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Evo Morales
El poder de la hoja de coca
Por: Verónica Díaz
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Entrevista con Evo Morales
Evo Morales en Granma

El más humilde entre los humildes

Su candidatura a la presidencia cimbró el poder en Bolivia e inquietó en Washington.

Es “el Evo”, el cocalero símbolo de la lucha antineoliberal hizo del movimiento indígena-campesino la segunda fuerza del Parlamento boliviano.

La Habana, Cuba.— El trayecto Oruro-Cochabamba es la ruta de una promesa. Son diez días de subidas y bajadas escarchadas por el hielo, una caminata contra un viento helado que cuartea sus mejillas y adormece la punta de sus dedos. Ahora, arrinconado junto al quintal de maíz que llevará junto con su padre a la comunidad apenas amanezca, intuye que para los niños pobres como él el sueño es el único refugio para el cansancio y el hambre.

La luz de la fogata se consume tan lentamente como el alcohol que beben los arrieros adultos, sus compañeros de viaje. Antes de que anochezca por completo alcanza a pensar que para los hombres como su padre hacer camino no es otra cosa más que sobrevivir.

Estas travesías por la cordillera occidental de Bolivia unen la infancia y la adolescencia de Evo Morales. Son los primeros años de la década de los sesenta. Ha abandonado la escuela en su tercer año medio —secundaria— para acompañar a don Dionisio Morales, su padre, en una aventura de solidaridad pura.

Igual que éste, Evo echó camino durante más de veinte años en un trayecto del campo a la ciudad. En compañía de los mismos rostros cobrizos de entonces, llegó al umbral de la presidencia y se apoderó de la segunda fuerza política —con 40%— del Parlamento de su país, ahí donde eran considerados ciudadanos de segunda.

Son estos mismos pies descalzos, estas palabras atropelladas a medio pronunciar los que contienden por el poder en Bolivia, en Latinoamérica. Y es Evo su personificación más visible.

Raíz de la mata
De nacionalidad aymará, Evo Morales nació en Oruro, Bolivia. De los siete hijos que parió María Mamani, la pobreza sólo le dejó tres; uno de ellos es este hombre alto de cuerpo de bronce que arrastra las palabras. De niño fue trompetista de la banda imperial de su pueblo y trataba de sobrevivir trabajando en una panadería, de una a seis de la mañana.

Hace apenas 22 años llegó al Chapare Boliviano, ese conjunto de comunidades indígenas y campesinas dedicadas al cultivo de la coda. Desde las tres de la mañana, el “joven pelotero” fue mezclando el futbol, los avatares de la cocina y la organización social, escalando diversos puestos del entramado campesino.

Fue una tarde cuando a golpe de miedo asumió su condición de marginado.
El cielo estaba bordado de nubes, las calles del pueblo hervían de gente y ánimo. Evo observa a lo lejos que uno de sus compañeros es literalmente arrastrado por algunos miembros de Umopar, la policía. Alcanza a distinguirlo a la distancia, es del Sindicato de Sendavaya, de la Central Chipiriri. Es uno de los suyos, está siendo rociado con gasolina y luego será consumido por las llamas.

Morales alcanza a parpadear pero las lágrimas le devuelven la misma imagen. Es la síntesis fiel de la dictadura de Luis García Meza, año 1980, cuando los cocaleros eran acusados de narcotraficantes.

Un zurcido silencioso empezó a unir las aristas de la compleja realidad boliviana. Luego vino el salto a la lucha política, aquel mismo año. ¿El costo de reunir a más de 30 mil personas?: “la represión policial, una tortura en la que me fracturaron la clavícula, me patearon, perdí el sentido, y desmayado me botaron. Ese fue el momento del arranque, el estallido de una lucha pública”.

A mediados de los noventa lo más difícil fue obtener el registro de la Corte Nacional Electoral. Después de varias negativas, David Yánez cedió las siglas MAS (Movimiento al Socialismo) que no usaba para nada y que ya contaba con el registro oficial. Con este membrete, en 1998 Evo fue el diputado con mayor número de votos en toda la historia de Bolivia. Obtuvo 70.30% de los sufragios.

Hoja de coca
Si bien en julio pasado Evo perdió la presidencia ante Gonzalo Sánchez de Lozada, del MNR (Movimiento Nacionalista Revolucionario), y el resultado final se debió a la mediación de la embajada estadounidense, vía el tercer candidato Paz Zamora, Evo y MAS echaron a andar la maquinaria en el Chapare, ahí donde no había voz ni rostro.

