Foto: Rafael Gaviria Lopez Obrador, mecanismos populistas
Ante la falta de apoyo legislativo,
Fox y López Obrador pretenden ganar simpatías para sus
gobiernos por medio de instrumentos propios de regímenes autoritarios.
En la carrera por
la legitimación política, el presidente Vicente Fox
intenta dar alcance a Andrés Manuel López Obrador
impulsando una reforma constitucional que reconozca el referéndum
y el plebiscito para la toma de decisiones de asuntos polémicos,
no obstante la advertencia de especialistas en torno a que estas
figuras abren la puerta a gobiernos populistas y manipuladores.
Son una ficción democrática, resume el
doctor Diego Valadés al advertir que la experiencia internacional
ha demostrado mayoritariamente que estos instrumentos jurídicos
de democracia directa sólo sirven para instaurar o consolidar
regímenes autoritarios.
Desde el punto de vista del discurso político suenan
muy bonitos y tienen un gran ropaje democrático, por lo que
unos los patrocinan sabiendo los aspectos negativos que pueden traer
y otros lo hacen, quiero pensar, por ingenuidad, dice el director
del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM.
Su colega, el doctor Miguel Carbonell también prevé
este riesgo, aunque reconoce que el referéndum y el plebiscito
pueden tener alguna utilidad en el sistema democrático como
en el debate público y en el fomento a la educación
cívica, siempre y cuando estén bien acotados
para evitar malos manejos.
Sobre todo que no se deje a la discrecionalidad del gobernante
su organización y la formulación, porque estos mecanismos
privilegian a los políticos demagogos. No hay que olvidar
que quien es más populista a veces gana más referendums,
asegura el investigador.
Desde sus respectivas campañas electorales, Fox y López
Obrador se subieron al carro de la democracia directa con la promesa
de mandar obedeciendo, y para conquistar el triunfo
aprovecharon el descontento ciudadano causado por décadas
de abandono e indiferencia gubernamental.
Como candidato y
como mandatario en su toma de posesión, en entrevistas
a medios internacionales como El País y en actos oficiales,
Fox ha insistido en su deseo de integrar estas figuras a la Constitución
General de la República.
Diego Valadéz, "ficción
democrática".
La democracia futura no habrá de agotarse en el acto
de sufragar. Tienen que ampliarse las formas en que los ciudadanos
puedan ejercer el poder y al mismo tiempo dotar a las decisiones
fundamentales de amplia legitimidad.
Estamos en el tiempo de la democracia participativa, de formas de
democracia directa como el referéndum y el plebiscito para
que el cuerpo electoral sea consultado obligatoriamente sobre leyes
y decisiones fundamentales, resumió el presidente Vicente
Fox en febrero del 2001 durante el LXXXIV aniversario de la Constitución
de 1917.
Mientras en dos años de mandato López Obrador ha convocado
a cuatro consultas en temas de interés ciudadano (respecto
del horario de verano, del precio del boleto del Metro, de la construcción
del segundo piso de Viaducto y Periférico y, en diciembre
pasado, de la ratificación de su mandato por parte de los
capitalinos), Fox no ha logrado que el Congreso apruebe ninguna
de las reformas sobre plebiscito, referéndum e iniciativa
popular planteadas por el PAN en agosto del 2000 y en abril pasado.
Pese a las críticas por el alto costo que han representado
este tipo de consultas en el Distrito Federal y la baja participación
ciudadana que han registrado para el plebiscito sobre los
segundos pisos se gastaron 48 millones de pesos y apenas votó
6.6% del padrón electoral, el periódico Dallas
Morning señaló en agosto pasado que en las encuestas
de opinión en la ciudad de México López Obrador
supera a Fox con niveles de popularidad de alrededor de 70%.
Tradicionalmente advierte Diego Valadés
los más interesados en estos sistemas han sido los regímenes
autoritarios. Basta recordar a Hussein con el plebiscito del año
pasado en el que ratificó su mandato con 100% de los votos
o el realizado por el presidente egipcio Gamal Nasser, en 1967,
que obtuvo 99.9% de aprobación.
Para los gobernantes continúa no hay mejor
estrategia de legitimación que un plebiscito. López
Obrador, por ejemplo, sabía de antemano que iba a ganar su
consulta de diciembre pasado, de lo contrario no habría preguntado.
El 6 de diciembre, un día antes de su plebiscito, López
Obrador presentó al Congreso local una iniciativa para legislar
la revocación de mandato contra el titular del gobierno capitalino
y los jefes de las 16 delegaciones políticas.
