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Poner
a Argentina como tapiz, como telón de fondo.
Y luego hablar sobre ella, como no queriendo pero
queriendo al fin. Es que me cuesta trabajo hablar
mal de mi patria afuera y ahora no tengo más
remedio que hacerlo.
Oírlo
decir esto y verlo triste, con una inconfundible mirada
de desamparo, esa que se les nota tanto a los argentinos
como él, siempre tan enteros, tan suyos, y
ahora tan, cómo decirlo, tan
desesperados.
Si
Tomás Eloy Martínez pudiera verse de
frente en el espejo, no como casi todos los días
cuando se rasura y piensa en las cosas que no tienen
mucho sentido, como son todas las cosas que uno piensa
cuando se rasura, se peina o se fija el cabello con
la raya bien definida sobre el lado derecho; si pudiera
verse ante el espejo pero viéndose en serio
cada centímetro cuadrado de su rostro, Tomás
Eloy podría repetirse una frase suya que sirvió
para edificar a su Evita.
Tengo
la mirada llena de cicatrices, diría.
Pero se asombraría. También llena de
costras y heridas a medio sangrar.
Nadie
puede estar en paz cuando el país al que se
pertenece sufre la esquizofrenia de la carestía,
exclama, ya en la realidad, dejando a un lado la literatura.
Si
esta conversación tuviera que ver con literatura,
si otros tiempos le corrieran al mundo, hablaría
de Piglia, de Cortázar, a quien entrevistó
cuando Julio tenía en la lumbre su Rayuela
y luego volvió a verlo consagrado, erudito,
travieso, con una tiza siempre en la mano. Pero las
cosas se han puesto difíciles como para permitir
el lujo de platicar de letras.
O de
letras tan sólo. Quiero que lo deje claro,
advierte, pero sin advertirlo realmente, como un cumplido
de un ser amable, como un perdone usted es que yo
tenía entendido
que la cosa del
reportaje era de literatura, de mi última novela,
porque no me siento muy a gusto ahora, aunque sé
que no tengo más remedio, claro, que hablar
mal de mi país, pero esto me hace sentir muy
mal.
Una
pena, créame que es una pena venir a molestarlo
con esto pero cuántos como usted para conversar
sobre su patria o lo que es todavía su patria,
tan lejana del mundo financiero y de las oficinas
de prestaciones y subvenciones de los dueños
del dinero.
Usted
lo sabe, de hecho lo dirá más adelante,
Argentina está en escombros, gobernada no por
un Estado sino por una trama de intereses,
como los llamará aquí usted mismo. Así
que charlar sólo de literatura sería
algo suntuoso. Y tendríamos que pagar impuesto
por ello.
Tomás,
hace rato que su patria viene llenándose de
fantasmas que antes del crash fueron personas de carne
y hueso. Primero perdieron el traje, luego la pizza
y después ese otro lujo tan fuera de época
que llaman dignidad. Ya llevamos un año de
los cacerolazos y las cosas sólo cambian para
estar peor, como si la descomposición no tuviera
límites.
--¿De
qué Argentina me está hablando? --pregunta
el autor de El vuelo de la reina. --Esa sería
la primera pregunta que deberíamos hacer. ¿Qué
Argentina? ¿De cuál está hablando?
¿La de ahora ? ¿La de la historia ?
¿La del Ascenso ? ¿De cuál?
--La de esta mañana.
--La Argentina que busca como tapiz está en
mi última novela. La Argentina de las obsesiones
ya no existe.
La
de hoy, que gasta más de lo que gana, que vive
dispendiosamente sin pensar en el mañana, sufre
corrupción, pérdida de fe y su población
padece engaños deliberados de su gobierno.
Y eso
fue determinando no sólo su degradación
económica, sino algo mucho más grave
y mucho más profundo, su pérdida de
confianza en sí misma.
El cuadro que ve es el de la corrupción, el
de la rapacidad de las clases dirigentes, el de la
arrogancia, en el que cada individuo siente que es
más importante que la comunidad y que su destino
es más importante todavía que el destino
de todos.
Es
el cuadro de la rebatiña, del privilegio, con
absoluta desconsideración del destino ajeno.
