Ir a Temas de Portada
Me cuesta trabajo hablar mal de mi patria
Por Mauricio Mejía

Tomas Eloy Martínez

El celebrado escritor argentino Tomas Eloy Martínez se somete a una charla sobre un tema angustioso: la caída libre de la Argentina en la que viene a nacer hace 52 años. El autor de Santa Evita y de El Vuelo de la Reina supone lo que muchos: que Argentina debe tirar todas sus instituciones y sobre los escombros levantar nuevas en las que estén representados los hijos de la crisis cultural más grave de América Latina.

Poner a Argentina como tapiz, como telón de fondo. Y luego hablar sobre ella, como no queriendo pero queriendo al fin. “Es que me cuesta trabajo hablar mal de mi patria afuera y ahora no tengo más remedio que hacerlo.”

Oírlo decir esto y verlo triste, con una inconfundible mirada de desamparo, esa que se les nota tanto a los argentinos como él, siempre tan enteros, tan suyos, y ahora tan, cómo decirlo, tan…desesperados.

Si Tomás Eloy Martínez pudiera verse de frente en el espejo, no como casi todos los días cuando se rasura y piensa en las cosas que no tienen mucho sentido, como son todas las cosas que uno piensa cuando se rasura, se peina o se fija el cabello con la raya bien definida sobre el lado derecho; si pudiera verse ante el espejo pero viéndose en serio cada centímetro cuadrado de su rostro, Tomás Eloy podría repetirse una frase suya que sirvió para edificar a su Evita.

“Tengo la mirada llena de cicatrices”, diría. Pero se asombraría. También llena de costras y heridas a medio sangrar.

“Nadie puede estar en paz cuando el país al que se pertenece sufre la esquizofrenia de la carestía”, exclama, ya en la realidad, dejando a un lado la literatura.

Si esta conversación tuviera que ver con literatura, si otros tiempos le corrieran al mundo, hablaría de Piglia, de Cortázar, a quien entrevistó cuando Julio tenía en la lumbre su Rayuela y luego volvió a verlo consagrado, erudito, travieso, con una tiza siempre en la mano. Pero las cosas se han puesto difíciles como para permitir el lujo de platicar de letras.

O de letras tan sólo. “Quiero que lo deje claro”, advierte, pero sin advertirlo realmente, como un cumplido de un ser amable, como un perdone usted es que yo tenía entendido… “que la cosa del reportaje era de literatura, de mi última novela, porque no me siento muy a gusto ahora, aunque sé que no tengo más remedio, claro, que hablar mal de mi país, pero esto me hace sentir muy mal.”

Una pena, créame que es una pena venir a molestarlo con esto pero cuántos como usted para conversar sobre su patria o lo que es todavía su patria, tan lejana del mundo financiero y de las oficinas de prestaciones y subvenciones de los dueños del dinero.

Usted lo sabe, de hecho lo dirá más adelante, Argentina está en escombros, gobernada no por un Estado sino por una “trama de intereses”, como los llamará aquí usted mismo. Así que charlar sólo de literatura sería algo suntuoso. Y tendríamos que pagar impuesto por ello.

Tomás, hace rato que su patria viene llenándose de fantasmas que antes del crash fueron personas de carne y hueso. Primero perdieron el traje, luego la pizza y después ese otro lujo tan fuera de época que llaman dignidad. Ya llevamos un año de los cacerolazos y las cosas sólo cambian para estar peor, como si la descomposición no tuviera límites.

--¿De qué Argentina me está hablando? --pregunta el autor de El vuelo de la reina. --Esa sería la primera pregunta que deberíamos hacer. ¿Qué Argentina? ¿De cuál está hablando? ¿La de ahora ? ¿La de la historia ? ¿La del Ascenso ? ¿De cuál?
--La de esta mañana.
--La Argentina que busca como tapiz está en mi última novela. La Argentina de las obsesiones ya no existe.

La de hoy, que gasta más de lo que gana, que vive dispendiosamente sin pensar en el mañana, sufre corrupción, pérdida de fe y su población padece engaños deliberados de su gobierno.

Y eso fue determinando no sólo su degradación económica, sino algo mucho más grave y mucho más profundo, su pérdida de confianza en sí misma.

