podría provocar
que en las transiciones de los gobiernos panistas
se implementaran los mismos esquemas autoritarios
del pasado o que en el 2006 el PRI retomara la Presidencia
de la República. Se echarían por la
borda sacrificios y compromisos de tantas generaciones
de mexicanos que trabajaron para el cambio en el país.
El
mismo temor lo comparte Ricardo Álvarez, asesor
del PRD para la reforma del Estado en la Cámara
de Diputados y coordinador del Libro blanco
de la reforma del Estado:
Una
apertura sin controles constitucionales como la que
vivimos desde la caída del PRI tiende a volverse
caótica y abre la posibilidad de que exista
un líder mesiánico como Hugo Chávez
en Venezuela, Fernando Collor de Mello en Brasil,
Alberto Fujimori en Perú o Abdalá Buckaram
en Ecuador, que llegaron al poder legalmente desafiando
a los grandes partidos y que finalmente cayeron en
el autoritarismo, explica.
Más
prudente, Luis Rubio --presidente del Centro de Investigación
para el Desarrollo (CIDE)-- considera que lo que ocurre
en México es una parálisis gubernamental
que no sólo afecta el terreno político
sino, más grave aun, el desarrollo económico
del país.
Foto: Julio César
Hernández

Luis Rubio |
Estamos
viviendo la peor de las tragedias dice el doctor
en ciencias políticas porque la falta
de una reforma de Estado está atrasando la
economía mexicana respecto de lo que sucede
en el resto del mundo, se está perdiendo oxígeno
en ese camino y no estamos tomando las decisiones
que permitan que pueda crecer en los próximos
10 o 15 años. De continuar esta situación,
el desgaste del gobierno será tan grave que
ni siquiera se lograrían los niveles mínimos
de crecimiento económico y de bienestar para
la población.
Sin
embargo existen disensos sobre quién es el
responsable de esta parálisis gubernamental.
Ricardo Álvarez culpa a Fox y al PAN de que
al estar deslumbrados por el poder no quieren
un cambio a fondo sino únicamente una administración
más eficaz. Mientras que Luis Rubio sostiene
que el origen del problema es la falta de disposición
del Poder Legislativo para negociar con el Ejecutivo.
Aunque
sin duda hay inexperiencia e inhabilidad política
por parte de Fox --explica el también asesor
de la Secretaría de Hacienda--, el problema
fundamental es que no se han transformado las estructuras
del sistema presidencialista para adaptarse a la nueva
realidad.
Nada
ha cambiado en los tres poderes ni el los gobiernos
estatales. Seguimos operando con un sistema diseñado
para que el presidente sea la figura central, cuando
en los hechos ya no tiene la capacidad de obligar
a todo el mundo de ceñirse a sus intereses,
pero tampoco recursos que le permitan tomar decisiones
a nivel federal.
Hoy
en día tenemos una institución presidencial
muy débil. En la medida en que se ha fortalecido
al Poder Legislativo se ha debilitado al Poder Ejecutivo.
Se necesitan mecanismos que obliguen a los legisladores
a negociar con el presidente y a rendir cuentas ante
el electorado.
Por
ejemplo, las iniciativas del presidente se quedan
durmiendo el sueño de los justos y no hay nada
que obligue a los diputados y senadores a discutirlas,
sostiene.
Y
plantea un panorama poco alentador:
Podemos quedarnos en el peor de los mundos --adelanta
el doctor en ciencias políticas--, el país
ya logró el primer escalón de la democracia
que es el electoral pero hasta el momento no ha conseguido
crear ciudadanos responsables, un estado de legalidad,
acabar con la impunidad ni un desempeño económico
adecuado, lo que en el 2006 abriría la posibilidad
de que la ciudadanía opte por regímenes
autoritarios para intentar satisfacer la demanda ciudadana
que no se logró por el lado democrático.

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