Eso es lo que causó la situación actual
de Argentina.
Tomás,
¿qué pasaría si como en una página
de sus novelas un grupo de filósofos bajara
hoy mismo en Buenos Aires de un barco cualquiera para
examinar lo que sucede en su tierra? ¿Qué
verían, qué relatarían? Encontrarían
a un país, como diría Borges, que por
fin encuentra su destino americano.
¿Qué
quiere decir con eso? Quiero decir que los argentinos
se imaginaron a sí mismos como una Atlántida
desprendida de Europa y han encontrado que son en
verdad latinoamericanos.
Nuestro
historiador más importante, Bartolomé
Mitre, dijo que nuestro país ha nacido a los
fines históricos y a los fines políticos
el 25 de mayo de 1810, cuando comienza su independencia.
Lo ve, hay en eso una abolición de todo pasado
indígena y hay que entender qué significa
eso.
Significa,
entre otras cosas, la eliminación de los lunares,
de los negros en los arroces. De la vieja comunidad
negra, que todavía en el principio del siglo
XIX significaba un tercio de la población total,
no quedan ni las cicatrices. En este momento ya no
es ni el 1% de nuestro total.
Su
suerte fue un misterio. El autoritarismo y el racismo
están en la historia remota, pero hoy ya no
tenemos tampoco la solidaridad que tanto nos había
caracterizado. Ya no tenemos ese sentimiento de que
compartíamos un mismo sentido.
El
tapiz celeste comienza a desgastarse por su lado más
delgado, el del sentimiento, pero no el sentimiento
como algo que se lleva y se pone en la solapa del
saco, sino aquel significado que le daban los argentinos
a sus particulares emociones, la casa, la cancha,
los viejos, el mate, la arrogancia, la furia, el lunfardo.
En esta estación de la historia que nadie sabe
cuándo comenzó y cuándo terminará,
¿qué sentimiento rige la vida argentina?
El
de la desesperanza. Muchos argentinos me lo han dicho:
no vemos la luz, no sabemos cómo es, ni cuál
es su intensidad, no podemos verla al otro lado del
túnel. No sabemos cuál será la
salida de esto.
Se
vive una especie de desamparo en las condiciones más
infames, y eso es lo peor. Hay millares de jóvenes
argentinos excepcionalmente preparados que no tienen
trabajo ni opciones para conseguirlo.
Y no pueden hacer nada. La sangría de la inteligencia
argentina es considerable y es mucho más dolorosa
que las mismas ventas de Menem.
Parece
como si el diálogo se cayera de la mesa, como
si hubiera que levantarlo del piso. La Argentina
está vacía de todo, dice, no pidiendo
consuelo sino presumiendo orgullosamente su desconsuelo.
El
fin del derrumbe argentino comenzó apenas después
de la sucesión de los golpes militares. Empieza
con el gobierno de Menem Y más precisamente
con aquella declaración de su gobierno que
tanto indignó a Carlos Fuentes: ´Argentina
va a tener encuentros carnales con Estados Unidos.´
Esas
relaciones casi carnales significaban sumisión
ante los deseos estadounidenses, en el orden militar,
político y, por supuesto, económico.
Durante esa etapa el gobierno logró el milagro,
el asombroso milagro de vender todos los bienes de
la Argentina, desde el petróleo hasta las aguas
corrientes y la energía eléctrica. Sólo
le faltó vender el cordón de las aceras,
como se decía entonces.
El
país se endeudó mucho más, y
sin embargo esas ventas infinitamente millonarias,
que son la privación brutal de la soberanía,
acrecentaron la deuda externa en unos 30 o 40 mil
millones de dólares.
El
resultado, dice con desesperanza, fue que la patria
quedó descamisada, sin manera de sobreponerse
a una adversidad fuera de borda. Muy pocas veces
los argentinos hemos tenido gobernantes de la estatura
intelectual del promedio de nuestra población.
Son
inferiores, son pícaros de la lengua, ladronzuelos,
gente de poca monta. Y cuando se alcanza a ver una
figura de cierto tamaño, como los casos de
Alfonsín y de Perón, uno se encuentra
con cosas curiosas.