El cuadro que ve es el de la corrupción, el de la rapacidad de las clases dirigentes, el de la arrogancia, en el que cada individuo siente que es más importante que la comunidad y que su destino es más importante todavía que el destino de todos.

Es el cuadro de la rebatiña, del privilegio, con absoluta desconsideración del destino ajeno. Eso es lo que causó la situación actual de Argentina.

Tomás, ¿qué pasaría si como en una página de sus novelas un grupo de filósofos bajara hoy mismo en Buenos Aires de un barco cualquiera para examinar lo que sucede en su tierra? ¿Qué verían, qué relatarían? “Encontrarían a un país, como diría Borges, que por fin encuentra su destino americano.”

¿Qué quiere decir con eso? “Quiero decir que los argentinos se imaginaron a sí mismos como una Atlántida desprendida de Europa y han encontrado que son en verdad latinoamericanos.

Nuestro historiador más importante, Bartolomé Mitre, dijo que nuestro país ha nacido a los fines históricos y a los fines políticos el 25 de mayo de 1810, cuando comienza su independencia. Lo ve, hay en eso una abolición de todo pasado indígena y hay que entender qué significa eso.

“Significa, entre otras cosas, la eliminación de los lunares, de los negros en los arroces. De la vieja comunidad negra, que todavía en el principio del siglo XIX significaba un tercio de la población total, no quedan ni las cicatrices. En este momento ya no es ni el 1% de nuestro total.

Su suerte fue un misterio. El autoritarismo y el racismo están en la historia remota, pero hoy ya no tenemos tampoco la solidaridad que tanto nos había caracterizado. Ya no tenemos ese sentimiento de que compartíamos un mismo sentido.”

El tapiz celeste comienza a desgastarse por su lado más delgado, el del sentimiento, pero no el sentimiento como algo que se lleva y se pone en la solapa del saco, sino aquel significado que le daban los argentinos a sus particulares emociones, la casa, la cancha, los viejos, el mate, la arrogancia, la furia, el lunfardo.

En esta estación de la historia que nadie sabe cuándo comenzó y cuándo terminará, ¿qué sentimiento rige la vida argentina?

“El de la desesperanza. Muchos argentinos me lo han dicho: no vemos la luz, no sabemos cómo es, ni cuál es su intensidad, no podemos verla al otro lado del túnel. No sabemos cuál será la salida de esto.

Se vive una especie de desamparo en las condiciones más infames, y eso es lo peor. Hay millares de jóvenes argentinos excepcionalmente preparados que no tienen trabajo ni opciones para conseguirlo.

Y no pueden hacer nada. La sangría de la inteligencia argentina es considerable y es mucho más dolorosa que las mismas ventas de Menem”.

Parece como si el diálogo se cayera de la mesa, como si hubiera que levantarlo del piso. “La Argentina está vacía de todo”, dice, no pidiendo consuelo sino presumiendo orgullosamente su desconsuelo.

“El fin del derrumbe argentino comenzó apenas después de la sucesión de los golpes militares. Empieza con el gobierno de Menem Y más precisamente con aquella declaración de su gobierno que tanto indignó a Carlos Fuentes: ´Argentina va a tener encuentros carnales con Estados Unidos.´

Esas relaciones casi carnales significaban sumisión ante los deseos estadounidenses, en el orden militar, político y, por supuesto, económico.

Durante esa etapa el gobierno logró el milagro, el asombroso milagro de vender todos los bienes de la Argentina, desde el petróleo hasta las aguas corrientes y la energía eléctrica. Sólo le faltó vender el cordón de las aceras, como se decía entonces.

El país se endeudó mucho más, y sin embargo esas ventas infinitamente millonarias, que son la privación brutal de la soberanía, acrecentaron la deuda externa en unos 30 o 40 mil millones de dólares.”

El resultado, dice con desesperanza, fue que la patria quedó descamisada, sin manera de sobreponerse a una adversidad fuera de borda. “Muy pocas veces los argentinos hemos tenido gobernantes de la estatura intelectual del promedio de nuestra población.

Son inferiores, son pícaros de la lengua, ladronzuelos, gente de poca monta. Y cuando se alcanza a ver una figura de cierto tamaño, como los casos de Alfonsín y de Perón, uno se encuentra con cosas curiosas.