En la ciudad de México la propuesta de inmediato desató
críticas de los panistas, que consideraban que la misma llevaba
dedicatoria para los delegados que han mantenido un enfrentamiento
constante con el gobierno del Distrito Federal. La revocación
de mandato es la única herramienta de democracia directa
que falta de incluir en la Ley de Participación Ciudadana
del Distrito Federal, aprobada en 1998.
Prisa por legislar
Urgidos de tiempo ante el relevo legislativo de septiembre próximo,
los diputados abrirán en febrero entrante un periodo extraordinario
de sesiones para sacar a flote la iniciativa consensada ya por las
comisiones de Participación Ciudadana y la de Puntos Constitucionales,
la cual opta por incluir el referéndum en la Constitución.
El cabildeo realizado entre noviembre y diciembre por el presidente
de la Comisión de Participación Ciudadana, el panista
Miguel Gutiérrez Hernández, consiguió al menos
un acuerdo pactado dentro de las negociaciones de la Reforma de
Estado realizadas en la Secretaría de Gobernación.
La discusión polarizó las posiciones de los diferentes
partidos pero al final el PRI sólo cedió la inclusión
del referéndum y pospuso, para mejor ocasión, el debate
sobre plebiscito, iniciativa popular y revocación de mandato.
Sin embargo, la histórica oposición del PRI al reconocimiento
de los mecanismos de democracia directa podría echar abajo
la iniciativa, pues el mismo Gutiérrez Hernández teme
que gane el desacuerdo mayoritario que priva entre los diputados
priistas sobre el consenso alcanzado en Bucareli, independientemente
de que sus representantes en la mesa de negociación lo hayan
avalado.
En entrevista, Gutiérrez Hernández comenta que inclusive
el presidente de la Comisión de Puntos Constitucionales,
el priista Salvador Rocha, delegó a la comisión a
su cargo la responsabilidad de elaborar la iniciativa, dada la resistencia
del priista a elevar el referéndum a rango constitucional.
Ésta contempla la reforma a los artículos 35, 41,
71, 73, 74 y 135 constitucionales y establece que el referéndum
podrá aplicarse en reformas a las garantías constitucionales,
modificación de la forma de gobierno, asuntos relativos al
territorio nacional, símbolos patrios, modificación
del procedimiento de reforma a la Constitución. Asimismo,
excluye la política tributaria, asuntos penales, indultos
y salud pública.
La iniciativa registra el gran temor de que el presidente de la
república maneje autoritariamente estos instrumentos y por
lo mismo no lo incluye en la lista de los actores políticos
facultados para su convocatoria. De aprobarse, sólo el Congreso
de la Unión si así lo pidiera la mitad de sus
integrantes y la ciudadanía (con al menos 2% del padrón
electoral) podrían solicitarlos. El organizador y calificador
de este tipo de consultas sería el propio Instituto Federal
Electoral.
Para que los resultados del referéndum sean obligatorios
o vinculatorios deberá participar 60% del padrón electoral
y el ganador habrá de contar a su vez con 60% de los votos
emitidos. En este punto es donde se concentran las diferencias entre
las fracciones, por lo que el panista Gutiérrez Hernández
adelanta que este porcentaje podría reducirse a 51% en caso
de representar un obstáculo en la discusión.
Esta propuesta se suma a las nueve pendientes que PAN, PRD, PT y
Convergencia para la Democracia presentaron en los últimos
dos años para legislar la iniciativa popular, el plebiscito
y la revocación de mandato.
Estas iniciativas deben hacerse de forma gradual, enfría
el perredista Luis Herrera, también miembro de la Comisión
de Participación Ciudadana. Deben verse como un ejercicio
de educación cívica para evitar apasionamientos en
los juicios de la población. Necesitamos un nivel parecido
de politización ciudadana en todos los estados para lograr
votos razonados, aunque rechazamos el argumento de que el pueblo
no tiene la edad mental para participar en este tipo de ejercicios.
Pero más que inexperiencia ciudadana lo que priva entre los
actores políticos involucrados es la desconfianza en una
reforma que lleve dedicatoria. Entre ellos se encuentra el senador
priista Manuel Bartlett:
Nosotros no estamos en contra de la democracia directa, ya
que es útil para renovar posiciones con base en las demandas
populares. Lo que no es correcto es que estas herramientas se legislen
en función del foxismo que es un gobierno impredecible
o en algunos casos demasiado predecible, sino en función
del futuro del país, exige.
Vicente Fox, urgido de simpatías
El diputado panista responde:
Sabemos que el PRI teme que estas figuras jurídicas
beneficien a Fox, pero si estamos apostando a una verdadera transformación
social e innovación política no debemos pensar que
las malas experiencias que ha tenido el mundo con estos mecanismos
necesariamente se presentarán en nuestro país.