El
primero deshizo con la mano derecha lo que había
construido con la izquierda. Y el segundo aplicó
todo el tiempo la cultura militar. Convirtió
al país en cuartel. Fue uno de los grandes
puentes del autoritarismo argentino.
Creyó
que eso era lo mejor, pero esa cultura autoritaria
es muy difícil de erradicar ahora. Se valió
del engaño, convocó a las izquierdas
y cuando tuvo que gobernar lo hizo con el peor de
los conservadurismos.
Consintió la formación de las llamadas
Triple A, que no eran otra cosa que fuerzas militares
que mataron a mansalva a cientos y provocó
miles de exilios, entre ellos el mío.
En
un artículo publicado en el diario El País,
de Madrid, poco después de los cacerolazos
de hace un año, Tomás Eloy Martínez
vio una Argentina difícil de imaginar, era
un ser fantástico: Un animal monstruoso
que era al mismo tiempo una sociedad en la reconquista
de salud recién perdida.
Esa versión de la realidad me fue dolorosa,
dice como si quisiera seguir hablando de Piglia, de
las Armas Secretas o de un relato de Borges que se
sabe de memoria.
Pero
Argentina se ha tomado la libertad de cambiar la ruta
de esta entrevista. No, la literatura sería
un privilegio, un platillo caro para este momento.
Claro que está pero sólo como conversación
de velorio, de esas que se utilizan para ir digiriendo
penas.
--¿Qué
tienen los argentinos en lugar de Estado?
--Una oscura trama de intereses. El Estado ha sucumbido
ante los intereses de los grandes corporativos y los
ciudadanos no le importan en absoluto.
--En Santa Evita usted dice que el poder es sólo
un tejido de datos, ¿qué dice ahora,
qué es el poder en estos días de ajetreo?
--El poder está en manos de una serie de grupos
económicos, corporaciones internacionales que
manejan a su antojo al país. Eso sucede desde
hace mucho tiempo. Hacen y deshacen. Suben y bajan
el dólar cuando quieren. Producen sumas y bajas
en la bolsa, desangran al país sin la menor
preocupación por el futuro.
El
saqueo es otra forma de poder. Manejan informaciones
a las que solamente ellos tienen acceso. Movimientos
bancarios, encajes financieros de formas muy elaboradas.
Argentina ha dejado de ser una nación productiva
para convertirse en una corporación financiera.
El país que era el granero del mundo ahora
ha visto detenida su producción agrícola.
Un ejemplo: los vinos argentinos son de lo mejor del
mundo pero no pueden encontrarse fuera de Argentina.
No sé por qué pasan esas cosas.
No
soy experto, solamente doy datos de la realidad que
voy verificando.
--Y pensar que aún quedan días por vivir.
¿Qué puede salvar a la Argentina?
--No tengo profecías. En el caso de nuestra
economía, las ruedas salvavidas han sido echadas
varias veces y la corrupción las desinfló.
Ahora el derrumbe argentino no está produciendo
ninguna consecuencia en los mercados internacionales.
Nadie
que esté afuera sufre por los argentinos. Los
señores que medraron con ellos ya se llevaron
todo su dinero fuera del país, por lo que tampoco
sufren. Los que están sufriendo son precisamente
los argentinos del pueblo.
La
única manera de resolver su situación
es la solidaridad internacional. Urge un envío
de dinero. Pero sé que ese envío necesita
garantías de que será bien utilizado,
que no será mal tratado, como ha sucedido habitualmente.
Lo
que voy a decir es muy desdichado pero no soy el único
que piensa así. Lo mejor para Argentina es
que pise un fondo de miseria aun mayor del que se
tiene para que una vez allí el país
tome conciencia de lo que realmente le ha sucedido.
Mientras
se sobrevive, aunque se vaya empeorando, queda una
especie de resignación, pero la desesperación
que provoca la miseria extrema provoca un cambio real
de actitud ante la vida. Los argentinos también
necesitamos un cambio de cultura. Necesitamos cambiar
nuestra frivolidad, nuestro dispendio ya mismo.
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