El primero deshizo con la mano derecha lo que había construido con la izquierda. Y el segundo aplicó todo el tiempo la cultura militar. Convirtió al país en cuartel. Fue uno de los grandes puentes del autoritarismo argentino.

Creyó que eso era lo mejor, pero esa cultura autoritaria es muy difícil de erradicar ahora. Se valió del engaño, convocó a las izquierdas y cuando tuvo que gobernar lo hizo con el peor de los conservadurismos.

Consintió la formación de las llamadas Triple A, que no eran otra cosa que fuerzas militares que mataron a mansalva a cientos y provocó miles de exilios, entre ellos el mío.”

En un artículo publicado en el diario El País, de Madrid, poco después de los cacerolazos de hace un año, Tomás Eloy Martínez vio una Argentina difícil de imaginar, era un ser fantástico: “Un animal monstruoso que era al mismo tiempo una sociedad en la reconquista de salud recién perdida.”

Esa versión de la realidad me fue dolorosa, dice como si quisiera seguir hablando de Piglia, de las Armas Secretas o de un relato de Borges que se sabe de memoria.

Pero Argentina se ha tomado la libertad de cambiar la ruta de esta entrevista. No, la literatura sería un privilegio, un platillo caro para este momento. Claro que está pero sólo como conversación de velorio, de esas que se utilizan para ir digiriendo penas.

--¿Qué tienen los argentinos en lugar de Estado?

--Una oscura trama de intereses. El Estado ha sucumbido ante los intereses de los grandes corporativos y los ciudadanos no le importan en absoluto.
--En Santa Evita usted dice que el poder es sólo un tejido de datos, ¿qué dice ahora, qué es el poder en estos días de ajetreo?

--El poder está en manos de una serie de grupos económicos, corporaciones internacionales que manejan a su antojo al país. Eso sucede desde hace mucho tiempo. Hacen y deshacen. Suben y bajan el dólar cuando quieren. Producen sumas y bajas en la bolsa, desangran al país sin la menor preocupación por el futuro.

El saqueo es otra forma de poder. Manejan informaciones a las que solamente ellos tienen acceso. Movimientos bancarios, encajes financieros de formas muy elaboradas. Argentina ha dejado de ser una nación productiva para convertirse en una corporación financiera.

El país que era el granero del mundo ahora ha visto detenida su producción agrícola. Un ejemplo: los vinos argentinos son de lo mejor del mundo pero no pueden encontrarse fuera de Argentina. No sé por qué pasan esas cosas.

No soy experto, solamente doy datos de la realidad que voy verificando.
--Y pensar que aún quedan días por vivir.

¿Qué puede salvar a la Argentina?
--No tengo profecías. En el caso de nuestra economía, las ruedas salvavidas han sido echadas varias veces y la corrupción las desinfló. Ahora el derrumbe argentino no está produciendo ninguna consecuencia en los mercados internacionales.

Nadie que esté afuera sufre por los argentinos. Los señores que medraron con ellos ya se llevaron todo su dinero fuera del país, por lo que tampoco sufren. Los que están sufriendo son precisamente los argentinos del pueblo.

La única manera de resolver su situación es la solidaridad internacional. Urge un envío de dinero. Pero sé que ese envío necesita garantías de que será bien utilizado, que no será mal tratado, como ha sucedido habitualmente.

Lo que voy a decir es muy desdichado pero no soy el único que piensa así. Lo mejor para Argentina es que pise un fondo de miseria aun mayor del que se tiene para que una vez allí el país tome conciencia de lo que realmente le ha sucedido.

Mientras se sobrevive, aunque se vaya empeorando, queda una especie de resignación, pero la desesperación que provoca la miseria extrema provoca un cambio real de actitud ante la vida. Los argentinos también necesitamos un cambio de cultura. Necesitamos cambiar nuestra frivolidad, nuestro dispendio ya mismo.

8columnas@contralinea.com.mx

Abrir contralinea.com.mx
Menú
Indice 8 columnas
Volver a inicio
Contralinea.com.mx
Menú
Indice 8 columnas
Volver a inicio
Contralinea.com.mx