Aunque no hace referencia directa al gobierno de López Obrador,
el perredista Herrera considera que para evitar que estos instrumentos
sean utilizados de manera irresponsable y de consecuencias
lamentables, se deben incluir candados en la ley.
Por ejemplo, establecer un porcentaje de participación ciudadana
de al menos la mitad del padrón electoral para que los resultados
sean válidos y sancionar administrativamente a los funcionarios
que abusen de este tipo de herramientas.
Bartlett considera por su parte que el cambio a un sistema semidirecto
(democracia directa combinada con democracia representativa) sería
muy positivo, siempre y cuando no atente contra la división
de poderes, en particular suplantando al Congreso en decisiones
polémicas.
El que está en contra de la democracia es Fox porque
todavía presiona al Congreso de la Unión y a los gobernadores
acusa. Si se establecen mecanismos para que el Ejecutivo
elimine al Poder Legislativo a través de plebiscitos o referéndum
es negativo, entonces para qué lo tenemos. Deben ser instrumentos
muy cuidados para que no se acabe con un poder.
En la misma frecuencia, el jurista Miguel Carbonell no duda de la
efectividad de la democracia directa sino de que sus instrumentos
surjan en las actuales condiciones políticas del país.
Inequívocamente la ciudadanía sí está
preparada para las consultas populares, pero no creo que los gobernantes
lo estén y tampoco los medios de comunicación,
señala.
Estos mecanismos enriquecerían el debate público
de temas relevantes para el país, que ha sido indebidamente
secuestrado por los partidos políticos, añade.
Pero advierte que la democracia semidirecta no resuelve la crisis
de representatividad de los partidos políticos ni el malestar
de la ciudadanía hacia ellos y que tanto el plebiscito como
el referéndum sólo deben usarse de manera coyuntural
y excepcional para resolver dudas sobre decisiones políticas
o jurídicas importantes.
Por el contrario, el panista Gutiérrez Hernández asegura
que estas herramientas vienen a solucionar no sólo la crisis
de representatividad de los partidos sino también la del
Poder Legislativo:
La sociedad no considera que sus intereses se discuten con
responsabilidad por sus representantes en la Cámara de Diputados
y distingue que no todos los partidos están haciendo el esfuerzo
de acercarse a ellos para identificar cuáles son sus verdaderos
problemas.
Inercias autoritarias
El director del Instituto de Investigaciones Jurídicas, Diego
Valadés, no tiene duda de que estos mecanismos son
una estrategia de demolición del sistema representativo
y afirma que cuando se aplican estas técnicas se socava la
autonomía del Poder Legislativo y en los hechos se convierte
en un régimen autoritario.
Las consecuencias del plebiscito de López Obrador para
ratificar su mandato ejemplifica las va a pagar la Asamblea
Legislativa, a la que el jefe de gobierno le va a mandar una serie
de iniciativas que por el respaldo popular obtenido en la consulta
el órgano legislativo se va a ver presionado para aprobarlas.
Después de varios años dedicado a estudiar los efectos
de estas herramientas a nivel mundial, Diego Valadés concluye
que la realidad política demuestra que se debe optar por
un solo sistema, ya que combinar la democracia directa y la representativa
atenta contra el equilibrio de poderes.
Cita el caso de Suiza, donde únicamente funciona la democracia
directa desde principios del siglo pasado, por lo que no cuenta
con Poder Legislativo.
Suiza decide todas sus políticas a través de
la democracia directa porque ahí sí se respetan los
derechos de las minorías, pero en países como México
en los que estos derechos no son tomados en cuenta se corre el riesgo
de que opere el argumento democrático para pasar por encima
de sus derechos, expone.
También menciona la democracia de Estados Unidos, considerada
casi perfecta y en la que sólo se aplica el referéndum
y el plebiscito en algunos estados, pero ni remotamente los legisladores
aceptarían incluirlas en la constitución federal porque
están conscientes de que limitarían su función.
En el caso de México Valadés alerta sobre el riesgo
de que estas herramientas pongan nuevamente en duda la limpieza
del sistema electoral:
Lo único en lo que hemos avanzado en materia democrática
es en el ámbito electoral y si ahora tenemos elecciones manipulables
como el referéndum y el plebiscito abriríamos la puerta
a suspicacias sobre el fraude.
No hay que olvidar que nuestras instituciones todavía tienen
inercias autoritarias y que lo único que a los ciudadanos
nos da un respiro es la certeza de que nuestro voto es respetado,
concluye.