En esta zona ganó la mayoría de votos. Aquí sembró hoja de coca, símbolo cultural de más de un millón de consumidores (indígenas quechuas, aymarás y tupí-guaraníes), único medio de subsistencia en estas tierras.

La Organización Mundial de la Salud y la Organización de las Naciones Unidas han satanizado el mascado de la hoja de coca en su estado natural, por lo que se propusieron erradicar estos cultivos de tradición —y supervivencia— milenarios en un plazo no mayor a 75 años.

La urdimbre de intereses ha vuelto más complejo el asunto. Los cocaleros alegan que este cultivo es su único modo de sobrevivir y que el consumo de la hoja ya sea masticada o preparada en bebida no es dañina para la salud, sino al contrario. Más aun, argumentan que estos hechos no son ni la causa ni la consecuencia del narcotráfico, impulsado por muchos gobiernos bolivianos y con los más altos índices registrados en Estados Unidos.

“En esta lucha sólo hay componentes políticos e ideológicos”, explica Evo al terminar de anotar en entramado de su argumentación en un pedazo de hoja de papel. Ríe, recuerda los excesos del ejercicio del poder de la prensa en Bolivia: en octubre del año pasado —un mes después de los ataques en Nueva York— apenas abría los ojos cuando alguien le extendía La prensa con un cabezal inaudito: “Evo, el Bin Laden andino, y los cocaleros, talibanes”.

La crisis boliviana es consecuencia de una política represiva para erradicar la coca. Empezó con la aprobación y ejecución del Decreto Supremo 26.415 que prohíbe la comercialización de la coca procedente del Chapare.

Estados Unidos “sugirió” en 1998 a Bolivia el Plan Dignidad. En el 2001 el ejército altiplánico había reducido de 40 mil a 7 mil las hectáreas de cultivo, llevando a miles de familias a la peor de las hambrunas: los plátanos y las piñas no eran capaces de restituir los 400 millones de dólares perdidos con la coca arrasada. La gente se sublevó, hubo muertos y heridos.

La fuerza expedicionaria entrenada y pagada por los estadounidenses para apaciguar los ánimos no tardó en ser denunciada por violaciones a los derechos humanos.

Esta ha sido la catapulta de Morales, mediante lo que se llama el “voto bronca”. Esta lucha se ha ido convirtiendo en una lucha cultural. “Donde vivo, los jóvenes de clase media y alta, de ojos azules, ya no sólo toman café, también mascan la hoja de coca. Es una forma de expresar nuestra bronca con los yanquis”.

Así, la Bolivia pobre de los indígenas y los excluidos hizo camino y ahora frente a la Bolivia moderna y rica pretende echar por tierra la política neoliberal de los últimos 17 años con todo un muestreo social de lo que ha sido, en democracia, la mayor transferencia humana del país profundo al alfombrado lustre del Parlamento.

Pero el compromiso adquirido no sólo es con Bolivia, sino con la América bolivariana. “Mira lo que hizo el Tratado de Libre Comercio con México en los últimos ocho años. La pobreza y el desempleo aumentaron, miles de campesinos quebraron. Peor será con el ALCA (Área de Libre Comercio de América).

Apenas dos días en La Habana en el Segundo Encuentro Hemisférico de Lucha contra el ALCA. Reuniones, conversaciones, el cambio de un taxi a otro, el calor y una chamarra siempre pendiendo de su brazo izquierdo, y a la menor provocación surge esta voz que le viene del pecho. “Solamente con que Lula no entre, no habrá ALCA para Latinoamérica.

Si nos complementamos con el compañero Hugo Chávez, con el compañero Lucio Gutiérrez, con seguridad por primera vez en Latinoamérica el imperio puede ser derrotado.

Con un brazo anclado en el escritorio, levanta su dedo índice y sentencia: “Estoy convencido de que el pueblo organizado y unido es la fuerza motriz que cambia políticas, que hace, que escribe historia, que acaba hasta con sistemas y modelos”.

Y uno percibe el vibrar de su cuerpo. La sonrisa transparente trae al niño aquel que regresaba al pueblo de Oruro a repartir el maíz entre las manos morenas y callosas de los suyos. Las comisuras de sus ojos rasgados se contraen con la sonrisa hinchada de orgullo.

Se comprende por qué preocupa tanto en Washington el despertar del populismo en América Latina, al que Evo se abraza por una sola causa: “Cuando entonces regresábamos a casa después de dos meses de caminar el sabor de la hoja era lo mismo que la gloria en el paladar, porque el hambre es fatal en el altiplano”.

lineaglobal@contralinea.com.mx

 


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